jueves, 26 de febrero de 2009

Ana Ortiz Angulo, una escritora para el siglo XXI

Ana Ortiz Angulo, una escritora para el siglo XXI

Por Emiliano Ruiz Parra

El 8 de septiembre de 2008 falleció la escritora Ana Ortiz Angulo, autora de cuatro novelas, cuatro libros de cuentos, una autobiografía y una decena de ensayos sobre arte e historia. Su obra, aunque breve, aporta una propuesta literaria de contrastes y combinaciones que debe ser redescubierta.

De sus cuatro novelas, a mi parecer, la más importante es Amor Humano, divino amor (editorial Xólotl, 1984). Ambientada en la Nueva España, cuenta la historia de fray Anselmo y de Cecilia. El religioso agustino es el modelo del anacoreta de las órdenes mendicantes. Come sólo lo imprescindible, castiga su cuerpo con el silicio y entrena el vientre para defecar una sola vez a la semana (para escapar del placer de la evacuación). Pero se ve un día confrontado con un libro de grabados que retratan al dios Pan haciendo el amor con las ninfas Eco, Pitis, Ega y Siringe. Con ese encuentro inesperado, entra en conflicto con su tradición cristina y descubre que el acceso a lo sagrado no está en la oración ni el flagelo, sino el amor y, específicamente, el amor sexual. Primero con una campesina cuyo marido no ha regresado del cuartel, después con Cecilia, una novicia que escapa de un convento tras ser violada por Satanás, fray Anselmo halla la verdadera trascendencia: la trascendencia del otro. Ana Ortiz Angulo alcanza su mayor nivel literario en esta historia de 90 páginas. Las descripciones de los grabados de los dioses griegos son de una alta intensidad poética: “La ninfa voltea angustiada a ver a su perseguidor. A pesar de la violencia de la escena, fijándose bien, el rostro femenino no muestra dolor ni ira. A pesar de la angustia reflejada en el rictus de su boca, sus ojos resplandecen de felicidad. Lo cierto es que ella no huye, aparenta huir; no corre, se deja alcanzar”.  El agustino se hipnotiza con la contemplación de los grabados que muestran a Pan persiguiendo, sometiendo, acariciando, penetrando a las ninfas, y asume que se trata de una prueba que le ha puesto Dios para probar su resistencia. “Sin verdaderas pruebas no hay merito, hasta el mismo Jesucristo fue tentado”, se dice a sí mismo. Por eso es tan intensa la escena en donde el fraile sucumbe al amor que observa: “ansia de sediento, hambre infinita, insoportable. [El religioso] bajó su boca hasta el dibujo. La posó sobre los labios entreabiertos húmedos, cálidos, tocó los dientes minúsculos y la punta de la lengua [de la diosa]. El frío del pergamino lo hizo volver a la realidad”. Anselmo tiene por primera vez una epifanía y responde a ella huyendo del monasterio e internándose en el bosque. La revelación lo lleva a abandonar la certeza que le ha dado sentido a su ser. Su vida con la campesina le hace ratificar que el contacto con Dios está en el lecho del amante.

En Amor humano, divino amor, Ortiz Angulo conjunta tres tradiciones literarias: la poesía bucólica –en las espléndidas páginas en donde se describe a los dioses griegos– la novela erótica y la literatura filosófica. Las tres tradiciones, sin embargo, no se ocultan una a otra, no se estorban ni distraen al lector. Porque la autora conocía los secretos del arte de narrar y los prodigó no sólo aquí, sino en el conjunto de su obra. Uno de ellos, la tensión narrativa. Otro, la creación de personajes sólidos, humanos, con alma y voz propia. La historia de Amor humano, divino amor se desenvuelve entre la discusión acerca del amor, del placer, del dolor y de los deseos de Dios hacia los hombres. Las descripciones brillantes no se limitan a las escenas de tálamo: el retrato de la vida en el convento de Cecilia, el abuso que sufre, el acecho posterior, dan cuenta de que no sólo dominaba la representación en clave poética. Era también una narradora ágil. Porque era, además, una cuentista brillante, conocedora del arte de crear en unas cuantas líneas una atmósfera o una pasión.

Tanto en Amor humano… como en Viaje a Chilchotla, su siguiente novela (Ediciones El Socialista, 1987), Ortiz Angulo confronta diversas visiones del mundo. En Amor humano… dentro de la cabeza del eremita se enfrenta la ortodoxia religiosa contra la sensualidad dionisiaca. En Chilchotla, el racionalismo de la doctora Ana se estrella contra el mundo mágico de Delfina, una indígena de la Sierra Mixteca. Los personajes de Ortiz Angulo no sólo tienen transformaciones emocionales sino intelectuales. Se enfrentan a sus contradicciones y a sus sueños. Eso le pasa al memorable Gumersindo Maldonado, el antihéroe de su última novela, En viernes, perdimos otra vez (Ediciones El Socialista, 2002), un modesto empleado bancario que se ha dado por vencido y cuya vida corre entre los pleitos con su esposa y las humillaciones de la oficina, pero que vive una existencia paralela, secreta, en sus sueños y remembranzas, en la cual combina hechos ciertos, como su participación en el movimiento de 1968 con sucesos ficticios, como sus amoríos con sus compañeras de trabajo. Ortiz Angulo deja que su personaje sea feliz en la combinación de la realidad y el sueño.

Escribió, cuando menos, 58 cuentos, pero publicó sólo dos colecciones, El regreso a la tierra (Universidad de América, 1951, cuyo cuento que da título al libro fue premiado por un jurado integrado por Francisco Monterde, Alfonso Reyes, Samuel Ruiz Cabañas y Xavier Villaurrutia) y Tíralos al mar (Praxis, 1999). Alcanzó también un altísimo nivel literario en sus piezas breves, como en “El cantero” y “Justicia costeña”. Si en las novelas era capaz de construir personajes complejos como los de Balzac o Dostoievski, en el cuento dominaba la contundencia y la concisión, y ahí brillaba su oído de gran escritora: las voces de sus personajes consiguen esa combinación de naturalidad y poesía que tienen, por ejemplo, los de Juan Rulfo. Quizá, si quepa alguna crítica a su obra, ésta sería la de no experimentar con la vanguardia. Dominó el arte de narrar y construyó un estilo y una propuesta literaria propia, pero se mantuvo ajena de las tendencias experimentales de la literatura, como la mayoría de los escritores mexicanos.

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Ana Ortiz Angulo le robó a la escritura miles de horas, de días y de años. Se los quitó para regalarlos a sus hijos, a sus alumnos y a sus nietos, que nunca fuimos conscientes de que éramos los beneficiarios de un despojo voluntario a la vocación. Hizo felices a su compañero, José Ángel Ruiz Martínez, El Güero, a sus seis hijos, 16 nietos, seis bisnietos y a miles de alumnos. Su vocación literaria la prueba la escritura de su primera novela a la edad de 13 años y los cuentos que escribió días antes de morir, a los 79. No dejó de escribir nunca. Le interesaba publicar y ser leída, pero prefería dedicar los escasos minutos libres al nuevo cuento, a la próxima novela. Virginia Woolf decía que las mujeres, para profesionalizarse como escritoras, necesitaban “un cuarto propio”. Sus nietos –yo entre ellos– invadimos ese cuarto una y otra vez. Necesitaba silencio y nosotros la llenábamos de ruido, de exigencias mundanas. No nos hacía saber que era escritora hasta que nos sorprendía con un nuevo libro, como si escribir fuera distracción en el tiempo libre. Anita fue, además, profesora, marxista, militante, historiadora. Su legado humano lo conservamos sus hijos, nietos y amigos. Su legado literario está al alcance de todos los lectores.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Morir por Pemex (Los sobrevivientes de la Usumacinta)

Morir por Pemex

Sobrevivientes del choque entre las plataformas Usumacinta y Kab 101 relatan lo que vivieron durante el accidente, el naufragio en los botes conocidos como mandarinas y el rescate.


Emiliano Ruiz Parra

(Publicado en Enfoque, suplemento de Reforma, el 10 febrero 2008).- CIUDAD DEL CARMEN.-

Tragedia en la plataforma
La noche del lunes 22 de octubre Alfredo de la Cruz vio en la televisión un reportaje sobre los accidentes en la Sonda de Campeche. En el último percance, ocurrido días antes, había muerto un trabajador en el incendio de una barcaza. Alfredo de la Cruz se fue a dormir esa noche con la seguridad de que a él no le ocurriría un accidente de esa naturaleza.

Los trabajadores del departamento de mantenimiento se reunían a ver televisión en el camarote del ingeniero José Ramón Granadillo. Ahí seguían las telenovelas, los noticiarios o platicaban con un refresco. La charla en el cuarto de Granadillo era una agradable recompensa a la jornada de 12 horas laboradas a bordo de la plataforma Usumacinta. Granadillo confiaba en el equipo que había conformado por años y sus trabajadores lo veían más como amigo que como jefe.

Solidario y paciente en la faena, al ingeniero de 37 años le gustaba charlar de su vida familiar en su natal Emiliano Zapata, Tabasco. Sus compañeros de la Usumacinta estaban invitados a los 15 años de su hija que se celebrarían el 28 de diciembre. En ese viaje también les iba a presumir la yegua que estaba entrenando para las carreras del pueblo.

Alfredo de la Cruz, mejor conocido como Pensamiento desde una década atrás, se fue a la cama tranquilo. Disfrutaba de sus sueños, que lo remitían a su familia, sus hijos y nietos y a su primer bisnieto de un año de edad.

Granadillo les había avisado a sus empleados que el frente frío número 4 se acercaba al Golfo de México. Los frentes fríos no eran motivo de desalojo de las plataformas petroleras de la Sonda de Campeche; sólo los huracanes ameritaban la evacuación de los 18 mil obreros de altamar, como había ocurrido con la llegada del Dean de agosto pasado, de acuerdo con las prácticas de la capitanía de puerto.

La vida en la Usumacinta era similar a la de cualquier plataforma móvil de la Sonda de Campeche. Se laboraba en jornadas de 12 horas y guardias de 14 días de trabajo por 14 de descanso, salvo los trabajadores a prueba que llegaban a acumular 38 días sin regresar a tierra. Los obreros, conocidos como ATP (ayudante de trabajo de perforación), cumplían de 07:00 a 19:00 o de 19:00 a 07:00 horas. Los trabajadores especializados, como los mecánicos o electricistas, debían estar disponibles las 24 horas aun cuando hubieran cumplido con su jornada diurna.

Una plataforma es autosuficiente: dispone de un módulo habitacional con cuartos colectivos para los obreros y habitaciones individuales para los oficiales, un helipuerto, un comedor donde se sirve en cuatro horarios diferentes y un sistema de potabilización de agua salada. Una vez a la semana un barco conocido como "comisaria" provee alimentos congelados. En la Usumacinta se apreciaba el sazón de la cocinera María del Carmen Aguilar.

La Usumacinta había llegado a la plataforma fija Kab 101 el jueves 18 de octubre a terminar de perforar uno de los tres pozos, y desde el domingo 21 se había desplegado el cantiliver, una estructura de acero retráctil donde se asientan el piso y la torre de perforación.

La plataforma había batallado para asentarse. Las tuberías no se ubicaban en donde reportaban los planos y las maniobras de posicionamiento demoraron tres días con la ayuda de buzos y barcos remolcadores.

A las 9:00 de la mañana del martes 23, el golpe del frente frío sacudió a la Usumacinta. Las olas se acercaban a la base de la plataforma, 15 metros arriba de la superficie marina. Sergio Córdoba, a quien sus compañeros apodaban El Negro, sintió el movimiento oscilatorio, el temblor suave que provocaba el golpe de las olas, y el sonido metálico de las cuñas de acero que rozaban las patas de la plataforma.

Granadillo y Sergio Córdoba acudieron al cuarto de radio. No había dudas, el frente frío entraba con la fuerza de un huracán categoría uno: la máquina registraba rachas de viento de 136 kilómetros por hora. El jefe de mantenimiento ordenó a sus trabajadores evitar las labores en la cubierta y concentrarse en los cuartos de trabajo.

-¡Hay una fuga de gas sulfhídrico en el contrapozo! -gritó el soldador Guadalupe Momenthey al filo de las 11:00 horas.

El olor a huevo podrido llegó pronto al módulo habitacional. Sergio Córdoba vio una cortina de humo, entre blancuzco y amarillento, que salía del pozo. Sonaba como una manguera suelta de aire comprimido.

Pensamiento temió que el gas sulfhídrico, más pesado que el aire, se concentrara debajo de la plataforma y con cualquier chispa se produjera una explosión. El gas sulfhídrico, pensó, era altamente tóxico y una breve exposición podía causar la muerte.

La alarma de Momenthey fue el inicio del caos. Los obreros dejaron sus herramientas y corrieron al helipuerto, identificado como la zona segura de la plataforma en caso de fuga o incendio. Sergio Córdoba y su ayudante, Rigoberto Mendoza, desenergizaron la plataforma y se colocaron a la espalda sendos tanques de oxígeno, conocidos como "equipos de respiración autónoma". Sergio alcanzó a ver que dos trabajadores bloqueaban la salida del módulo habitacional.

-¡Déjenlos salir, no se queden ahí, acuérdense de la Piper Alpha -gritó. La Piper Alpha era una plataforma en el Mar del Norte en donde murieron asfixiadas 62 personas en el módulo habitacional.

Los trabajadores sintieron la furia del viento de la que habían huido cuando el huracán Dean. Se empezaron a escuchar gritos y llantos.

-¡Nos vamos a morir! -se oyó un grito.

-¡Este tanque está vacío y la cascada no tiene oxígeno! -se quejó un trabajador de su equipo de respiración autónoma. La empresa de seguridad industrial Vallen había abandonado la plataforma cuatro días antes porque se había agotado su orden de servicio y habían inhabilitado el sistema de relleno de los tanques de oxígeno, conocido como "cascada".

La fuerza del gas lanzaba al aire borbotones de aceite que manchaban los cuartos de trabajo, el módulo habitacional y los botes salvavidas.

La población de la Usumacinta se concentró en el helipuerto. Los trabajadores se acostaron o se arrodillaron, aferrados a la malla dispuesta en el piso para amortiguar el descenso de las naves.

La fuga de aceite y gas provocó una crisis de casi tres horas en la Usumacinta. El helipuerto se convirtió en un escenario de gritos, de imploraciones a Dios para no morir asfixiados. Del tercer nivel de la plataforma, donde se concentraron los superintendentes, llegaban algunas noticias parcialmente tranquilizadoras: "viene el apoyo en camino".

Al filo de las 14:00 horas los superintendentes de la plataforma ordenaron cerrar la válvula de tormenta: era la última opción para controlar la fuga de aceite y gas. Ellos eran Miguel Ángel Solís, de Pemex, y Guillermo Porter, de Perforadora Central, la compañía propietaria de la Usumacinta. Ambos morirían horas después en el bote de salvamento número dos.

Con el cierre de la válvula de tormenta, alrededor de las 14:20 horas, siguió una tranquilidad enjundiosa entre los trabajadores. Era como disponerse a tomar un baño caliente después de atravesar una tormenta. Los que estaban hincados o acostados se pusieron de pie, agradecieron que la fuerza de los vientos dispersara el olor a podrido del gas (durante la crisis se pensó que la fuga era de gas sulfhídrico, pero después se comprobó que se trataba de gas amargo) y se quitaron los tanques de oxígeno.

Al trabajo pendiente se sumaba limpiar la plataforma de las manchas de aceite. Sergio y Rigoberto empezaron por la máquina auxiliar. Sergio esperaba la orden de Granadillo de activar la energía eléctrica de la plataforma. El corte de luz se había hecho para eliminar las chispas y con ello evitar una explosión o un incendio. Con la fuga controlada la urgencia era regresar al trabajo.

-¿Oye, Negro, esto es normal? -preguntó el cabo Nicolás González cuando vio una exhalación de gas en el pozo.

-No, no es normal, avísale al viejo -respondió Sergio Córdoba. El viejo era Guillermo Porter, de 73 años, superintendente de la Usumacinta.

En pocos minutos la desesperación volvió a la plataforma. El cantiliver había degollado el árbol de válvulas y provocado una segunda fuga al filo de las 15:30 horas.

-Negro, ya no hay control, es la última válvula... hay que irnos, yo creo que vamos a evacuar -le dijo Granadillo.

Una convicción se apoderó de los superintendentes, de los intendentes, del capitán de la plataforma, de los cabos, los ATP, de los mecánicos y electricistas, de los cocineros y los meseros, del conjunto del personal de la Usumacinta: después del cierre de la válvula de tormenta no existía una segunda oportunidad sobre la plataforma.

Y abajo, la violencia del mar, las oleadas de ocho metros, las rachas de viento de 130 kilómetros por hora.

El helipuerto se volvió a llenar de trabajadores: en el caos se revolvieron los tanques de oxígeno y se iniciaron las voces de alerta, algunas ciertas y otras equivocadas.

-¡Yo no sé nadar! -levantó la voz la cocinera.

-¡Ya agarró fuego! ¡Ya agarró fuego! -alarmó falsamente un obrero.

A lo lejos apareció el barco Morrison Tide, que acudía al rescate. Por el efecto de las olas el barco parecía un submarino: aparecía altivo sobre una cresta y desaparecía de súbito como si el mar lo tragara en los valles de las olas.

Pensamiento meditó sobre las dificultades del rescate: un helicóptero no podría acercarse: los vientos lo vencerían como a una mosca. El remolcador tampoco tendría éxito porque podría chocar contra las patas de acero de la plataforma. Lanzarse a la mar en los botes de salvamento, conocidos como mandarinas, tampoco garantizaba la sobrevivencia: igual que la embarcación, podrían estrellarse contra las patas de acero apenas cayeran al mar. La grúa tenía un índice de resistencia a los vientos y la escalera podría chocar contra la base del barco con el impacto de una ola. Pero quedarse en la plataforma era morir como ratas.

-La grúa está descartada por los vientos, ni mencionarla -le dijo Granadillo a Sergio Córdoba- dile al cabo que baje la escalera.

La escalera no aguantó el impacto de la primera marejada: se dobló como si fuera de papel aluminio.

El tiempo de pensar se terminó cuando el viento cambió de dirección y lanzó el gas hacia la zona segura de la plataforma. Rondaba la idea equivocada de que la fuga era de gas sulfhídrico, rápidamente letal. Un obrero amenazó con arrojarse al mar. Los superintendentes dieron la orden de abandonar la plataforma.

 
 
Mandarina uno
 
Sergio Córdoba ya había piloteado el bote salvavidas número uno. Dos meses atrás recibió un curso y por lo menos una vez cada catorcena tomaba el timón del bote en los simulacros de rutina. Pero estos ejercicios se hacían siempre en aguas mansas. Si el mar estaba picado se posponía hasta que la superficie semejara el espejo de una laguna.

No era el caso del martes 23 de octubre, cuando el frente frío número 4 golpeaba con vientos de 130 kilómetros por hora y marejadas de ocho metros de altura. Sergio verificó que se siguieran los procedimientos del manual de seguridad de la plataforma: el grupo abordó el bote en orden, uno en estribor y otro a babor para equilibrar el peso. Se contaron hasta sumar 41. El ingeniero de la plataforma, Éder Ortega, confirmó por radio con el bote dos: estaban completos, no quedaba nadie en la Usumacinta.

Sergio dio la orden de soltar el gancho al ayudante de mecánico Juan Gabriel Rodríguez y en segundos la mandarina bajó 10 metros. Al golpe con el agua dio varias vueltas sobre su eje y quedó en dirección a los pozos. Una ola los empujó debajo de la plataforma y el bote libró por centímetros el choque contra una de las patas de acero. Sergio recordó que debía virar el timón 180 grados a babor y 180 a estribor para mantener la dirección al frente. El petróleo que regaba el viento manchó la ventanilla del piloto y le impidió la visibilidad.

Desde la popa, un canal de agua se metió en la mandarina y serpenteó entre los pies de la tripulación. A los pocos minutos la línea de agua se había convertido en un charco. Los tripulantes recogían las piernas para no mojarse las botas.

-¡Entra más agua de la que sale -se oyó un grito al interior.

Sergio Córdoba avistó al Morrison Tide.

-Ya vienen por nosotros, tranquilos, ahí viene el barco. Ustedes achiquen que el bote resiste.

A veces ocultado por las olas, a veces montado en una cresta, la imagen del barco alegró a los pasajeros del bote. La expectativa los hizo olvidarse de la bomba de achique. Juan Gabriel Rodríguez, ayudante de mecánico y segundo al timón, abrió la escotilla para esperar la cuerda salvadora del remolcador.

En la segunda lanzada Juan Gabriel sujetó la cuerda y la atoró al gancho de arriado. Pero la emoción duró los pocos segundos que tardó en formarse una montaña de agua que embistió el bote. Juan Gabriel se quedó con un extremo de la cuerda en las manos y el otro extremo se perdió con un latigazo en el aire.

La ola se metió dentro del bote y los inundó hasta las rodillas.

-¡Aquí nos vamos a ahogar!

-¡Nos vamos a salir! ¡Hay que salirnos porque de aquí no vamos a salir vivos! -se escuchó entre los pasajeros.

El grupo prefirió abandonar la mandarina como minutos antes había optado por dejar la plataforma. Cada decisión desesperada buscaba ensanchar las probabilidades de sobrevivencia. Afuera del bote los esperaba la furia del océano, la inexperiencia de los barcos petroleros en labores de rescate y su propio desconocimiento del mar. Ellos eran obreros, expertos en soldar, operar grúas y motores, perforar, preparar cementos y lodos o alimentar a la legión de trabajadores. El mar representaba para ellos una capa más entre el petróleo y la compañía. Un perímetro que les imponía jornadas de 14 o 28 días de trabajo lejos de sus familias. Algunos no sabían nadar. Otros tenían nombramiento de "capitán" cuando carecían de formación naval. Plataformeros, los llaman en Ciudad del Carmen.

Ya no había orden sino desesperación. Lo urgente era salir de inmediato de la pecera como se huye del fuego. Una vez afuera, los trabajadores se pararon sobre un borde de la mandarina y se sujetaron de un tubo de aluminio colocado al centro para generar una regadera en caso de que el bote navegara a través de un incendio. Sergio Córdoba apagó el motor antes de salir por la escotilla. El Morrison Tide estaba cerca, cada vez más, y se preparaba para lanzar otra cuerda.

La cuerda nunca llegó. El mar se lanzó ahora sobre el barco con una ola que barrió la cubierta y arrojó a dos marineros al agua. Un tercer tripulante murió súbitamente al ser lanzado contra el malacate del remolcador. El Morrison Tide se tenía que ocupar ahora de sus propios náufragos.

La fuerza de un nuevo muro de agua se impactó sobre el bote. Por más energía que imprimieron en cerrar los puños y aferrarse al tubo, el agua los regó lejos de la mandarina. Sergio sintió por primera vez la revolcada de una ola monstruosa. El golpe de agua que le arrancó las manos del tubo le abrió la boca, invadió sus fosas nasales y le dio vueltas. Cuando salió a la superficie vio a lo lejos el bote virado, con la propela hacia el cielo y el techo hacia el fondo marino. Desistió de regresar a ella.

El soldador Jesús Manuel Domínguez sí se empeñó en regresar al bote, llegó hasta él y se trepó a la base. El soldador de 57 años formó un grupo con cinco obreros más que usaron la mandarina volteada como una boya. Jesús Manuel había trabajado de noche, arrastraba el estómago vacío y tres horas escasas de sueño. Cada impacto de las olas lo alejaba del bote, lo chocaba contra sus compañeros y lo obligaba a realizar un esfuerzo mayúsculo de regreso. Un joven motorista, Omar Andrade, utilizó el arnés del trabajo cotidiano para engancharse al tubo perimetral y evitarse el sufrimiento de verse arrojado por las marejadas y luego nadar de regreso al bote.

-¡Señor, Dios mío, no me quiero morir, déjame vivir! -suplicaba Andrade.

Tres horas tardó Jesús Manuel en asir las cuerdas lanzadas desde el barco. Estaban impregnadas del petróleo que arrojaba la fuga del pozo. Aunado a su cansancio, el soldador cayó dos veces al cementerio marino, cerca de las hélices del barco. A punto de abandonarse, una ola suave lo lanzó junto a la defensa del barco y le permitió asirse de la cadena.

-¡No te vayas a soltar, tú ya la hiciste -le gritó un marinero tras lanzarle una cuerda.

-¡Ayúdame a subir... ya no tengo fuerzas -le imploró.

Apenas le dio tiempo de dar gracias a Dios al poner el pecho en el borde del barco cuando una ola lo estrelló contra la pared. En cubierta ya estaban dos compañeros y minutos después subieron a dos más del grupo de seis que se había aferrado a la mandarina. El motorista Omar Andrade no subió. Enganchado con el arnés, quedó atrapado entre el bote y el barco cuando los hizo chocar la fuerza del mar.

En otro grupo que quedó a cientos de metros de la mandarina y del barco, Sergio Córdoba se quitó las botas cuando perdió de vista el Morrison Tide, preparándose para una larga jornada en el agua. Ubicó a dos compañeros y formó con ellos una flor de 14 náufragos que entrelazaron las piernas o los brazos. Les dijo que un barco rescataría primero al grupo más grande. Las oleadas quebraban la unidad de los náufragos y los dispersaban a varios metros. Jorge Arturo Jiménez y Martín Zúñiga buscaban la cercanía de Sergio y se colgaban de sus hombros.

-Sabes qué, Martín, me estás cansando, ya no tengo fuerzas -reclamó el electricista.

-Es que... Sergio, no sé nadar, se me sale el chaleco -le respondió el segundo de perforador.

Alrededor del grupo nadaba Francisco Abreu, un obrero alto y fortachón de 47 años. En la plataforma era de los hombres más serenos, pero inmerso en la tempestad estaba nervioso y se movía en círculos. Cuando algún compañero lo detenía y le pedía calma duraba unos segundos antes de volver a nadar con desesperación.

Cayó la noche. Sergio miró su reloj a las 19:05 y se preocupó porque no estaría en la plataforma para recibir una llamada de su esposa al teléfono colectivo de la zona habitacional. Habían acordado comunicarse a las 19:00 horas. La sal empezó a estragar su visibilidad. A lo lejos vio tres fulgores y pensó que serían tres barcos que iban en su rescate, pero eran las luces de tres plataformas. Consideró que, si el rescate fallaba, a mediodía del miércoles estaría en tierra.

El sonido del motor de una hélice revivió el ánimo en el grupo, que se había reducido a seis.

-¡Ya vienen a rescatarnos, son tres barcos y un helicóptero! -celebró.

Pero el helicóptero no bajó nunca. Los vientos de más de 100 kilómetros por hora le alteraban el equilibrio. Apuntaba su luz hacia los grupos de sobrevivientes, los acompañaba durante un rato y se iba.

Un barco se acercó al grupo de náufragos. Era el Far Scotland, de mayor calado que el Morrison Tide. Les lanzó cuerdas y escaleras. Sergio trató de pescarlas dos veces pero los vientos las lanzaban lejos.

Sergio sentía en el cuerpo la batalla contra las corrientes subterráneas y el ventarrón iracundo. Martín, Jorge Arturo y Sergio patalearon en la misma dirección del barco. Echaron su resto en una nadada que los ubicara cerca de la mole de acero.

Cuando ya estaban a unas brazadas una ola levantó al Far Scotland y metió a los tres obreros debajo del barco. Sergio levantó la mirada y vio la quilla del barco encima de su cabeza como una guillotina a punto de partirlo en dos. En esos segundos pensó en su mujer y tres hijos, en la vida combinada entre la tierra y la plataforma. Pensó en Dios.

Y el barco en vez de caer con furia, descendió por el aire con la suavidad de una hoja de papel. La misma ola que los metió debajo del barco los sacó del punto donde el Far Scotland reventó sobre el mar.

Minutos después la cuerda ondeó nuevamente sobre sus cabezas. El viento le dio una comba y Jorge Arturo la pescó en el aire. Sergio se sujetó del otro extremo y la tripulación los jaló hacia arriba. Los esperaban con un cobertor y una taza de chocolate. Sergio vio su reloj: eran las 21:05 de la noche cuando puso los pies en la cubierta.

En el transcurso de una hora subieron 11 de los 14 que habían formado la flor después de que la primera ola los dispersara de la mandarina.

Francisco Abreu, el obrero robusto, se aferró a la cuerda y empezó a ascender. A un metro de la llegada estiró la mano para que el marinero le diera el último jalón, pero se quedó a unos centímetros. Como si lo hubiera alcanzado un rayo, se congeló en esa posición y, con el mismo gesto y el brazo extendido, cayó de espaldas al mar. Tampoco subieron el médico José Luis Sánchez Rodríguez y el gruero Mario Efrén Flores.

-Tres compañeros de ustedes no la hicieron -les relató un marinero- a uno grandote de overol naranja le faltaban tres o cuatro escalones para que lo pudiéramos agarrar pero se quedó con la mano extendida y se fue para atrás. El otro era de camisa blanca. Le tirábamos el aro y quedaba cerca de él y nada más levantaba la cabeza y movía el brazo en forma lenta y ya no hizo más, ahí quedó. Al tercero vino una ola y medio se agarró de la popa del barco y medio agarró la cuerda, pero cayó otra vez al agua y como estaba en la popa del barco suponemos que lo agarraron las hélices porque no lo volvimos a ver -contó el marinero a los 11 sobrevivientes reunidos en un cuarto caliente.

El relato fue interrumpido por un radio de banda civil de uno de los marineros del Far Scotland: "Acabamos de rescatar un cuerpo y su identificación nos dice que es Allende Alcudia Olán", informaba un rescatista de otro barco.

Uno de los 11 sobrevivientes era su hijo Allende Alcudia Sánchez. Cuando estaban en la tempestad, Alcudia Sánchez fue dos veces por su padre cuando la ola lo había separado del grupo. En la tercera su padre levantó el brazo e hizo una seña que pareció de despedida.

 
 
Mandarina dos
 
La mandarina número dos bajó por el malacate sin contratiempos, cayó al mar y dio un brinco suave con la primera ola.

Alfredo de la Cruz Ruiz, Pensamiento, encendió el motor y comenzó a navegar. El viento del norte y la fuga del pozo habían bañado de petróleo la superficie del bote, por lo que Pensamiento dejó abierta la ventanilla y su cinturón de seguridad desabrochado. Por ser el mecánico titular de la Usumacinta le correspondía el timón del segundo bote de salvamento.

Alfredo se había ganado años atrás el apodo de Pensamiento por una ocasión en la que debía operar una grúa y mover una carga con extremo cuidado.

-¡¿Qué hacemos?! -lo urgían sus trabajadores mientras lo veían reflexionar.

-Espérense, que estoy pensando -les respondió en aquella ocasión.

La tarde del miércoles 23 de octubre, al mando de la mandarina, Pensamiento volvía a calcular: debía alejarse de la plataforma lo más rápido posible y evitar así un choque con las patas de acero que habría sido mortal. Pero no estaba convencido de acelerar el motor hacia la costa. Prefería mantenerse cerca de la Usumacinta y del barco que hacía maniobras por acercarse.

-No te alejes mucho porque vienen a buscarnos -le pedía Rigoberto Mendoza, quien mantenía comunicación por radio con el otro bote.

El bote sucumbía a la furia del mar. Pensamiento viraba el timón de izquierda a derecha para sostener la dirección. El viento y las olas le daban terribles empujones y golpes, la lanzaban por los aires y la recibían con una patada en la anarquía del agua.

Adentro olía a huevo podrido. Una parte del gas había bañado el bote durante horas. Empezaron los gritos al interior: "¡Nos vamos a ahogar!".

Y tras los gritos, el vómito. Como fichas de dominó, al vómito de uno sucedió el de otro y el de otro hasta que sumaron seis. Pensamiento alcanzó a ver que el Morrison Tide se empeñaba en el rescate de la mandarina uno y lo fue perdiendo hasta que desapareció.

Sin el barco a la vista, el acuerdo en la mandarina fue navegar hacia la costa. Pensamiento aceleró el motor. Rigoberto le pidió que le cediera el timón en virtud de que había crecido en una familia de pescadores y ya había escapado de dos huracanes en lanchas de pesca. Rigoberto conocía el camino a tierra firme porque era oriundo de Emiliano Zapata, una colonia costera en la península de Atasta, pero Pensamiento rechazó la petición y le pidió que estuviera pendiente de la brújula.

El joven pescador alcanzó a ver una línea de espuma de una altura que no dio crédito a sus ojos. La muralla de agua se acercó en una fracción de segundo y golpeó la pared con un estruendo desgarrador. Toneladas de agua cayeron sobre el bote y lo desaparecieron de la superficie como si el mar lo hubiera engullido de un bocado.

-¡Aguas! -gritó Rigoberto.

El grito se ahogó. La ola revolcó la mandarina y la hundió varios metros. Dio vueltas como si estuviera en un torno. Pensamiento alcanzó a ver una sucesión de brazos y pantorrillas que no terminaban de caer cuando empezaban a elevarse de nuevo. Sintió los golpes en el cuerpo y en la cabeza, cayó, se levantó, se aferró a los bordes de los asientos. Escuchó el sonido de un tanque de oxígeno, de los llamados "equipos de respiración autónoma" que golpeó las paredes y los cuerpos, y que se había colado de manera irresponsable al interior del bote.

En la sucesión de hechos de la tarde del martes y la madrugada del miércoles, fue la primera de varias veces que Pensamiento se sintió parado en la orilla de la muerte. En esos largos segundos se agotó su convicción de que cada uno de los pasajeros a su cargo llegarían sanos y salvos a tierra. Después de la última vuelta la mandarina quedó a oscuras y empezó a subir con lentitud, pero con cada metro que ascendía se filtraban lenguas de agua al interior.

Cuando el bote reapareció en la superficie, Pensamiento entendió la expresión "tener el agua al cuello". Jaló aire de un pequeño espacio que quedó libre de agua. Entre sus brazos, flotando, sintió los cuerpos inmóviles de sus compañeros, bocabajo, con los brazos en cruz, arrojando las burbujas de los últimos alientos.

La mandarina estaba virada, con el techo hacia el fondo marino y la propela en la superficie como un escarabajo de espaldas que mueve las patas sin avanzar.

Leopoldo Cuarenta, otro mecánico que estaba a prueba en la plataforma, alcanzó a abrir las llaves de oxígeno. Con la cara hacia arriba en busca de aire, Leopoldo palpó con los pies el techo convertido en piso, descifrando con desesperación su estructura a fin de encontrar una salida. Cuando sintió el hoyo de la escotilla se zambulló y se impulsó al fondo del bote, salió de él y pataleó hacia arriba.

Rigo, Pensamiento, y el resto de los sobrevivientes del golpe de la ola salieron con el mismo método de leer con los pies y emplear sus fuerzas a bucear contra el impulso que les daban sus chalecos salvavidas.

Al llegar a la superficie, Pensamiento notó que una veintena de sus compañeros se aferraba a la orilla mientras otros se trepaban a la base del bote. Se sujetó a un tubo de aluminio del perímetro de la mandarina. En ese momento Pensamiento se percató de que no vivía un sueño, sino que ya estaba ahí, perdido en medio del mar, sin barcos cerca y atenido a sus fuerzas. Su vida dependía de Dios y de su propia capacidad de luchar. Recordó que estaba a punto de cumplir 60 años, que le faltaban seis meses para la jubilación, le vino a la mente su primer bisnieto y el coche que apenas había sacado de la agencia.

-Dios mío, si eres tan así que si tú lo puedes todo, haz que amainen los vientos -pidió.

Se subió a la base de la mandarina en donde ya estaban algunos de sus compañeros. No se había dado cuenta de que la revolcada le había cortado el pabellón de la oreja y le había abierto una herida de cinco centímetros en el cuero cabelludo, de donde se le escapaban sangre y fuerzas.

Del mar vio salir a su jefe y amigo, José Ramón Granadillo, sin chaleco salvavidas. Le dio la mano y lo ayudó a subir. El viento le quitaba volumen a sus voces y las convertía en susurros.

-¿Qué te pasó, por qué te sacaste el chaleco? -le preguntó Pensamiento.

-Me lo tuve que quitar porque no me dejaba salir -le respondió el intendente de mantenimiento.

Su jefe era esbelto y de baja estatura. Cuando estaba dentro de la mandarina, se clavó dos veces al agua para liberarse por la escotilla pero el chaleco lo botaba de regreso al macabro interior. En la tercera zambullida logró salir porque se despojó del chaleco.

Pensamiento y Rigo amarraron a Granadillo al tubo perimetral de la mandarina. Los chalecos salvavidas se habían equipado con una lampara, un silbato y una tira de seda que en caso de naufragio serviría para amarrarse unos con otros.

El viento del norte y las marejadas no se conformaron con sacar a los hombres del bote y dejarlos perdidos en el mar. Los muros de agua persistieron en sus embestidas contra los obreros. "¡Aguas!", era el grito más recurrente en las largas horas. Las olas los barrían de la superficie del bote, los desaparecían entre los pliegues del mar, los revolcaban hacia el fondo y de regreso a la superficie.

Una de esas olas rompió la cuerda que ataba a Granadillo con el bote y lo alejó del grupo. Pero el jefe de mantenimiento no dejó de luchar y se empeñó en llegar al bote. Rigoberto lo arrastró y lo ayudó a subir.

Minutos después, otra ola gigante los barrió de la mandarina. Granadillo volvió a luchar. El golpe del agua agitó el bote y sacó de su interior dos chalecos salvavidas, que aparecieron flotando entre las aguas. Granadillo quedó a tres metros de uno de los chalecos y a la misma distancia del bote. No titubeó. Prefirió asegurar su regreso al bote que arriesgarse por el chaleco.

El mar devoró uno de los chalecos en segundos. El otro se quedó flotando alrededor del grupo a sólo tres metros de distancia. Era el chaleco que le hacía falta a Granadillo. Los náufragos se quedaron mirándolo en la superficie. Estaban agotados, casi sin hablar, reservando las energías para la siguiente ola y el próximo golpe de viento. Al cabo de un rato el chaleco comenzó a alejarse, a tomar su camino y desapareció.

Granadillo no pudo regresar de una tercera embestida del mar. La muralla de agua se abalanzó sobre la mandarina regando a los trabajadores en diferentes direcciones. Sin el chaleco se multiplica la furia de la ola contra el náufrago, que debe conservar el aire, aguantar la penetración de agua contra su nariz y boca y nadar de vuelta a la superficie. Pensamiento y Rigo lo vieron salir exangüe de la revolcada, dar algunas brazadas y abandonarse en el desierto de agua.

Pensamiento vio partir así a siete compañeros. Uno de los obreros de Perforadora Central, Carlos Gurrión, trató de atar uno de los cadáveres al tubo del bote. No lo consiguió. Horas después él también sería vencido por el mar.

Más que las olas, los mataba el cansancio. Había un rictus que antecedía el momento de la muerte. La resignación aparecía en sus rostros morados y tras ella se apagaba la energía para regresar al bote.

La alegría, sin embargo, llegó a los náufragos con el sonido de las hélices. Estaba a punto de atardecer y Pensamiento contó a 11 compañeros cerca de la mandarina, algunos esforzándose por acostarse en la superficie y otros sujetos al tubo perimetral.

Primero fueron dos helicópteros de Pemex los que se acercaron a seguirlos. Los sobrevivientes acordaron que el primer rescatado sería Pensamiento. La herida de su cabeza no dejaba de sangrar a pesar de que las aguas del Golfo la habían lavado y salado mil veces. La palabra rescate se convirtió en el aliciente en la lucha contra los golpes de la naturaleza.

Pero los helicópteros se fueron. Los vientos los zarandeaban y les impedían llegar más abajo. Después se acercó una tercera nave, ahora de la Armada de México.

Una de las cientos de olas que los embistieron había alejado del bote al cocinero de noche, que nadaba a la deriva. Sujeto a una cuerda un marino bajó hasta la superficie del mar, lo abrazó por la espalda y lo sacó del agua. Ambos empezaron a subir hacia el helicóptero tirados por el motor del cabo.

El marino, sin embargo, no soportó el peso del hombre robusto y agotado, del cocinero de noche que ya llevaba el rictus de la desesperanza. Unos metros antes de subir se le escapó de los brazos. Sus compañeros sólo alcanzaron a ver el hueco que se formó en el agua después del golpe. Los helicópteros no intentaron otro rescate de esas características.

Pero no se fueron. La noche cayó sobre el mar picado y las naves siguieron a los sobrevivientes en las largas horas de vida y muerte. Se desaparecían unos minutos y regresaban. La luz de sus reflectores alumbraba las gotas de lluvia que bailaban al ritmo de las rachas de viento.

-Diosito, Señor, si tú puedes todo, haz que amainen los vientos -suplicó Pensamiento por segunda ocasión.

La luz de los reflectores se volvió lejana, tenue. La sal del mar había debilitado la vista de los sobrevivientes. Las lámparas y los silbatos que portaban en los chalecos hacía muchas horas que los había dispersado la marejada. Con el embate de cada ola los náufragos se esforzaban por volver al bote. Se reportaban a gritos en medio de la noche y con la visibilidad casi a cero.

-¡Pensamiento!

-¡Rigo!

-¡Cuarenta!

-¡Aquí estoy!

-¡Aquí estoy!

-¡Aquí estoy!

Pensamiento se subió al bote y oyó un "toc toc toc". Respondió con los nudillos: "toc toc toc". Pegó la oreja sana pero no escuchó voces, sólo los golpes del interior de la mandarina. Había sobrevivientes adentro del bote abatido cien veces por la ira del mar.

Adentro, Maribel Bolaños, empleada de Servicios de Comisariato, Sercomsa, permaneció a oscuras casi 12 horas. El agua le llegaba a los hombros y con el golpe de las olas más altas la hundía por completo. Uno a uno dejó de escuchar las voces de tres compañeros.

-No sé nadar... -le dijo su compañera de la cocina.

-No puedo más, estoy muy cansado... -sollozó rato después otro trabajador- no tengo fuerzas...

-Nadie va a venir a rescatarnos -lamentó el tercero; su respiración se convirtió en un llanto y se apagó.

-No se preocupen, vamos a rezar, vamos a pedir a Dios que nos ayudé -alcanzaba a responder Maribel.

Después del silencio del último, Maribel se quedó sola en ese vientre de fibra de vidrio y agua salada, sintiendo el contacto de los cadáveres de sus compañeros de viaje.

Con los ojos entrecerrados Rigoberto divisó dos luces ya entrada la madrugada.

Eran los faros de la barra del río San Pedro y San Pablo, la división natural de los estados de Tabasco y Campeche. El faro del norte indicaba el inicio del pueblo de San Pedro en el territorio tabasqueño, y el faro del sur, el de Nuevo Campechito, el poblado vecino de su natal Emiliano Zapata.

-¡Cálmense, ya me ubiqué, ya sé dónde estamos! Un ratito más y llegamos, ya está cerca el río -animó Rigoberto.

En menos de una hora la marejada los condujo a las costas de Nuevo Campechito. El bote salvavidas, virado, golpeado y roto arribó pasadas las 03:00 de la madrugada. Rigo se soltó del tubo del bote y sintió el suelo bajo sus pies.

El helicóptero de la Armada aterrizó en un claro de la playa a 250 metros del punto de arribo de la mandarina.

Eran 12 los sobrevivientes que recalaron en una playa atiborrada de mangles como estalagmitas. Temblaban de frío, estaban casi ciegos y sordos por la sal y los golpes. Se abrazaron en un solo cuerpo para darse calor, boca con oreja y pecho con hombro. Le dieron gracias a Dios por estar vivos y le pidieron por sus compañeros que se quedaron en el camino.

Pensamiento se apoyó en Rigo. Estaba exhausto. Había perdido conciencia de la herida que le marcaba la cabeza.

-Déjame aquí, ya no puedo -le imploró el mecánico.

-Tanto nadaste para que en la orilla te mueras -le reprendió el joven ayudante de eléctrico y lo acompañó hasta el helicóptero.

El grupo decidió que sólo ocho se irían en el helicóptero. Los otros cuatro regresaron al bote a tratar de virarlo para rescatar a Maribel. Consiguieron acercarlo tres metros más a la playa. Aprovecharon el impulso de las olas para darle vuelta y les faltó un empujón, una poca de fuerza que habían dejado en la lucha contra la rabia del Golfo.

Rigoberto encontró un hueco y metió la mano pero la sacó de inmediato, instintivamente, al sentir una pierna sin vida. Un segundo helicóptero aterrizó a los pocos minutos y un marino les ordenó que lo abordaran. Venía en camino una tercera nave al rescate de la sobreviviente atrapada al interior de la mandarina.

 
 
El pescado
 
La playa amaneció tapizada de grumos grises de barro. Los pescadores de la colonia Emiliano Zapata, en la península de Atasta, pasaron la noche en vela por el escándalo de las olas, el silbido del viento y el motor de los helicópteros.

El pescador Atilano Noverola Casanova oyó el bullicio en la playa y salió con su hijo Eleazar. A unos cientos de metros al sur un grupo de pescadores recogía el cadáver hinchado de una mujer. En la dirección contraria otro conjunto de lugareños trataba de virar el bote salvavidas número uno.

Atilano miró a un hombre, parecido a un espantapájaros, acostado sobre las olas. Los más jóvenes de su grupo se lanzaron al agua y recogieron a un joven con los ojos rojos y tosiendo agua. Estaba tan cansado que no podía ponerse en pie. Lo tendieron sobre una sábana y lo cargaron cuatro pescadores, cada uno tirando de una punta.

El joven dijo llamarse Éder Ortega, ingeniero con categoría de capitán en la plataforma Usumacinta y pasajero del bote de salvamento número uno. La familia Noverola lo acostó en la cama, le dio una muda de ropa seca y un café con leche caliente. Una hora después lo llevaron en un volkswagen prestado al centro de salud de la colonia, en donde le aplicaron gotas en los ojos, le dieron melox y ranitidina para el ardor estomacal. Cuando el helicóptero bajó al campo de futbol ya se le habían calmado los temblores.

Una semana después Éder Ortega regresó a Emiliano Zapata a agradecer la ayuda de la familia de Atilano. No se quiso llevar el chaleco salvavidas que le ayudó a llegar con vida a la costa. La familia de Atilano recogió también el tanque de oxígeno que se había colado al bote de salvamento número dos y lo guardó de recuerdo junto a la cama.

Apenas amaneció, Pedro Contreras atravesó los manglares de la playa de Nuevo Campechito hasta el punto donde recaló el bote de salvamento número dos. En el camino llevó consigo a los vecinos que fue encontrando. Cuando llegó al bote vio a seis elementos de la Armada de México tratando de voltearlo. A Pedro Contreras se le olvidó presentarse como el comandante de la policía del poblado de 497 habitantes. Pellica, como lo conocen en el poblado, les dijo que estaban ahí para ayudar.

Los elementos de la Marina no habían podido virar la mandarina y tuvieron que hacer un vuelo en helicóptero a Ciudad del Carmen para traer un hacha y abrir un boquete por donde pudiera escapar Maribel Bolaños. Ya con la ayuda de los 15 pescadores se logró darle la vuelta. Pellica vio dos cadáveres de hombres, morados e hinchados, tan pesados que resultó imposible llevarlos a cuestas.

Tampoco se podía arrastrarlos por una playa entretejida de manglares. Uno de los pescadores ofreció su machete. Escogieron el palo de mangle más largo y derecho, de unos 3 metros y medio y lo cortaron.

Los marinos y los pescadores sujetaron el cadáver al tronco con tres lazos. Uno a la altura de la cabeza, otro en el abdomen y el tercero en las piernas. Fue la única manera en que los tres marinos y el comandante Pellica pudieron levantar el cuerpo y cruzar hasta donde el helicóptero había logrado aterrizar. Los marinos, más bajos de estatura, tomaron las posiciones de adelante y Pellica, alto y fornido, se ubicó hasta atrás. En el segundo viaje, ya con el hombro enrojecido, le reclamó al marino:
 
-Además de ir cargando al finaíto te voy cargando a ti.

El marino no respondió.

En el trayecto al helicóptero, Pellica tuvo que dar un ligero tirón al palo de mangle porque uno de los cuerpos se agarró de la rama de un árbol que se atravesó en el camino.

Los pescadores se retiraron al mediodía. Los soldados les dijeron que se encargarían del resto.

En Ciudad del Carmen, el epicentro urbano de la Sonda de Campeche, lo normal es que las compañías privadas, nacionales y extranjeras, participen activamente en la producción del crudo. Empresas como Halliburton, Schlumberger, Oceanografía, Cotemar, Perforadora Central, Global y Protexa, por mencionar algunas, intervienen en alguno de los procesos de extracción.

Un obrero de Pemex con la categoría de ATP (ayudante de trabajo de perforación) percibe 25 mil pesos por catorcena en una plataforma, mientras un trabajador de la misma categoría de Perforadora Central gana alrededor de 15 mil pesos. Mientras el contrato colectivo de Pemex limita la guardia en plataforma a 14 días por 14 de descanso, un obrero de una compañía privada puede pasar 28 días o más en altamar firmando contratos temporales antes de obtener una plaza.

A ese mundo pertenecían los trabajadores de la Usumacinta.

La industria petrolera generó en Ciudad del Carmen una población flotante. Al cumplir con su guardia en las plataformas, los trabajadores regresan a sus lugares de origen en Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Yucatán o Chiapas. Pero no sólo la mano de obra, la élite petrolera también es nómada. En los hoteles es común escuchar conversaciones de los ingenieros en inglés, alemán, japonés y diversos acentos del español -del ibérico al venezolano-.

Las camionetas Lincoln de doble cabina circulan sobre calles con hoyos y baches y atraviesan con velocidad desde los barrios de casas lujosas hasta las colonias de viviendas de lámina de cartón construidas junto a los manglares. La presencia de presuntos integrantes de los zetas motivó que la ciudad esté patrullada por camiones del Ejército, la Armada, la Policía Federal Preventiva y las policías estatal y municipal. Un comandante de la PFP requiere de 16 escoltas con armas largas y tres patrullas para desayunar tranquilo en el café de un hotel.

Hasta la década de los setenta Ciudad del Carmen era un puerto pesquero en esplendor. Se cuenta que los barcos regalaban a los pobres sus excedentes en el puerto pesquero. Los carmelitas agradecieron la abundancia y levantaron una estatua al camarón en las orillas de la ciudad. La pesca se sustituyó por la industria petrolera y Pemex levantó años después un hospital junto a la glorieta del camarón. La langosta era común en las mesas carmelitas. La gente ya no se acuerda de su sabor.

Después del accidente, Pensamiento notó que se convertía en pez. La piel se endureció y se hizo escamosa. Las ministraciones de suero se volvieron una batalla para los médicos, que no sólo no encontraban las venas, sino que no podían clavar los catéteres.

La noche del miércoles 24, cuando estaba en el hospital del Seguro Social de Ciudad del Carmen, Pensamiento se resignó a esperar en urgencias a que se desocupara una cama, lo que ocurrió hasta el viernes 26.

La herida de cinco centímetros en el cuero cabelludo se había infectado y debió pasar internado 14 días. De la oreja derecha quedó sólo el lóbulo, y se acostumbró a que la pata de los anteojos se apoyara en el vendolete blanco. A pesar de que en la prueba de auditividad perdió 50 por ciento del oído derecho, los médicos le dijeron que podía volver a trabajar.

Después de que la piel se le puso escamosa, Pensamiento la mudó como si fuera serpiente. Al amanecer notaba que las escamas aparecían en montoncitos al pie de la cama. Una capa nueva y delgada de epidermis surgió de abajo de los pellejos que fue dejando con el paso de los días.

Pero si bien la piel de pescado se cayó de su cuerpo, a Pensamiento le quedaron las huellas del naufragio adheridas al alma. Uno de sus placeres era acostarse a dormir y disfrutar los sueños, en donde aparecía su familia o los buenos momentos del día. La furia del mar, sin embargo, invadió ese territorio antes inexpugnable con lagunas, plataformas que se hunden, cadáveres y marejadas. Una noche de noviembre, de camino a Mérida, Pensamiento se alarmó cuando un pescado del tamaño de un hombre se atravesó en la carretera caminando sobre la cola.

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Albano Ramírez Santos, asesinado por policías

Vivir a medias, morir completo
Emiliano Ruiz Parra
  

(Publicado en Enfoque, suplemento de Reforma, el 4 de febrero de 2007)

Xicotepec de Juárez, Puebla.- La fotografía retrata a Albano Ramírez Santos 30 minutos antes de morir. Tres policías de boina negra lo someten. Uno más observa a unos cuantos pasos de distancia. Él, de pie, forcejea. Se resiste. Su boca está abierta como si tratara de gritar algo. Uno de los policías le rodea el cuello con el brazo. Los otros lo empujan. Quieren meterlo a la patrulla S001029, que conduce Adrián Paz Nieto. Albano, con el brazo izquierdo, se aferra a la puerta blanca del automóvil. Parece desesperado. Rendido. Pero no pierde la fuerza. Habría de morir a bordo de la patrulla en menos de media hora.

Esta fotografía, de Salvador Chávez, se publicó en Metro el viernes 19 de enero con la leyenda "Salvan a suicida de las vías del Metro... pero se les muere cuando lo remitían al MP. Albano Ramírez dice que le habían robado un camión de naranjas". Albano viste una chamarra de un desgastado color negro. Sus cabellos, también negros, están revueltos y su cara, salvo el rictus desesperado, no tiene ninguna herida, ningún golpe.

Entre los brazos de los policías se asoma una mano que sostiene un celular y que apunta hacia la boca abierta del hombre. No lleva uniforme. Quizá sea de algún reportero. Quizá esté tratando de registrar sus gritos. Casualmente había medios informativos en la estación ya que ese día se presentaba el operativo "Doble Muro", llevado a cabo por la Policía de Élite de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal.

Ahí, también, estaba el titular de la dependencia, Joel Ortega.

 El luto

 El luto sabe a mole negro, a tamales y a ponche de frutas. El domingo 28 de enero concluyen los rosarios en la casa de Albano, en Xicotepec de Juárez, su pueblo natal, en la Sierra Norte de Puebla. Ya sus familiares y amigos han ido nueve noches a rezar por su alma y toca al difunto corresponder la atención con una cena para los dolientes.

"Albano es el que da la comida", afirma su hermana Rosa. Se han cumplido 10 días de su muerte y nueve de su sepelio. Además de la cena, los dolientes peregrinarán hasta el panteón, la nueva morada del camionero de 45 años. Su viuda, Rocío Martínez, a veces cree oír el motor del camión llegando a su casa. Cada vez que tocan a la puerta cree reconocer el golpe en hilerita que acostumbraba Albano Ramírez Santos. "Todavía no 'me cae el veinte' de que ya no voy a ver a mi esposo".

En su cocina se aprietan unas 20 mujeres, hermanas, primas y vecinas que han pasado el día batiendo la masa. Sobre la mesa, como un regadero de naipes, se acomodan las hojas de papatla, que envolverán los tamales. En casa de la madre del difunto se preparó el mole negro desde la noche anterior. Se molieron las tortillas, los cocoles, los chiles y las especias.

María Luisa Santos Jiménez perdió al mayor de sus seis hijos.

A Rocío Martínez le quitaron al compañero de 30 años.

El noviazgo se inició en la adolescencia y el matrimonio vino seis años después. Aun cuando Albano se ausentó del pueblo para estudiar en la Universidad de Chapingo, cada fin de semana iba a visitar a su esposa, que se había mudado a la casa de la suegra.

María Luisa viste de negro. Trata de sonreír cuando habla de su hijo, de recordar la vida cotidiana que se apagó el 18 de enero. De su afición al chiltepín, al pan casero de nuez y al básquetbol.

"Hubiera preferido que se hubiera estrellado y lo tuviéramos que sacar con pala, pero que se lo hubiera hecho él", concede, mientras avanza los 100 metros que separan su casa de la casa de su nuera Rocío, en donde Albano vivió hasta su último día. Su casa se compone de una sala, una recámara, la cocina y un baño. La sala, que servía también de dormitorio, se convierte en una capilla para rezar los rosarios. Las cuatro camas se apilan en la única recámara.

Albano había ido a Tabladero, Veracruz, a despedirse de su abuela, desahuciada de cáncer de colon. En el regreso lo acompañaron su esposa y su nieta Pamela, de 8 meses. De vuelta en Xico, cenó bisteces a la mexicana. El mayor de sus dos hijos varones, Albano chico, le había pedido que lo dejara acompañarlo al viaje de Gutiérrez Zamora, Veracruz, a la Central de Abastos, en el Distrito Federal. Pero se quedó dormido. Albano se retrasó y no pudo alcanzar al convoy de cuatro camiones que harían la misma ruta y terminó por irse solo. Siempre prefería salir a la carretera con sus compañeros.

Ahora de Albano sólo quedan fotos. Rocío señala en una de ellas a Albano entre un grupo de alumnos que se gradúan como ingenieros agrónomos de la Universidad de Chapingo. Usa traje y corbata. Aparece en el grupo de la izquierda con un peinado al estilo de los Beatles.

Albano tuvo que renunciar a ejercer la carrera para mantener a su familia. Su padre, Albano primero, se había ido a formar otra familia. El único patrimonio que dejó fue un camión para su esposa y seis hijos, cuatro de ellos hombres y dos mujeres. Como el hermano mayor, Albano tomó el camión e inició un patrimonio que les permitió adquirir sus camiones a sus hermanos Martín, Miguel y Daniel.

  

¿Asalto, depresión, suicidio?

 La muerte de Albano Ramírez Santos está cubierta por una bruma de versiones que se contradicen y dejan grandes huecos. Aparentemente, pretendía suicidarse en la estación Indios Verdes del metro, deprimido por el robo de su camión. Sin embargo, Francisco Rodríguez Román, jefe del sector de vigilancia de Indios Verdes, asegura que Albano se acercó a él y le preguntó en dónde podría presentar una denuncia por el robo de un camión. Rodríguez le dio las señas para llegar a la delegación Cuauhtémoc. Había que transbordar en Hidalgo y bajarse en Revolución. Le dio las gracias y se fue. No se le veía ninguna lesión.

A las 06:25 de la mañana, Albano se arroja a las vías del Metro Indios Verdes, de acuerdo con la declaración del conductor, Carlos Rubio. Ya tirado en las vías, pretende embestir al tren "como quien se echa un clavado a una alberca", agrega Rubio, quien alcanza a frenar sin tocar al suicida.

"Sólo refería que lo dejaran en paz, que lo dejaran morir", agrega Mario García Pasos, otro conductor que acudió a sacarlo de las vías. El relato lo retoma Francisco Rodríguez Román, quien le había dado las señas para llegar a la delegación Cuauhtémoc. Asegura que cuatro o cinco policías auxiliares lo metieron al cubículo del jefe de estación, en donde Luis Enrique Villatoro, coordinador de Servicios Externos de Vigilancia del Metro, le preguntó por qué se había lanzado a las vías.

"Porque la vida no vale nada y así iba a salir en primera plana de los periódicos", dijo Albano, según la declaración de Rodríguez Román. Y otra nueva contradicción. Afirma que Albano salió cojeando de la oficina del jefe de estación, en donde estuvo unos 15 minutos, pero que "en ningún momento" vio que lo hubieran lesionado.

El camión de Albano fue encontrado en la carretera México-Pachuca, a la altura de San Cristóbal Ecatepec. El cargamento de naranjas estaba intacto, lo mismo que el motor. Sólo faltaba una chamarra, una cobija, una maleta con chanclas y toalla que su esposa Rocío le preparaba a cada salida. Tampoco estaba el radio de banda civil que usaba para comunicarse con otros camioneros.

El camión presentaba un golpe en la salpicadura izquierda, que le arrancó un pedazo de la fibra de vidrio verde perico. El extremo de la defensa estaba incrustado en la llanta.

 

Todo a la mitad

"Somos de familia longeva, a Albano le quedaban 45 años de vida", dice su madre con una sonrisa. Y pone un ejemplo: la abuela de Albano, Lucía Jiménez Silva, murió de 92 años, vencida por el cáncer de colon. Si la predicción de María Luisa Santos se hubiera cumplido, Albano estaba a la mitad de su vida, con 45 años, cuando lo mataron a golpes en una patrulla del Distrito Federal.

En Xicotepec de Juárez queda la impresión de que Albano dejó todo a la mitad. Había comprado un terreno para ampliar su casa, que se limita a una estancia, una recámara, cocina y baño. En una esquina del terreno el chasis de un camión empieza a resignarse al abandono y al óxido. El plan de Albano era comprar las piezas hasta construir un camión y poderlo vender.

La casa de su madre, María Luisa Santos Jiménez, también está a la mitad del camino en la cultura del esfuerzo. Su estructura interior conserva las tablas de cuando fue construida, pero hacia fuera ya tiene las paredes de block. Falta el techo, que todavía es de lámina de asbesto y deja pasar el calor tan bien que la ropa se tiende a secar dentro del comedor.

Su plan, dice Rocío, era vender el camión en 140 mil pesos para echarle dos cuartos más a la casa y convertir el chasis en camión. Al final, su idea era dejar de manejar y dedicarse "a los fierros", buen negocio en Xicotepec de Juárez, pueblo de camioneros.  Albano también dejó a la mitad su paternidad y su condición de abuelo. Su hija Argelia tiene 20 años; Albano chico apenas 17 y Luis Martín, 12. Su nieta, Pamela, de 8 meses, es la única que sonríe, la única que no alcanza a comprender lo que ocurre.

En el camino vienen dos nietos. Argelia tiene cuatro meses de embarazo, los mismos que la novia de Albano chico. El primero que nazca, si es hombre, llevará de nombre Albano, en honor al abuelo que se quedaron sin conocer. Si es niña, Argelia le quiere poner a su hija Alba Rocío, por sus dos padres.

El último viaje de Albano también se quedó a la mitad.

Partió desde Gutiérrez Zamora, Veracruz, con 12 toneladas de naranja que nunca pudo llevar a la Central de Abastos.  

 

La muerte

Hay dos hechos que el Ministerio Público acreditó para consignar por homicidio a Carmelo Campechano Granados y José de Jesús Sánchez Lemus: Albano subió con vida a la patrulla S001029 y lo bajaron muerto o pocos minutos antes de morir a consecuencia de los golpes. Dos sucesos cuadran en todas las declaraciones. A Albano lo trasladaron a la agencia 50 del Ministerio Público, en Martín Carrera, y el trayecto duró entre 20 y 30 minutos. Ahí lo acabaron.

"Al encontrarse con el ahora occiso, los indiciados en el trayecto a dicha agencia investigadora agreden físicamente al sujeto pasivo del delito", afirma la Fiscalía de Homicidios en la querella contra Campechano y Sánchez Lemus.

El resto son contradicciones. Después de que lo sacaron de las vías, Sánchez Lemus asegura haber escuchado en la frecuencia de radio que el director jurídico del Metro, Gabriel Ramírez Luna, había ordenado trasladarlo al Ministerio Público por el delito de ataque a las vías de comunicación, pues Albano habría provocado el corte de corriente durante cuatro minutos.

Cuando rindió su declaración, Ramírez Luna dijo que en caso de intento de suicidio se prioriza la atención médica a las víctimas, "jamás di la indicación y menos la orden de que esta persona ( Albano) fuera trasladada al Ministerio Público". Así pues, no existió orden de ninguna autoridad para trasladar a Albano a la agencia 50 del MP. En el trayecto a la agencia, Carmelo Campechano se sentó a su lado izquierdo. Sánchez Lemus en el derecho. Al volante iba Adrián Paz Nieto.

"En el traslado el hoy occiso siempre tuvo plena conciencia, tan es así que iba gritando groserías y forcejeando con los policías antes mencionados", dice Adrián Paz en su primera declaración, que cambiaría en dos ocasiones. En esa misma declaración, afirmó que al llegar a la agencia 50 ya había personal del Grupo de Fuerza de Tarea para ayudar a Campechano y Sánchez Lemus a bajar a Albano porque "estaba muy agresivo y estaba forcejeando" y tuvieron que sujetarlo para que descendiera del vehículo.

En su primera ampliación, que hace el mismo 18 de enero, Paz ya no afirma, sino "presume" que los policías forcejeaban con Albano, pero "nunca volteó hacia atrás para ver cómo bajaban al ahora occiso". En su segunda ampliación, efectuada la noche del 19 de enero, Paz ya no vio nada de lo que pasaba en el asiento trasero porque había un acrílico, aunque sí sintió movimiento en la patrulla. A Albano, dice, lo llevaban sometido en el piso y no oponía resistencia.

Carmelo Campechano, presunto homicida, asegura que nunca se le dio golpe alguno a Albano. "Mientras lo trasladaban al MP empezó a dormitar y quedó semiinconsciente pero todavía respiraba", afirma. Según Campechano y Sánchez Lemus, Albano les habría ofrecido 10 mil pesos y su camión de naranjas a cambio de que lo dejaran libre.

"El hoy occiso le manifestó al policía Campechano: 'te doy 10 varos o 20, es más, tengo un camión con naranjas, pero déjame chispar', manifestándole el dicente que se tranquilizara ya que si no hizo nada lo manifestara en la agencia", declara Sánchez Lemus. Sánchez Lemus afirma que "en ningún momento lo golpearon o lo trataron mal, toda vez que nunca lo hacen, aunado a que había muchos medios de comunicación en el paradero".

"Respiraba muy rápido y empezó a dormitar", recuerda.

Los policías Vicente Martínez, Amílcar Pérez y Miguel Ángel Arenas le ayudaron a bajar al detenido, "mismos que lo venían cargando ya que estaba mal físicamente y no podía caminar". Eran alrededor de las 08:00 de la mañana. La ambulancia 14 de la Cruz Roja llegó a las 08:20. El paramédico Manuel Manríquez les dijo que ya estaba muerto. Albano quedó tendido en la banqueta, afuera de la agencia 50 del Ministerio Público, a la que nunca entró.

La querella contra Campechano y Sánchez Lemus señala la ventaja de los dos policías al actuar conjuntamente contra el camionero, "quien al momento de los hechos se encontraba solo, sin que tampoco actuaron en legítima defensa ni corrieron riesgo alguno de ser muertos o heridos por el sujeto pasivo ocasionándole las lesiones que con posterioridad le ocasionan la muerte", dice.

El dictamen del Servicio Médico Forense establece que Albano murió por el traumatismo en el cráneo y el tórax. Cuando menos una de las tres costillas fracturadas le perforó la pleura. Los golpes pudieron haber provenido de manos, pies, piso o pared.

  

El principio del calvario

En la averiguación previa, de 473 hojas, llama la atención una de las pocas declaraciones que realiza un funcionario público ajeno a las tareas de seguridad.

Enrique Sánchez Chávez, jefe de estación en Indios Verdes, asegura que el calvario de Albano Ramírez Santos se inició desde las instalaciones mismas del Metro, en donde fue golpeado por policías auxiliares. A las 06:25 horas, Enrique Sánchez vio cómo dos civiles y seis elementos de la Policía Auxiliar salieron de la estación Indios Verdes por la puerta de acceso para personas con discapacidad. Llevaban jalando de los pies a Albano Ramírez Santos, a quien arrastraban boca arriba.

El grupo arrastró a Albano hasta el local número 6 de primeros auxilios, un anexo ubicado junto al cubículo del jefe de estación, de cuatro por tres metros. Ahí, el grupo creció a unos 10 elementos policiacos. Tres policías se pararon frente a la puerta para hacer un muro y evitar la entrada. Albano quedó tirado entre la plancha de auscultación y la pared, cubriéndose la cara con las manos.

"Tanto las personas vestidas de civil como aproximadamente cuatro de los policías le estaban propinando patadas a la altura del estómago y las costillas. El declarante, al ver esta agresión a empujones y codazos logró pasar hacia el interior del anexo gritándoles: 'no sean pendejos, no lo golpeen', momento en que dejaron de patearlo. Dicha agresión duró aproximadamente un minuto, quizá menos".

Ahí, según Enrique Sánchez, Albano pidió: "déjenme morir, soy transportista, me robaron mis naranjas y mi camioneta". El funcionario les dijo a los policías que pediría una ambulancia.

"Como jefes de estación valen madres, aquí la autoridad somos nosotros", le respondió uno de los policías auxiliares para disuadirlo. Los policías se llevaron a Albano hacia la salida de la estación, en donde se instrumentaba el operativo Doble Muro.

Sánchez llamó por teléfono a su coordinación operativa, en donde le tomó el reporte Leticia Garrido. En su declaración ministerial, en donde narra la golpiza, Sánchez rechaza que Francisco Rodríguez Román hubiera estado presente en el anexo donde se pateó a Albano. Rodríguez Román, por su parte, había declarado que había estado en la oficina del jefe de estación, y que no había visto ninguna agresión de los policías al camionero.

"Después de que se suscitaron los hechos y se retiraron los policías sí vio al señor Francisco (Rodríguez Román) ya que intercambiaron información para realizar sus reportes", declara.

¿Quién miente?, ¿por qué?

  

Mi hermano no se suicidó

El viaje de Xicotepec de Juárez a la Ciudad de México ha demorado cuatro horas. Rocío Martínez se queda de pie, pensativa, frente al "perico", el camión verde que supuestamente le quisieron robar a su esposo.

Es el lunes 29 de enero. Con Martín y Miguel Ramírez Santos, hermanos del difunto, acude a las oficinas de la Procuraduría General de Justicia a recuperar el camión DINA modelo 1982.

Martín, Miguel y Daniel son camioneros, como lo fue su hermano Albano. También su cuñado Macario.

Martín trata de arrancar el camión pero está muerto.

Se descargó la batería. Ahora tendrá que conseguir una grúa hasta la zona de las pirámides, en Teotihuacan, para que ahí la pueda recargar.

La familia cierra filas. Quieren dar la pelea. Tienen tres objetivos: que se castigue a los responsables para que se dé una lección. La constitución de un fideicomiso para la viuda y el hijo menor, de 12 años, y una indemnización.

Armando Ramírez, su abogado, espera que una indemnización de la Secretaría de Seguridad Pública pueda sentar un precedente en un país en donde no hay legislación acerca de reparación del daño a las víctimas.

Y lo más importante, dice su tía Victoria Santos Jiménez: que se limpie el nombre de Albano, que Albano jamás habría intentado suicidarse.

El perfil que dibujan los Ramírez Santos de Albano es el más lejano al de un suicida. Un padre y marido ejemplar, que gustaba de jugar básquetbol en el pueblo. Solidario, cariñoso, responsable, con amor por la vida y muchos proyectos.

En Xicotepec de Juárez, su pueblo, la familia empieza a especular, "¿habría reconocido a alguien?, ¿descubrió que la policía estaba involucrada en el robo?" En su escenario no está la posibilidad de que se hubiera lanzado a las vías.

"Yo soy su voz ahora que no puede hablar", dice su hermano Martín, que se ha encargado de contratar a los abogados, hablar con los medios y presionar a las autoridades.

El día del homicidio, decidieron trasladarse a la Ciudad de México cuando el dueño de las naranjas les avisó que su cargamento no había llegado. En el camino les avisaron por celular que Albano había fallecido.

Miguel reconoció el cuerpo en la Ciudad de México.

Albano chico le pidió a su madre el camión " perico" para trabajar, mantener a su hijo y ayudarla a ella misma.

A repetir, de alguna manera, la historia de Albano, que no ejerció la carrera para tomar el volante cuando Albano abuelo dejó a su familia.

Rocío se niega.

"Lo vamos a vender. No quiero que mis hijos hagan lo mismo. Me da mucho dolor este camión".