viernes, 11 de diciembre de 2009

Un liberal en la Patricio Lumumba de Moscú

A John Gibler

Hace una semana mi tutora, la francesa Cécile Laborde, nos recibió su cubículo uno por uno de  sus alumnos para darnos comentarios sobre nuestros ensayos. Lo primero que me dijo cuando me senté fue: “Estás disfrutando el curso, ¿verdad?”, con una convicción que era difícil de contradecir, y que no sé de dónde sacó.
-Sí -le dije- pero creo que es demasiado liberal.
Se me quedó viendo extrañada.
-¿Quieres decir, ideológicamente?
-Sí.
-Y a mí me critican porque meto a Skinner, a Marx y a Foucault. Éste es el curso menos liberal en todos los de Teoría Política del Reino Unido. Es un fenómeno más o menos reciente: antes las discusiones se daban entre marxistas y liberales, pero ahora sólo son entre liberales. El liberalismo inglés es tan flexible que agrupa a todas las corrientes de pensamiento. En mi país soy socialista-republicana, pero aquí soy liberal. Hasta un marxista como Jerry Cohen al final se reivindicó liberal. Los socialdemócratas europeos, los conservadores y liberales de América, aquí son todos liberales.
El tono de Cecile era de comprensión con una traza de complicidad. Me daba la razón y al mismo tiempo me explicaba la causa de la estrechez intelectual.
-En América Latina hemos aplicado la receta liberal completa, desde hace más de 100 años, y no tenemos ni libertades políticas ni bienestar económico. En Europa occidental y Estados Unidos es una realidad; en América Latina es una promesa, cuando mucho. Tenemos derecho a ser escépticos.
-Creo que el problema es que en América Latina sólo han aplicado el liberalismo en el aspecto económico, en el libre mercado, pero no en el político, y sí, por supuesto, no sólo tienen derecho, tienen la obligación de ser escépticos…
La charla se fue a otros temas.
Los que pensábamos que el liberalismo era una doctrina en declive, la tradición británica nos corrige. James Snelgrove, un compañero del posgrado (Masters en Teoría política y Legal), me aclara: “el liberalismo es parte de la identidad británica”. En efecto, no es sólo una ideología, un conjunto de principios políticos o morales, una doctrina que oriente la conducta de la gente y el gobierno, sino una identidad. Y quizá una identidad con una importancia cultural mayor, ahora, que la que provee el cristianismo anglicano.
Pero esta identidad se combinó con la escuela filosófica dominante en el mundo anglosajón: la filosofía analítica, una disciplina que trabaja sobre la precisión de los conceptos, sobre la definición exhaustiva de los términos: libertad, justicia, pluralismo, and so on. La combinación ha traído una suerte de exégesis secular, una religiosidad laica en donde los filósofos se dedican a aclarar conceptos y a refutar a sus pares sobre sus aclaraciones conceptuales. Así, por ejemplo, si Isaiah Berlin dice que hay dos conceptos de libertad, positiva y negativa, Gerard MacCallum dirá que sólo es uno y que conlleva una ‘relación triádica’. Si Rawls habla de la “razón pública”, en unos años se podrán contar 20 o 30 ‘papers’ agregando, extrayendo, refutando, replicando, puliendo, interpretando, o proponiendo nuevas lecturas del concepto. Y en unos años más se podrán contar otra buena cantidad de papers negando o sumando argumentos a los ya dados por la primera ola de comentaristas. Un filósofo más audaz se atreverá a proponer un concepto nuevo, más allá de los imaginados por las figuras tutelares, por ejemplo, “modus vivendi” (John Horton): nombre que sirve para designar un equilibrio de fuerzas. Y en torno de ese paper y ese concepto se dará una y otra discusión en universidades de aquí y allá. El éxito del concepto se medirá en la cantidad de papers que haya sugerido. Quizá la obsesión por la claridad del término los empariente lejanamente con la filología, pero mientras la filología explica una cultura a través de sus manifestaciones escritas, los liberales-analíticos han dado el brinco y se han librado de esa carga llamada cultura, mundo, sociedad, historia, o cualquier manifestación física o material de la política, que ha quedado detrás de un tambache de papers que urge escudriñar. Porque a su ideología (liberalismo) y a su método (filosofía del lenguaje) hay que añadir, en su descargo, que su paciente tarea tiene un propósito moral. Ellos se llaman a sí mismos normativos: una convicción de que su tarea es decirle al mundo cómo debe ser, de qué manera debe actuar, con qué reglas, principios y objetivos.
Afuera, por cierto, nadie se preocupa mucho por lo que recomienden los sabios que pueblan el robusto sistema universitario inglés, y que están en la punta de la pirámide de la clase media. Aunque de vez en cuando los consulten. Jonathan Wolff, una de las estrellas de University College London, participa regularmente en comités éticos. Es la voz intelectualmente autorizada para hablar de moral. Fue convocado, lo contó en clase, a un grupo que prepararía un reporte sobre riesgos en el transporte público. En años recientes había habido choques de trenes con pérdidas humanas. Población entrevistada en encuestas y algunos sectores de la prensa opinaban que se debía adoptar el sistema de seguridad francés, que frenaba automáticamente los trenes y eliminaba el error humano. La respuesta parece obvia: adóptese el sistema de frenado. Pero costaba cientos de millones de libras. Así que el panel se integró por ingenieros, periodistas (porque, dijo Wolff, había que saber cuáles declaraciones serían sacadas de contexto, que es “a lo que se dedican los periodistas”), administradores, economistas, actuarios, y un filósofo. Se hicieron dos preguntas: una, ¿cuántas personas mueren al año? En un promedio de la última década, tres o cuatro.  La segunda pregunta tenía mayor interés filosófico: “¿cuánto vale una vida humana?” Si la pregunta pareciera incontestable, quizá un juego de suposiciones hubiera sido más valioso: ¿qué hubieran respondido, por ejemplo, Kant, Locke, Rousseau, o mejor aún, Adam Smith o David Ricardo, todas ellas figuras tutelares del liberalismo inglés? ¿Tiene la vida humana un valor absoluto?, ¿la vida humana es la medida de todas las cosas? Ignoramos los detalles del proceso deliberativo, pero sabemos, por el relato de Wolff, que el panel logró la hazaña de dar una respuesta: un millón de libras.
-¿Cómo llegamos a esa cifra?, se preguntarán, ¿cómo creen?, pues nada más la asignamos al azar –dijo Wolff.
Ya con la cifra asignada, se hizo un cálculo: si una vida vale un millón de libras, y si en promedio sólo mueren tres o cuatro al año mientras que el sistema de frenado cuesta cientos de millones, el costo-beneficio de poner el sistema en los trenes era injustificado, finalmente, se dijo, es dinero del contribuyente que puede ser usado para veinte cosas más, hospitales, escuelas, o lo que sea. Después de esa exitosa participación, Wolff ha sido invitado a integrar a comités sobre maltrato de animales, regulación de apuestas y política hacia las drogas.
La filosofía analítica es tan poderosa en el Reino Unido que se comió incluso al marxismo inglés. Jerry Cohen, así como dos o tres más, se dedicó a hacer filosofía analítica con los conceptos de Marx. O bien, la interpretación de Marx sólo se hace desde una posición liberal, como la del propio Jonathan Wolff, un rawlsiano convencido, que escribió ¿Por qué leer a Marx hoy?, y que en su localmente famosa Introducción a la filosofía política le dedica una página al pensador alemán, para decir que estaba equivocado.
Una amiga polaca me dice desde el chat: “te equivocaste de país”.
Me siento como si un liberal, digamos, griego o de cualquier país relativamente marginado, se ganara una beca para estudiar teoría política en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, en 1985 y se fuera a quejar con su tutor: oiga, aquí todo es marxismo-leninismo. Bueno, le dirán, qué quiere, aun los liberales ahora se llaman marxistas-leninistas y hacen materialismo dialéctico. Es parte de nuestra identidad.


lunes, 16 de noviembre de 2009

Los indígenas británicos y la xenofobia laborista

“El pueblo indígena de este país tiene derecho a su identidad propia, este derecho le ha sido arrebatado por los colonizadores y las élites que han colaborado con ellas”. Esta frase la pronuncio a) Mahatma Gandhi b) el Subcomandante Marcos c) Nelson Mandela d) Ho Chi Min e) Ninguno de los anteriores. Si escogió la letra e, acertó. La frase no es de ningún líder de algún movimiento de liberación nacional, ni de un ideólogo de la descolonización africana y menos de algún socialista, sino del neonazi Nick Griffin, presidente del Partido Nacional Británico (BNP por sus siglas en inglés) que no merecería alusión si no fuera porque en las últimas elecciones a las que se presentó, su partido obtuvo cerca de un millón de votos.

Griffin cumplió 50 años el primero de marzo pasado. Es un hombre robusto y blanco, de peinado a dos aguas. Perdió el ojo izquierdo en un accidente doméstico, pero la prótesis de vidrio es del mismo tono azul turquesa del ojo sano. Ese accidente lo mantuvo durante algunos años de juventud alejado no sólo de la actividad política, sino incluso del trabajo remunerado. Desde los 14 años, Griffin se unió al Frente Nacional, una organización fascista británica y fue su candidato en Gales un par de veces a principios de los ochenta, recién graduado como abogado de Cambridge. Luego de varios años de militancia frentista, primero clandestina y después pública, Griffin se fue al BNP, en donde pronto integró la dirección y se convirtió en jefe nacional. Griffin no tiene el carisma de Mussolini, la capacidad oratoria de Hitler, ni siquiera la cínica simpatía de Berlusconi. Tiene la capacidad, corriente en muchos políticos, de sonar convencido de sus palabras, de parecer un hombre sencillo que le habla a sus iguales. Pero tiene, al igual que sus figuras tutelares, la claridad de que una buena parte de la batalla se libra en los medios de comunicación. Si para Hitler fue la radio, para Griffin es el internet. Es un entusiasta del Youtube. Ha subido decenas de videos explicando su programa, y sus mensajes se actualizan permanentemente en su portal. Él mismo sostiene un micrófono desmesuradamente peludo y largo, y llama a defender Gran Bretaña de diversos peligros que la acechan.

El principal, la inmigración. El BNP llama a deportar a los extranjeros. Y entiende por extranjeros no sólo a los que nacieron en otro país y residen en el Reino Unido, sino también a los británicos que ya nacieron aquí de dos o tres generaciones, que hablan inglés como primera lengua, que pelean en las guerras de Irak y Afganistán, que sostienen al país con sus impuestos y eligen a sus autoridades. En palabras de Griffin ellos son “extranjeros raciales”, “residentes negros del Reino Unidos”: “Nosotros no suscribimos la ficción políticamente correcta de que por haber nacido en el Reino Unido un paquistaní es británico. No lo es. Sigue perteneciendo a la ascendencia paquistaní”. La inmigración al Reino Unido, continúa el manifiesto reconocido y defendido públicamente por Griffin, es un “genocidio sin sangre” contra el pueblo aborigen de la Gran Bretaña, que en menos de 60 años se convertirá en minoría en su propio país de continuar la tendencia migratoria, de acuerdo con sus estimaciones.

La otra amenaza es la “tiranía europea”. Según Griffin, los nacionalistas británicos, junto con sus pares de Europa, libran la misma batalla que Inglaterra dio en 1805 contra Napoleón: una resistencia contra un proyecto imperialista europeo que pretende imponer un solo estado en el continente. En aquel entonces, dice Griffin en su más reciente video, el pueblo inglés aportó mosquetes, pólvora y su propia sangre. Ahora, lo que se necesita es dinero, dinero y dinero, para que en las próximas elecciones el BNP gane asientos en el parlamento y se oponga al Tratado de Lisboa. La paradoja es que el más reciente éxito electoral de Griffin se dio justamente en una elección europeísta. El millón de votos que obtuvo el 4 de junio lo llevó al Parlamento Europeo en Bruselas, del que es un abierto oponente, pero también jaló la política británica hacia la derecha.

La BBC, después de un largo debate, le abrió las puertas de su principal programa de debate, Question Time, cuya grabación se alterna en diferentes ciudades del país, pero en esta ocasión la BBC decidió llevar a su invitado a territorio hostil y convocarlo a Londres, en donde una movilización de dos mil personas trató de impedir su entrada a los estudios. Y también le puso una mesa hostil: el secretario de Justicia, el laborista Jack Straw; la ministra en la sombra para la cohesión de las comunidades, Sayeeda Warsi –musulmana de origen paquistaní--, un representante de los liberal-demócratas y una historiadora negra de origen estadounidense. El repudio no vino sólo de la mesa, incluido el presentador, que le recordó su negación del Holocausto, sino del público: “usted envenena la política británica, es asqueroso”, le reclamó un joven sentado en la primera fila. “¿¡A dónde quiere que me vaya!?”, le cuestionó un británico de origen paquistaní, uno de esos dos millones que Griffin pretende deportar en aras de preservar los derechos de los aborígenes blancos (que, por cierto, llegaron de otras partes). Pero la crítica a Griffin –que se defendió mal, titubante y contradictorio—dejó ver que la semilla xenofóbica que había sembrado el nazifascista empezaba a dar frutos: Warsi encaró a Jack Straw: reconoce, le dijo, que ha sido la política migratoria laborista la que ha provocado este apoyo (a Griffin). Es decir, que la política migratoria relativamente abierta había disparado el ingreso al país de extranjeros y, con él, el sentimiento xenofóbico. Straw se defendió exponiendo el endurecimiento del gobierno a la aceptación de extranjeros, a través de un sistema basado en puntos. El liberal-demócrata se sumó al reclamo de la joven tory.

La próxima primavera se convocará a elecciones y, a menos de que ocurra algo inesperado, los conservadores volverán al gobierno. El barco laborista se hunde: Tony Blair, que en sus primeros años gozó de amplio apoyo popular, se fue en medio del repudio social hace casi dos años. Lo sustituyó un apagado Gordon Brown, el ministro del Tesoro, que cada día enfrenta un escándalo distinto —desde vejaciones de las tropas en Afganistán a gastos abusivos de los parlamentarios cargados al erario—sin que aporte ya no claridad, sino entusiasmo. Rígido, hosco y avejentado, su imagen palidece frente al líder de los conservadores: David Cameron, un joven que corre todas las mañanas y desde ahora anuncia recortes al gasto y ampliación de la edad de retiro. La debilidad de Brown es tal que tanto The Guardian como The Independent han publicado la versión de que ni siquiera llegaría como primer ministro a las elecciones, sino que sería sustituido por su propio partido para presentar una cara menos desgastada al frente del gobierno. Pero esta opción tampoco se ve viable. El ministro de Exteriores, David Milliband, el que lo hubiera podido sustituir, está a punto de abandonar la nave e irse como ministro de exteriores de la futura unión europea.
El 12 de noviembre pasado, Brown dio el primer discurso sobre migración en sus 18 meses de gobierno, y anunció el recorte de 250 mil visas de trabajo y el endurecimiento en la política de visas, entre ellas de las visas a los estudiantes extranjeros: “si el principal efecto de la inmigración es que te resulta más fácil encontrar a un plomero, o cuando vas a tu hospital local ves a médicos y enfermeras de otros países, probablemente pensarás más en los beneficios que en los costos de la migración. Pero la gente quiere estar segura de que los que vengan van a aceptar las responsabilidades tanto como los derechos de vivir aquí: cumplir la ley, hablar inglés y contribuir”.

Frente al inminente desastre electoral del laborismo, con una economía con casi tres millones de desempleados, el Reino Unido camina, en la próxima primavera, a un gobierno conservador, a un partido laborista que le habrá pavimentado el camino hacia un endurecimiento de la política migratoria y, por primera vez en su historia reciente, a la presencia de fascistas en el parlamento, que pedirán cada día que los no blancos deben ser expulsados, aun cuando su identidad sea tan británica que, en cualquier otra parte del mundo, serían no sólo extranjeros sino apátridas.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Amsterdam, dia 2

Amsterdam, dia dos.
Me subo a la bicicleta y la sensacion de libertad y dominio que esperaba sentir se esfuma en segundos. Mi memoria recuerda las pendientes del Circuito Interior de cada domingo final de mes, cuando los carriles centrales de oriente a occidente se cierran para que los tomen las bicicletas, y los ciclistas se dejan caer en las bajadas de los recien estrenados pasos a desnivel. Mi bicicleta estaba a punto de oxidarse del desuso, pero los paseos dominicales le permitieron recuperar el sentido ludico que habia imaginado al comprarla. El Distrito Federal es una ciudad hostil con las bicicletas. Las ciclopistas son recientes y conducen a ningun lado, y los automovilistas adoptan una conducta imperialista con la bicicleta: yo mando aqui, y tu eres un pordiosero de las ruedas. El desquite dominical le devuelve a la bicicleta el caracter ludico de la infancia: la bicicleta es un juego y divierte. Pero dan las dos de la tarde en el paseo dominical y el hechizo se acaba: una metalica voz de policia te advierte, si tienes suerte de oirla, que debes subirte a la banqueta. El espejismo se disuelve: la realidad es que solo los carteros y los optimistas usan la bicicleta como medio de transporte. Al resto solo nos queda el desquite dominical.
A eso se debian mis enormes ganas de treparme a una bicicleta en esta ciudad. Porque aqui las fuerzas se han invertido: hay 600 mil bicicletas circulando por una cantidad minima de automoviles (el precio de la gasolina es el mas alto de la Union Europea) que, por lo demas, no encontrarian espacio en una ciudad de callejones y canales. No hay via sin ciclopista, salvo un punado de calles peatonales en el centro del centro (la zona roja, por ejemplo, esta libre de ruedas) que estan marcadas con un simbolo que se ha convertido en un emblema involuntario de la ciudad: tres equis escritas de arriba para abajo. Salvo ahi, no hay puente, tunel, parque, plaza, banqueta y poste sin una bicicleta encadenada. Si la mitad de esas bicicletas se conviertiera en coche, la ciudad ya se habria hundido sobre los canales. Si la mitad de los viajes en bicicleta se hicieran en los elegantes Mercedes Benz que circulan como taxis, ruletear esta ciudad seria un negocio tan prospero que todos los taxistas asiaticos y africanos de Nueva York, Paris y Berlin le anadirian cosmopolitismo a esta ciudad. Pero afortunadamente Amsterdam ha sabido dar una leccion que no fueron capaces de dar otras ciudades pequenas y con escasez de combustible como La Habana, o ciudades enormes y saturadas como Mexico. Aqui la bicicleta es amiga de los tacones, el casimir, las gabardinas, los portafolios, los bebes, las llamadas y los mensajes de texto por telefono celular y hasta del cigarro. Vuela una bicicleta junto al peaton y deja un aroma a Chanel.
Con todo y seguro, el alquiler de la bicicleta costo 13 euros por 24 horas. Se le ponen dos candados porque su robo es el delito preferido. En la noche hay que encender dos luces o la multa es de 75 euros. Y ya, ni una advertencia mas ni la exigencia de casco. Nunca me habia sentido tan comodo en una bicicleta: absurdamente, en Mexico se pusieron de moda las de montana (cuando Mexico es un valle) sobradas de velocidades y carentes de un asiento comodo. La bicicleta de montana encorva al conductor y le cansa los brazos, porque el manubrio tiene una inclinacion de 90 grados respecto a la direccion de la llanta. Por el contrario, en una bicicleta de ciudad el cuerpo se yergue y los brazos no hacen esfuerzo porque el manubrio esta disenado a su posicion natural. La patada queda perfecta en el pais con la gente mas alta del mundo, si acaso piso de puntitas al detenerme.
Pero el romanticismo se acaba en este punto, es decir, en la primera esquina. La bicicleta no es un juguete ni un simbolo de la libertad en una ciudad en donde fumar mariguana es legal y las prostitutas guinan detras de vitrinas. No es tampoco un articulo deportivo, como se supone que lo fueron las bicicletas de montana en Mexico. Son un medio de transporte y su uso se regula por las mismas leyes que el automovil: la primera, la velocidad. No esta escrito en ningun lado, pero el que va lento pone en peligro a los demas. A mi me rebasaron los ejecutivos, las madres de familia con hijos en la canasta, los viejitos y por supuesto los jovenes. No me entere sino dos horas despues que se debe sacar la mano para indicar que vas a dar vuelta. En las avenidas grandes hay ciclopistas en ambos sentidos, asi que pondras en peligro si te metes en contraflujo. Y ademas los policias tambien van en bicicleta, asi que hay quien castigue las infracciones.
Asi que mas vale ir rapido, nada de detenerse a mirar la arquitectura salvo cuando se circula en los canales. Estos hombres tan educados son incapaces de gritar o hacer gestos, pero sin duda expresaron molestia mas de una vez en lengua holandesa cuando di vueltas sin avisar o me detuve a contemplar un templo. Quise rentar la bicicleta por el dia completo porque queria compartir esa libertad amsterdamesa que da el manubrio, pero a las dos horas estaba cansado y harto. Ya habia recorrido la ciudad un par de veces pero no me habia podido detener a observarla ni tampoco podia reparar en la belleza simple de estas mujeres del Mar del Norte, cuya sena de identidad es la nariz chata y un poco de relieve en los pomulos. Mejor pase un par de horas en la sala de conciertos, y ahora frente al teclado sin acentos ni ennes de la maquina. Manana llevare la mochila y la bicicleta camino al aeropuerto. Creo que lo hare a pie.

domingo, 9 de agosto de 2009

“Yo maté a Marlon Brando”

CARTAGENA. El cine regresa a Cartagena y desempolva a sus viejos jornaleros, los extras que alternaron con Marlon Brando en Quemada (1966) y se improvisaron como escenógrafos en La Misión (1986). Obreros, vendedores, antiguos traficantes, vuelven al cine para la adaptación cinematográfica de la novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera, que se empieza a filmar el 10 de septiembre.
“Yo maté a Marlon Brando”, afirma Luis Córdoba con orgullo.
Al término de la jornada de trabajo se lava los sobacos con el agua de un balde; se frota hasta disolver las manchas de yeso que le blanquean las manos, los brazos y el torso desnudo.
Luis es asistente del departamento de yeso, donde labora bajo las órdenes de Mauricio Rodríguez, a quien conoció en 1966, cuando ambos representaron discretos papeles en Quemada. En ella, Luis asesta una puñalada mortal en la ingle del agente británico William Walker (Marlon Brando). Sus amigos le dicen El criminal. “Sueño con el cine, me gustaría ser protagonista, es lo que anhelo”, dice Luis, de 62 años.
Mauricio, su jefe, interpretó a Ramón en la película que Gillo Pontecorvo dirigió en Cartagena. “Fui el que traicionó la revolución, reuní a ‘la contra’ para derrotar a los negros”, recuerda. Quemada cuenta la historia del oportunista Mister Walker, quien primero alienta la independencia de la isla caribeña Quemada, pero vuelve siete años más tarde para matar a su dirigente.
“Yo soy actor”, asegura Mauricio. Después de alternar con Brando, actuó en 16 películas de calidad diversa, de extra o en papeles marginales; caminando en un mercado o de frenético caníbal.
El cine se hace con las manos
Hollywood regresó a la ciudad con la historia más cartagenera de la literatura universal, El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez que cuenta el enamoramiento, los 53 años de separación y el reencuentro de Florentino Ariza y Fermina Daza. Stone Village inició la preproducción el 25 de julio y el 10 de septiembre arranca el rodaje donde el británico Mike Newell dirigirá al español Javier Bardem y a la italiana Giovanna Mezzogiorno en los papeles protagónicos.
En una bodega del barrio Getsemaní, el techo de asbesto eleva la temperatura del mediodía tropical. La sierra eléctrica y el torno esparcen un polvo fino de madera que contribuye a la penumbra. En sus mil 100 metros cuadrados se reúnen, una vez más, los yeseros Luis, Mauricio, José Recuero y Ramón Cárdenas; los pintores Rafael del Pino (padre e hijo) y el decorador Gustavo Morales, extras de ayer y hoy obreros de la ocasional industria cinematográfica cartagenera.
Se ven cada 10 o 15 años. Habitantes de los barrios marginales, los largos intervalos en que el cine se olvida de Cartagena Luis se emplea de vigilante y vende contrabando; Mauricio, antiguo traficante de drogas, recorre las calles del centro con un carro de gaseosas y un termo de café tinto que ofrece a los turistas. Un poco más afortunados, Rafael del Pino padre decora casas de ricos y su hijo hace copias de Fernando Botero.
Mauricio Rodríguez vierte el yeso fresco sobre el molde de un metro cuadrado y lo pone a secar al sol de la calle. Aprendió el oficio de yesero cuando acudió a los talleres de La Misión para ofrecer sus servicios como actor y le dijeron que no gracias, no se requerían negros para una película de misioneros en Paraguay, pero hacían falta obreros para la escenografía. Recuerda que durante el “tea time” que los ingleses celebraban religiosamente a las 14:00 horas, Mauricio y sus hombres fumaban mariguana y bazuco y se robaban cuanto podían.
Al secar, el molde de yeso pasa a las manos de Rafael del Pino, que pinta los ladrillos. De 56 años, exhibe orgulloso la credencial de Nostromo, serie de televisión basada en la novela de Conrad que filmó en 1996 Alastair Reid y donde pintó un tren de madera. En La misión le tocó envejecer las casas del centro. “El cine no me cansa, es sabroso como un juego”.
El molde de yeso termina en las manos de Gustavo Morales, que le tiene que dar la textura de antigüedad, deslavar los ladrillos para que queden idénticos al callejón de San Juan. A Gustavo lo han matado cuatro veces en los filmes que ha acogido Cartagena. Su piel blanca le permitió aparecer en La Misión, en donde obligó a repetir una escena porque olvidó quitarse el reloj.
Gustavo y Rafael envejecen las tablas de la casa de Florentino Ariza. El último acabado lo da Elizabeth Berg, una sudafricana rubia que se comunica por señas y sonrisas con sus subordinados.
Mauricio padece de la próstata, la presión alta y tiene hemorroides. Luis se tiene alto el colesterol, a Gustavo le faltan dientes. Un médico de Turbaco que atiende a los empleados del taller los mantiene de pie con pastillas. A las 13:00 horas se lavan con esmero y se cambian las playeras raídas, los zapatos rotos y las bermudas sucias de yeso blanco por pantalones de vestir, camisas de botones y zapatos lustrados.
El mexicano Alex Ayala, jefe del taller, entra y sale de una oficina con aire acondicionado. Constructor del Titanic, avisa que es día de paga y se escabulle de dar nuevos anticipos que siempre salen de su bolsillo. “Aquí el que menos, tiene dos mujeres”, le suplica Mauricio, que ha regado 16 hijos en cuatro países.
“A García Márquez le gusta mamar gallo”, expresa Mauricio. Quizá por haber nacido en Nicaragua, y no en Colombia, la obra del Nobel 1982 le importe poco. A Luis todavía “no le cae en las manos” la novela. Lizbeth y Carlos se han prometido terminarla durante la filmación, aunque dudan que les impresione más que 100 años de soledad.
“Yo nací para esto. No hay nada mejor que el cine”, resume Rafael del Pino padre.
Agosto, 2006

miércoles, 5 de agosto de 2009

Un cuento feminista en la Edad Media

Se nos ha dicho que la Edad Media fue la época de la oscuridad, de la dominación del ideal cristiano y la Iglesia católica. Esta visión del Medioevo ha nublado nuestra capacidad de reconocernos en él: lo juzgamos con los ojos críticos de la modernidad, pero perdemos la oportunidad de mirar a nuestra época –el fatigado siglo XXI- con los ojos críticos de la Edad Media. Una de las primeras sorpresas que se lleva el lector contemporáneo de literatura medieval es que diversas preocupaciones que nos parecen modernas están enunciadas, y a veces ampliamente desarrolladas, desde aquellos siglos. Don Juan Manuel es el ejemplo del hombre medieval que, al defender viejos intereses, proclama ideas nuevas y crea formas inéditas de expresarlas. Escritor castellano nacido en Escalona en 1282 y muerto en Córdoba hacia 1348, su biografía coincidió con los hechos políticos y militares más relevantes de la península ibérica del siglo XIV. Fue sobrino del rey Alfonso X El Sabio, hijo de infante, primo y tío de reyes, gobernador civil y militar de Murcia durante largas etapas (su cargo tenía el nombre de adelantado por dar frontera con los reinos moros) y finalmente regente del rey Alfonso XI, su sobrino que lo llevó, en el transcurso de pocos años, de la mayor gloria política a la guerra y la ruina. Esa vida novelesca -que incluye el secuestro de su hija, asesinatos a sangre fría, conjuras, alianzas y traiciones a moros y cristianos- no contrastaría especialmente con la de otro noble de la época, salvo porque don Juan Manuel fue, además, el mayor prosista de la Edad Media castellana y el inventor del cuento moderno en la lengua española.

Su Libro de los enxiemplos del conde Lucanor e de Patronio reúne 51 piezas breves, algunas de ellas merecedoras de residir en cualquier antología del cuento. La principal audacia artística de la colección es la persistente búsqueda de la originalidad, de una voz literaria única y personal: una intención que no era común en su tiempo. El libro, además, tiene un valor histórico enorme, porque refleja el pensamiento de una clase en decadencia, obligada por su debilitamiento a pensar y a hacer teoría política: la nobleza caballeresca, cuya influencia y riqueza declinaba proporcionalmente al ascenso del poder y la riqueza del monarca y del naciente sector de comerciantes.

Se ha calificado a El conde Lucanor –como se le conoce popularmente a la obra- de ser en alguna medida un “pre Maquiavelo”, una apología del pragmatismo para el ejercicio del gobierno. Esta visión es fundamentalmente cierta: una lectura aun superficial del libro muestra la intensa contradicción entre los valores que se predican –sacados del cristianismo medieval- frente a los antivalores que resultan victoriosos en los cuentos: desde mi punto de vista hay una evidente doble moral –la he llamado “moral relativa-, además de una promoción de una teatralidad hipócrita y del terror como herramienta de gobierno. Su interés era darle a su clase, la nobleza caballeresca, las herramientas para conservar el poder justo cuando se les escapaba más rápidamente.

Pero el valor político y moral de El libro de los exiemplos del conde Lucanor e de Patronio sería menor si don Juan Manuel se hubiera limitado a defender sus intereses de clase. Pero sus intereses intelectuales son más profundos: fue el primer escritor español en asumir una conciencia de autor, en cultivar un estilo, un discurso y un mensaje personales: en sus manos la tradición cuentística oriental, que le enseñaron los predicadores dominicos, se convirtió en un material nuevo, con un sello estético y una función histórica propia, y así como su literatura trazó un camino hacia la originalidad, también fue capaz de trascender los intereses de su clase y postular un pensamiento político cuyo objetivo fue la construcción de una ética del individuo.

Se ha juzgado a don Juan Manuel como un ideólogo del oportunismo. Su principio fue la conservación del poder y su moral fue ambigua y relativa, como lo exhibe su elogio a la Mentira, su poca confianza en la Verdad y su descripción de cómo el Bien vence al Mal con el mal (aunque diga lo contrario). Su talento literario, sin embargo, lo empleó para la defensa de una escala personal de valores en donde la amistad, la humildad y, por encima de todos, la vergüenza, adquirieron una importancia similar a la custodia de la sociedad estamental de su época. El escritor castellano incluso emprende una reivindicación de la mujer y del amor muy avanzada para su época.

A pesar de su declarada militancia a favor de la guerra santa contra los musulmanes, don Juan Manuel eligió a un rey islámico, Saladino, sultán de Babilonia, como su paradigma de soberano perfecto. Es el único rey que protagoniza dos exempla en la colección (el 25 y el 50) y en ambos se le retrata como un rey ejemplar, con la humildad y la sabiduría suficiente para asumir ambos papeles: el de consejero y el de aconsejado.

En exempla cuenta que en una visita a un pueblo apartado, Saladino se enamora de la esposa de un vasallo. El deseo sexual y el impulso amoroso no habían aparecido en ningún relato precedente de El conde Lucanor: las relaciones entre hombres y mujeres se habían determinado por la conveniencia, la movilidad social ascendente o la razón de Estado.

En el Libro de los enxiemplos a la mujer le toca una suerte peor que al amor. En sus pocas apariciones como protagonista resulta distraída y soñadora, como doña Truhana, que rompe el cántaro de leche (exemplum 7), o francamente diabólica, como la falsa beguina que destruye un sólido matrimonio de dos campesinos y de paso provoca una matanza (exemplum 42). En ese sentido, don Juan Manuel no se aparta de la tradición misógina de la época, que ya había dejado huella literaria en las colecciones de exempla[1]. Por ello resulta sorprendente en el exemplum 50, “de lo que contesçió a Saladín con una dueña, muger de un su vasallo”, ver al poderoso sultán loco de deseo, poseído por una fuerza desconocida que lo hará convertirse en juglar, cazador y poeta; endiablado, porque Patronio afirma que ha sido el Diablo quien pone en el talante de Saladino que olvide sus obligaciones y ame a la dueña como no debe[2].

Un mal consejero sugiere al sultán que le otorgue a su marido un cargo en una tierra lejana. Ya en su recámara, con su esposo enviado a un lugar apartado, Saladino le declara su amor a la señora, que se resiste lo más que puede con diálogos de enorme riqueza literaria y aun filosófica, como cuando le dice:

–Bien sé que el amor no es en poder del hombre, antes es el hombre en poder del amor

La esposa le reclama que los grandes señores, una vez que han atraído hacia sí a las mujeres sencillas, las olvidan y las desprecian. Y le pone una sola condición antes de ceder: que le diga cuál es la madre y cabeza de todas las bondades.

Entre los sabios de la corte de Saladino se enciende un debate acerca de la mayor de todas las virtudes: ser de buena alma, afirma uno, pero se le refuta que aquello podría ser cierto para el otro mundo, pero no para éste; ser leal, propone otro, pero se le replica que un hombre leal podía ser a la vez cobarde o mezquino. Insatisfecho, Saladino convoca a dos juglares, él mismo se disfraza de juglar y sale al mundo a buscar la respuesta. Pero no la encuentra en ninguno de los dos centros de la cristiandad: ni en la curia romana “donde se ayuntan todos los cristianos” ni en la corte del rey de Francia. Se cansa de preguntar en las cortes. Agotado, casi arrepentido por el largo viaje, ya su búsqueda no obedece tanto al amor por la esposa de su vasallo, sino por su autoestima de príncipe, pues es deshonroso a los grandes señores que dejen sin terminar lo que empezaron.

A punto de regresar a Babilonia con las manos vacías, los tres juglares se encuentran a un cazador que los invita a cenar. Su padre, un anciano ciego, apenas escucha la pregunta de uno de los juglares y descubre que se trata del rey a quien había servido en su palacio muchos años atrás. Le dice:

–La mejor cosa que el hombre puede tener, y que es madre y cabeza de todas las bondades, os digo que es la vergüenza; y por vergüenza sufre el hombre la muerte, que es la cosa más grave del mundo, y por vergüenza deja el hombre de hacer todas las cosas que no le parecen bien, por más voluntad que tenga de hacerlas. Y así en la vergüenza se inician y terminan todas las bondades y la vergüenza es el punto de partida de todos los malos hechos.

Satisfecho, Saladino vuelve a Babilonia. De regreso a la recámara de la mujer de la que se ha enamorado, Saladino le expone su descubrimiento y le exige el pago de la deuda. ¿Eres el mejor hombre del mundo?, le replica ella. Sí, no hay otro mejor que yo, responde Saladino. Entonces si dices que la vergüenza es la cabeza de todas las bondades y que tú eres el mejor hombre del mundo, debes avergonzarte de lo que me has pedido.

Quando Saladín todas estas buenas razones oyó e entendió cómmo aquella buena dueña, con la su vondat e con el su buen entendimiento, sopiera aguisar que fuesse él guardado de tan grand yerro, gradesçiólo mucho a Dios. E commoquier que la él amava ante de otro amor, amóla muy más dallí adelante de amor leal e verdadero, qual debe aver el buen señor e leal a todas sus gentes (Don Juan Manuel 1987, 299, subrayado mío).

Es muy importante destacar que su ideología e intereses de clase, su defensa de la preeminencia de la caballería y la reivindicación del estado nobiliario hubieran podido llevar a don Juan Manuel a elegir otra virtud como madre y cabeza de todas las bondades: la honra o la salvación del alma –tal como entendían ambos conceptos los nobles medievales: como la obligación de mantenerse en su estamento social. Por otro lado, su apego a la ortodoxia dominica (fue alumno y aliado de los dominicos, que entonces dirigían la Santa Inquisición), su búsqueda de una perfección espiritual de acuerdo con los preceptos de la Iglesia lo hubieran conducido a elegir la fe y el temor a Dios como la mayor de todas las virtudes, pero el Adelantado de Murcia optó por un principio laico y no religioso, individual y no corporativo: la vergüenza, que es un valor independiente de la clase o posición social, del cargo, el origen, la limpieza de sangre y aun de la fe en un Dios verdadero: está al alcance del vasallo, el clérigo, el caballero y el rey.

El desarrollo de la visión del amor no es menos interesante en este exemplum. Se expresa al principio como el amor cortés de la época, cuando Saladino se enamora y por su amor compromete, primero, su honra como príncipe, y abandona luego el gobierno para buscar la solución. En el viaje ese amor endiablado se vuelve un amor al saber: ya no lo impulsa tanto la obsesión con la esposa del vasallo, como su necesidad de encontrar la respuesta, aunque don Juan Manuel lo matice como la obligación de clase que tiene un gran señor de concluir sus empresas. Y su evolución concluye en un amor político: “E commoquier que la él amava ante de otro amor, amóla muy más dallí adelante de amor leal e verdadero, qual debe aver el buen señor e leal a todas sus gentes”. Patronio enfatiza que se convierte en un amor leal, que es el amor verdadero que el buen señor le debe tener a todas sus gentes, un amor a su colectividad desde su posición de gobernante.

Don Juan elige a una mujer como el paradigma del buen consejero, del sabio que educa al sultán, y la sitúa en las antípodas del mal consejero que recomienda alejar al marido con una embajada. Los diálogos de la mujer son de poeta o filósofo, y sólo al final se echa a llorar para despertar la vergüenza de su señor, que reconoce que su bondad y su buen entendimiento lo salvaron de cometer un error mayúsculo.

Es decir, don Juan Manuel se reserva para el último o penúltimo cuento de la colección –según se acepte o no la autenticidad del exemplum 51– la defensa de un valor ético, individual y laico –la vergüenza– como el mayor que puede poseer el hombre; ahí mismo reivindica a una mujer como el buen consejero y expone además una visión personal donde el amor evoluciona: del amor cortés al amor al saber y termina en el amor político. Y con un atisbo de ironía, se da el lujo de sugerir que en los dos centros políticos del cristianismo, la curia del Papa y la corte del rey de Francia, no se tiene idea de la vergüenza.

Este exemplum, el 50, es el resumen de las preocupaciones morales y espirituales de don Juan Manuel, que aparecen con mayor énfasis en los últimos 12 cuentos de la colección. “El libro del Conde Lucanor se va a cerrar con un grupo de exemplos (41-50) en los que los aspectos concretos de la existencia individual irán siendo sustituidos por consideraciones de carácter principalmente religioso […] Al final del libro, pues, lo que se desea alcanzar es un determinado grado de perfección interior”, afirma Fernando Gómez Redondo en la Historia de la prosa medieval castellana (1998, p. 1175).

Se puede refutar el carácter “principalmente religioso” de las inquietudes de don Juan Manuel cuando menos en el exemplum 50, pues la vergüenza es un concepto independiente de Dios, y de escasa tradición judeocristiana. Sin embargo, hay que estar de acuerdo con Gómez Redondo en que don Juan Manuel se supera a sí mismo en la última docena de cuentos de la colección. Sus preocupaciones se vuelcan a la salvación del alma, la buena fama, el bien y el mal, la amistad y la vergüenza.

Esta última docena de piezas, entre ellas la de Saladino y la esposa fiel, están entre los de mayor calidad literaria de la colección: en ellos no hay maniqueísmo; a diferencia de piezas anteriores, no se componen de un bloque protagónico contra otro antagónico. Los personajes son víctimas de sus decisiones y no sólo del ataque de grupos con intereses contrarios.

Quizá tenga razón Gómez Redondo al afirmar que los últimos exempla de la colección se orientan a la búsqueda de una perfección espiritual, pero la elección de la vergüenza como la mayor de todas las virtudes, y no el amor y el temor a Dios, revela que don Juan Manuel había asimilado y estaba de acuerdo con la separación de poderes que ocurre al final de la Edad Media[3], y que su pensamiento al respecto es una reacción al ascetismo de las órdenes mendicantes. El férreo defensor de la dominación, el promotor de la guerra santa y el canalla que perseguía y defenestraba a sus detractores era, además, un hombre de ideas propias que eligió a una mujer como el consejero más sabio, a un musulmán como el rey más prudente y a un valor laico –la vergüenza– como la cabeza de todas las bondades.



[1] El Sendebar o Syntipas, por ejemplo, se subtitula Libro de los engannos e los assayamientos de las mugeres. Véase el estudio de Graciela Cándano, La harpía y el cornudo, acerca de la misoginia en las colecciones de exempla medievales.

[2] El diablo es quien le inocula un enamoramiento que desencadenará la acción del relato y la búsqueda de la sabiduría, de la misma manera como la serpiente le dio a Eva el fruto del árbol del conocimiento, y liberó al hombre de “la eterna felicidad del imbécil contento” –como dice Michel Onfray en el Tratado de ateología– a la que estaba condenado en el paraíso.

[3] Jacques Le Goff afirma que la disputa en la Edad Media entre los emperadores y los papas condujo a dos fenómenos políticos: uno de ellos, la aparición de los reyes, y el otro, la separación de los poderes temporal y espiritual. “El conflicto entre el más poderoso de los reyes, el rey de Francia, Felipe el Hermoso, y el papa Bonifacio VIII, termina con la humillación del pontífice, que incluso es abofeteado en Agnani (1303), y con la cautividad del papado en Aviñón (1305-1376). El enfrentamiento, en la primera mitad del XIV, entre el papa Juan XXII y el emperador Luis de Baviera, no significará más que la supervivencia de estas luchas, que permitirá a los partidarios de Luis, sobre todo a Marsilio de Padua en su Defensor pacis (1324), definir una nueva cristiandad donde los poderes temporal y espiritual se hallan claramente separados. La defensa del carácter laico de los poderes alcanza con él la categoría de ideología política. El último gran partidario de la mezcla de poderes, Dante, el último gran hombre de la Edad Media, a la que resumió en su obra genial, murió con la mirada vuelta hacia el pasado en el año 1321” (Le Goff, p. 84).

jueves, 26 de febrero de 2009

Ana Ortiz Angulo, una escritora para el siglo XXI

Ana Ortiz Angulo, una escritora para el siglo XXI

Por Emiliano Ruiz Parra

El 8 de septiembre de 2008 falleció la escritora Ana Ortiz Angulo, autora de cuatro novelas, cuatro libros de cuentos, una autobiografía y una decena de ensayos sobre arte e historia. Su obra, aunque breve, aporta una propuesta literaria de contrastes y combinaciones que debe ser redescubierta.

De sus cuatro novelas, a mi parecer, la más importante es Amor Humano, divino amor (editorial Xólotl, 1984). Ambientada en la Nueva España, cuenta la historia de fray Anselmo y de Cecilia. El religioso agustino es el modelo del anacoreta de las órdenes mendicantes. Come sólo lo imprescindible, castiga su cuerpo con el silicio y entrena el vientre para defecar una sola vez a la semana (para escapar del placer de la evacuación). Pero se ve un día confrontado con un libro de grabados que retratan al dios Pan haciendo el amor con las ninfas Eco, Pitis, Ega y Siringe. Con ese encuentro inesperado, entra en conflicto con su tradición cristina y descubre que el acceso a lo sagrado no está en la oración ni el flagelo, sino el amor y, específicamente, el amor sexual. Primero con una campesina cuyo marido no ha regresado del cuartel, después con Cecilia, una novicia que escapa de un convento tras ser violada por Satanás, fray Anselmo halla la verdadera trascendencia: la trascendencia del otro. Ana Ortiz Angulo alcanza su mayor nivel literario en esta historia de 90 páginas. Las descripciones de los grabados de los dioses griegos son de una alta intensidad poética: “La ninfa voltea angustiada a ver a su perseguidor. A pesar de la violencia de la escena, fijándose bien, el rostro femenino no muestra dolor ni ira. A pesar de la angustia reflejada en el rictus de su boca, sus ojos resplandecen de felicidad. Lo cierto es que ella no huye, aparenta huir; no corre, se deja alcanzar”.  El agustino se hipnotiza con la contemplación de los grabados que muestran a Pan persiguiendo, sometiendo, acariciando, penetrando a las ninfas, y asume que se trata de una prueba que le ha puesto Dios para probar su resistencia. “Sin verdaderas pruebas no hay merito, hasta el mismo Jesucristo fue tentado”, se dice a sí mismo. Por eso es tan intensa la escena en donde el fraile sucumbe al amor que observa: “ansia de sediento, hambre infinita, insoportable. [El religioso] bajó su boca hasta el dibujo. La posó sobre los labios entreabiertos húmedos, cálidos, tocó los dientes minúsculos y la punta de la lengua [de la diosa]. El frío del pergamino lo hizo volver a la realidad”. Anselmo tiene por primera vez una epifanía y responde a ella huyendo del monasterio e internándose en el bosque. La revelación lo lleva a abandonar la certeza que le ha dado sentido a su ser. Su vida con la campesina le hace ratificar que el contacto con Dios está en el lecho del amante.

En Amor humano, divino amor, Ortiz Angulo conjunta tres tradiciones literarias: la poesía bucólica –en las espléndidas páginas en donde se describe a los dioses griegos– la novela erótica y la literatura filosófica. Las tres tradiciones, sin embargo, no se ocultan una a otra, no se estorban ni distraen al lector. Porque la autora conocía los secretos del arte de narrar y los prodigó no sólo aquí, sino en el conjunto de su obra. Uno de ellos, la tensión narrativa. Otro, la creación de personajes sólidos, humanos, con alma y voz propia. La historia de Amor humano, divino amor se desenvuelve entre la discusión acerca del amor, del placer, del dolor y de los deseos de Dios hacia los hombres. Las descripciones brillantes no se limitan a las escenas de tálamo: el retrato de la vida en el convento de Cecilia, el abuso que sufre, el acecho posterior, dan cuenta de que no sólo dominaba la representación en clave poética. Era también una narradora ágil. Porque era, además, una cuentista brillante, conocedora del arte de crear en unas cuantas líneas una atmósfera o una pasión.

Tanto en Amor humano… como en Viaje a Chilchotla, su siguiente novela (Ediciones El Socialista, 1987), Ortiz Angulo confronta diversas visiones del mundo. En Amor humano… dentro de la cabeza del eremita se enfrenta la ortodoxia religiosa contra la sensualidad dionisiaca. En Chilchotla, el racionalismo de la doctora Ana se estrella contra el mundo mágico de Delfina, una indígena de la Sierra Mixteca. Los personajes de Ortiz Angulo no sólo tienen transformaciones emocionales sino intelectuales. Se enfrentan a sus contradicciones y a sus sueños. Eso le pasa al memorable Gumersindo Maldonado, el antihéroe de su última novela, En viernes, perdimos otra vez (Ediciones El Socialista, 2002), un modesto empleado bancario que se ha dado por vencido y cuya vida corre entre los pleitos con su esposa y las humillaciones de la oficina, pero que vive una existencia paralela, secreta, en sus sueños y remembranzas, en la cual combina hechos ciertos, como su participación en el movimiento de 1968 con sucesos ficticios, como sus amoríos con sus compañeras de trabajo. Ortiz Angulo deja que su personaje sea feliz en la combinación de la realidad y el sueño.

Escribió, cuando menos, 58 cuentos, pero publicó sólo dos colecciones, El regreso a la tierra (Universidad de América, 1951, cuyo cuento que da título al libro fue premiado por un jurado integrado por Francisco Monterde, Alfonso Reyes, Samuel Ruiz Cabañas y Xavier Villaurrutia) y Tíralos al mar (Praxis, 1999). Alcanzó también un altísimo nivel literario en sus piezas breves, como en “El cantero” y “Justicia costeña”. Si en las novelas era capaz de construir personajes complejos como los de Balzac o Dostoievski, en el cuento dominaba la contundencia y la concisión, y ahí brillaba su oído de gran escritora: las voces de sus personajes consiguen esa combinación de naturalidad y poesía que tienen, por ejemplo, los de Juan Rulfo. Quizá, si quepa alguna crítica a su obra, ésta sería la de no experimentar con la vanguardia. Dominó el arte de narrar y construyó un estilo y una propuesta literaria propia, pero se mantuvo ajena de las tendencias experimentales de la literatura, como la mayoría de los escritores mexicanos.

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Ana Ortiz Angulo le robó a la escritura miles de horas, de días y de años. Se los quitó para regalarlos a sus hijos, a sus alumnos y a sus nietos, que nunca fuimos conscientes de que éramos los beneficiarios de un despojo voluntario a la vocación. Hizo felices a su compañero, José Ángel Ruiz Martínez, El Güero, a sus seis hijos, 16 nietos, seis bisnietos y a miles de alumnos. Su vocación literaria la prueba la escritura de su primera novela a la edad de 13 años y los cuentos que escribió días antes de morir, a los 79. No dejó de escribir nunca. Le interesaba publicar y ser leída, pero prefería dedicar los escasos minutos libres al nuevo cuento, a la próxima novela. Virginia Woolf decía que las mujeres, para profesionalizarse como escritoras, necesitaban “un cuarto propio”. Sus nietos –yo entre ellos– invadimos ese cuarto una y otra vez. Necesitaba silencio y nosotros la llenábamos de ruido, de exigencias mundanas. No nos hacía saber que era escritora hasta que nos sorprendía con un nuevo libro, como si escribir fuera distracción en el tiempo libre. Anita fue, además, profesora, marxista, militante, historiadora. Su legado humano lo conservamos sus hijos, nietos y amigos. Su legado literario está al alcance de todos los lectores.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Morir por Pemex (Los sobrevivientes de la Usumacinta)

Morir por Pemex

Sobrevivientes del choque entre las plataformas Usumacinta y Kab 101 relatan lo que vivieron durante el accidente, el naufragio en los botes conocidos como mandarinas y el rescate.


Emiliano Ruiz Parra

(Publicado en Enfoque, suplemento de Reforma, el 10 febrero 2008).- CIUDAD DEL CARMEN.-

Tragedia en la plataforma
La noche del lunes 22 de octubre Alfredo de la Cruz vio en la televisión un reportaje sobre los accidentes en la Sonda de Campeche. En el último percance, ocurrido días antes, había muerto un trabajador en el incendio de una barcaza. Alfredo de la Cruz se fue a dormir esa noche con la seguridad de que a él no le ocurriría un accidente de esa naturaleza.

Los trabajadores del departamento de mantenimiento se reunían a ver televisión en el camarote del ingeniero José Ramón Granadillo. Ahí seguían las telenovelas, los noticiarios o platicaban con un refresco. La charla en el cuarto de Granadillo era una agradable recompensa a la jornada de 12 horas laboradas a bordo de la plataforma Usumacinta. Granadillo confiaba en el equipo que había conformado por años y sus trabajadores lo veían más como amigo que como jefe.

Solidario y paciente en la faena, al ingeniero de 37 años le gustaba charlar de su vida familiar en su natal Emiliano Zapata, Tabasco. Sus compañeros de la Usumacinta estaban invitados a los 15 años de su hija que se celebrarían el 28 de diciembre. En ese viaje también les iba a presumir la yegua que estaba entrenando para las carreras del pueblo.

Alfredo de la Cruz, mejor conocido como Pensamiento desde una década atrás, se fue a la cama tranquilo. Disfrutaba de sus sueños, que lo remitían a su familia, sus hijos y nietos y a su primer bisnieto de un año de edad.

Granadillo les había avisado a sus empleados que el frente frío número 4 se acercaba al Golfo de México. Los frentes fríos no eran motivo de desalojo de las plataformas petroleras de la Sonda de Campeche; sólo los huracanes ameritaban la evacuación de los 18 mil obreros de altamar, como había ocurrido con la llegada del Dean de agosto pasado, de acuerdo con las prácticas de la capitanía de puerto.

La vida en la Usumacinta era similar a la de cualquier plataforma móvil de la Sonda de Campeche. Se laboraba en jornadas de 12 horas y guardias de 14 días de trabajo por 14 de descanso, salvo los trabajadores a prueba que llegaban a acumular 38 días sin regresar a tierra. Los obreros, conocidos como ATP (ayudante de trabajo de perforación), cumplían de 07:00 a 19:00 o de 19:00 a 07:00 horas. Los trabajadores especializados, como los mecánicos o electricistas, debían estar disponibles las 24 horas aun cuando hubieran cumplido con su jornada diurna.

Una plataforma es autosuficiente: dispone de un módulo habitacional con cuartos colectivos para los obreros y habitaciones individuales para los oficiales, un helipuerto, un comedor donde se sirve en cuatro horarios diferentes y un sistema de potabilización de agua salada. Una vez a la semana un barco conocido como "comisaria" provee alimentos congelados. En la Usumacinta se apreciaba el sazón de la cocinera María del Carmen Aguilar.

La Usumacinta había llegado a la plataforma fija Kab 101 el jueves 18 de octubre a terminar de perforar uno de los tres pozos, y desde el domingo 21 se había desplegado el cantiliver, una estructura de acero retráctil donde se asientan el piso y la torre de perforación.

La plataforma había batallado para asentarse. Las tuberías no se ubicaban en donde reportaban los planos y las maniobras de posicionamiento demoraron tres días con la ayuda de buzos y barcos remolcadores.

A las 9:00 de la mañana del martes 23, el golpe del frente frío sacudió a la Usumacinta. Las olas se acercaban a la base de la plataforma, 15 metros arriba de la superficie marina. Sergio Córdoba, a quien sus compañeros apodaban El Negro, sintió el movimiento oscilatorio, el temblor suave que provocaba el golpe de las olas, y el sonido metálico de las cuñas de acero que rozaban las patas de la plataforma.

Granadillo y Sergio Córdoba acudieron al cuarto de radio. No había dudas, el frente frío entraba con la fuerza de un huracán categoría uno: la máquina registraba rachas de viento de 136 kilómetros por hora. El jefe de mantenimiento ordenó a sus trabajadores evitar las labores en la cubierta y concentrarse en los cuartos de trabajo.

-¡Hay una fuga de gas sulfhídrico en el contrapozo! -gritó el soldador Guadalupe Momenthey al filo de las 11:00 horas.

El olor a huevo podrido llegó pronto al módulo habitacional. Sergio Córdoba vio una cortina de humo, entre blancuzco y amarillento, que salía del pozo. Sonaba como una manguera suelta de aire comprimido.

Pensamiento temió que el gas sulfhídrico, más pesado que el aire, se concentrara debajo de la plataforma y con cualquier chispa se produjera una explosión. El gas sulfhídrico, pensó, era altamente tóxico y una breve exposición podía causar la muerte.

La alarma de Momenthey fue el inicio del caos. Los obreros dejaron sus herramientas y corrieron al helipuerto, identificado como la zona segura de la plataforma en caso de fuga o incendio. Sergio Córdoba y su ayudante, Rigoberto Mendoza, desenergizaron la plataforma y se colocaron a la espalda sendos tanques de oxígeno, conocidos como "equipos de respiración autónoma". Sergio alcanzó a ver que dos trabajadores bloqueaban la salida del módulo habitacional.

-¡Déjenlos salir, no se queden ahí, acuérdense de la Piper Alpha -gritó. La Piper Alpha era una plataforma en el Mar del Norte en donde murieron asfixiadas 62 personas en el módulo habitacional.

Los trabajadores sintieron la furia del viento de la que habían huido cuando el huracán Dean. Se empezaron a escuchar gritos y llantos.

-¡Nos vamos a morir! -se oyó un grito.

-¡Este tanque está vacío y la cascada no tiene oxígeno! -se quejó un trabajador de su equipo de respiración autónoma. La empresa de seguridad industrial Vallen había abandonado la plataforma cuatro días antes porque se había agotado su orden de servicio y habían inhabilitado el sistema de relleno de los tanques de oxígeno, conocido como "cascada".

La fuerza del gas lanzaba al aire borbotones de aceite que manchaban los cuartos de trabajo, el módulo habitacional y los botes salvavidas.

La población de la Usumacinta se concentró en el helipuerto. Los trabajadores se acostaron o se arrodillaron, aferrados a la malla dispuesta en el piso para amortiguar el descenso de las naves.

La fuga de aceite y gas provocó una crisis de casi tres horas en la Usumacinta. El helipuerto se convirtió en un escenario de gritos, de imploraciones a Dios para no morir asfixiados. Del tercer nivel de la plataforma, donde se concentraron los superintendentes, llegaban algunas noticias parcialmente tranquilizadoras: "viene el apoyo en camino".

Al filo de las 14:00 horas los superintendentes de la plataforma ordenaron cerrar la válvula de tormenta: era la última opción para controlar la fuga de aceite y gas. Ellos eran Miguel Ángel Solís, de Pemex, y Guillermo Porter, de Perforadora Central, la compañía propietaria de la Usumacinta. Ambos morirían horas después en el bote de salvamento número dos.

Con el cierre de la válvula de tormenta, alrededor de las 14:20 horas, siguió una tranquilidad enjundiosa entre los trabajadores. Era como disponerse a tomar un baño caliente después de atravesar una tormenta. Los que estaban hincados o acostados se pusieron de pie, agradecieron que la fuerza de los vientos dispersara el olor a podrido del gas (durante la crisis se pensó que la fuga era de gas sulfhídrico, pero después se comprobó que se trataba de gas amargo) y se quitaron los tanques de oxígeno.

Al trabajo pendiente se sumaba limpiar la plataforma de las manchas de aceite. Sergio y Rigoberto empezaron por la máquina auxiliar. Sergio esperaba la orden de Granadillo de activar la energía eléctrica de la plataforma. El corte de luz se había hecho para eliminar las chispas y con ello evitar una explosión o un incendio. Con la fuga controlada la urgencia era regresar al trabajo.

-¿Oye, Negro, esto es normal? -preguntó el cabo Nicolás González cuando vio una exhalación de gas en el pozo.

-No, no es normal, avísale al viejo -respondió Sergio Córdoba. El viejo era Guillermo Porter, de 73 años, superintendente de la Usumacinta.

En pocos minutos la desesperación volvió a la plataforma. El cantiliver había degollado el árbol de válvulas y provocado una segunda fuga al filo de las 15:30 horas.

-Negro, ya no hay control, es la última válvula... hay que irnos, yo creo que vamos a evacuar -le dijo Granadillo.

Una convicción se apoderó de los superintendentes, de los intendentes, del capitán de la plataforma, de los cabos, los ATP, de los mecánicos y electricistas, de los cocineros y los meseros, del conjunto del personal de la Usumacinta: después del cierre de la válvula de tormenta no existía una segunda oportunidad sobre la plataforma.

Y abajo, la violencia del mar, las oleadas de ocho metros, las rachas de viento de 130 kilómetros por hora.

El helipuerto se volvió a llenar de trabajadores: en el caos se revolvieron los tanques de oxígeno y se iniciaron las voces de alerta, algunas ciertas y otras equivocadas.

-¡Yo no sé nadar! -levantó la voz la cocinera.

-¡Ya agarró fuego! ¡Ya agarró fuego! -alarmó falsamente un obrero.

A lo lejos apareció el barco Morrison Tide, que acudía al rescate. Por el efecto de las olas el barco parecía un submarino: aparecía altivo sobre una cresta y desaparecía de súbito como si el mar lo tragara en los valles de las olas.

Pensamiento meditó sobre las dificultades del rescate: un helicóptero no podría acercarse: los vientos lo vencerían como a una mosca. El remolcador tampoco tendría éxito porque podría chocar contra las patas de acero de la plataforma. Lanzarse a la mar en los botes de salvamento, conocidos como mandarinas, tampoco garantizaba la sobrevivencia: igual que la embarcación, podrían estrellarse contra las patas de acero apenas cayeran al mar. La grúa tenía un índice de resistencia a los vientos y la escalera podría chocar contra la base del barco con el impacto de una ola. Pero quedarse en la plataforma era morir como ratas.

-La grúa está descartada por los vientos, ni mencionarla -le dijo Granadillo a Sergio Córdoba- dile al cabo que baje la escalera.

La escalera no aguantó el impacto de la primera marejada: se dobló como si fuera de papel aluminio.

El tiempo de pensar se terminó cuando el viento cambió de dirección y lanzó el gas hacia la zona segura de la plataforma. Rondaba la idea equivocada de que la fuga era de gas sulfhídrico, rápidamente letal. Un obrero amenazó con arrojarse al mar. Los superintendentes dieron la orden de abandonar la plataforma.

 
 
Mandarina uno
 
Sergio Córdoba ya había piloteado el bote salvavidas número uno. Dos meses atrás recibió un curso y por lo menos una vez cada catorcena tomaba el timón del bote en los simulacros de rutina. Pero estos ejercicios se hacían siempre en aguas mansas. Si el mar estaba picado se posponía hasta que la superficie semejara el espejo de una laguna.

No era el caso del martes 23 de octubre, cuando el frente frío número 4 golpeaba con vientos de 130 kilómetros por hora y marejadas de ocho metros de altura. Sergio verificó que se siguieran los procedimientos del manual de seguridad de la plataforma: el grupo abordó el bote en orden, uno en estribor y otro a babor para equilibrar el peso. Se contaron hasta sumar 41. El ingeniero de la plataforma, Éder Ortega, confirmó por radio con el bote dos: estaban completos, no quedaba nadie en la Usumacinta.

Sergio dio la orden de soltar el gancho al ayudante de mecánico Juan Gabriel Rodríguez y en segundos la mandarina bajó 10 metros. Al golpe con el agua dio varias vueltas sobre su eje y quedó en dirección a los pozos. Una ola los empujó debajo de la plataforma y el bote libró por centímetros el choque contra una de las patas de acero. Sergio recordó que debía virar el timón 180 grados a babor y 180 a estribor para mantener la dirección al frente. El petróleo que regaba el viento manchó la ventanilla del piloto y le impidió la visibilidad.

Desde la popa, un canal de agua se metió en la mandarina y serpenteó entre los pies de la tripulación. A los pocos minutos la línea de agua se había convertido en un charco. Los tripulantes recogían las piernas para no mojarse las botas.

-¡Entra más agua de la que sale -se oyó un grito al interior.

Sergio Córdoba avistó al Morrison Tide.

-Ya vienen por nosotros, tranquilos, ahí viene el barco. Ustedes achiquen que el bote resiste.

A veces ocultado por las olas, a veces montado en una cresta, la imagen del barco alegró a los pasajeros del bote. La expectativa los hizo olvidarse de la bomba de achique. Juan Gabriel Rodríguez, ayudante de mecánico y segundo al timón, abrió la escotilla para esperar la cuerda salvadora del remolcador.

En la segunda lanzada Juan Gabriel sujetó la cuerda y la atoró al gancho de arriado. Pero la emoción duró los pocos segundos que tardó en formarse una montaña de agua que embistió el bote. Juan Gabriel se quedó con un extremo de la cuerda en las manos y el otro extremo se perdió con un latigazo en el aire.

La ola se metió dentro del bote y los inundó hasta las rodillas.

-¡Aquí nos vamos a ahogar!

-¡Nos vamos a salir! ¡Hay que salirnos porque de aquí no vamos a salir vivos! -se escuchó entre los pasajeros.

El grupo prefirió abandonar la mandarina como minutos antes había optado por dejar la plataforma. Cada decisión desesperada buscaba ensanchar las probabilidades de sobrevivencia. Afuera del bote los esperaba la furia del océano, la inexperiencia de los barcos petroleros en labores de rescate y su propio desconocimiento del mar. Ellos eran obreros, expertos en soldar, operar grúas y motores, perforar, preparar cementos y lodos o alimentar a la legión de trabajadores. El mar representaba para ellos una capa más entre el petróleo y la compañía. Un perímetro que les imponía jornadas de 14 o 28 días de trabajo lejos de sus familias. Algunos no sabían nadar. Otros tenían nombramiento de "capitán" cuando carecían de formación naval. Plataformeros, los llaman en Ciudad del Carmen.

Ya no había orden sino desesperación. Lo urgente era salir de inmediato de la pecera como se huye del fuego. Una vez afuera, los trabajadores se pararon sobre un borde de la mandarina y se sujetaron de un tubo de aluminio colocado al centro para generar una regadera en caso de que el bote navegara a través de un incendio. Sergio Córdoba apagó el motor antes de salir por la escotilla. El Morrison Tide estaba cerca, cada vez más, y se preparaba para lanzar otra cuerda.

La cuerda nunca llegó. El mar se lanzó ahora sobre el barco con una ola que barrió la cubierta y arrojó a dos marineros al agua. Un tercer tripulante murió súbitamente al ser lanzado contra el malacate del remolcador. El Morrison Tide se tenía que ocupar ahora de sus propios náufragos.

La fuerza de un nuevo muro de agua se impactó sobre el bote. Por más energía que imprimieron en cerrar los puños y aferrarse al tubo, el agua los regó lejos de la mandarina. Sergio sintió por primera vez la revolcada de una ola monstruosa. El golpe de agua que le arrancó las manos del tubo le abrió la boca, invadió sus fosas nasales y le dio vueltas. Cuando salió a la superficie vio a lo lejos el bote virado, con la propela hacia el cielo y el techo hacia el fondo marino. Desistió de regresar a ella.

El soldador Jesús Manuel Domínguez sí se empeñó en regresar al bote, llegó hasta él y se trepó a la base. El soldador de 57 años formó un grupo con cinco obreros más que usaron la mandarina volteada como una boya. Jesús Manuel había trabajado de noche, arrastraba el estómago vacío y tres horas escasas de sueño. Cada impacto de las olas lo alejaba del bote, lo chocaba contra sus compañeros y lo obligaba a realizar un esfuerzo mayúsculo de regreso. Un joven motorista, Omar Andrade, utilizó el arnés del trabajo cotidiano para engancharse al tubo perimetral y evitarse el sufrimiento de verse arrojado por las marejadas y luego nadar de regreso al bote.

-¡Señor, Dios mío, no me quiero morir, déjame vivir! -suplicaba Andrade.

Tres horas tardó Jesús Manuel en asir las cuerdas lanzadas desde el barco. Estaban impregnadas del petróleo que arrojaba la fuga del pozo. Aunado a su cansancio, el soldador cayó dos veces al cementerio marino, cerca de las hélices del barco. A punto de abandonarse, una ola suave lo lanzó junto a la defensa del barco y le permitió asirse de la cadena.

-¡No te vayas a soltar, tú ya la hiciste -le gritó un marinero tras lanzarle una cuerda.

-¡Ayúdame a subir... ya no tengo fuerzas -le imploró.

Apenas le dio tiempo de dar gracias a Dios al poner el pecho en el borde del barco cuando una ola lo estrelló contra la pared. En cubierta ya estaban dos compañeros y minutos después subieron a dos más del grupo de seis que se había aferrado a la mandarina. El motorista Omar Andrade no subió. Enganchado con el arnés, quedó atrapado entre el bote y el barco cuando los hizo chocar la fuerza del mar.

En otro grupo que quedó a cientos de metros de la mandarina y del barco, Sergio Córdoba se quitó las botas cuando perdió de vista el Morrison Tide, preparándose para una larga jornada en el agua. Ubicó a dos compañeros y formó con ellos una flor de 14 náufragos que entrelazaron las piernas o los brazos. Les dijo que un barco rescataría primero al grupo más grande. Las oleadas quebraban la unidad de los náufragos y los dispersaban a varios metros. Jorge Arturo Jiménez y Martín Zúñiga buscaban la cercanía de Sergio y se colgaban de sus hombros.

-Sabes qué, Martín, me estás cansando, ya no tengo fuerzas -reclamó el electricista.

-Es que... Sergio, no sé nadar, se me sale el chaleco -le respondió el segundo de perforador.

Alrededor del grupo nadaba Francisco Abreu, un obrero alto y fortachón de 47 años. En la plataforma era de los hombres más serenos, pero inmerso en la tempestad estaba nervioso y se movía en círculos. Cuando algún compañero lo detenía y le pedía calma duraba unos segundos antes de volver a nadar con desesperación.

Cayó la noche. Sergio miró su reloj a las 19:05 y se preocupó porque no estaría en la plataforma para recibir una llamada de su esposa al teléfono colectivo de la zona habitacional. Habían acordado comunicarse a las 19:00 horas. La sal empezó a estragar su visibilidad. A lo lejos vio tres fulgores y pensó que serían tres barcos que iban en su rescate, pero eran las luces de tres plataformas. Consideró que, si el rescate fallaba, a mediodía del miércoles estaría en tierra.

El sonido del motor de una hélice revivió el ánimo en el grupo, que se había reducido a seis.

-¡Ya vienen a rescatarnos, son tres barcos y un helicóptero! -celebró.

Pero el helicóptero no bajó nunca. Los vientos de más de 100 kilómetros por hora le alteraban el equilibrio. Apuntaba su luz hacia los grupos de sobrevivientes, los acompañaba durante un rato y se iba.

Un barco se acercó al grupo de náufragos. Era el Far Scotland, de mayor calado que el Morrison Tide. Les lanzó cuerdas y escaleras. Sergio trató de pescarlas dos veces pero los vientos las lanzaban lejos.

Sergio sentía en el cuerpo la batalla contra las corrientes subterráneas y el ventarrón iracundo. Martín, Jorge Arturo y Sergio patalearon en la misma dirección del barco. Echaron su resto en una nadada que los ubicara cerca de la mole de acero.

Cuando ya estaban a unas brazadas una ola levantó al Far Scotland y metió a los tres obreros debajo del barco. Sergio levantó la mirada y vio la quilla del barco encima de su cabeza como una guillotina a punto de partirlo en dos. En esos segundos pensó en su mujer y tres hijos, en la vida combinada entre la tierra y la plataforma. Pensó en Dios.

Y el barco en vez de caer con furia, descendió por el aire con la suavidad de una hoja de papel. La misma ola que los metió debajo del barco los sacó del punto donde el Far Scotland reventó sobre el mar.

Minutos después la cuerda ondeó nuevamente sobre sus cabezas. El viento le dio una comba y Jorge Arturo la pescó en el aire. Sergio se sujetó del otro extremo y la tripulación los jaló hacia arriba. Los esperaban con un cobertor y una taza de chocolate. Sergio vio su reloj: eran las 21:05 de la noche cuando puso los pies en la cubierta.

En el transcurso de una hora subieron 11 de los 14 que habían formado la flor después de que la primera ola los dispersara de la mandarina.

Francisco Abreu, el obrero robusto, se aferró a la cuerda y empezó a ascender. A un metro de la llegada estiró la mano para que el marinero le diera el último jalón, pero se quedó a unos centímetros. Como si lo hubiera alcanzado un rayo, se congeló en esa posición y, con el mismo gesto y el brazo extendido, cayó de espaldas al mar. Tampoco subieron el médico José Luis Sánchez Rodríguez y el gruero Mario Efrén Flores.

-Tres compañeros de ustedes no la hicieron -les relató un marinero- a uno grandote de overol naranja le faltaban tres o cuatro escalones para que lo pudiéramos agarrar pero se quedó con la mano extendida y se fue para atrás. El otro era de camisa blanca. Le tirábamos el aro y quedaba cerca de él y nada más levantaba la cabeza y movía el brazo en forma lenta y ya no hizo más, ahí quedó. Al tercero vino una ola y medio se agarró de la popa del barco y medio agarró la cuerda, pero cayó otra vez al agua y como estaba en la popa del barco suponemos que lo agarraron las hélices porque no lo volvimos a ver -contó el marinero a los 11 sobrevivientes reunidos en un cuarto caliente.

El relato fue interrumpido por un radio de banda civil de uno de los marineros del Far Scotland: "Acabamos de rescatar un cuerpo y su identificación nos dice que es Allende Alcudia Olán", informaba un rescatista de otro barco.

Uno de los 11 sobrevivientes era su hijo Allende Alcudia Sánchez. Cuando estaban en la tempestad, Alcudia Sánchez fue dos veces por su padre cuando la ola lo había separado del grupo. En la tercera su padre levantó el brazo e hizo una seña que pareció de despedida.

 
 
Mandarina dos
 
La mandarina número dos bajó por el malacate sin contratiempos, cayó al mar y dio un brinco suave con la primera ola.

Alfredo de la Cruz Ruiz, Pensamiento, encendió el motor y comenzó a navegar. El viento del norte y la fuga del pozo habían bañado de petróleo la superficie del bote, por lo que Pensamiento dejó abierta la ventanilla y su cinturón de seguridad desabrochado. Por ser el mecánico titular de la Usumacinta le correspondía el timón del segundo bote de salvamento.

Alfredo se había ganado años atrás el apodo de Pensamiento por una ocasión en la que debía operar una grúa y mover una carga con extremo cuidado.

-¡¿Qué hacemos?! -lo urgían sus trabajadores mientras lo veían reflexionar.

-Espérense, que estoy pensando -les respondió en aquella ocasión.

La tarde del miércoles 23 de octubre, al mando de la mandarina, Pensamiento volvía a calcular: debía alejarse de la plataforma lo más rápido posible y evitar así un choque con las patas de acero que habría sido mortal. Pero no estaba convencido de acelerar el motor hacia la costa. Prefería mantenerse cerca de la Usumacinta y del barco que hacía maniobras por acercarse.

-No te alejes mucho porque vienen a buscarnos -le pedía Rigoberto Mendoza, quien mantenía comunicación por radio con el otro bote.

El bote sucumbía a la furia del mar. Pensamiento viraba el timón de izquierda a derecha para sostener la dirección. El viento y las olas le daban terribles empujones y golpes, la lanzaban por los aires y la recibían con una patada en la anarquía del agua.

Adentro olía a huevo podrido. Una parte del gas había bañado el bote durante horas. Empezaron los gritos al interior: "¡Nos vamos a ahogar!".

Y tras los gritos, el vómito. Como fichas de dominó, al vómito de uno sucedió el de otro y el de otro hasta que sumaron seis. Pensamiento alcanzó a ver que el Morrison Tide se empeñaba en el rescate de la mandarina uno y lo fue perdiendo hasta que desapareció.

Sin el barco a la vista, el acuerdo en la mandarina fue navegar hacia la costa. Pensamiento aceleró el motor. Rigoberto le pidió que le cediera el timón en virtud de que había crecido en una familia de pescadores y ya había escapado de dos huracanes en lanchas de pesca. Rigoberto conocía el camino a tierra firme porque era oriundo de Emiliano Zapata, una colonia costera en la península de Atasta, pero Pensamiento rechazó la petición y le pidió que estuviera pendiente de la brújula.

El joven pescador alcanzó a ver una línea de espuma de una altura que no dio crédito a sus ojos. La muralla de agua se acercó en una fracción de segundo y golpeó la pared con un estruendo desgarrador. Toneladas de agua cayeron sobre el bote y lo desaparecieron de la superficie como si el mar lo hubiera engullido de un bocado.

-¡Aguas! -gritó Rigoberto.

El grito se ahogó. La ola revolcó la mandarina y la hundió varios metros. Dio vueltas como si estuviera en un torno. Pensamiento alcanzó a ver una sucesión de brazos y pantorrillas que no terminaban de caer cuando empezaban a elevarse de nuevo. Sintió los golpes en el cuerpo y en la cabeza, cayó, se levantó, se aferró a los bordes de los asientos. Escuchó el sonido de un tanque de oxígeno, de los llamados "equipos de respiración autónoma" que golpeó las paredes y los cuerpos, y que se había colado de manera irresponsable al interior del bote.

En la sucesión de hechos de la tarde del martes y la madrugada del miércoles, fue la primera de varias veces que Pensamiento se sintió parado en la orilla de la muerte. En esos largos segundos se agotó su convicción de que cada uno de los pasajeros a su cargo llegarían sanos y salvos a tierra. Después de la última vuelta la mandarina quedó a oscuras y empezó a subir con lentitud, pero con cada metro que ascendía se filtraban lenguas de agua al interior.

Cuando el bote reapareció en la superficie, Pensamiento entendió la expresión "tener el agua al cuello". Jaló aire de un pequeño espacio que quedó libre de agua. Entre sus brazos, flotando, sintió los cuerpos inmóviles de sus compañeros, bocabajo, con los brazos en cruz, arrojando las burbujas de los últimos alientos.

La mandarina estaba virada, con el techo hacia el fondo marino y la propela en la superficie como un escarabajo de espaldas que mueve las patas sin avanzar.

Leopoldo Cuarenta, otro mecánico que estaba a prueba en la plataforma, alcanzó a abrir las llaves de oxígeno. Con la cara hacia arriba en busca de aire, Leopoldo palpó con los pies el techo convertido en piso, descifrando con desesperación su estructura a fin de encontrar una salida. Cuando sintió el hoyo de la escotilla se zambulló y se impulsó al fondo del bote, salió de él y pataleó hacia arriba.

Rigo, Pensamiento, y el resto de los sobrevivientes del golpe de la ola salieron con el mismo método de leer con los pies y emplear sus fuerzas a bucear contra el impulso que les daban sus chalecos salvavidas.

Al llegar a la superficie, Pensamiento notó que una veintena de sus compañeros se aferraba a la orilla mientras otros se trepaban a la base del bote. Se sujetó a un tubo de aluminio del perímetro de la mandarina. En ese momento Pensamiento se percató de que no vivía un sueño, sino que ya estaba ahí, perdido en medio del mar, sin barcos cerca y atenido a sus fuerzas. Su vida dependía de Dios y de su propia capacidad de luchar. Recordó que estaba a punto de cumplir 60 años, que le faltaban seis meses para la jubilación, le vino a la mente su primer bisnieto y el coche que apenas había sacado de la agencia.

-Dios mío, si eres tan así que si tú lo puedes todo, haz que amainen los vientos -pidió.

Se subió a la base de la mandarina en donde ya estaban algunos de sus compañeros. No se había dado cuenta de que la revolcada le había cortado el pabellón de la oreja y le había abierto una herida de cinco centímetros en el cuero cabelludo, de donde se le escapaban sangre y fuerzas.

Del mar vio salir a su jefe y amigo, José Ramón Granadillo, sin chaleco salvavidas. Le dio la mano y lo ayudó a subir. El viento le quitaba volumen a sus voces y las convertía en susurros.

-¿Qué te pasó, por qué te sacaste el chaleco? -le preguntó Pensamiento.

-Me lo tuve que quitar porque no me dejaba salir -le respondió el intendente de mantenimiento.

Su jefe era esbelto y de baja estatura. Cuando estaba dentro de la mandarina, se clavó dos veces al agua para liberarse por la escotilla pero el chaleco lo botaba de regreso al macabro interior. En la tercera zambullida logró salir porque se despojó del chaleco.

Pensamiento y Rigo amarraron a Granadillo al tubo perimetral de la mandarina. Los chalecos salvavidas se habían equipado con una lampara, un silbato y una tira de seda que en caso de naufragio serviría para amarrarse unos con otros.

El viento del norte y las marejadas no se conformaron con sacar a los hombres del bote y dejarlos perdidos en el mar. Los muros de agua persistieron en sus embestidas contra los obreros. "¡Aguas!", era el grito más recurrente en las largas horas. Las olas los barrían de la superficie del bote, los desaparecían entre los pliegues del mar, los revolcaban hacia el fondo y de regreso a la superficie.

Una de esas olas rompió la cuerda que ataba a Granadillo con el bote y lo alejó del grupo. Pero el jefe de mantenimiento no dejó de luchar y se empeñó en llegar al bote. Rigoberto lo arrastró y lo ayudó a subir.

Minutos después, otra ola gigante los barrió de la mandarina. Granadillo volvió a luchar. El golpe del agua agitó el bote y sacó de su interior dos chalecos salvavidas, que aparecieron flotando entre las aguas. Granadillo quedó a tres metros de uno de los chalecos y a la misma distancia del bote. No titubeó. Prefirió asegurar su regreso al bote que arriesgarse por el chaleco.

El mar devoró uno de los chalecos en segundos. El otro se quedó flotando alrededor del grupo a sólo tres metros de distancia. Era el chaleco que le hacía falta a Granadillo. Los náufragos se quedaron mirándolo en la superficie. Estaban agotados, casi sin hablar, reservando las energías para la siguiente ola y el próximo golpe de viento. Al cabo de un rato el chaleco comenzó a alejarse, a tomar su camino y desapareció.

Granadillo no pudo regresar de una tercera embestida del mar. La muralla de agua se abalanzó sobre la mandarina regando a los trabajadores en diferentes direcciones. Sin el chaleco se multiplica la furia de la ola contra el náufrago, que debe conservar el aire, aguantar la penetración de agua contra su nariz y boca y nadar de vuelta a la superficie. Pensamiento y Rigo lo vieron salir exangüe de la revolcada, dar algunas brazadas y abandonarse en el desierto de agua.

Pensamiento vio partir así a siete compañeros. Uno de los obreros de Perforadora Central, Carlos Gurrión, trató de atar uno de los cadáveres al tubo del bote. No lo consiguió. Horas después él también sería vencido por el mar.

Más que las olas, los mataba el cansancio. Había un rictus que antecedía el momento de la muerte. La resignación aparecía en sus rostros morados y tras ella se apagaba la energía para regresar al bote.

La alegría, sin embargo, llegó a los náufragos con el sonido de las hélices. Estaba a punto de atardecer y Pensamiento contó a 11 compañeros cerca de la mandarina, algunos esforzándose por acostarse en la superficie y otros sujetos al tubo perimetral.

Primero fueron dos helicópteros de Pemex los que se acercaron a seguirlos. Los sobrevivientes acordaron que el primer rescatado sería Pensamiento. La herida de su cabeza no dejaba de sangrar a pesar de que las aguas del Golfo la habían lavado y salado mil veces. La palabra rescate se convirtió en el aliciente en la lucha contra los golpes de la naturaleza.

Pero los helicópteros se fueron. Los vientos los zarandeaban y les impedían llegar más abajo. Después se acercó una tercera nave, ahora de la Armada de México.

Una de las cientos de olas que los embistieron había alejado del bote al cocinero de noche, que nadaba a la deriva. Sujeto a una cuerda un marino bajó hasta la superficie del mar, lo abrazó por la espalda y lo sacó del agua. Ambos empezaron a subir hacia el helicóptero tirados por el motor del cabo.

El marino, sin embargo, no soportó el peso del hombre robusto y agotado, del cocinero de noche que ya llevaba el rictus de la desesperanza. Unos metros antes de subir se le escapó de los brazos. Sus compañeros sólo alcanzaron a ver el hueco que se formó en el agua después del golpe. Los helicópteros no intentaron otro rescate de esas características.

Pero no se fueron. La noche cayó sobre el mar picado y las naves siguieron a los sobrevivientes en las largas horas de vida y muerte. Se desaparecían unos minutos y regresaban. La luz de sus reflectores alumbraba las gotas de lluvia que bailaban al ritmo de las rachas de viento.

-Diosito, Señor, si tú puedes todo, haz que amainen los vientos -suplicó Pensamiento por segunda ocasión.

La luz de los reflectores se volvió lejana, tenue. La sal del mar había debilitado la vista de los sobrevivientes. Las lámparas y los silbatos que portaban en los chalecos hacía muchas horas que los había dispersado la marejada. Con el embate de cada ola los náufragos se esforzaban por volver al bote. Se reportaban a gritos en medio de la noche y con la visibilidad casi a cero.

-¡Pensamiento!

-¡Rigo!

-¡Cuarenta!

-¡Aquí estoy!

-¡Aquí estoy!

-¡Aquí estoy!

Pensamiento se subió al bote y oyó un "toc toc toc". Respondió con los nudillos: "toc toc toc". Pegó la oreja sana pero no escuchó voces, sólo los golpes del interior de la mandarina. Había sobrevivientes adentro del bote abatido cien veces por la ira del mar.

Adentro, Maribel Bolaños, empleada de Servicios de Comisariato, Sercomsa, permaneció a oscuras casi 12 horas. El agua le llegaba a los hombros y con el golpe de las olas más altas la hundía por completo. Uno a uno dejó de escuchar las voces de tres compañeros.

-No sé nadar... -le dijo su compañera de la cocina.

-No puedo más, estoy muy cansado... -sollozó rato después otro trabajador- no tengo fuerzas...

-Nadie va a venir a rescatarnos -lamentó el tercero; su respiración se convirtió en un llanto y se apagó.

-No se preocupen, vamos a rezar, vamos a pedir a Dios que nos ayudé -alcanzaba a responder Maribel.

Después del silencio del último, Maribel se quedó sola en ese vientre de fibra de vidrio y agua salada, sintiendo el contacto de los cadáveres de sus compañeros de viaje.

Con los ojos entrecerrados Rigoberto divisó dos luces ya entrada la madrugada.

Eran los faros de la barra del río San Pedro y San Pablo, la división natural de los estados de Tabasco y Campeche. El faro del norte indicaba el inicio del pueblo de San Pedro en el territorio tabasqueño, y el faro del sur, el de Nuevo Campechito, el poblado vecino de su natal Emiliano Zapata.

-¡Cálmense, ya me ubiqué, ya sé dónde estamos! Un ratito más y llegamos, ya está cerca el río -animó Rigoberto.

En menos de una hora la marejada los condujo a las costas de Nuevo Campechito. El bote salvavidas, virado, golpeado y roto arribó pasadas las 03:00 de la madrugada. Rigo se soltó del tubo del bote y sintió el suelo bajo sus pies.

El helicóptero de la Armada aterrizó en un claro de la playa a 250 metros del punto de arribo de la mandarina.

Eran 12 los sobrevivientes que recalaron en una playa atiborrada de mangles como estalagmitas. Temblaban de frío, estaban casi ciegos y sordos por la sal y los golpes. Se abrazaron en un solo cuerpo para darse calor, boca con oreja y pecho con hombro. Le dieron gracias a Dios por estar vivos y le pidieron por sus compañeros que se quedaron en el camino.

Pensamiento se apoyó en Rigo. Estaba exhausto. Había perdido conciencia de la herida que le marcaba la cabeza.

-Déjame aquí, ya no puedo -le imploró el mecánico.

-Tanto nadaste para que en la orilla te mueras -le reprendió el joven ayudante de eléctrico y lo acompañó hasta el helicóptero.

El grupo decidió que sólo ocho se irían en el helicóptero. Los otros cuatro regresaron al bote a tratar de virarlo para rescatar a Maribel. Consiguieron acercarlo tres metros más a la playa. Aprovecharon el impulso de las olas para darle vuelta y les faltó un empujón, una poca de fuerza que habían dejado en la lucha contra la rabia del Golfo.

Rigoberto encontró un hueco y metió la mano pero la sacó de inmediato, instintivamente, al sentir una pierna sin vida. Un segundo helicóptero aterrizó a los pocos minutos y un marino les ordenó que lo abordaran. Venía en camino una tercera nave al rescate de la sobreviviente atrapada al interior de la mandarina.

 
 
El pescado
 
La playa amaneció tapizada de grumos grises de barro. Los pescadores de la colonia Emiliano Zapata, en la península de Atasta, pasaron la noche en vela por el escándalo de las olas, el silbido del viento y el motor de los helicópteros.

El pescador Atilano Noverola Casanova oyó el bullicio en la playa y salió con su hijo Eleazar. A unos cientos de metros al sur un grupo de pescadores recogía el cadáver hinchado de una mujer. En la dirección contraria otro conjunto de lugareños trataba de virar el bote salvavidas número uno.

Atilano miró a un hombre, parecido a un espantapájaros, acostado sobre las olas. Los más jóvenes de su grupo se lanzaron al agua y recogieron a un joven con los ojos rojos y tosiendo agua. Estaba tan cansado que no podía ponerse en pie. Lo tendieron sobre una sábana y lo cargaron cuatro pescadores, cada uno tirando de una punta.

El joven dijo llamarse Éder Ortega, ingeniero con categoría de capitán en la plataforma Usumacinta y pasajero del bote de salvamento número uno. La familia Noverola lo acostó en la cama, le dio una muda de ropa seca y un café con leche caliente. Una hora después lo llevaron en un volkswagen prestado al centro de salud de la colonia, en donde le aplicaron gotas en los ojos, le dieron melox y ranitidina para el ardor estomacal. Cuando el helicóptero bajó al campo de futbol ya se le habían calmado los temblores.

Una semana después Éder Ortega regresó a Emiliano Zapata a agradecer la ayuda de la familia de Atilano. No se quiso llevar el chaleco salvavidas que le ayudó a llegar con vida a la costa. La familia de Atilano recogió también el tanque de oxígeno que se había colado al bote de salvamento número dos y lo guardó de recuerdo junto a la cama.

Apenas amaneció, Pedro Contreras atravesó los manglares de la playa de Nuevo Campechito hasta el punto donde recaló el bote de salvamento número dos. En el camino llevó consigo a los vecinos que fue encontrando. Cuando llegó al bote vio a seis elementos de la Armada de México tratando de voltearlo. A Pedro Contreras se le olvidó presentarse como el comandante de la policía del poblado de 497 habitantes. Pellica, como lo conocen en el poblado, les dijo que estaban ahí para ayudar.

Los elementos de la Marina no habían podido virar la mandarina y tuvieron que hacer un vuelo en helicóptero a Ciudad del Carmen para traer un hacha y abrir un boquete por donde pudiera escapar Maribel Bolaños. Ya con la ayuda de los 15 pescadores se logró darle la vuelta. Pellica vio dos cadáveres de hombres, morados e hinchados, tan pesados que resultó imposible llevarlos a cuestas.

Tampoco se podía arrastrarlos por una playa entretejida de manglares. Uno de los pescadores ofreció su machete. Escogieron el palo de mangle más largo y derecho, de unos 3 metros y medio y lo cortaron.

Los marinos y los pescadores sujetaron el cadáver al tronco con tres lazos. Uno a la altura de la cabeza, otro en el abdomen y el tercero en las piernas. Fue la única manera en que los tres marinos y el comandante Pellica pudieron levantar el cuerpo y cruzar hasta donde el helicóptero había logrado aterrizar. Los marinos, más bajos de estatura, tomaron las posiciones de adelante y Pellica, alto y fornido, se ubicó hasta atrás. En el segundo viaje, ya con el hombro enrojecido, le reclamó al marino:
 
-Además de ir cargando al finaíto te voy cargando a ti.

El marino no respondió.

En el trayecto al helicóptero, Pellica tuvo que dar un ligero tirón al palo de mangle porque uno de los cuerpos se agarró de la rama de un árbol que se atravesó en el camino.

Los pescadores se retiraron al mediodía. Los soldados les dijeron que se encargarían del resto.

En Ciudad del Carmen, el epicentro urbano de la Sonda de Campeche, lo normal es que las compañías privadas, nacionales y extranjeras, participen activamente en la producción del crudo. Empresas como Halliburton, Schlumberger, Oceanografía, Cotemar, Perforadora Central, Global y Protexa, por mencionar algunas, intervienen en alguno de los procesos de extracción.

Un obrero de Pemex con la categoría de ATP (ayudante de trabajo de perforación) percibe 25 mil pesos por catorcena en una plataforma, mientras un trabajador de la misma categoría de Perforadora Central gana alrededor de 15 mil pesos. Mientras el contrato colectivo de Pemex limita la guardia en plataforma a 14 días por 14 de descanso, un obrero de una compañía privada puede pasar 28 días o más en altamar firmando contratos temporales antes de obtener una plaza.

A ese mundo pertenecían los trabajadores de la Usumacinta.

La industria petrolera generó en Ciudad del Carmen una población flotante. Al cumplir con su guardia en las plataformas, los trabajadores regresan a sus lugares de origen en Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Yucatán o Chiapas. Pero no sólo la mano de obra, la élite petrolera también es nómada. En los hoteles es común escuchar conversaciones de los ingenieros en inglés, alemán, japonés y diversos acentos del español -del ibérico al venezolano-.

Las camionetas Lincoln de doble cabina circulan sobre calles con hoyos y baches y atraviesan con velocidad desde los barrios de casas lujosas hasta las colonias de viviendas de lámina de cartón construidas junto a los manglares. La presencia de presuntos integrantes de los zetas motivó que la ciudad esté patrullada por camiones del Ejército, la Armada, la Policía Federal Preventiva y las policías estatal y municipal. Un comandante de la PFP requiere de 16 escoltas con armas largas y tres patrullas para desayunar tranquilo en el café de un hotel.

Hasta la década de los setenta Ciudad del Carmen era un puerto pesquero en esplendor. Se cuenta que los barcos regalaban a los pobres sus excedentes en el puerto pesquero. Los carmelitas agradecieron la abundancia y levantaron una estatua al camarón en las orillas de la ciudad. La pesca se sustituyó por la industria petrolera y Pemex levantó años después un hospital junto a la glorieta del camarón. La langosta era común en las mesas carmelitas. La gente ya no se acuerda de su sabor.

Después del accidente, Pensamiento notó que se convertía en pez. La piel se endureció y se hizo escamosa. Las ministraciones de suero se volvieron una batalla para los médicos, que no sólo no encontraban las venas, sino que no podían clavar los catéteres.

La noche del miércoles 24, cuando estaba en el hospital del Seguro Social de Ciudad del Carmen, Pensamiento se resignó a esperar en urgencias a que se desocupara una cama, lo que ocurrió hasta el viernes 26.

La herida de cinco centímetros en el cuero cabelludo se había infectado y debió pasar internado 14 días. De la oreja derecha quedó sólo el lóbulo, y se acostumbró a que la pata de los anteojos se apoyara en el vendolete blanco. A pesar de que en la prueba de auditividad perdió 50 por ciento del oído derecho, los médicos le dijeron que podía volver a trabajar.

Después de que la piel se le puso escamosa, Pensamiento la mudó como si fuera serpiente. Al amanecer notaba que las escamas aparecían en montoncitos al pie de la cama. Una capa nueva y delgada de epidermis surgió de abajo de los pellejos que fue dejando con el paso de los días.

Pero si bien la piel de pescado se cayó de su cuerpo, a Pensamiento le quedaron las huellas del naufragio adheridas al alma. Uno de sus placeres era acostarse a dormir y disfrutar los sueños, en donde aparecía su familia o los buenos momentos del día. La furia del mar, sin embargo, invadió ese territorio antes inexpugnable con lagunas, plataformas que se hunden, cadáveres y marejadas. Una noche de noviembre, de camino a Mérida, Pensamiento se alarmó cuando un pescado del tamaño de un hombre se atravesó en la carretera caminando sobre la cola.

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