domingo, 14 de febrero de 2010

Adiós a la joya de la corona


LONDRES, 14 de febrero de 2010.- En abril de 2009 recibí un correo electrónico de Alex Brown, coordinador de la maestría en Teoría Política y Legal en University College London. Decía: “estoy impresionado con tu solicitud de ingreso a la maestría y, aun cuando no está en mis manos tomar la decisión final, recomendé insistentemente a la oficina de admisiones que te ofrezcamos un lugar”. Ése era el mayor elogio (I am impressed by your application) pero había más, que ya no recuerdo ahora. Su correo me llenó de orgullo y me hizo decidirme por UCL sobre London School of Economics (LSE), que también me había ofrecido un lugar —aunque me hubiera inclinado por el tercer programa al que oposité y del que fui rechazado, Estudios sobre la Guerra, en King’s College London. Le respondí que guardaría su correo como un tesoro, y que para mí era de enorme valor recibir ese reconocimiento del coordinador de la maestría que quería estudiar y que I was looking forward to meeting him. Me respondió amablemente, pero se disculpó porque no nos conoceríamos, pues le habían ofrecido una plaza de lecturer (un rango un poco abajo del professorship, que requiere cuatro libros publicados) en la Universidad de East Anglia.
Al poco tiempo de que llegué a UCL, me enteré que muchos compañeros, especialmente los extranjeros, habían recibido el mismo correo, exactamente el mismo, con las mismas palabras, la misma firma, y que Alex Brown estaba impresionado por sus aplicaciones tanto como por la mía. Mi grupo de la maestría se componía de más de 40 alumnos, pero no era el más grande del departamento de Ciencias Políticas, sino International Public Policy, que había admitido a más de 100 estudiantes.
Esa generosidad en la oferta de lugares no tenía como explicación solamente que los candidatos abrumáramos con nuestro talento a los coordinadores de los programas, sino a que el departamento ya había sido avisado de que la crisis financiera provocaría un recorte del presupuesto gubernamental a las universidades, de entre 5 y 10 por ciento. Desde hace una década, las universidades británicas han transitado de las cuotas simbólicas, casi gratuitas, a los cobros considerables, en la medida en que el presupuesto público se recorta. A pesar de ello, las clases medias aún pueden sostener a uno de sus hijos en una universidad. Una maestría como la mía cuesta 6 mil libras esterlinas para un estudiante británico, que además tiene posibilidades de conseguir una beca que le reduzca la mitad de la cuota. Debido a la integración, los ciudadanos de los países de la Unión Europea tienen derecho a ese mismo precio.
La suerte cambia para los “overseas students”, es decir, a aquellos que venimos de África, América Latina y Asia, para quienes el costo del mismo programa frisa las 14 mil libras. Otros programas igualmente de un año pero de ingenierías o ciencias aplicadas alcanzan las 18 mil libras (cerca de 400 mil pesos). En este caso, sin embargo, hablar de África y América Latina es una exageración, porque son pocos los alumnos de estas regiones que llegan acá. Desde hace unos años China (55 mil) y la India (35 mil) proveen el mayor número de estudiantes internacionales a las universidades británicas. En total, el número de estudiantes extranjeros se triplicó entre 1996 y 2008, para llegar a 513 mil estudiantes, a sólo 110 mil de los Estados Unidos, la potencia mundial en captación de divisas a través de estudiantes de otros países.
                Pero “la corona está a punto de perder una de sus joyas”, como le escribió el Roussell Group a Gordon Brown, primer ministro de la Gran Bretaña. En esta organización se coordinan las 20 universidades más prestigiosas del Reino Unido, Cambridge, Oxford, Imperial College y LSE entre ellas. El recorte de dos mil 500 millones de libras al financiamiento público de las universidades que anunció Gordon Brown, dicen, los pondrá de rodillas y arriesgará instituciones que ha llevado 800 años construir.
                 Cada estudiante no europeo vale tres veces más para las finanzas de las universidades. Pero  ese valor es también una manzana envenenada. Los cursos que prefieren los extranjeros son los relacionados con negocios y administración, en donde representan el 83 por ciento de la matrícula, según el Consejo Británico. La filosofía y la literatura casi le tienen sin cuidado a los no europeos, que vienen a adquirir herramientas técnicas. Y, al ser el hilo más delgado, las humanidades serán las primeras en pagar el costo del recorte. Una disciplina está por ver sus últimos días en el Reino Unido: el único catedrático en paleografía en el país, David Ganz de King´s College London, será despedido en septiembre como consecuencia de la continencia financiera. Al respecto, John Crace, articulista de The Guardian, comenta: “renunciar a la paleografía es como renunciar a una ciencia, a un arte o a una cultura. Es como decidir que ya sabemos lo suficiente sobre el pasado y que no tenemos por qué molestarnos en averiguar más”. Además, los maestros, que de por sí se desarrollan en un ambiente altamente competitivo (para un plaza suelen opositar unos 150 candidatos), se verán forzados a volver a concursar por las plazas que ya tienen. Se estima que unos 533 profesores perderán sus trabajos.
                “El recorte impactará principalmente a la enseñanza. Habrá menos profesores, tendrán menos tiempo para preparar sus clases y se empleará a estudiantes de doctorado como profesores, porque cobran mucho menos”, me dice un profesor de la Escuela de Estudios Orientales y de África, SOAS, que forma parte de la Universidad de Londres. Y ya empezó a ocurrir. En UCL, en donde los grupos crecieron hasta a 100 alumnos este año, los profesores no alcanzan para supervisar las dissertations, como se les llama a los artículos de 10 mil palabras que los alumnos deben entregar para recibir su título de maestría, y se les ha ofrecido ser asesorados por estudiantes de doctorado. Pocos lo han aceptado: “¡cómo me va a asesorar un alumno que hace un año estaba igual que yo!”, me comenta una compañera, una más de las que impresionaron muchísimo al coordinador de su maestría en su application.
                Pero la crisis financiera, además de traer recortes, ha traído también xenofobia. Un número importante de británicos, medios de comunicación, el Partido Conservador y, por supuesto, el racista Partido Nacionalista Británico, creen que los extranjeros se están quedando con los empleos de los nacionales. Hasta qué punto hay de cierto en esto, no me importa ahora, pero ya ha empezado a tener consecuencias en el aula. Por primera vez, se toma asistencia en los cursos de maestría. La razón, nos explicó Richard Bellamy, jefe del departamento de Ciencias Políticas, es que la oficina de Migración pide las listas para ver si los estudiantes que no son de la Unión Europea acuden a clases. Hay jóvenes que se matriculan en un curso, obtienen la visa de estudiante, que permite trabajar medio tiempo, y no se paran nunca en el salón, argumentan las autoridades migratorias para justificar que por primera vez en este país la inasistencia a clases te haga candidato a la deportación.
                Y, sin embargo, no se siente en UCL un ambiente de movilización. Sólo el sindicato de estudiantes, la UCLU, ha pegado carteles advirtiendo que con el recorte las cuotas para estudiantes no europeos llegarían a las 40 mil libras —cerca de 900 mil pesos por una maestría de un año con 20 semanas de clases efectivas—, que la biblioteca cerraría los fines de semana y que desaparecerían los fondos para las sociedades de estudiantes. Los alumnos de los departamentos de lenguas han pegado sus propios carteles rechazando la fusión de todos ellos en una sola oficina. Pero no se siente ese ambiente como el que vivió la UNAM en 1999, cuando el reglamento que imponía las cuotas provocó una huelga inicialmente masiva y la politización de estudiantes que por primera vez en su vida se movilizaron por defender su derecho y el de generaciones futuras a estudiar.
                “La joya de la corona”, como la defienden los rectores de las 20 universidades más prestigiadas del Reino Unido, descansa en el financiamiento público, y en la idea de que la educación superior es un derecho, más que un privilegio para el que haya que ahorrar toda la vida, como en los Estados Unidos. Pero algo de eso está por cambiar: quizá su perfil humanístico se volverá más pequeño y cada vez más provinciano tanto en tiempo como en espacio, mientras que seguirá fortaleciéndose la división que enseña negocios. Un futuro extraño para, por ejemplo, Oxford, la casa de WH Auden, Isaiah Berlin, Cecil Day Lewis, TS Elliot, William Golding, Graham Greene, Lewis Carroll, Oscar Wilde…
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