domingo, 9 de agosto de 2009

“Yo maté a Marlon Brando”

CARTAGENA. El cine regresa a Cartagena y desempolva a sus viejos jornaleros, los extras que alternaron con Marlon Brando en Quemada (1966) y se improvisaron como escenógrafos en La Misión (1986). Obreros, vendedores, antiguos traficantes, vuelven al cine para la adaptación cinematográfica de la novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera, que se empieza a filmar el 10 de septiembre.
“Yo maté a Marlon Brando”, afirma Luis Córdoba con orgullo.
Al término de la jornada de trabajo se lava los sobacos con el agua de un balde; se frota hasta disolver las manchas de yeso que le blanquean las manos, los brazos y el torso desnudo.
Luis es asistente del departamento de yeso, donde labora bajo las órdenes de Mauricio Rodríguez, a quien conoció en 1966, cuando ambos representaron discretos papeles en Quemada. En ella, Luis asesta una puñalada mortal en la ingle del agente británico William Walker (Marlon Brando). Sus amigos le dicen El criminal. “Sueño con el cine, me gustaría ser protagonista, es lo que anhelo”, dice Luis, de 62 años.
Mauricio, su jefe, interpretó a Ramón en la película que Gillo Pontecorvo dirigió en Cartagena. “Fui el que traicionó la revolución, reuní a ‘la contra’ para derrotar a los negros”, recuerda. Quemada cuenta la historia del oportunista Mister Walker, quien primero alienta la independencia de la isla caribeña Quemada, pero vuelve siete años más tarde para matar a su dirigente.
“Yo soy actor”, asegura Mauricio. Después de alternar con Brando, actuó en 16 películas de calidad diversa, de extra o en papeles marginales; caminando en un mercado o de frenético caníbal.
El cine se hace con las manos
Hollywood regresó a la ciudad con la historia más cartagenera de la literatura universal, El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez que cuenta el enamoramiento, los 53 años de separación y el reencuentro de Florentino Ariza y Fermina Daza. Stone Village inició la preproducción el 25 de julio y el 10 de septiembre arranca el rodaje donde el británico Mike Newell dirigirá al español Javier Bardem y a la italiana Giovanna Mezzogiorno en los papeles protagónicos.
En una bodega del barrio Getsemaní, el techo de asbesto eleva la temperatura del mediodía tropical. La sierra eléctrica y el torno esparcen un polvo fino de madera que contribuye a la penumbra. En sus mil 100 metros cuadrados se reúnen, una vez más, los yeseros Luis, Mauricio, José Recuero y Ramón Cárdenas; los pintores Rafael del Pino (padre e hijo) y el decorador Gustavo Morales, extras de ayer y hoy obreros de la ocasional industria cinematográfica cartagenera.
Se ven cada 10 o 15 años. Habitantes de los barrios marginales, los largos intervalos en que el cine se olvida de Cartagena Luis se emplea de vigilante y vende contrabando; Mauricio, antiguo traficante de drogas, recorre las calles del centro con un carro de gaseosas y un termo de café tinto que ofrece a los turistas. Un poco más afortunados, Rafael del Pino padre decora casas de ricos y su hijo hace copias de Fernando Botero.
Mauricio Rodríguez vierte el yeso fresco sobre el molde de un metro cuadrado y lo pone a secar al sol de la calle. Aprendió el oficio de yesero cuando acudió a los talleres de La Misión para ofrecer sus servicios como actor y le dijeron que no gracias, no se requerían negros para una película de misioneros en Paraguay, pero hacían falta obreros para la escenografía. Recuerda que durante el “tea time” que los ingleses celebraban religiosamente a las 14:00 horas, Mauricio y sus hombres fumaban mariguana y bazuco y se robaban cuanto podían.
Al secar, el molde de yeso pasa a las manos de Rafael del Pino, que pinta los ladrillos. De 56 años, exhibe orgulloso la credencial de Nostromo, serie de televisión basada en la novela de Conrad que filmó en 1996 Alastair Reid y donde pintó un tren de madera. En La misión le tocó envejecer las casas del centro. “El cine no me cansa, es sabroso como un juego”.
El molde de yeso termina en las manos de Gustavo Morales, que le tiene que dar la textura de antigüedad, deslavar los ladrillos para que queden idénticos al callejón de San Juan. A Gustavo lo han matado cuatro veces en los filmes que ha acogido Cartagena. Su piel blanca le permitió aparecer en La Misión, en donde obligó a repetir una escena porque olvidó quitarse el reloj.
Gustavo y Rafael envejecen las tablas de la casa de Florentino Ariza. El último acabado lo da Elizabeth Berg, una sudafricana rubia que se comunica por señas y sonrisas con sus subordinados.
Mauricio padece de la próstata, la presión alta y tiene hemorroides. Luis se tiene alto el colesterol, a Gustavo le faltan dientes. Un médico de Turbaco que atiende a los empleados del taller los mantiene de pie con pastillas. A las 13:00 horas se lavan con esmero y se cambian las playeras raídas, los zapatos rotos y las bermudas sucias de yeso blanco por pantalones de vestir, camisas de botones y zapatos lustrados.
El mexicano Alex Ayala, jefe del taller, entra y sale de una oficina con aire acondicionado. Constructor del Titanic, avisa que es día de paga y se escabulle de dar nuevos anticipos que siempre salen de su bolsillo. “Aquí el que menos, tiene dos mujeres”, le suplica Mauricio, que ha regado 16 hijos en cuatro países.
“A García Márquez le gusta mamar gallo”, expresa Mauricio. Quizá por haber nacido en Nicaragua, y no en Colombia, la obra del Nobel 1982 le importe poco. A Luis todavía “no le cae en las manos” la novela. Lizbeth y Carlos se han prometido terminarla durante la filmación, aunque dudan que les impresione más que 100 años de soledad.
“Yo nací para esto. No hay nada mejor que el cine”, resume Rafael del Pino padre.
Agosto, 2006

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