Rodeado de arces y sicomoros, el estanque ofrece una de las vistas más apacibles de Aarhus. Los patos graznan a la espera de un pedazo de pan; las gaviotas vuelan alrededor y los céspedes, aun en lo más crudo del invierno, reflejan con el brillo de su verdor los pálidos rayos del sol. Situado dentro del campus universitario, cada tanto me siento en una de sus bancas a contemplar el espectáculo del silencio y la naturaleza. Esa mañana, sin embargo, la tranquilidad se perturbó por la carrera de un hombre de cabello gris con una red en la mano que perseguía a un pequeño gallinazo. Hubo una fracción de segundo que lo tuvo al alcance pero no se animó a arrojarse para atraparlo y el pajarillo se lanzó al agua. El hombre resolló y se dirigió a mí en una lengua que no comprendí.
--Disculpe, no hablo danés –le dije.
Me respondió en inglés fluido:
--Las gaviotas atacaron a la madre de este pequeño gallinazo y ahora debo rescatarlo o, de lo contrario se lo comerán a él también si no está su madre para defenderlo. ¡Pero vaya que corre rápido!
--¿Y qué hará con él si lo atrapa? –pregunté.
--Cuando menos, llevarlo al estanque de allá, que es más pequeño. Pero creo que lo mejor será llevarlo al hospital.
--¿Al hospital?
--Sí, tenemos un hospital para los animales en situación vulnerable. Allá crecería, y ya más grande lo devolveríamos al estanque.
*****
La lengua danesa tiene unos cinco millones y medio de hablantes. Dinamarca es de los países más ricos del mundo en índices per capita y, quizá, el país con el esquema tributario más fuerte y progresivo del mundo: los impuestos representan el 48 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). Esa solidez fiscal sostiene a un Estado de Bienestar que no sólo provee salud y seguro de desempleo, sino uno de los servicios educativos más avanzados. A los jóvenes se les paga un salario decente por ir a la universidad y la lengua inglesa es obligatoria desde la primaria. Se puede vivir en este país sin saber una sola palabra en danés. Los jóvenes hablan inglés fluidamente; los adultos lo conocen con suficiencia para proveer cualquier servicio y los más viejos, aun cuando no la dominen, son capaces de sostener conversaciones.
La educación pública danesa produce jóvenes cosmopolitas y universales como Simon, un estudiante de física que conocí en la fiesta de una comuna. Nunca había salido de Europa pero sabía del mundo como poca gente. Hablaba con familiaridad de problemas de América Latina, Asia y África y, en unos minutos, trazó un retrato político y económico de su país. Ni por su nivel de información ni por la escasez de su cabello era verosímil que apenas tuviera 19 años. Pero era verdad. Contó que vivía en un departamento en el gueto de la ciudad: un conjunto de edificios en el oriente a donde fueron a dar los inmigrantes asiáticos y africanos en Aarhus. Cuando se mudó al gueto algunos amigos daneses le dijeron que se cuidara del crimen.
A Simon le indignaban las medidas de contención migratoria que los nacionalistas habían impulsado en el anterior gobierno. Una de ellas, el examen de cultura danesa que todo inmigrante debía presentar –en danés— para obtener la residencia.
--Ningún danés pasaría ese examen –me dijo.
Los inmigrantes sí lo acreditan y se mudan a Aarhus por miles. Pero en el hermoso centro de la ciudad no se les ve. Las calles peatonales, los cafés, las plazas, los restaurantes y las tiendas de ropa no parecieran atraerlos mucho. Quizá se deba a los precios. Una cena ligera para una persona, con una copa de vino, cuesta unos mil 200 pesos mexicanos, y aun así es muy raro ver un restaurante vacío a la hora de la cena.
******
Ubicado a un costado del gueto afro-asiático, el bazar es el sitio más cosmopolita de Aarhus. Más pequeño que un mercado de barrio de la ciudad de México, hospeda a las comunidades somalí, palestina, turca, india y magrebí. A la entrada, del lado izquierdo, un sikh ofrece un estupendo masala; en el local del lado derecho, palestinos de Gaza preparan un riquísimo humus y deliciosas berenjenas. En el pasillo lateral izquierdo una fonda somalí ofrece cordero a la menta y, al fondo, marroquíes venden unos exquisitos postres bañados en miel. Y a precios accesibles. En el bazar se consigue fruta sabrosa; los cortes de cabello, a unos 250 pesos mexicanos, son los más baratos de la ciudad.
Uno de los lugares más entrañables del bazar es el café de somalíes. Decorado con fotos de playas paradisíacas, la bandera nacional y el equipo futbol, la frigidez del invierno se disipa en su interior. En un país en donde la carcajada es, literalmente, mal vista, en este café el barullo recuerda a una cantina mexicana. Los somalíes no beben alcohol, pero no les hace falta. Mientras juegan cartas gritan, ríen, se dan de palmadas. Me siento en casa. Quizá tenga razón Alberto Ruy Sánchez cuando dice que México es un país árabe que no se reconoce.
Acudí al café de somalíes con Diego Osorno, que hizo el viaje hasta este puerto para visitarme. A él le fascinó tanto como a mí y me sugirió ocuparlo como lugar de trabajo, porque además provee Internet gratis. Un sábado lo hice así. Pero de repente se interrumpió el barullo y el dueño del café me dijo que cerrarían el café porque irían a rezar pero que podía volver en 15 minutos (el bazar contiene mezquita y escuela coránica). Esperé afuera, regresaron los somalíes y me instalé de nuevo. A las dos horas se acercó a pedirme que me retirara, pero me invitó a regresar dentro de 15 minutos. El ritual se repetía cinco veces al día…
El bazar, sin embargo, no ha de ser idealizado. Es tan patriarcal como las cantinas de México, pero quizá en un nivel más opresivo. La proporción de mujeres en sus corredores es menor y, por lo general, sólo acuden a comprar verduras. Nunca he visto a una mujer dentro de los cafés somalí o turco. Con Atenea Rosado, que me llevó al bazar por primera vez, nos atrevimos a franquear la puerta de la fonda somalí y comer dentro. Era la única mujer además de la cocinera. Los hombres la miraron con incomodidad pero al poco tiempo se acostumbraron a su presencia. No nos atrevimos, sin embargo, a romper el cerco invisible del ruidoso café somalí de las playas paradisíacas. Ahí he entrado yo solo o acompañado de hombres.
El bazar comprime dentro de sí a más guetos: En el café turco hay sólo turcos; lo mismo en el somalí. De vez en cuando un marroquí platicador hablará mal de los africanos y viceversa. Sus orígenes, lenguas e historias son distintas, pero suelen compartir algunos rasgos: son ruidosos, comelones, sonrientes, extrovertidos. Cuando entablan una conversación, suelen quejarse de que les resulta harto difícil encajar en la sociedad danesa.
******
Se agotó la pila de mi computadora y abandoné el café del campus universitario. Caminé a la parada y miré el horario: faltaban todavía 15 minutos para mi autobús. Los músculos, contraídos de frío, me demandaron movimiento y me dirigí a la otra parada, aún más céntrica. Todavía debía aguardar 10 minutos. Un joven danés se acercó, se fijó en los horarios y se resignó a esperar. En la acera de enfrente resonó la tos de un hombre muy enfermo. Caminando pesadamente y a tumbos llegó a la parada. Estaba cubierto en ropas viejas y sucias y cargaba una bolsa. Se sentó en la banca, a medio metro de donde yo había dejado mi mochila. Unas mujeres jóvenes pasaron frente a nosotros y el borracho, entre arcadas de tos, se dirigió a mí en una lengua que no entendí.
--Disculpe, no hablo danés –le dije.
Respondió en inglés con un grito indignado:
--¡Vienen a cogerse a nuestras mujeres pero no son capaces de aprender danés!
Le di la espalda y contemplé la luna, decidido a no prestarle más atención. Pero su voz seguía ahí: volvió al reclamo sobre las mujeres y mi ignorancia de la lengua danesa. Seguí sin voltear. Gritó de nuevo. Dirigió entonces su voz atrabancada a insultar al islam y a Mahoma. La diatriba islamofóbica se prolongó por uno o dos minutos. Yo lo dejé pasar y seguí mirando la luna.
De repente se escuchó un golpe y la parada de autobús retumbó. El borracho le había pegado a una de las paredes de vidrio, se había puesto de pie y se dirigía hacia mí. El otro danés que esperaba el autobús dio dos pasos atrás y se apartó. Prefirió que lo bañara una lluvia suave pero pertinaz y sacó un teléfono del bolsillo e hizo una llamada.
--¡Si yo quiero te mato! – me gritó el borracho.
Lo dijo una segunda y una tercera vez. Cada vez más fuerte y cada vez más cerca de mí, aproximando su cuerpo grande y torpe y su voz estentórea que ya retumbaba en toda la cuadra. Eran las nueve con seis minutos de la noche en el centro de la ciudad. En una calle normalmente transitada no había nadie en ese momento. O eso me pareció a mí. Una vez más, otra más, más fuerte y más cerca: ¡si yo quiero te mato!
El borracho se sentó de nuevo en la banca cuando se detuvo mi autobús y lanzó una última amenaza. No me siguió a bordo. El joven danés que había atestiguado la escena buscó un lugar en el extremo opuesto del vehículo y continuó con su llamada telefónica.
Recordé los versos de The Cure a propósito de la novela de Camus:
I’m alive
I’m dead
I’m a stranger
Killing an Arab.
jueves 15 de diciembre de 2011
miércoles 23 de noviembre de 2011
AMLO
Tuve la suerte de cubrir un tramo importante de la campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2006. Pocos años como aquél han sido tan fructíferos para hacer periodismo. La efervescencia social se expresaba en las calles, ya a través de movimientos sociales como el de Oaxaca y Atenco, ya por medio de las expectativas que despertó la candidatura de López Obrador. Seguirlo en las plazas del país equivalía a pulsar la emoción de miles que viajaban desde sus pueblos hasta las cabeceras municipales para escuchar a un hombre que iba con un mensaje de esperanza, de purificación de la vida pública, de solidaridad con los pobres.
Cierto: sus mejores plazas estaban en el sur y el centro, pero también llenó Monterrey y no le fue mal en Guadalajara. Y es cierto también que no pocas de esas plazas atiborradas se nutrían del acarreo. Recuerdo particularmente la masiva concentración de Torreón del 15 de junio de 2006, en donde la policía local reportó la movilización de 700 autobuses. Los gastos del mítin corrieron a cargo de un ostentoso empresario y candidato a senador llamado Francisco León, que fue levantado en febrero de 2007 y que continúa desaparecido. Acarreos aparte, la campaña de AMLO fue sin duda una insurrección electoral que movilizó a casi 15 millones de votantes el 2 de julio de 2006.
López Obrador despertó una fidelidad poco proclive a la crítica y a la autocrítica. No recuerdo una revisión pública de sus errores: no asistir al primer debate, persistir en el tono de confrontación a través de llamar "chachalaca" a Vicente Fox y descuidar la vigilancia de las casillas (dispusieron de 400 millones para esa estructura, según Reforma, 24 de enero de 2007). Ni tampoco se evaluó el punto de quiebre del movimiento: la ocupación del Paseo de la Reforma en la ciudad de México.
Nombrado en 2006 "presidente legítimo" en una votación a mano alzada en la plancha del Zócalo, AMLO regresa hoy a la lid electoral. Como escribió Jesús Silva-Herzog Márquez, uno de sus méritos es señalar la existencia de una oligarquía en México, responsable de socavar el desarrollo democrático del país. Eso ningún otro político lo hace y ahí reside una parte importante de su credibilidad. Daniel Ortega, para acceder al poder en Nicaragua por la vía electoral, adquirió un discurso de predicador evangélico y se puso camisa rosa. López Obrador adquiere un lenguaje religioso: a su estructura política la llama Morena para recordar a la Guadalupana y promete una república amorosa. Habla de fraternidad y de valores cristianos. Ayer juarista, en su discurso de hoy el amor al prójimo desplazó al concepto de justicia social.
Se habla del candidato "de las izquierdas" sin que haya mayor cuestionamiento del término. ¿Qué tiene de izquierda el PT?, ¿qué tiene de izquierda el Movimiento Ciudadano y su dirigente Dante Delgado?, ¿han impulsado alguna política de izquierda en su historia?, ¿qué queda de izquierda en el PRD? Vale la pena responder estas preguntas y cuestionar si el proyecto que ofrece López Obrador es también de izquierda. Hasta ahora parece más un priismo filantrópico basado en el voluntarismo del líder: la reconstrucción de un Estado de Bienestar —sin duda urgente— que se plantea financiar con los ahorros generados tras abatir la corrupción en la burocracia.
En las democracias la corrupción se combate con pesos y contrapesos y con transparencia. Y López Obrador no es el más entusiasta de ninguna de estas dos fórmulas. En el trecho final de su campaña en 2006, cuando daba por sentado que sería presidente de la República, llamaba a que el electorado le diera mayoría absoluta en el Congreso (el mismo anhelo de Enrique Peña Nieto hoy). La transparencia tampoco fue su fuerte: cerró por 12 años el acceso a la información de los gastos de la construcción de los segundos pisos. Vale la pena preguntarse si los costos de unos puentes son un asunto de seguridad nacional que deba ser reservado.
El acuerdo con Marcelo Ebrard en la definición de la candidatura presidencial reveló también la escasa cultura democrática de las izquierdas. Después de exaltarlo, López Obrador reveló que le cedía al jefe de gobierno del DF la definición de la candidatura por la capital de la república. Será el dedazo de Ebrard, avalado por AMLO, el que decida quién habrá de representarlos.
El lopezobradorismo se nutre de la decepción de la alternancia mexicana. Concluimos dos sexenios de gobiernos panistas sin proyecto ni programa que optaron por no democratizar el régimen ni enfrentar la corrupción. Peor aún, nos llevaron a la guerra. Tampoco Enrique Peña Nieto ha ofrecido nada sustancial. Al igual que Mariano Rajoy en España, confía en llegar a la presidencia sin decir para qué la quiere. En cuanto a López Obrador, un buen inicio, no sólo de él mismo sino de los lopezobradoristas, sería no tachar a sus críticos de emisarios de la derecha. En agosto de 2006, Juan Villoro escribió: "la izquierda no puede ceder a la tentación del mesianismo: sólo cumplirá sus objetivos cuando ofrezca la mejor plataforma para ser criticada".
Cierto: sus mejores plazas estaban en el sur y el centro, pero también llenó Monterrey y no le fue mal en Guadalajara. Y es cierto también que no pocas de esas plazas atiborradas se nutrían del acarreo. Recuerdo particularmente la masiva concentración de Torreón del 15 de junio de 2006, en donde la policía local reportó la movilización de 700 autobuses. Los gastos del mítin corrieron a cargo de un ostentoso empresario y candidato a senador llamado Francisco León, que fue levantado en febrero de 2007 y que continúa desaparecido. Acarreos aparte, la campaña de AMLO fue sin duda una insurrección electoral que movilizó a casi 15 millones de votantes el 2 de julio de 2006.
López Obrador despertó una fidelidad poco proclive a la crítica y a la autocrítica. No recuerdo una revisión pública de sus errores: no asistir al primer debate, persistir en el tono de confrontación a través de llamar "chachalaca" a Vicente Fox y descuidar la vigilancia de las casillas (dispusieron de 400 millones para esa estructura, según Reforma, 24 de enero de 2007). Ni tampoco se evaluó el punto de quiebre del movimiento: la ocupación del Paseo de la Reforma en la ciudad de México.
Nombrado en 2006 "presidente legítimo" en una votación a mano alzada en la plancha del Zócalo, AMLO regresa hoy a la lid electoral. Como escribió Jesús Silva-Herzog Márquez, uno de sus méritos es señalar la existencia de una oligarquía en México, responsable de socavar el desarrollo democrático del país. Eso ningún otro político lo hace y ahí reside una parte importante de su credibilidad. Daniel Ortega, para acceder al poder en Nicaragua por la vía electoral, adquirió un discurso de predicador evangélico y se puso camisa rosa. López Obrador adquiere un lenguaje religioso: a su estructura política la llama Morena para recordar a la Guadalupana y promete una república amorosa. Habla de fraternidad y de valores cristianos. Ayer juarista, en su discurso de hoy el amor al prójimo desplazó al concepto de justicia social.
Se habla del candidato "de las izquierdas" sin que haya mayor cuestionamiento del término. ¿Qué tiene de izquierda el PT?, ¿qué tiene de izquierda el Movimiento Ciudadano y su dirigente Dante Delgado?, ¿han impulsado alguna política de izquierda en su historia?, ¿qué queda de izquierda en el PRD? Vale la pena responder estas preguntas y cuestionar si el proyecto que ofrece López Obrador es también de izquierda. Hasta ahora parece más un priismo filantrópico basado en el voluntarismo del líder: la reconstrucción de un Estado de Bienestar —sin duda urgente— que se plantea financiar con los ahorros generados tras abatir la corrupción en la burocracia.
En las democracias la corrupción se combate con pesos y contrapesos y con transparencia. Y López Obrador no es el más entusiasta de ninguna de estas dos fórmulas. En el trecho final de su campaña en 2006, cuando daba por sentado que sería presidente de la República, llamaba a que el electorado le diera mayoría absoluta en el Congreso (el mismo anhelo de Enrique Peña Nieto hoy). La transparencia tampoco fue su fuerte: cerró por 12 años el acceso a la información de los gastos de la construcción de los segundos pisos. Vale la pena preguntarse si los costos de unos puentes son un asunto de seguridad nacional que deba ser reservado.
El acuerdo con Marcelo Ebrard en la definición de la candidatura presidencial reveló también la escasa cultura democrática de las izquierdas. Después de exaltarlo, López Obrador reveló que le cedía al jefe de gobierno del DF la definición de la candidatura por la capital de la república. Será el dedazo de Ebrard, avalado por AMLO, el que decida quién habrá de representarlos.
El lopezobradorismo se nutre de la decepción de la alternancia mexicana. Concluimos dos sexenios de gobiernos panistas sin proyecto ni programa que optaron por no democratizar el régimen ni enfrentar la corrupción. Peor aún, nos llevaron a la guerra. Tampoco Enrique Peña Nieto ha ofrecido nada sustancial. Al igual que Mariano Rajoy en España, confía en llegar a la presidencia sin decir para qué la quiere. En cuanto a López Obrador, un buen inicio, no sólo de él mismo sino de los lopezobradoristas, sería no tachar a sus críticos de emisarios de la derecha. En agosto de 2006, Juan Villoro escribió: "la izquierda no puede ceder a la tentación del mesianismo: sólo cumplirá sus objetivos cuando ofrezca la mejor plataforma para ser criticada".
sábado 19 de noviembre de 2011
Mexico City, Nudity, and Spencer Tunick (May 7th, 2007)
Spencer Tunick había pedido olvidarse de las fiestas y las protestas y hacer del desnudo colectivo una "celebración interior". La multitud, desnuda, soportó media hora.
Pero la masa explotó cuando el reloj marcó las 07:40 horas: "¡Norberto Rivera, encuérate acá afuera!, ¡Norberto Rivera, el pueblo se te encuera!", tronaron los asistentes cuando se enfilaban hacia 20 de Noviembre.
El grito se mezcló con las consignas aprendidas en las eliminatorias de futbol: "¡Sí se pudo!" y "¡Vámonos al Ángel!". Un grito le ganó en volumen a los demás: "¡Voto por voto, casilla por casilla!", la consigna lopezobradorista no se oía en esa plaza desde septiembre de 2006.
En el compás que duró la desnudez la igualdad se impuso sobre la diversidad. Dos indigentes llenaron sus registros en la entrada de 16 de Septiembre y nadie los cuestionó. Los voluntarios recibieron 16 mil boletas, pero unas 2 mil personas más entraron por sus pistolas, entregando hojas en blanco o hasta recetas médicas.
Las "goyas" "el coro más repetido" le dieron identidad a la multitud que iba a un estadio a contemplarse a sí misma, a festejarse con las olas que recorrieron el Zócalo. Ahí estaba Emiliano Vargas, un herrero michoacano de 63 años que se desnudó junto a sus dos hijas adultas; amas de casa que acudían sin marido, padres adolescentes, matrimonios que venían de provincia mezclados con una mayoría de jóvenes menores de 40 años que iban en pareja o en bola.
Era la salida del clóset de una ciudad que entró a las discusiones de moral pública con los matrimonios gay y que encendió el debate con la despenalización del aborto.
La instalación del fotógrafo neoyorquino, donde sólo dos momentos se vivieron con prisa: desnudarse y volver a vestirse, dividió opiniones. A Marissa Flores, dependiente de una joyería de Madero, le ha tocado ver de todo: marchas gays, ciclistas que entran en trusa, líderes que pagan a plantonistas por dormir en tiendas de campaña. No le espanta que se desvista la gente.
Oralia Chávez, que vende gorditas en el atrio, afirmó que el Zócalo se transformó "desde Cárdenas" en 1988. Ella lo ha visto ocupado por tanques en el temblor de 1985; como sede de mítines y plantones, y a partir de 1997, en auditorio de baladistas y rockeros. Y ahora, hasta de encuerados.
La instalación concluyó poco antes de las 09:00 de ayer. Las parejas lo celebraron con besos en la boca. "Nos vemos el próximo domingo a la misma hora", gritó una voz. Le respondió un aplauso.
Pero la masa explotó cuando el reloj marcó las 07:40 horas: "¡Norberto Rivera, encuérate acá afuera!, ¡Norberto Rivera, el pueblo se te encuera!", tronaron los asistentes cuando se enfilaban hacia 20 de Noviembre.
El grito se mezcló con las consignas aprendidas en las eliminatorias de futbol: "¡Sí se pudo!" y "¡Vámonos al Ángel!". Un grito le ganó en volumen a los demás: "¡Voto por voto, casilla por casilla!", la consigna lopezobradorista no se oía en esa plaza desde septiembre de 2006.
En el compás que duró la desnudez la igualdad se impuso sobre la diversidad. Dos indigentes llenaron sus registros en la entrada de 16 de Septiembre y nadie los cuestionó. Los voluntarios recibieron 16 mil boletas, pero unas 2 mil personas más entraron por sus pistolas, entregando hojas en blanco o hasta recetas médicas.
Las "goyas" "el coro más repetido" le dieron identidad a la multitud que iba a un estadio a contemplarse a sí misma, a festejarse con las olas que recorrieron el Zócalo. Ahí estaba Emiliano Vargas, un herrero michoacano de 63 años que se desnudó junto a sus dos hijas adultas; amas de casa que acudían sin marido, padres adolescentes, matrimonios que venían de provincia mezclados con una mayoría de jóvenes menores de 40 años que iban en pareja o en bola.
Era la salida del clóset de una ciudad que entró a las discusiones de moral pública con los matrimonios gay y que encendió el debate con la despenalización del aborto.
La instalación del fotógrafo neoyorquino, donde sólo dos momentos se vivieron con prisa: desnudarse y volver a vestirse, dividió opiniones. A Marissa Flores, dependiente de una joyería de Madero, le ha tocado ver de todo: marchas gays, ciclistas que entran en trusa, líderes que pagan a plantonistas por dormir en tiendas de campaña. No le espanta que se desvista la gente.
Oralia Chávez, que vende gorditas en el atrio, afirmó que el Zócalo se transformó "desde Cárdenas" en 1988. Ella lo ha visto ocupado por tanques en el temblor de 1985; como sede de mítines y plantones, y a partir de 1997, en auditorio de baladistas y rockeros. Y ahora, hasta de encuerados.
La instalación concluyó poco antes de las 09:00 de ayer. Las parejas lo celebraron con besos en la boca. "Nos vemos el próximo domingo a la misma hora", gritó una voz. Le respondió un aplauso.
sábado 15 de octubre de 2011
Carta a Miguel Ángel Granados Chapa
Hace un par de años, apenas te recuperaste de una dolencia que parecía definitiva, retomaste la escritura diaria de Plaza Pública y dijiste que sólo te retirarían la enfermedad o la muerte. Hoy, 14 de octubre de 2011, te despediste de tus lectores con un lacónico: "esta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós".
Me invade una profunda tristeza. Nunca te conocí ni estreché tu mano. Lo más cerca que estuve de ti fue en el corral de la ignominia de la Cámara de Diputados, quizá en 2007, a donde ibas a hacer crónica parlamentaria y reporteabas como cualquier periodista raso, de este lado de la barda. Aun cuando trabajabas a unos metros de mí nunca me animé a interrumpirte y decirte cuánto te admiraba. Yo colaboraba en Reforma y me daba el atrevimiento de mandar, igual que tú, la crónica del día, ¡no hace falta decir que sólo publicaban la tuya!
Cuando yo nací, tu Plaza Pública ya tenía cinco años. Recuerdo haberla leído por primera vez en El Financiero, en una época dorada de ese periódico. Después se mudó a Reforma, en donde permaneció hasta el final. Te ocupaste de todos los asuntos de interés público en México: de los partidos políticos a la Iglesia católica, la política exterior, el petróleo, las telecomunicaciones (creo que no caíste en la tentación de escribir sobre futbol). Detrás de tus análisis se transparentaba una investigación acuciosa y fuentes directas. Historiador, proveías el contexto o la biografía de tus personajes; analista, descubrías los resortes y las pasiones detrás de la escenografía; moralista –en el mejor sentido— sancionabas las fechorías, los robos y las mentiras de los poderosos; escritor, tus columnas eran unitarias, fluidas y agradables. Te diste el lujo de exigirle a tus lectores que recurrieran al diccionario y buscaran palabras como lenidad, hesitación, munificencia.
No pienso que te extrañaré sólo porque tus columnas eran capaces de ordenar la realidad y de explicarla; tampoco porque generalmente coincidía contigo. Extrañaré tu Plaza Pública porque era, cada día, una lección de independencia, de coherencia y de sentido del deber. Te creíste tus batallas, las batallas de la izquierda, por llamarlas de alguna manera genérica, aunque debería decir, las batallas de los débiles. No habría suscrito todas ellas –me parece que te faltó ser más crítico con López Obrador— pero eso es irrelevante. Tú ostentaste algo que se ha perdido: el compromiso. Y por eso creo que el mayor vacío que dejas es moral. Yo, que tengo cuarenta años menos que tú, crecí en un mundo seducido por el cinismo y la desesperanza. A los más desfavorecidos se les impuso la obligación de sobrevivir y sabemos que la lucha por la sobrevivencia degrada la moral y la cultura. A los que nacimos en medio de privilegios –privilegios modestos, si quieres, pero liberados de esa lucha por sobrevivir— se nos dijo que era pérdida de tiempo tratar de rectificar el mundo: no hay salvación, el hombre es lobo del hombre (y de las mujeres) y pensar que otro mundo es posible era una imperdonable ingenuidad. Nos acomodamos a ese pesimismo con toda comodidad, arropados por una expansión económica nunca antes vista en la historia y por el mayor crecimiento de las clases medias en los países subdesarrollados. Al final del día parecía que la promesa neoliberal nos proveía de un crédito para un departamentito, un iPhone, unos tragos el fin de semana.
La ilusión se colapsó con la burbuja financiera y la cadena se ha roto por los eslabones más fuertes: los jóvenes árabes que tiraron a sus dictaduras o que cada día dan la vida por derrumbarlas; los mileuristas españoles y los indignados en Tel Aviv y Nueva York. Ellos, como tú, no se tragaron el cuento de la derrota y la conformidad. Pero muchos otros sí, y el resultado es un vacío moral de dos o tres generaciones. Hacer política, incluso de izquierda, se convirtió en un buen negocio: los partidos políticos mexicanos reciben cantidades absurdas de dinero, y en México no es mal visto enriquecerse en un cargo público con la mano derecha y repartir subsidios a los miserables con la izquierda. Los escritores se refugiaron en la posmodernidad y las becas: bostezan cuando escuchan palabras como capitalismo, revolución o justicia, que les parece pertenecientes a una lengua muerta. Por eso tu retiro es tan triste. ¿Quién escribirá todos los días contra los pillos, los simuladores, los magnates que se enriquecen a costa de nuestra tolerancia? ¿Quién convertirá la indignación diaria en una columna clara y contundente? No deberías de irte sin dejarnos un remplazo.
Gracias por los 34 años de la Plaza Pública. Gracias por despedirte con un recuento de nuestros males, pero también con un recordatorio de la esperanza. No es ningún deseo pueril y hoy, más que nunca, hay que creer en ella:
La inequidad social, la pobreza, la incontenible violencia criminal, la corrupción que tantos beneficiarios genera, la lenidad recíproca, unos peores que otros, la desesperanza social: todos esos factores, y otros que omito involuntariamente pero que actúan en conjunto, forman un cambalache como esa masa maloliente a la que cantó Enrique Santos Discépolo en la Argentina de 1945. Con todo, pudo cantarle. Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete.
Me invade una profunda tristeza. Nunca te conocí ni estreché tu mano. Lo más cerca que estuve de ti fue en el corral de la ignominia de la Cámara de Diputados, quizá en 2007, a donde ibas a hacer crónica parlamentaria y reporteabas como cualquier periodista raso, de este lado de la barda. Aun cuando trabajabas a unos metros de mí nunca me animé a interrumpirte y decirte cuánto te admiraba. Yo colaboraba en Reforma y me daba el atrevimiento de mandar, igual que tú, la crónica del día, ¡no hace falta decir que sólo publicaban la tuya!
Cuando yo nací, tu Plaza Pública ya tenía cinco años. Recuerdo haberla leído por primera vez en El Financiero, en una época dorada de ese periódico. Después se mudó a Reforma, en donde permaneció hasta el final. Te ocupaste de todos los asuntos de interés público en México: de los partidos políticos a la Iglesia católica, la política exterior, el petróleo, las telecomunicaciones (creo que no caíste en la tentación de escribir sobre futbol). Detrás de tus análisis se transparentaba una investigación acuciosa y fuentes directas. Historiador, proveías el contexto o la biografía de tus personajes; analista, descubrías los resortes y las pasiones detrás de la escenografía; moralista –en el mejor sentido— sancionabas las fechorías, los robos y las mentiras de los poderosos; escritor, tus columnas eran unitarias, fluidas y agradables. Te diste el lujo de exigirle a tus lectores que recurrieran al diccionario y buscaran palabras como lenidad, hesitación, munificencia.
No pienso que te extrañaré sólo porque tus columnas eran capaces de ordenar la realidad y de explicarla; tampoco porque generalmente coincidía contigo. Extrañaré tu Plaza Pública porque era, cada día, una lección de independencia, de coherencia y de sentido del deber. Te creíste tus batallas, las batallas de la izquierda, por llamarlas de alguna manera genérica, aunque debería decir, las batallas de los débiles. No habría suscrito todas ellas –me parece que te faltó ser más crítico con López Obrador— pero eso es irrelevante. Tú ostentaste algo que se ha perdido: el compromiso. Y por eso creo que el mayor vacío que dejas es moral. Yo, que tengo cuarenta años menos que tú, crecí en un mundo seducido por el cinismo y la desesperanza. A los más desfavorecidos se les impuso la obligación de sobrevivir y sabemos que la lucha por la sobrevivencia degrada la moral y la cultura. A los que nacimos en medio de privilegios –privilegios modestos, si quieres, pero liberados de esa lucha por sobrevivir— se nos dijo que era pérdida de tiempo tratar de rectificar el mundo: no hay salvación, el hombre es lobo del hombre (y de las mujeres) y pensar que otro mundo es posible era una imperdonable ingenuidad. Nos acomodamos a ese pesimismo con toda comodidad, arropados por una expansión económica nunca antes vista en la historia y por el mayor crecimiento de las clases medias en los países subdesarrollados. Al final del día parecía que la promesa neoliberal nos proveía de un crédito para un departamentito, un iPhone, unos tragos el fin de semana.
La ilusión se colapsó con la burbuja financiera y la cadena se ha roto por los eslabones más fuertes: los jóvenes árabes que tiraron a sus dictaduras o que cada día dan la vida por derrumbarlas; los mileuristas españoles y los indignados en Tel Aviv y Nueva York. Ellos, como tú, no se tragaron el cuento de la derrota y la conformidad. Pero muchos otros sí, y el resultado es un vacío moral de dos o tres generaciones. Hacer política, incluso de izquierda, se convirtió en un buen negocio: los partidos políticos mexicanos reciben cantidades absurdas de dinero, y en México no es mal visto enriquecerse en un cargo público con la mano derecha y repartir subsidios a los miserables con la izquierda. Los escritores se refugiaron en la posmodernidad y las becas: bostezan cuando escuchan palabras como capitalismo, revolución o justicia, que les parece pertenecientes a una lengua muerta. Por eso tu retiro es tan triste. ¿Quién escribirá todos los días contra los pillos, los simuladores, los magnates que se enriquecen a costa de nuestra tolerancia? ¿Quién convertirá la indignación diaria en una columna clara y contundente? No deberías de irte sin dejarnos un remplazo.
Gracias por los 34 años de la Plaza Pública. Gracias por despedirte con un recuento de nuestros males, pero también con un recordatorio de la esperanza. No es ningún deseo pueril y hoy, más que nunca, hay que creer en ella:
La inequidad social, la pobreza, la incontenible violencia criminal, la corrupción que tantos beneficiarios genera, la lenidad recíproca, unos peores que otros, la desesperanza social: todos esos factores, y otros que omito involuntariamente pero que actúan en conjunto, forman un cambalache como esa masa maloliente a la que cantó Enrique Santos Discépolo en la Argentina de 1945. Con todo, pudo cantarle. Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete.
miércoles 21 de septiembre de 2011
Suorhus o el arca de los fugitivos / Qohelet
I Shall try to tell the truth, but the result will be fiction
Katherine Anne Porter
Los primeros minutos transcurrieron con normalidad, pero después nos dimos cuenta de que nos engañábamos mutuamente. Todos fingíamos haber llegado aquí por el mero interés en el curso de mitología vikinga del profesor Fomsgaard.
Entre los filólogos circula la leyenda de que Fomsgaard habla 26 lenguas y conoce a fondo las literaturas de unos 50 pueblos. Ha postulado una teoría de universos múltiples y paralelos en la poesía. Dice que los habitantes del presente no somos los únicos beneficiarios de la acumulación histórica de obras maestras: algunas obras del siglo XX les eran familiares a los escritores de civilizaciones asiáticas precristianas. En las literaturas esotéricas de todas las culturas se traslucen los signos de esas relaciones, sostiene Fomsgaard. Como era de esperarse, sus hipótesis fueron unánimemente rechazadas. Se le marginó de la academia y sus libros dejaron de reimprimirse. Pero cada tanto sus cursos aparecían en universidades remotas del planeta, lejos del control de las academias más rígidas en estudios filológicos.
Fue Cristian Escobar, acaso el último discípulo de Borges, el que me animó a venir a una ciudad de Escandinavia a un curso con el extraño profesor. Ya hablaré de la ciudad, Suorhus, y de Fomsgaard en próximas entregas. Pero antes quiero contar la historia de Qohelet, uno de los asistentes al curso.
****
UNO: Qohelet
Los biltinos se cuentan entre los pueblos más ricos y mejor educados del mundo. Esta frase, extraída de una enciclopedia de culturas, refleja de manera muy pálida la verdadera identidad de los naturales de Biltinia, un país del Asia meridional que remonta su historia a inmigraciones jázaras. Conscientes de que la simple riqueza puede derivar en una eutanasia silenciosa, los biltinos han ido más allá: han hecho de la moral y la libertad su arte más refinado.
Y por eso me impresiona tanto la historia de Qohelet. De nuestro grupo, quizá él tenía menos razones objetivas para terminar en Suorhus. Con su inteligencia, tempranamente descubierta por la educación biltina, no sólo hubiera garantizado una carrera en el gobierno o la academia, sino que se hubiera contado entre los Narcisos, el grupo de estetas dedicado al embellecimiento de la vida. Pero ahora es un apátrida.
Antes de contarme su historia, Qohelet me cuenta la historia de su nación. Como muchos pueblos ancestrales los biltinos recibieron las tablas de la ley. La etapa temprana de su historia se relata como una era de aprendizaje y penitencia. La mentira, el asesinato y el pillaje eran comunes y el pueblo pasó por hambrunas y epidemias. Hacia la Edad Media, mientras Europa se desangraba en cruzadas, los biltinos se lanzaron a un experimento político y moral: la instauración de la democracia, combinada con el cumplimiento de las órdenes de Moisés.
El país dejó detrás las atroces guerras tribales y se convirtió a la paz; abiertos a las innovaciones políticas y científicas, enviaron a jóvenes a aprender mecánica, filosofía y pintura con los maestros del Renacimiento. En el siglo XIX la planeación demográfica era una práctica arraigada. Pero quizá su mayor adelanto residió desde entonces en los terrenos de la moral sexual. El sexo no es un tabú. Por el contrario, al igual que los colores o las palabras, se le considera un material artístico.
Amantes de la verdad, los biltinos detestan las mentiras y las sombras. No existen los contratos escritos: la palabra basta para cerrar un negocio millonario o unirse en matrimonio. En algún momento de crisis de credibilidad, descubrieron la transparencia. Se puso a disposición de cualquiera la más trivial de las operaciones. Si no había nada que ocultar, ¿por qué no cambiar las paredes por los cristales? Surgió la arquitectura invisible. La moda del vidrio arraigó en la sociedad y las casas particulares se volvieron, como dice el lugar común, cajas de cristal. Los biltinos convirtieron la intimidad en arte: las parejas hacían el amor frente a las paredes de vidrio, a la vista de los vecinos y los intrusos. Los biltinos se preocuparon por satisfacer a su público, que acudía a las puertas de las casas a inspirarse para su propia faena. Y si en la poesía existen las formas más variadas en extensión y profundidad, en el amor también: una breve sesión de besos bastaba para despertar sinceros aplausos; algunos hombres se especializaron en acariciar la espalda de sus compañeras (o compañeros, porque no es una sociedad homofóbica); las parejas más jóvenes lucían su energía y arrebato, mientras que los matrimonios de muchos años se enroscaban en tiernos abrazos de horas de duración antes de quitarse la ropa.
A los 17 años, los biltinos realizan su holimbaratz, que significa servicio de amor. Varones o mujeres, deben ir a trabajar a los campos. Obligatoriamente, el servicio dura tres años, que pueden extenderse según la vocación de servicio de cada quien. Las labores son duras y agotadoras. En la memoria oral de los biltinos perviven leyendas de éxodos y tribulaciones, así que el periodo en los campos prueba la verdadera “biltinidad” de cada ciudadano. Las hambres y la soledad son tan extremas que no pocos mueren. Nadie regresa igual al país: el sentido del humor se acidifica; los hombres se vuelven taciturnos –algunos al punto del suicidio— y algunas mujeres renuncian definitivamente a la maternidad. Pero sólo se puede saber de lo que ocurre en los campos por las secuelas físicas o psicológicas. Es un tema prohibido en la feliz y erótica sociedad de ese país.
Qohelet rompió esta regla. Escribió su experiencia y se convirtió a la denuncia. Contradijo así la versión oficial de que se trabajaba en minas de oro y uranio cavadas tan profundamente que los jóvenes renunciaban a la luz del sol y al aire fresco. Qohelet pasó, en efecto, el primer año de su holimbaratz en un campo, pero de entrenamiento militar. Para una sociedad adicta al arte, el asesinato se enseñaba como un acto estético.
El segundo y el tercer años se emplean en aplicar esas artes: Alrededor de Biltinia viven unas 20 naciones indígenas. Los biltinos ejercen sobre ellas una sangrienta relación de patronazgo. De acuerdo con cálculos de Qohelet, algunos de estos pueblos tributan hasta el 70 por ciento de su labor. La refinada y justa Biltinia vive de este trabajo semiesclavo. En efecto, concede Qohelet, las tribus circundantes ignoran la democracia parlamentaria, el monoteísmo, La divina comedia, las sinfonías de Bethoveen y casi todo aquello que hace de Occidente una civilización superior. Los druris, la tribu sometida por el batallón de Qohelet, se especializaban en la fabricación de vidrio para la vanguardista arquitectura biltina.
Ignorado al principio, Qohelet fue luego tachado de loco, exhibicionista y finalmente fue acusado de delitos de lesa patria. A punto de ser juzgado, una red internacional de biltinos en el exterior le ayudó a escapar, le proveyó un pasaporte falso con un nombre nuevo y una nacionalidad europea. Para no llamar la atención, lo enroló en un curso de mitología vikinga en Escandinavia. Después de contarme su historia, Qohelet me comparte sus impresiones sobre Suorhus y el profesor Fomsgaard, pero por ahora he agotado el espacio de esta columna.
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Katherine Anne Porter
Los primeros minutos transcurrieron con normalidad, pero después nos dimos cuenta de que nos engañábamos mutuamente. Todos fingíamos haber llegado aquí por el mero interés en el curso de mitología vikinga del profesor Fomsgaard.
Entre los filólogos circula la leyenda de que Fomsgaard habla 26 lenguas y conoce a fondo las literaturas de unos 50 pueblos. Ha postulado una teoría de universos múltiples y paralelos en la poesía. Dice que los habitantes del presente no somos los únicos beneficiarios de la acumulación histórica de obras maestras: algunas obras del siglo XX les eran familiares a los escritores de civilizaciones asiáticas precristianas. En las literaturas esotéricas de todas las culturas se traslucen los signos de esas relaciones, sostiene Fomsgaard. Como era de esperarse, sus hipótesis fueron unánimemente rechazadas. Se le marginó de la academia y sus libros dejaron de reimprimirse. Pero cada tanto sus cursos aparecían en universidades remotas del planeta, lejos del control de las academias más rígidas en estudios filológicos.
Fue Cristian Escobar, acaso el último discípulo de Borges, el que me animó a venir a una ciudad de Escandinavia a un curso con el extraño profesor. Ya hablaré de la ciudad, Suorhus, y de Fomsgaard en próximas entregas. Pero antes quiero contar la historia de Qohelet, uno de los asistentes al curso.
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UNO: Qohelet
Los biltinos se cuentan entre los pueblos más ricos y mejor educados del mundo. Esta frase, extraída de una enciclopedia de culturas, refleja de manera muy pálida la verdadera identidad de los naturales de Biltinia, un país del Asia meridional que remonta su historia a inmigraciones jázaras. Conscientes de que la simple riqueza puede derivar en una eutanasia silenciosa, los biltinos han ido más allá: han hecho de la moral y la libertad su arte más refinado.
Y por eso me impresiona tanto la historia de Qohelet. De nuestro grupo, quizá él tenía menos razones objetivas para terminar en Suorhus. Con su inteligencia, tempranamente descubierta por la educación biltina, no sólo hubiera garantizado una carrera en el gobierno o la academia, sino que se hubiera contado entre los Narcisos, el grupo de estetas dedicado al embellecimiento de la vida. Pero ahora es un apátrida.
Antes de contarme su historia, Qohelet me cuenta la historia de su nación. Como muchos pueblos ancestrales los biltinos recibieron las tablas de la ley. La etapa temprana de su historia se relata como una era de aprendizaje y penitencia. La mentira, el asesinato y el pillaje eran comunes y el pueblo pasó por hambrunas y epidemias. Hacia la Edad Media, mientras Europa se desangraba en cruzadas, los biltinos se lanzaron a un experimento político y moral: la instauración de la democracia, combinada con el cumplimiento de las órdenes de Moisés.
El país dejó detrás las atroces guerras tribales y se convirtió a la paz; abiertos a las innovaciones políticas y científicas, enviaron a jóvenes a aprender mecánica, filosofía y pintura con los maestros del Renacimiento. En el siglo XIX la planeación demográfica era una práctica arraigada. Pero quizá su mayor adelanto residió desde entonces en los terrenos de la moral sexual. El sexo no es un tabú. Por el contrario, al igual que los colores o las palabras, se le considera un material artístico.
Amantes de la verdad, los biltinos detestan las mentiras y las sombras. No existen los contratos escritos: la palabra basta para cerrar un negocio millonario o unirse en matrimonio. En algún momento de crisis de credibilidad, descubrieron la transparencia. Se puso a disposición de cualquiera la más trivial de las operaciones. Si no había nada que ocultar, ¿por qué no cambiar las paredes por los cristales? Surgió la arquitectura invisible. La moda del vidrio arraigó en la sociedad y las casas particulares se volvieron, como dice el lugar común, cajas de cristal. Los biltinos convirtieron la intimidad en arte: las parejas hacían el amor frente a las paredes de vidrio, a la vista de los vecinos y los intrusos. Los biltinos se preocuparon por satisfacer a su público, que acudía a las puertas de las casas a inspirarse para su propia faena. Y si en la poesía existen las formas más variadas en extensión y profundidad, en el amor también: una breve sesión de besos bastaba para despertar sinceros aplausos; algunos hombres se especializaron en acariciar la espalda de sus compañeras (o compañeros, porque no es una sociedad homofóbica); las parejas más jóvenes lucían su energía y arrebato, mientras que los matrimonios de muchos años se enroscaban en tiernos abrazos de horas de duración antes de quitarse la ropa.
A los 17 años, los biltinos realizan su holimbaratz, que significa servicio de amor. Varones o mujeres, deben ir a trabajar a los campos. Obligatoriamente, el servicio dura tres años, que pueden extenderse según la vocación de servicio de cada quien. Las labores son duras y agotadoras. En la memoria oral de los biltinos perviven leyendas de éxodos y tribulaciones, así que el periodo en los campos prueba la verdadera “biltinidad” de cada ciudadano. Las hambres y la soledad son tan extremas que no pocos mueren. Nadie regresa igual al país: el sentido del humor se acidifica; los hombres se vuelven taciturnos –algunos al punto del suicidio— y algunas mujeres renuncian definitivamente a la maternidad. Pero sólo se puede saber de lo que ocurre en los campos por las secuelas físicas o psicológicas. Es un tema prohibido en la feliz y erótica sociedad de ese país.
Qohelet rompió esta regla. Escribió su experiencia y se convirtió a la denuncia. Contradijo así la versión oficial de que se trabajaba en minas de oro y uranio cavadas tan profundamente que los jóvenes renunciaban a la luz del sol y al aire fresco. Qohelet pasó, en efecto, el primer año de su holimbaratz en un campo, pero de entrenamiento militar. Para una sociedad adicta al arte, el asesinato se enseñaba como un acto estético.
El segundo y el tercer años se emplean en aplicar esas artes: Alrededor de Biltinia viven unas 20 naciones indígenas. Los biltinos ejercen sobre ellas una sangrienta relación de patronazgo. De acuerdo con cálculos de Qohelet, algunos de estos pueblos tributan hasta el 70 por ciento de su labor. La refinada y justa Biltinia vive de este trabajo semiesclavo. En efecto, concede Qohelet, las tribus circundantes ignoran la democracia parlamentaria, el monoteísmo, La divina comedia, las sinfonías de Bethoveen y casi todo aquello que hace de Occidente una civilización superior. Los druris, la tribu sometida por el batallón de Qohelet, se especializaban en la fabricación de vidrio para la vanguardista arquitectura biltina.
Ignorado al principio, Qohelet fue luego tachado de loco, exhibicionista y finalmente fue acusado de delitos de lesa patria. A punto de ser juzgado, una red internacional de biltinos en el exterior le ayudó a escapar, le proveyó un pasaporte falso con un nombre nuevo y una nacionalidad europea. Para no llamar la atención, lo enroló en un curso de mitología vikinga en Escandinavia. Después de contarme su historia, Qohelet me comparte sus impresiones sobre Suorhus y el profesor Fomsgaard, pero por ahora he agotado el espacio de esta columna.
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martes 30 de agosto de 2011
Un beso para Oscar
PARIS, 29 de agosto de 2011.- Todo arte es inútil, decía Oscar Wilde. Y toda tumba es lacónica: por más bellas que se construyan, las tumbas, los cenotafios, los mausoleos, se erigen para petrificar la gloria y preservar el silencio de la muerte. En el camino a Aarhus, Dinamarca, paré ayer en París para visitar a un amigo y hacer una escala en el magnífico cementerio de Père Lachaise. Aunque me aburren las tumbas (cuando yo muera, por favor, horno crematorio y cenizas al viento) me atraen los cementerios por su silencio conventual y su elegancia improductiva. Sin la tumba de Oscar Wilde, Père Lachaise satisfaría al admirador de Morrison o de Edith Piaf, al lector de Balzac y de Proust, al nacionalista francés y al indignado con el holocausto judío. Pero Père Lachaise, en su grisura de solemnidad y muerte, regala un páramo de resurrección festiva. Blanca y pétrea en su construcción original, la tumba de Oscar Wilde se tiñe de rojo y de rosado: es el rostro vivo de Dorian Gray que refleja al cuerpo muerto del resto del panteón: centenas de besos marcados con lápiz labial: labios gruesos y delgados, bocas abiertas y cerradas, pintas que dicen Tú me cambiaste la vida, Te amo, Gracias, gracias, gracias, en francés, en italiano, en inglés, en español. En esos besos, en los aforismos anotados con el rojo del amor y de la sangre, en las citas a sus obras que dejan sus lectores, se advierte uno de los poderes más raros de la especie humana: el poder de la poesía –escrita en prosa o verso— que toca a las almas y las insufla de gozo estético.
Pocas figuras históricas representan mejor a las minorías del mundo: Aunque hablara mejor inglés que los ingleses, Wilde provenía de un país colonizado –Irlanda— por Inglaterra, la potencia de su época. Y a pesar de su extraordinaria fama –en algún momento se representaron, al mismo tiempo, tres obras de su autoría en los teatros de Londres— tuvo que pagar el costo de su homosexualidad y su amor por Bosie: escarnio, juicio, cárcel, trabajos forzados, destierro y muerte prematura. Con justicia, su biografía es una inspiración para irlandeses y homosexuales, y su obra es tan universal que toca con el mismo poder al niño a quien le entregan sus cuentos más tiernos que al divertido espectador de teatro o al exigente lector de ensayos. Wilde no moraliza nunca: como el espejo del protagonista de su novela, pone al lector enfrente de su imagen pervertida, de su propia crueldad, vileza y cinismo. Ninguna persona es la misma después de leer a Wilde. En efecto, pertenece a esa minoría de escritores que cambian vidas, como la mía. Mi abuela Ana Ortiz Angulo me regaló su Epistola: in carcere et vinculis (De profundis) en la traducción de José Emilio Pacheco, y después me dio las obras completas en la edición de Aguilar. Su lectura me convocó –o como diría Noé Jitrik— me autorizó, a escribir.
Yo no llevaba lápiz labial para tatuar un beso y escribirle: gracias, me cambiaste la vida. Por eso lo hago ahora.
martes 26 de julio de 2011
Garras
Nos citamos a ciegas en el café de un barrio clasemediero de la ciudad de México. Un amigo en común nos puso en contacto: cuando supo que yo estaba próximo a viajar a un país europeo, recordó que un vecino suyo había vivido varios años en ese mismo país, y pensó que me haría bien recibir sus consejos y orientaciones. Nuestro amigo común no pudo llegar a la cita, me dio las señas de identidad de su vecino, y se perdió una de las conversaciones más extrañas que he tenido en mi vida.
Del país al que iré hablamos muy poco. Sólo pude formular una pregunta —sobre el clima— que despachó rápido: "no te preocupes, hay calefacción en todos lados". Se dedicó a alertarme de la presencia islámica en Europa: Cada día más musulmanes, que en cortas décadas formarán una mayoría capaz de revertir la democracia e imponer la sharía. Y peor ahora que la segunda generación, nacida ya en aquel país, habla la lengua nacional como propia. Ellos desprecian Europa y las libertades. Quieren conquistarla. Los políticos de todos los partidos —salvo los mal llamados de ultraderecha como el holandés Wilders— engañan o se autoengañan con el discurso del multiculturalismo. Los musulmanes no se integrarán: el multiculturalismo equivale a la etapa de negación del drogadicto. "Los abdulás de 12 años conquistan a las niñas cristianas en la primaria y luego se la pasan a uno de 14 años y ése a otro de 16 años y después se las llevan a prostituir a otras partes del mundo, porque para los abdulás las cristianas son ganado".
No sólo filosofó sobre los musulmanes. Mencionó también el daño que los hispanos le hemos hecho a los Estados Unidos: hemos exportado nuestra familia disfuncional. Pero no es todo nuestra culpa, sino de la herencia mediterránea de detestar el trabajo, cuyas consecuencias son visibles en España, Italia y Grecia: "los europeos se la pasan manteniendo a los griegos y los griegos, que son padrotes, lo despilfarran". Un problema central recae en la baja reproducción de las clases medias. Mientras los pobres tienen hijos por manojos, las clases medias asumen la ideología de no tener hijos: "y hasta ser gay se vuelve un orgullo".
Sus ideas, dijo, se basaban en un principio: el derecho de los nativos a que su país se conservara poblado de nativos (con su religión, sus costumbres, etcétera). No quise hacerle la pregunta obvia: ¿quiénes son nativos? Porque entonces los blancos y latinos tendrían que abandonar Estados Unidos (¿y qué hay de los negros, que fueron llevados por la fuerza?) y dejarle el país a los sioux y cherokees y demás grupos indígenas. ¿Podrían regresar los árabes a España, si pensamos que durante 800 años fueron nativos de la península hasta que los expulsaron unos descendientes de invasores germánicos y romanos? Y en México, los que no hablamos una lengua indígena tendríamos que buscar acomodo en alguna otra parte del mundo (Groenlandia, la Antártida o el desierto de Gobi, porque el resto del planeta está ocupado por nativos).
El principio normativo que sustenta esa ideología no deja espacio a estos absurdos. En la mente de estos nativistas reside la idea de la superioridad WASP (blanco, anglosajón y protestante). Para ellos, los musulmanes de hoy quieren conquistar Europa tal como los judíos de ayer pretendían dominar el mundo. Detrás de la falaz reivindicación de los nativos no hay más que islamofobia, como en la década de los 30 del siglo XX se desarrolló la judeofobia con las consecuencias que conocemos.
Me enseñó sus artículos. En periódicos locales de aquel país europeo publicó un puñado de textos advirtiendo del peligro islámico, discurso del que se consideraba precursor: "puro hard data", me dijo. Yo mismo, sugirió, podría seguir su camino y publicar en aquellos diarios: "pero di la verdad", me conminó, "si sólo les das political correctness te publicarán un artículo para quedar bien y no más".
Lo escuché con curiosidad morbosa. Me sentí como el visitante del zoológico que se aproxima a la jaula de los tigres, puede acercarse al felino, escuchar sus rugidos y observar sus colmillos sin que le arranquen la cabeza de un bocado. Hasta que sacan las garras.
Del país al que iré hablamos muy poco. Sólo pude formular una pregunta —sobre el clima— que despachó rápido: "no te preocupes, hay calefacción en todos lados". Se dedicó a alertarme de la presencia islámica en Europa: Cada día más musulmanes, que en cortas décadas formarán una mayoría capaz de revertir la democracia e imponer la sharía. Y peor ahora que la segunda generación, nacida ya en aquel país, habla la lengua nacional como propia. Ellos desprecian Europa y las libertades. Quieren conquistarla. Los políticos de todos los partidos —salvo los mal llamados de ultraderecha como el holandés Wilders— engañan o se autoengañan con el discurso del multiculturalismo. Los musulmanes no se integrarán: el multiculturalismo equivale a la etapa de negación del drogadicto. "Los abdulás de 12 años conquistan a las niñas cristianas en la primaria y luego se la pasan a uno de 14 años y ése a otro de 16 años y después se las llevan a prostituir a otras partes del mundo, porque para los abdulás las cristianas son ganado".
No sólo filosofó sobre los musulmanes. Mencionó también el daño que los hispanos le hemos hecho a los Estados Unidos: hemos exportado nuestra familia disfuncional. Pero no es todo nuestra culpa, sino de la herencia mediterránea de detestar el trabajo, cuyas consecuencias son visibles en España, Italia y Grecia: "los europeos se la pasan manteniendo a los griegos y los griegos, que son padrotes, lo despilfarran". Un problema central recae en la baja reproducción de las clases medias. Mientras los pobres tienen hijos por manojos, las clases medias asumen la ideología de no tener hijos: "y hasta ser gay se vuelve un orgullo".
Sus ideas, dijo, se basaban en un principio: el derecho de los nativos a que su país se conservara poblado de nativos (con su religión, sus costumbres, etcétera). No quise hacerle la pregunta obvia: ¿quiénes son nativos? Porque entonces los blancos y latinos tendrían que abandonar Estados Unidos (¿y qué hay de los negros, que fueron llevados por la fuerza?) y dejarle el país a los sioux y cherokees y demás grupos indígenas. ¿Podrían regresar los árabes a España, si pensamos que durante 800 años fueron nativos de la península hasta que los expulsaron unos descendientes de invasores germánicos y romanos? Y en México, los que no hablamos una lengua indígena tendríamos que buscar acomodo en alguna otra parte del mundo (Groenlandia, la Antártida o el desierto de Gobi, porque el resto del planeta está ocupado por nativos).
El principio normativo que sustenta esa ideología no deja espacio a estos absurdos. En la mente de estos nativistas reside la idea de la superioridad WASP (blanco, anglosajón y protestante). Para ellos, los musulmanes de hoy quieren conquistar Europa tal como los judíos de ayer pretendían dominar el mundo. Detrás de la falaz reivindicación de los nativos no hay más que islamofobia, como en la década de los 30 del siglo XX se desarrolló la judeofobia con las consecuencias que conocemos.
Me enseñó sus artículos. En periódicos locales de aquel país europeo publicó un puñado de textos advirtiendo del peligro islámico, discurso del que se consideraba precursor: "puro hard data", me dijo. Yo mismo, sugirió, podría seguir su camino y publicar en aquellos diarios: "pero di la verdad", me conminó, "si sólo les das political correctness te publicarán un artículo para quedar bien y no más".
Lo escuché con curiosidad morbosa. Me sentí como el visitante del zoológico que se aproxima a la jaula de los tigres, puede acercarse al felino, escuchar sus rugidos y observar sus colmillos sin que le arranquen la cabeza de un bocado. Hasta que sacan las garras.
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