viernes, 11 de diciembre de 2009

Un liberal en la Patricio Lumumba de Moscú

A John Gibler

Hace una semana mi tutora, la francesa Cécile Laborde, nos recibió su cubículo uno por uno de  sus alumnos para darnos comentarios sobre nuestros ensayos. Lo primero que me dijo cuando me senté fue: “Estás disfrutando el curso, ¿verdad?”, con una convicción que era difícil de contradecir, y que no sé de dónde sacó.
-Sí -le dije- pero creo que es demasiado liberal.
Se me quedó viendo extrañada.
-¿Quieres decir, ideológicamente?
-Sí.
-Y a mí me critican porque meto a Skinner, a Marx y a Foucault. Éste es el curso menos liberal en todos los de Teoría Política del Reino Unido. Es un fenómeno más o menos reciente: antes las discusiones se daban entre marxistas y liberales, pero ahora sólo son entre liberales. El liberalismo inglés es tan flexible que agrupa a todas las corrientes de pensamiento. En mi país soy socialista-republicana, pero aquí soy liberal. Hasta un marxista como Jerry Cohen al final se reivindicó liberal. Los socialdemócratas europeos, los conservadores y liberales de América, aquí son todos liberales.
El tono de Cecile era de comprensión con una traza de complicidad. Me daba la razón y al mismo tiempo me explicaba la causa de la estrechez intelectual.
-En América Latina hemos aplicado la receta liberal completa, desde hace más de 100 años, y no tenemos ni libertades políticas ni bienestar económico. En Europa occidental y Estados Unidos es una realidad; en América Latina es una promesa, cuando mucho. Tenemos derecho a ser escépticos.
-Creo que el problema es que en América Latina sólo han aplicado el liberalismo en el aspecto económico, en el libre mercado, pero no en el político, y sí, por supuesto, no sólo tienen derecho, tienen la obligación de ser escépticos…
La charla se fue a otros temas.
Los que pensábamos que el liberalismo era una doctrina en declive, la tradición británica nos corrige. James Snelgrove, un compañero del posgrado (Masters en Teoría política y Legal), me aclara: “el liberalismo es parte de la identidad británica”. En efecto, no es sólo una ideología, un conjunto de principios políticos o morales, una doctrina que oriente la conducta de la gente y el gobierno, sino una identidad. Y quizá una identidad con una importancia cultural mayor, ahora, que la que provee el cristianismo anglicano.
Pero esta identidad se combinó con la escuela filosófica dominante en el mundo anglosajón: la filosofía analítica, una disciplina que trabaja sobre la precisión de los conceptos, sobre la definición exhaustiva de los términos: libertad, justicia, pluralismo, and so on. La combinación ha traído una suerte de exégesis secular, una religiosidad laica en donde los filósofos se dedican a aclarar conceptos y a refutar a sus pares sobre sus aclaraciones conceptuales. Así, por ejemplo, si Isaiah Berlin dice que hay dos conceptos de libertad, positiva y negativa, Gerard MacCallum dirá que sólo es uno y que conlleva una ‘relación triádica’. Si Rawls habla de la “razón pública”, en unos años se podrán contar 20 o 30 ‘papers’ agregando, extrayendo, refutando, replicando, puliendo, interpretando, o proponiendo nuevas lecturas del concepto. Y en unos años más se podrán contar otra buena cantidad de papers negando o sumando argumentos a los ya dados por la primera ola de comentaristas. Un filósofo más audaz se atreverá a proponer un concepto nuevo, más allá de los imaginados por las figuras tutelares, por ejemplo, “modus vivendi” (John Horton): nombre que sirve para designar un equilibrio de fuerzas. Y en torno de ese paper y ese concepto se dará una y otra discusión en universidades de aquí y allá. El éxito del concepto se medirá en la cantidad de papers que haya sugerido. Quizá la obsesión por la claridad del término los empariente lejanamente con la filología, pero mientras la filología explica una cultura a través de sus manifestaciones escritas, los liberales-analíticos han dado el brinco y se han librado de esa carga llamada cultura, mundo, sociedad, historia, o cualquier manifestación física o material de la política, que ha quedado detrás de un tambache de papers que urge escudriñar. Porque a su ideología (liberalismo) y a su método (filosofía del lenguaje) hay que añadir, en su descargo, que su paciente tarea tiene un propósito moral. Ellos se llaman a sí mismos normativos: una convicción de que su tarea es decirle al mundo cómo debe ser, de qué manera debe actuar, con qué reglas, principios y objetivos.
Afuera, por cierto, nadie se preocupa mucho por lo que recomienden los sabios que pueblan el robusto sistema universitario inglés, y que están en la punta de la pirámide de la clase media. Aunque de vez en cuando los consulten. Jonathan Wolff, una de las estrellas de University College London, participa regularmente en comités éticos. Es la voz intelectualmente autorizada para hablar de moral. Fue convocado, lo contó en clase, a un grupo que prepararía un reporte sobre riesgos en el transporte público. En años recientes había habido choques de trenes con pérdidas humanas. Población entrevistada en encuestas y algunos sectores de la prensa opinaban que se debía adoptar el sistema de seguridad francés, que frenaba automáticamente los trenes y eliminaba el error humano. La respuesta parece obvia: adóptese el sistema de frenado. Pero costaba cientos de millones de libras. Así que el panel se integró por ingenieros, periodistas (porque, dijo Wolff, había que saber cuáles declaraciones serían sacadas de contexto, que es “a lo que se dedican los periodistas”), administradores, economistas, actuarios, y un filósofo. Se hicieron dos preguntas: una, ¿cuántas personas mueren al año? En un promedio de la última década, tres o cuatro.  La segunda pregunta tenía mayor interés filosófico: “¿cuánto vale una vida humana?” Si la pregunta pareciera incontestable, quizá un juego de suposiciones hubiera sido más valioso: ¿qué hubieran respondido, por ejemplo, Kant, Locke, Rousseau, o mejor aún, Adam Smith o David Ricardo, todas ellas figuras tutelares del liberalismo inglés? ¿Tiene la vida humana un valor absoluto?, ¿la vida humana es la medida de todas las cosas? Ignoramos los detalles del proceso deliberativo, pero sabemos, por el relato de Wolff, que el panel logró la hazaña de dar una respuesta: un millón de libras.
-¿Cómo llegamos a esa cifra?, se preguntarán, ¿cómo creen?, pues nada más la asignamos al azar –dijo Wolff.
Ya con la cifra asignada, se hizo un cálculo: si una vida vale un millón de libras, y si en promedio sólo mueren tres o cuatro al año mientras que el sistema de frenado cuesta cientos de millones, el costo-beneficio de poner el sistema en los trenes era injustificado, finalmente, se dijo, es dinero del contribuyente que puede ser usado para veinte cosas más, hospitales, escuelas, o lo que sea. Después de esa exitosa participación, Wolff ha sido invitado a integrar a comités sobre maltrato de animales, regulación de apuestas y política hacia las drogas.
La filosofía analítica es tan poderosa en el Reino Unido que se comió incluso al marxismo inglés. Jerry Cohen, así como dos o tres más, se dedicó a hacer filosofía analítica con los conceptos de Marx. O bien, la interpretación de Marx sólo se hace desde una posición liberal, como la del propio Jonathan Wolff, un rawlsiano convencido, que escribió ¿Por qué leer a Marx hoy?, y que en su localmente famosa Introducción a la filosofía política le dedica una página al pensador alemán, para decir que estaba equivocado.
Una amiga polaca me dice desde el chat: “te equivocaste de país”.
Me siento como si un liberal, digamos, griego o de cualquier país relativamente marginado, se ganara una beca para estudiar teoría política en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, en 1985 y se fuera a quejar con su tutor: oiga, aquí todo es marxismo-leninismo. Bueno, le dirán, qué quiere, aun los liberales ahora se llaman marxistas-leninistas y hacen materialismo dialéctico. Es parte de nuestra identidad.