miércoles, 18 de febrero de 2009

Morir por Pemex (Los sobrevivientes de la Usumacinta)

Morir por Pemex

Sobrevivientes del choque entre las plataformas Usumacinta y Kab 101 relatan lo que vivieron durante el accidente, el naufragio en los botes conocidos como mandarinas y el rescate.


Emiliano Ruiz Parra

(Publicado en Enfoque, suplemento de Reforma, el 10 febrero 2008).- CIUDAD DEL CARMEN.-

Tragedia en la plataforma
La noche del lunes 22 de octubre Alfredo de la Cruz vio en la televisión un reportaje sobre los accidentes en la Sonda de Campeche. En el último percance, ocurrido días antes, había muerto un trabajador en el incendio de una barcaza. Alfredo de la Cruz se fue a dormir esa noche con la seguridad de que a él no le ocurriría un accidente de esa naturaleza.

Los trabajadores del departamento de mantenimiento se reunían a ver televisión en el camarote del ingeniero José Ramón Granadillo. Ahí seguían las telenovelas, los noticiarios o platicaban con un refresco. La charla en el cuarto de Granadillo era una agradable recompensa a la jornada de 12 horas laboradas a bordo de la plataforma Usumacinta. Granadillo confiaba en el equipo que había conformado por años y sus trabajadores lo veían más como amigo que como jefe.

Solidario y paciente en la faena, al ingeniero de 37 años le gustaba charlar de su vida familiar en su natal Emiliano Zapata, Tabasco. Sus compañeros de la Usumacinta estaban invitados a los 15 años de su hija que se celebrarían el 28 de diciembre. En ese viaje también les iba a presumir la yegua que estaba entrenando para las carreras del pueblo.

Alfredo de la Cruz, mejor conocido como Pensamiento desde una década atrás, se fue a la cama tranquilo. Disfrutaba de sus sueños, que lo remitían a su familia, sus hijos y nietos y a su primer bisnieto de un año de edad.

Granadillo les había avisado a sus empleados que el frente frío número 4 se acercaba al Golfo de México. Los frentes fríos no eran motivo de desalojo de las plataformas petroleras de la Sonda de Campeche; sólo los huracanes ameritaban la evacuación de los 18 mil obreros de altamar, como había ocurrido con la llegada del Dean de agosto pasado, de acuerdo con las prácticas de la capitanía de puerto.

La vida en la Usumacinta era similar a la de cualquier plataforma móvil de la Sonda de Campeche. Se laboraba en jornadas de 12 horas y guardias de 14 días de trabajo por 14 de descanso, salvo los trabajadores a prueba que llegaban a acumular 38 días sin regresar a tierra. Los obreros, conocidos como ATP (ayudante de trabajo de perforación), cumplían de 07:00 a 19:00 o de 19:00 a 07:00 horas. Los trabajadores especializados, como los mecánicos o electricistas, debían estar disponibles las 24 horas aun cuando hubieran cumplido con su jornada diurna.

Una plataforma es autosuficiente: dispone de un módulo habitacional con cuartos colectivos para los obreros y habitaciones individuales para los oficiales, un helipuerto, un comedor donde se sirve en cuatro horarios diferentes y un sistema de potabilización de agua salada. Una vez a la semana un barco conocido como "comisaria" provee alimentos congelados. En la Usumacinta se apreciaba el sazón de la cocinera María del Carmen Aguilar.

La Usumacinta había llegado a la plataforma fija Kab 101 el jueves 18 de octubre a terminar de perforar uno de los tres pozos, y desde el domingo 21 se había desplegado el cantiliver, una estructura de acero retráctil donde se asientan el piso y la torre de perforación.

La plataforma había batallado para asentarse. Las tuberías no se ubicaban en donde reportaban los planos y las maniobras de posicionamiento demoraron tres días con la ayuda de buzos y barcos remolcadores.

A las 9:00 de la mañana del martes 23, el golpe del frente frío sacudió a la Usumacinta. Las olas se acercaban a la base de la plataforma, 15 metros arriba de la superficie marina. Sergio Córdoba, a quien sus compañeros apodaban El Negro, sintió el movimiento oscilatorio, el temblor suave que provocaba el golpe de las olas, y el sonido metálico de las cuñas de acero que rozaban las patas de la plataforma.

Granadillo y Sergio Córdoba acudieron al cuarto de radio. No había dudas, el frente frío entraba con la fuerza de un huracán categoría uno: la máquina registraba rachas de viento de 136 kilómetros por hora. El jefe de mantenimiento ordenó a sus trabajadores evitar las labores en la cubierta y concentrarse en los cuartos de trabajo.

-¡Hay una fuga de gas sulfhídrico en el contrapozo! -gritó el soldador Guadalupe Momenthey al filo de las 11:00 horas.

El olor a huevo podrido llegó pronto al módulo habitacional. Sergio Córdoba vio una cortina de humo, entre blancuzco y amarillento, que salía del pozo. Sonaba como una manguera suelta de aire comprimido.

Pensamiento temió que el gas sulfhídrico, más pesado que el aire, se concentrara debajo de la plataforma y con cualquier chispa se produjera una explosión. El gas sulfhídrico, pensó, era altamente tóxico y una breve exposición podía causar la muerte.

La alarma de Momenthey fue el inicio del caos. Los obreros dejaron sus herramientas y corrieron al helipuerto, identificado como la zona segura de la plataforma en caso de fuga o incendio. Sergio Córdoba y su ayudante, Rigoberto Mendoza, desenergizaron la plataforma y se colocaron a la espalda sendos tanques de oxígeno, conocidos como "equipos de respiración autónoma". Sergio alcanzó a ver que dos trabajadores bloqueaban la salida del módulo habitacional.

-¡Déjenlos salir, no se queden ahí, acuérdense de la Piper Alpha -gritó. La Piper Alpha era una plataforma en el Mar del Norte en donde murieron asfixiadas 62 personas en el módulo habitacional.

Los trabajadores sintieron la furia del viento de la que habían huido cuando el huracán Dean. Se empezaron a escuchar gritos y llantos.

-¡Nos vamos a morir! -se oyó un grito.

-¡Este tanque está vacío y la cascada no tiene oxígeno! -se quejó un trabajador de su equipo de respiración autónoma. La empresa de seguridad industrial Vallen había abandonado la plataforma cuatro días antes porque se había agotado su orden de servicio y habían inhabilitado el sistema de relleno de los tanques de oxígeno, conocido como "cascada".

La fuerza del gas lanzaba al aire borbotones de aceite que manchaban los cuartos de trabajo, el módulo habitacional y los botes salvavidas.

La población de la Usumacinta se concentró en el helipuerto. Los trabajadores se acostaron o se arrodillaron, aferrados a la malla dispuesta en el piso para amortiguar el descenso de las naves.

La fuga de aceite y gas provocó una crisis de casi tres horas en la Usumacinta. El helipuerto se convirtió en un escenario de gritos, de imploraciones a Dios para no morir asfixiados. Del tercer nivel de la plataforma, donde se concentraron los superintendentes, llegaban algunas noticias parcialmente tranquilizadoras: "viene el apoyo en camino".

Al filo de las 14:00 horas los superintendentes de la plataforma ordenaron cerrar la válvula de tormenta: era la última opción para controlar la fuga de aceite y gas. Ellos eran Miguel Ángel Solís, de Pemex, y Guillermo Porter, de Perforadora Central, la compañía propietaria de la Usumacinta. Ambos morirían horas después en el bote de salvamento número dos.

Con el cierre de la válvula de tormenta, alrededor de las 14:20 horas, siguió una tranquilidad enjundiosa entre los trabajadores. Era como disponerse a tomar un baño caliente después de atravesar una tormenta. Los que estaban hincados o acostados se pusieron de pie, agradecieron que la fuerza de los vientos dispersara el olor a podrido del gas (durante la crisis se pensó que la fuga era de gas sulfhídrico, pero después se comprobó que se trataba de gas amargo) y se quitaron los tanques de oxígeno.

Al trabajo pendiente se sumaba limpiar la plataforma de las manchas de aceite. Sergio y Rigoberto empezaron por la máquina auxiliar. Sergio esperaba la orden de Granadillo de activar la energía eléctrica de la plataforma. El corte de luz se había hecho para eliminar las chispas y con ello evitar una explosión o un incendio. Con la fuga controlada la urgencia era regresar al trabajo.

-¿Oye, Negro, esto es normal? -preguntó el cabo Nicolás González cuando vio una exhalación de gas en el pozo.

-No, no es normal, avísale al viejo -respondió Sergio Córdoba. El viejo era Guillermo Porter, de 73 años, superintendente de la Usumacinta.

En pocos minutos la desesperación volvió a la plataforma. El cantiliver había degollado el árbol de válvulas y provocado una segunda fuga al filo de las 15:30 horas.

-Negro, ya no hay control, es la última válvula... hay que irnos, yo creo que vamos a evacuar -le dijo Granadillo.

Una convicción se apoderó de los superintendentes, de los intendentes, del capitán de la plataforma, de los cabos, los ATP, de los mecánicos y electricistas, de los cocineros y los meseros, del conjunto del personal de la Usumacinta: después del cierre de la válvula de tormenta no existía una segunda oportunidad sobre la plataforma.

Y abajo, la violencia del mar, las oleadas de ocho metros, las rachas de viento de 130 kilómetros por hora.

El helipuerto se volvió a llenar de trabajadores: en el caos se revolvieron los tanques de oxígeno y se iniciaron las voces de alerta, algunas ciertas y otras equivocadas.

-¡Yo no sé nadar! -levantó la voz la cocinera.

-¡Ya agarró fuego! ¡Ya agarró fuego! -alarmó falsamente un obrero.

A lo lejos apareció el barco Morrison Tide, que acudía al rescate. Por el efecto de las olas el barco parecía un submarino: aparecía altivo sobre una cresta y desaparecía de súbito como si el mar lo tragara en los valles de las olas.

Pensamiento meditó sobre las dificultades del rescate: un helicóptero no podría acercarse: los vientos lo vencerían como a una mosca. El remolcador tampoco tendría éxito porque podría chocar contra las patas de acero de la plataforma. Lanzarse a la mar en los botes de salvamento, conocidos como mandarinas, tampoco garantizaba la sobrevivencia: igual que la embarcación, podrían estrellarse contra las patas de acero apenas cayeran al mar. La grúa tenía un índice de resistencia a los vientos y la escalera podría chocar contra la base del barco con el impacto de una ola. Pero quedarse en la plataforma era morir como ratas.

-La grúa está descartada por los vientos, ni mencionarla -le dijo Granadillo a Sergio Córdoba- dile al cabo que baje la escalera.

La escalera no aguantó el impacto de la primera marejada: se dobló como si fuera de papel aluminio.

El tiempo de pensar se terminó cuando el viento cambió de dirección y lanzó el gas hacia la zona segura de la plataforma. Rondaba la idea equivocada de que la fuga era de gas sulfhídrico, rápidamente letal. Un obrero amenazó con arrojarse al mar. Los superintendentes dieron la orden de abandonar la plataforma.

 
 
Mandarina uno
 
Sergio Córdoba ya había piloteado el bote salvavidas número uno. Dos meses atrás recibió un curso y por lo menos una vez cada catorcena tomaba el timón del bote en los simulacros de rutina. Pero estos ejercicios se hacían siempre en aguas mansas. Si el mar estaba picado se posponía hasta que la superficie semejara el espejo de una laguna.

No era el caso del martes 23 de octubre, cuando el frente frío número 4 golpeaba con vientos de 130 kilómetros por hora y marejadas de ocho metros de altura. Sergio verificó que se siguieran los procedimientos del manual de seguridad de la plataforma: el grupo abordó el bote en orden, uno en estribor y otro a babor para equilibrar el peso. Se contaron hasta sumar 41. El ingeniero de la plataforma, Éder Ortega, confirmó por radio con el bote dos: estaban completos, no quedaba nadie en la Usumacinta.

Sergio dio la orden de soltar el gancho al ayudante de mecánico Juan Gabriel Rodríguez y en segundos la mandarina bajó 10 metros. Al golpe con el agua dio varias vueltas sobre su eje y quedó en dirección a los pozos. Una ola los empujó debajo de la plataforma y el bote libró por centímetros el choque contra una de las patas de acero. Sergio recordó que debía virar el timón 180 grados a babor y 180 a estribor para mantener la dirección al frente. El petróleo que regaba el viento manchó la ventanilla del piloto y le impidió la visibilidad.

Desde la popa, un canal de agua se metió en la mandarina y serpenteó entre los pies de la tripulación. A los pocos minutos la línea de agua se había convertido en un charco. Los tripulantes recogían las piernas para no mojarse las botas.

-¡Entra más agua de la que sale -se oyó un grito al interior.

Sergio Córdoba avistó al Morrison Tide.

-Ya vienen por nosotros, tranquilos, ahí viene el barco. Ustedes achiquen que el bote resiste.

A veces ocultado por las olas, a veces montado en una cresta, la imagen del barco alegró a los pasajeros del bote. La expectativa los hizo olvidarse de la bomba de achique. Juan Gabriel Rodríguez, ayudante de mecánico y segundo al timón, abrió la escotilla para esperar la cuerda salvadora del remolcador.

En la segunda lanzada Juan Gabriel sujetó la cuerda y la atoró al gancho de arriado. Pero la emoción duró los pocos segundos que tardó en formarse una montaña de agua que embistió el bote. Juan Gabriel se quedó con un extremo de la cuerda en las manos y el otro extremo se perdió con un latigazo en el aire.

La ola se metió dentro del bote y los inundó hasta las rodillas.

-¡Aquí nos vamos a ahogar!

-¡Nos vamos a salir! ¡Hay que salirnos porque de aquí no vamos a salir vivos! -se escuchó entre los pasajeros.

El grupo prefirió abandonar la mandarina como minutos antes había optado por dejar la plataforma. Cada decisión desesperada buscaba ensanchar las probabilidades de sobrevivencia. Afuera del bote los esperaba la furia del océano, la inexperiencia de los barcos petroleros en labores de rescate y su propio desconocimiento del mar. Ellos eran obreros, expertos en soldar, operar grúas y motores, perforar, preparar cementos y lodos o alimentar a la legión de trabajadores. El mar representaba para ellos una capa más entre el petróleo y la compañía. Un perímetro que les imponía jornadas de 14 o 28 días de trabajo lejos de sus familias. Algunos no sabían nadar. Otros tenían nombramiento de "capitán" cuando carecían de formación naval. Plataformeros, los llaman en Ciudad del Carmen.

Ya no había orden sino desesperación. Lo urgente era salir de inmediato de la pecera como se huye del fuego. Una vez afuera, los trabajadores se pararon sobre un borde de la mandarina y se sujetaron de un tubo de aluminio colocado al centro para generar una regadera en caso de que el bote navegara a través de un incendio. Sergio Córdoba apagó el motor antes de salir por la escotilla. El Morrison Tide estaba cerca, cada vez más, y se preparaba para lanzar otra cuerda.

La cuerda nunca llegó. El mar se lanzó ahora sobre el barco con una ola que barrió la cubierta y arrojó a dos marineros al agua. Un tercer tripulante murió súbitamente al ser lanzado contra el malacate del remolcador. El Morrison Tide se tenía que ocupar ahora de sus propios náufragos.

La fuerza de un nuevo muro de agua se impactó sobre el bote. Por más energía que imprimieron en cerrar los puños y aferrarse al tubo, el agua los regó lejos de la mandarina. Sergio sintió por primera vez la revolcada de una ola monstruosa. El golpe de agua que le arrancó las manos del tubo le abrió la boca, invadió sus fosas nasales y le dio vueltas. Cuando salió a la superficie vio a lo lejos el bote virado, con la propela hacia el cielo y el techo hacia el fondo marino. Desistió de regresar a ella.

El soldador Jesús Manuel Domínguez sí se empeñó en regresar al bote, llegó hasta él y se trepó a la base. El soldador de 57 años formó un grupo con cinco obreros más que usaron la mandarina volteada como una boya. Jesús Manuel había trabajado de noche, arrastraba el estómago vacío y tres horas escasas de sueño. Cada impacto de las olas lo alejaba del bote, lo chocaba contra sus compañeros y lo obligaba a realizar un esfuerzo mayúsculo de regreso. Un joven motorista, Omar Andrade, utilizó el arnés del trabajo cotidiano para engancharse al tubo perimetral y evitarse el sufrimiento de verse arrojado por las marejadas y luego nadar de regreso al bote.

-¡Señor, Dios mío, no me quiero morir, déjame vivir! -suplicaba Andrade.

Tres horas tardó Jesús Manuel en asir las cuerdas lanzadas desde el barco. Estaban impregnadas del petróleo que arrojaba la fuga del pozo. Aunado a su cansancio, el soldador cayó dos veces al cementerio marino, cerca de las hélices del barco. A punto de abandonarse, una ola suave lo lanzó junto a la defensa del barco y le permitió asirse de la cadena.

-¡No te vayas a soltar, tú ya la hiciste -le gritó un marinero tras lanzarle una cuerda.

-¡Ayúdame a subir... ya no tengo fuerzas -le imploró.

Apenas le dio tiempo de dar gracias a Dios al poner el pecho en el borde del barco cuando una ola lo estrelló contra la pared. En cubierta ya estaban dos compañeros y minutos después subieron a dos más del grupo de seis que se había aferrado a la mandarina. El motorista Omar Andrade no subió. Enganchado con el arnés, quedó atrapado entre el bote y el barco cuando los hizo chocar la fuerza del mar.

En otro grupo que quedó a cientos de metros de la mandarina y del barco, Sergio Córdoba se quitó las botas cuando perdió de vista el Morrison Tide, preparándose para una larga jornada en el agua. Ubicó a dos compañeros y formó con ellos una flor de 14 náufragos que entrelazaron las piernas o los brazos. Les dijo que un barco rescataría primero al grupo más grande. Las oleadas quebraban la unidad de los náufragos y los dispersaban a varios metros. Jorge Arturo Jiménez y Martín Zúñiga buscaban la cercanía de Sergio y se colgaban de sus hombros.

-Sabes qué, Martín, me estás cansando, ya no tengo fuerzas -reclamó el electricista.

-Es que... Sergio, no sé nadar, se me sale el chaleco -le respondió el segundo de perforador.

Alrededor del grupo nadaba Francisco Abreu, un obrero alto y fortachón de 47 años. En la plataforma era de los hombres más serenos, pero inmerso en la tempestad estaba nervioso y se movía en círculos. Cuando algún compañero lo detenía y le pedía calma duraba unos segundos antes de volver a nadar con desesperación.

Cayó la noche. Sergio miró su reloj a las 19:05 y se preocupó porque no estaría en la plataforma para recibir una llamada de su esposa al teléfono colectivo de la zona habitacional. Habían acordado comunicarse a las 19:00 horas. La sal empezó a estragar su visibilidad. A lo lejos vio tres fulgores y pensó que serían tres barcos que iban en su rescate, pero eran las luces de tres plataformas. Consideró que, si el rescate fallaba, a mediodía del miércoles estaría en tierra.

El sonido del motor de una hélice revivió el ánimo en el grupo, que se había reducido a seis.

-¡Ya vienen a rescatarnos, son tres barcos y un helicóptero! -celebró.

Pero el helicóptero no bajó nunca. Los vientos de más de 100 kilómetros por hora le alteraban el equilibrio. Apuntaba su luz hacia los grupos de sobrevivientes, los acompañaba durante un rato y se iba.

Un barco se acercó al grupo de náufragos. Era el Far Scotland, de mayor calado que el Morrison Tide. Les lanzó cuerdas y escaleras. Sergio trató de pescarlas dos veces pero los vientos las lanzaban lejos.

Sergio sentía en el cuerpo la batalla contra las corrientes subterráneas y el ventarrón iracundo. Martín, Jorge Arturo y Sergio patalearon en la misma dirección del barco. Echaron su resto en una nadada que los ubicara cerca de la mole de acero.

Cuando ya estaban a unas brazadas una ola levantó al Far Scotland y metió a los tres obreros debajo del barco. Sergio levantó la mirada y vio la quilla del barco encima de su cabeza como una guillotina a punto de partirlo en dos. En esos segundos pensó en su mujer y tres hijos, en la vida combinada entre la tierra y la plataforma. Pensó en Dios.

Y el barco en vez de caer con furia, descendió por el aire con la suavidad de una hoja de papel. La misma ola que los metió debajo del barco los sacó del punto donde el Far Scotland reventó sobre el mar.

Minutos después la cuerda ondeó nuevamente sobre sus cabezas. El viento le dio una comba y Jorge Arturo la pescó en el aire. Sergio se sujetó del otro extremo y la tripulación los jaló hacia arriba. Los esperaban con un cobertor y una taza de chocolate. Sergio vio su reloj: eran las 21:05 de la noche cuando puso los pies en la cubierta.

En el transcurso de una hora subieron 11 de los 14 que habían formado la flor después de que la primera ola los dispersara de la mandarina.

Francisco Abreu, el obrero robusto, se aferró a la cuerda y empezó a ascender. A un metro de la llegada estiró la mano para que el marinero le diera el último jalón, pero se quedó a unos centímetros. Como si lo hubiera alcanzado un rayo, se congeló en esa posición y, con el mismo gesto y el brazo extendido, cayó de espaldas al mar. Tampoco subieron el médico José Luis Sánchez Rodríguez y el gruero Mario Efrén Flores.

-Tres compañeros de ustedes no la hicieron -les relató un marinero- a uno grandote de overol naranja le faltaban tres o cuatro escalones para que lo pudiéramos agarrar pero se quedó con la mano extendida y se fue para atrás. El otro era de camisa blanca. Le tirábamos el aro y quedaba cerca de él y nada más levantaba la cabeza y movía el brazo en forma lenta y ya no hizo más, ahí quedó. Al tercero vino una ola y medio se agarró de la popa del barco y medio agarró la cuerda, pero cayó otra vez al agua y como estaba en la popa del barco suponemos que lo agarraron las hélices porque no lo volvimos a ver -contó el marinero a los 11 sobrevivientes reunidos en un cuarto caliente.

El relato fue interrumpido por un radio de banda civil de uno de los marineros del Far Scotland: "Acabamos de rescatar un cuerpo y su identificación nos dice que es Allende Alcudia Olán", informaba un rescatista de otro barco.

Uno de los 11 sobrevivientes era su hijo Allende Alcudia Sánchez. Cuando estaban en la tempestad, Alcudia Sánchez fue dos veces por su padre cuando la ola lo había separado del grupo. En la tercera su padre levantó el brazo e hizo una seña que pareció de despedida.

 
 
Mandarina dos
 
La mandarina número dos bajó por el malacate sin contratiempos, cayó al mar y dio un brinco suave con la primera ola.

Alfredo de la Cruz Ruiz, Pensamiento, encendió el motor y comenzó a navegar. El viento del norte y la fuga del pozo habían bañado de petróleo la superficie del bote, por lo que Pensamiento dejó abierta la ventanilla y su cinturón de seguridad desabrochado. Por ser el mecánico titular de la Usumacinta le correspondía el timón del segundo bote de salvamento.

Alfredo se había ganado años atrás el apodo de Pensamiento por una ocasión en la que debía operar una grúa y mover una carga con extremo cuidado.

-¡¿Qué hacemos?! -lo urgían sus trabajadores mientras lo veían reflexionar.

-Espérense, que estoy pensando -les respondió en aquella ocasión.

La tarde del miércoles 23 de octubre, al mando de la mandarina, Pensamiento volvía a calcular: debía alejarse de la plataforma lo más rápido posible y evitar así un choque con las patas de acero que habría sido mortal. Pero no estaba convencido de acelerar el motor hacia la costa. Prefería mantenerse cerca de la Usumacinta y del barco que hacía maniobras por acercarse.

-No te alejes mucho porque vienen a buscarnos -le pedía Rigoberto Mendoza, quien mantenía comunicación por radio con el otro bote.

El bote sucumbía a la furia del mar. Pensamiento viraba el timón de izquierda a derecha para sostener la dirección. El viento y las olas le daban terribles empujones y golpes, la lanzaban por los aires y la recibían con una patada en la anarquía del agua.

Adentro olía a huevo podrido. Una parte del gas había bañado el bote durante horas. Empezaron los gritos al interior: "¡Nos vamos a ahogar!".

Y tras los gritos, el vómito. Como fichas de dominó, al vómito de uno sucedió el de otro y el de otro hasta que sumaron seis. Pensamiento alcanzó a ver que el Morrison Tide se empeñaba en el rescate de la mandarina uno y lo fue perdiendo hasta que desapareció.

Sin el barco a la vista, el acuerdo en la mandarina fue navegar hacia la costa. Pensamiento aceleró el motor. Rigoberto le pidió que le cediera el timón en virtud de que había crecido en una familia de pescadores y ya había escapado de dos huracanes en lanchas de pesca. Rigoberto conocía el camino a tierra firme porque era oriundo de Emiliano Zapata, una colonia costera en la península de Atasta, pero Pensamiento rechazó la petición y le pidió que estuviera pendiente de la brújula.

El joven pescador alcanzó a ver una línea de espuma de una altura que no dio crédito a sus ojos. La muralla de agua se acercó en una fracción de segundo y golpeó la pared con un estruendo desgarrador. Toneladas de agua cayeron sobre el bote y lo desaparecieron de la superficie como si el mar lo hubiera engullido de un bocado.

-¡Aguas! -gritó Rigoberto.

El grito se ahogó. La ola revolcó la mandarina y la hundió varios metros. Dio vueltas como si estuviera en un torno. Pensamiento alcanzó a ver una sucesión de brazos y pantorrillas que no terminaban de caer cuando empezaban a elevarse de nuevo. Sintió los golpes en el cuerpo y en la cabeza, cayó, se levantó, se aferró a los bordes de los asientos. Escuchó el sonido de un tanque de oxígeno, de los llamados "equipos de respiración autónoma" que golpeó las paredes y los cuerpos, y que se había colado de manera irresponsable al interior del bote.

En la sucesión de hechos de la tarde del martes y la madrugada del miércoles, fue la primera de varias veces que Pensamiento se sintió parado en la orilla de la muerte. En esos largos segundos se agotó su convicción de que cada uno de los pasajeros a su cargo llegarían sanos y salvos a tierra. Después de la última vuelta la mandarina quedó a oscuras y empezó a subir con lentitud, pero con cada metro que ascendía se filtraban lenguas de agua al interior.

Cuando el bote reapareció en la superficie, Pensamiento entendió la expresión "tener el agua al cuello". Jaló aire de un pequeño espacio que quedó libre de agua. Entre sus brazos, flotando, sintió los cuerpos inmóviles de sus compañeros, bocabajo, con los brazos en cruz, arrojando las burbujas de los últimos alientos.

La mandarina estaba virada, con el techo hacia el fondo marino y la propela en la superficie como un escarabajo de espaldas que mueve las patas sin avanzar.

Leopoldo Cuarenta, otro mecánico que estaba a prueba en la plataforma, alcanzó a abrir las llaves de oxígeno. Con la cara hacia arriba en busca de aire, Leopoldo palpó con los pies el techo convertido en piso, descifrando con desesperación su estructura a fin de encontrar una salida. Cuando sintió el hoyo de la escotilla se zambulló y se impulsó al fondo del bote, salió de él y pataleó hacia arriba.

Rigo, Pensamiento, y el resto de los sobrevivientes del golpe de la ola salieron con el mismo método de leer con los pies y emplear sus fuerzas a bucear contra el impulso que les daban sus chalecos salvavidas.

Al llegar a la superficie, Pensamiento notó que una veintena de sus compañeros se aferraba a la orilla mientras otros se trepaban a la base del bote. Se sujetó a un tubo de aluminio del perímetro de la mandarina. En ese momento Pensamiento se percató de que no vivía un sueño, sino que ya estaba ahí, perdido en medio del mar, sin barcos cerca y atenido a sus fuerzas. Su vida dependía de Dios y de su propia capacidad de luchar. Recordó que estaba a punto de cumplir 60 años, que le faltaban seis meses para la jubilación, le vino a la mente su primer bisnieto y el coche que apenas había sacado de la agencia.

-Dios mío, si eres tan así que si tú lo puedes todo, haz que amainen los vientos -pidió.

Se subió a la base de la mandarina en donde ya estaban algunos de sus compañeros. No se había dado cuenta de que la revolcada le había cortado el pabellón de la oreja y le había abierto una herida de cinco centímetros en el cuero cabelludo, de donde se le escapaban sangre y fuerzas.

Del mar vio salir a su jefe y amigo, José Ramón Granadillo, sin chaleco salvavidas. Le dio la mano y lo ayudó a subir. El viento le quitaba volumen a sus voces y las convertía en susurros.

-¿Qué te pasó, por qué te sacaste el chaleco? -le preguntó Pensamiento.

-Me lo tuve que quitar porque no me dejaba salir -le respondió el intendente de mantenimiento.

Su jefe era esbelto y de baja estatura. Cuando estaba dentro de la mandarina, se clavó dos veces al agua para liberarse por la escotilla pero el chaleco lo botaba de regreso al macabro interior. En la tercera zambullida logró salir porque se despojó del chaleco.

Pensamiento y Rigo amarraron a Granadillo al tubo perimetral de la mandarina. Los chalecos salvavidas se habían equipado con una lampara, un silbato y una tira de seda que en caso de naufragio serviría para amarrarse unos con otros.

El viento del norte y las marejadas no se conformaron con sacar a los hombres del bote y dejarlos perdidos en el mar. Los muros de agua persistieron en sus embestidas contra los obreros. "¡Aguas!", era el grito más recurrente en las largas horas. Las olas los barrían de la superficie del bote, los desaparecían entre los pliegues del mar, los revolcaban hacia el fondo y de regreso a la superficie.

Una de esas olas rompió la cuerda que ataba a Granadillo con el bote y lo alejó del grupo. Pero el jefe de mantenimiento no dejó de luchar y se empeñó en llegar al bote. Rigoberto lo arrastró y lo ayudó a subir.

Minutos después, otra ola gigante los barrió de la mandarina. Granadillo volvió a luchar. El golpe del agua agitó el bote y sacó de su interior dos chalecos salvavidas, que aparecieron flotando entre las aguas. Granadillo quedó a tres metros de uno de los chalecos y a la misma distancia del bote. No titubeó. Prefirió asegurar su regreso al bote que arriesgarse por el chaleco.

El mar devoró uno de los chalecos en segundos. El otro se quedó flotando alrededor del grupo a sólo tres metros de distancia. Era el chaleco que le hacía falta a Granadillo. Los náufragos se quedaron mirándolo en la superficie. Estaban agotados, casi sin hablar, reservando las energías para la siguiente ola y el próximo golpe de viento. Al cabo de un rato el chaleco comenzó a alejarse, a tomar su camino y desapareció.

Granadillo no pudo regresar de una tercera embestida del mar. La muralla de agua se abalanzó sobre la mandarina regando a los trabajadores en diferentes direcciones. Sin el chaleco se multiplica la furia de la ola contra el náufrago, que debe conservar el aire, aguantar la penetración de agua contra su nariz y boca y nadar de vuelta a la superficie. Pensamiento y Rigo lo vieron salir exangüe de la revolcada, dar algunas brazadas y abandonarse en el desierto de agua.

Pensamiento vio partir así a siete compañeros. Uno de los obreros de Perforadora Central, Carlos Gurrión, trató de atar uno de los cadáveres al tubo del bote. No lo consiguió. Horas después él también sería vencido por el mar.

Más que las olas, los mataba el cansancio. Había un rictus que antecedía el momento de la muerte. La resignación aparecía en sus rostros morados y tras ella se apagaba la energía para regresar al bote.

La alegría, sin embargo, llegó a los náufragos con el sonido de las hélices. Estaba a punto de atardecer y Pensamiento contó a 11 compañeros cerca de la mandarina, algunos esforzándose por acostarse en la superficie y otros sujetos al tubo perimetral.

Primero fueron dos helicópteros de Pemex los que se acercaron a seguirlos. Los sobrevivientes acordaron que el primer rescatado sería Pensamiento. La herida de su cabeza no dejaba de sangrar a pesar de que las aguas del Golfo la habían lavado y salado mil veces. La palabra rescate se convirtió en el aliciente en la lucha contra los golpes de la naturaleza.

Pero los helicópteros se fueron. Los vientos los zarandeaban y les impedían llegar más abajo. Después se acercó una tercera nave, ahora de la Armada de México.

Una de las cientos de olas que los embistieron había alejado del bote al cocinero de noche, que nadaba a la deriva. Sujeto a una cuerda un marino bajó hasta la superficie del mar, lo abrazó por la espalda y lo sacó del agua. Ambos empezaron a subir hacia el helicóptero tirados por el motor del cabo.

El marino, sin embargo, no soportó el peso del hombre robusto y agotado, del cocinero de noche que ya llevaba el rictus de la desesperanza. Unos metros antes de subir se le escapó de los brazos. Sus compañeros sólo alcanzaron a ver el hueco que se formó en el agua después del golpe. Los helicópteros no intentaron otro rescate de esas características.

Pero no se fueron. La noche cayó sobre el mar picado y las naves siguieron a los sobrevivientes en las largas horas de vida y muerte. Se desaparecían unos minutos y regresaban. La luz de sus reflectores alumbraba las gotas de lluvia que bailaban al ritmo de las rachas de viento.

-Diosito, Señor, si tú puedes todo, haz que amainen los vientos -suplicó Pensamiento por segunda ocasión.

La luz de los reflectores se volvió lejana, tenue. La sal del mar había debilitado la vista de los sobrevivientes. Las lámparas y los silbatos que portaban en los chalecos hacía muchas horas que los había dispersado la marejada. Con el embate de cada ola los náufragos se esforzaban por volver al bote. Se reportaban a gritos en medio de la noche y con la visibilidad casi a cero.

-¡Pensamiento!

-¡Rigo!

-¡Cuarenta!

-¡Aquí estoy!

-¡Aquí estoy!

-¡Aquí estoy!

Pensamiento se subió al bote y oyó un "toc toc toc". Respondió con los nudillos: "toc toc toc". Pegó la oreja sana pero no escuchó voces, sólo los golpes del interior de la mandarina. Había sobrevivientes adentro del bote abatido cien veces por la ira del mar.

Adentro, Maribel Bolaños, empleada de Servicios de Comisariato, Sercomsa, permaneció a oscuras casi 12 horas. El agua le llegaba a los hombros y con el golpe de las olas más altas la hundía por completo. Uno a uno dejó de escuchar las voces de tres compañeros.

-No sé nadar... -le dijo su compañera de la cocina.

-No puedo más, estoy muy cansado... -sollozó rato después otro trabajador- no tengo fuerzas...

-Nadie va a venir a rescatarnos -lamentó el tercero; su respiración se convirtió en un llanto y se apagó.

-No se preocupen, vamos a rezar, vamos a pedir a Dios que nos ayudé -alcanzaba a responder Maribel.

Después del silencio del último, Maribel se quedó sola en ese vientre de fibra de vidrio y agua salada, sintiendo el contacto de los cadáveres de sus compañeros de viaje.

Con los ojos entrecerrados Rigoberto divisó dos luces ya entrada la madrugada.

Eran los faros de la barra del río San Pedro y San Pablo, la división natural de los estados de Tabasco y Campeche. El faro del norte indicaba el inicio del pueblo de San Pedro en el territorio tabasqueño, y el faro del sur, el de Nuevo Campechito, el poblado vecino de su natal Emiliano Zapata.

-¡Cálmense, ya me ubiqué, ya sé dónde estamos! Un ratito más y llegamos, ya está cerca el río -animó Rigoberto.

En menos de una hora la marejada los condujo a las costas de Nuevo Campechito. El bote salvavidas, virado, golpeado y roto arribó pasadas las 03:00 de la madrugada. Rigo se soltó del tubo del bote y sintió el suelo bajo sus pies.

El helicóptero de la Armada aterrizó en un claro de la playa a 250 metros del punto de arribo de la mandarina.

Eran 12 los sobrevivientes que recalaron en una playa atiborrada de mangles como estalagmitas. Temblaban de frío, estaban casi ciegos y sordos por la sal y los golpes. Se abrazaron en un solo cuerpo para darse calor, boca con oreja y pecho con hombro. Le dieron gracias a Dios por estar vivos y le pidieron por sus compañeros que se quedaron en el camino.

Pensamiento se apoyó en Rigo. Estaba exhausto. Había perdido conciencia de la herida que le marcaba la cabeza.

-Déjame aquí, ya no puedo -le imploró el mecánico.

-Tanto nadaste para que en la orilla te mueras -le reprendió el joven ayudante de eléctrico y lo acompañó hasta el helicóptero.

El grupo decidió que sólo ocho se irían en el helicóptero. Los otros cuatro regresaron al bote a tratar de virarlo para rescatar a Maribel. Consiguieron acercarlo tres metros más a la playa. Aprovecharon el impulso de las olas para darle vuelta y les faltó un empujón, una poca de fuerza que habían dejado en la lucha contra la rabia del Golfo.

Rigoberto encontró un hueco y metió la mano pero la sacó de inmediato, instintivamente, al sentir una pierna sin vida. Un segundo helicóptero aterrizó a los pocos minutos y un marino les ordenó que lo abordaran. Venía en camino una tercera nave al rescate de la sobreviviente atrapada al interior de la mandarina.

 
 
El pescado
 
La playa amaneció tapizada de grumos grises de barro. Los pescadores de la colonia Emiliano Zapata, en la península de Atasta, pasaron la noche en vela por el escándalo de las olas, el silbido del viento y el motor de los helicópteros.

El pescador Atilano Noverola Casanova oyó el bullicio en la playa y salió con su hijo Eleazar. A unos cientos de metros al sur un grupo de pescadores recogía el cadáver hinchado de una mujer. En la dirección contraria otro conjunto de lugareños trataba de virar el bote salvavidas número uno.

Atilano miró a un hombre, parecido a un espantapájaros, acostado sobre las olas. Los más jóvenes de su grupo se lanzaron al agua y recogieron a un joven con los ojos rojos y tosiendo agua. Estaba tan cansado que no podía ponerse en pie. Lo tendieron sobre una sábana y lo cargaron cuatro pescadores, cada uno tirando de una punta.

El joven dijo llamarse Éder Ortega, ingeniero con categoría de capitán en la plataforma Usumacinta y pasajero del bote de salvamento número uno. La familia Noverola lo acostó en la cama, le dio una muda de ropa seca y un café con leche caliente. Una hora después lo llevaron en un volkswagen prestado al centro de salud de la colonia, en donde le aplicaron gotas en los ojos, le dieron melox y ranitidina para el ardor estomacal. Cuando el helicóptero bajó al campo de futbol ya se le habían calmado los temblores.

Una semana después Éder Ortega regresó a Emiliano Zapata a agradecer la ayuda de la familia de Atilano. No se quiso llevar el chaleco salvavidas que le ayudó a llegar con vida a la costa. La familia de Atilano recogió también el tanque de oxígeno que se había colado al bote de salvamento número dos y lo guardó de recuerdo junto a la cama.

Apenas amaneció, Pedro Contreras atravesó los manglares de la playa de Nuevo Campechito hasta el punto donde recaló el bote de salvamento número dos. En el camino llevó consigo a los vecinos que fue encontrando. Cuando llegó al bote vio a seis elementos de la Armada de México tratando de voltearlo. A Pedro Contreras se le olvidó presentarse como el comandante de la policía del poblado de 497 habitantes. Pellica, como lo conocen en el poblado, les dijo que estaban ahí para ayudar.

Los elementos de la Marina no habían podido virar la mandarina y tuvieron que hacer un vuelo en helicóptero a Ciudad del Carmen para traer un hacha y abrir un boquete por donde pudiera escapar Maribel Bolaños. Ya con la ayuda de los 15 pescadores se logró darle la vuelta. Pellica vio dos cadáveres de hombres, morados e hinchados, tan pesados que resultó imposible llevarlos a cuestas.

Tampoco se podía arrastrarlos por una playa entretejida de manglares. Uno de los pescadores ofreció su machete. Escogieron el palo de mangle más largo y derecho, de unos 3 metros y medio y lo cortaron.

Los marinos y los pescadores sujetaron el cadáver al tronco con tres lazos. Uno a la altura de la cabeza, otro en el abdomen y el tercero en las piernas. Fue la única manera en que los tres marinos y el comandante Pellica pudieron levantar el cuerpo y cruzar hasta donde el helicóptero había logrado aterrizar. Los marinos, más bajos de estatura, tomaron las posiciones de adelante y Pellica, alto y fornido, se ubicó hasta atrás. En el segundo viaje, ya con el hombro enrojecido, le reclamó al marino:
 
-Además de ir cargando al finaíto te voy cargando a ti.

El marino no respondió.

En el trayecto al helicóptero, Pellica tuvo que dar un ligero tirón al palo de mangle porque uno de los cuerpos se agarró de la rama de un árbol que se atravesó en el camino.

Los pescadores se retiraron al mediodía. Los soldados les dijeron que se encargarían del resto.

En Ciudad del Carmen, el epicentro urbano de la Sonda de Campeche, lo normal es que las compañías privadas, nacionales y extranjeras, participen activamente en la producción del crudo. Empresas como Halliburton, Schlumberger, Oceanografía, Cotemar, Perforadora Central, Global y Protexa, por mencionar algunas, intervienen en alguno de los procesos de extracción.

Un obrero de Pemex con la categoría de ATP (ayudante de trabajo de perforación) percibe 25 mil pesos por catorcena en una plataforma, mientras un trabajador de la misma categoría de Perforadora Central gana alrededor de 15 mil pesos. Mientras el contrato colectivo de Pemex limita la guardia en plataforma a 14 días por 14 de descanso, un obrero de una compañía privada puede pasar 28 días o más en altamar firmando contratos temporales antes de obtener una plaza.

A ese mundo pertenecían los trabajadores de la Usumacinta.

La industria petrolera generó en Ciudad del Carmen una población flotante. Al cumplir con su guardia en las plataformas, los trabajadores regresan a sus lugares de origen en Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Yucatán o Chiapas. Pero no sólo la mano de obra, la élite petrolera también es nómada. En los hoteles es común escuchar conversaciones de los ingenieros en inglés, alemán, japonés y diversos acentos del español -del ibérico al venezolano-.

Las camionetas Lincoln de doble cabina circulan sobre calles con hoyos y baches y atraviesan con velocidad desde los barrios de casas lujosas hasta las colonias de viviendas de lámina de cartón construidas junto a los manglares. La presencia de presuntos integrantes de los zetas motivó que la ciudad esté patrullada por camiones del Ejército, la Armada, la Policía Federal Preventiva y las policías estatal y municipal. Un comandante de la PFP requiere de 16 escoltas con armas largas y tres patrullas para desayunar tranquilo en el café de un hotel.

Hasta la década de los setenta Ciudad del Carmen era un puerto pesquero en esplendor. Se cuenta que los barcos regalaban a los pobres sus excedentes en el puerto pesquero. Los carmelitas agradecieron la abundancia y levantaron una estatua al camarón en las orillas de la ciudad. La pesca se sustituyó por la industria petrolera y Pemex levantó años después un hospital junto a la glorieta del camarón. La langosta era común en las mesas carmelitas. La gente ya no se acuerda de su sabor.

Después del accidente, Pensamiento notó que se convertía en pez. La piel se endureció y se hizo escamosa. Las ministraciones de suero se volvieron una batalla para los médicos, que no sólo no encontraban las venas, sino que no podían clavar los catéteres.

La noche del miércoles 24, cuando estaba en el hospital del Seguro Social de Ciudad del Carmen, Pensamiento se resignó a esperar en urgencias a que se desocupara una cama, lo que ocurrió hasta el viernes 26.

La herida de cinco centímetros en el cuero cabelludo se había infectado y debió pasar internado 14 días. De la oreja derecha quedó sólo el lóbulo, y se acostumbró a que la pata de los anteojos se apoyara en el vendolete blanco. A pesar de que en la prueba de auditividad perdió 50 por ciento del oído derecho, los médicos le dijeron que podía volver a trabajar.

Después de que la piel se le puso escamosa, Pensamiento la mudó como si fuera serpiente. Al amanecer notaba que las escamas aparecían en montoncitos al pie de la cama. Una capa nueva y delgada de epidermis surgió de abajo de los pellejos que fue dejando con el paso de los días.

Pero si bien la piel de pescado se cayó de su cuerpo, a Pensamiento le quedaron las huellas del naufragio adheridas al alma. Uno de sus placeres era acostarse a dormir y disfrutar los sueños, en donde aparecía su familia o los buenos momentos del día. La furia del mar, sin embargo, invadió ese territorio antes inexpugnable con lagunas, plataformas que se hunden, cadáveres y marejadas. Una noche de noviembre, de camino a Mérida, Pensamiento se alarmó cuando un pescado del tamaño de un hombre se atravesó en la carretera caminando sobre la cola.

 0-0-0
  
 

2 comentarios:

  1. Dios te ha dado la grandiosa virtud de poder plasmar en unas páginas, lo que muchos otros no podríamos explicar en varios libros.

    gfl0res@hotmail.com

    ResponderEliminar
  2. sobervivientes, heroes, luchadores por seguir vivos.(y quie se acuerda de ellos ahora)

    ResponderEliminar