jueves, 15 de diciembre de 2011

Killing an Arab

Rodeado de arces y sicomoros, el estanque ofrece una de las vistas más apacibles de Aarhus. Los patos graznan a la espera de un pedazo de pan; las gaviotas vuelan alrededor y los céspedes, aun en lo más crudo del invierno, reflejan con el brillo de su verdor los pálidos rayos del sol. Situado dentro del campus universitario, cada tanto me siento en una de sus bancas a contemplar el espectáculo del silencio y la naturaleza. Esa mañana, sin embargo, la tranquilidad se perturbó por la carrera de un hombre de cabello gris con una red en la mano que perseguía a un pequeño gallinazo. Hubo una fracción de segundo que lo tuvo al alcance pero no se animó a arrojarse para atraparlo y el pajarillo se lanzó al agua. El hombre resolló y se dirigió a mí en una lengua que no comprendí.

--Disculpe, no hablo danés –le dije.

Me respondió en inglés fluido:

--Las gaviotas atacaron a la madre de este pequeño gallinazo y ahora debo rescatarlo o, de lo contrario se lo comerán a él también si no está su madre para defenderlo. ¡Pero vaya que corre rápido!

--¿Y qué hará con él si lo atrapa? –pregunté.

--Cuando menos, llevarlo al estanque de allá, que es más pequeño. Pero creo que lo mejor será llevarlo al hospital.

--¿Al hospital?

--Sí, tenemos un hospital para los animales en situación vulnerable. Allá crecería, y ya más grande lo devolveríamos al estanque.

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La lengua danesa tiene unos cinco millones y medio de hablantes. Dinamarca es de los países más ricos del mundo en índices per capita y, quizá, el país con el esquema tributario más fuerte y progresivo del mundo: los impuestos representan el 48 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). Esa solidez fiscal sostiene a un Estado de Bienestar que no sólo provee salud y seguro de desempleo, sino uno de los servicios educativos más avanzados. A los jóvenes se les paga un salario decente por ir a la universidad y la lengua inglesa es obligatoria desde la primaria. Se puede vivir en este país sin saber una sola palabra en danés. Los jóvenes hablan inglés fluidamente; los adultos lo conocen con suficiencia para proveer cualquier servicio y los más viejos, aun cuando no la dominen, son capaces de sostener conversaciones.

La educación pública danesa produce jóvenes cosmopolitas y universales como Simon, un estudiante de física que conocí en la fiesta de una comuna. Nunca había salido de Europa pero sabía del mundo como poca gente. Hablaba con familiaridad de problemas de América Latina, Asia y África y, en unos minutos, trazó un retrato político y económico de su país. Ni por su nivel de información ni por la escasez de su cabello era verosímil que apenas tuviera 19 años. Pero era verdad. Contó que vivía en un departamento en el gueto de la ciudad: un conjunto de edificios en el oriente a donde fueron a dar los inmigrantes asiáticos y africanos en Aarhus. Cuando se mudó al gueto algunos amigos daneses le dijeron que se cuidara del crimen.

A Simon le indignaban las medidas de contención migratoria que los nacionalistas habían impulsado en el anterior gobierno. Una de ellas, el examen de cultura danesa que todo inmigrante debía presentar –en danés— para obtener la residencia.
--Ningún danés pasaría ese examen –me dijo.
Los inmigrantes sí lo acreditan y se mudan a Aarhus por miles. Pero en el hermoso centro de la ciudad no se les ve. Las calles peatonales, los cafés, las plazas, los restaurantes y las tiendas de ropa no parecieran atraerlos mucho. Quizá se deba a los precios. Una cena ligera para una persona, con una copa de vino, cuesta unos mil 200 pesos mexicanos, y aun así es muy raro ver un restaurante vacío a la hora de la cena.

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Ubicado a un costado del gueto afro-asiático, el bazar es el sitio más cosmopolita de Aarhus. Más pequeño que un mercado de barrio de la ciudad de México, hospeda a las comunidades somalí, palestina, turca, india y magrebí. A la entrada, del lado izquierdo, un sikh ofrece un estupendo masala; en el local del lado derecho, palestinos de Gaza preparan un riquísimo humus y deliciosas berenjenas. En el pasillo lateral izquierdo una fonda somalí ofrece cordero a la menta y, al fondo, marroquíes venden unos exquisitos postres bañados en miel. Y a precios accesibles. En el bazar se consigue fruta sabrosa; los cortes de cabello, a unos 250 pesos mexicanos, son los más baratos de la ciudad.

Uno de los lugares más entrañables del bazar es el café de somalíes. Decorado con fotos de playas paradisíacas, la bandera nacional y el equipo futbol, la frigidez del invierno se disipa en su interior. En un país en donde la carcajada es, literalmente, mal vista, en este café el barullo recuerda a una cantina mexicana. Los somalíes no beben alcohol, pero no les hace falta. Mientras juegan cartas gritan, ríen, se dan de palmadas. Me siento en casa. Quizá tenga razón Alberto Ruy Sánchez cuando dice que México es un país árabe que no se reconoce.

Acudí al café de somalíes con Diego Osorno, que hizo el viaje hasta este puerto para visitarme. A él le fascinó tanto como a mí y me sugirió ocuparlo como lugar de trabajo, porque además provee Internet gratis. Un sábado lo hice así. Pero de repente se interrumpió el barullo y el dueño del café me dijo que cerrarían el café porque irían a rezar pero que podía volver en 15 minutos (el bazar contiene mezquita y escuela coránica). Esperé afuera, regresaron los somalíes y me instalé de nuevo. A las dos horas se acercó a pedirme que me retirara, pero me invitó a regresar dentro de 15 minutos. El ritual se repetía cinco veces al día…

El bazar, sin embargo, no ha de ser idealizado. Es tan patriarcal como las cantinas de México, pero quizá en un nivel más opresivo. La proporción de mujeres en sus corredores es menor y, por lo general, sólo acuden a comprar verduras. Nunca he visto a una mujer dentro de los cafés somalí o turco. Con Atenea Rosado, que me llevó al bazar por primera vez, nos atrevimos a franquear la puerta de la fonda somalí y comer dentro. Era la única mujer además de la cocinera. Los hombres la miraron con incomodidad pero al poco tiempo se acostumbraron a su presencia. No nos atrevimos, sin embargo, a romper el cerco invisible del ruidoso café somalí de las playas paradisíacas. Ahí he entrado yo solo o acompañado de hombres.

El bazar comprime dentro de sí a más guetos: En el café turco hay sólo turcos; lo mismo en el somalí. De vez en cuando un marroquí platicador hablará mal de los africanos y viceversa. Sus orígenes, lenguas e historias son distintas, pero suelen compartir algunos rasgos: son ruidosos, comelones, sonrientes, extrovertidos. Cuando entablan una conversación, suelen quejarse de que les resulta harto difícil encajar en la sociedad danesa.

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Se agotó la pila de mi computadora y abandoné el café del campus universitario. Caminé a la parada y miré el horario: faltaban todavía 15 minutos para mi autobús. Los músculos, contraídos de frío, me demandaron movimiento y me dirigí a la otra parada, aún más céntrica. Todavía debía aguardar 10 minutos. Un joven danés se acercó, se fijó en los horarios y se resignó a esperar. En la acera de enfrente resonó la tos de un hombre muy enfermo. Caminando pesadamente y a tumbos llegó a la parada. Estaba cubierto en ropas viejas y sucias y cargaba una bolsa. Se sentó en la banca, a medio metro de donde yo había dejado mi mochila. Unas mujeres jóvenes pasaron frente a nosotros y el borracho, entre arcadas de tos, se dirigió a mí en una lengua que no entendí.

--Disculpe, no hablo danés –le dije.

Respondió en inglés con un grito indignado:

--¡Vienen a cogerse a nuestras mujeres pero no son capaces de aprender danés!

Le di la espalda y contemplé la luna, decidido a no prestarle más atención. Pero su voz seguía ahí: volvió al reclamo sobre las mujeres y mi ignorancia de la lengua danesa. Seguí sin voltear. Gritó de nuevo. Dirigió entonces su voz atrabancada a insultar al islam y a Mahoma. La diatriba islamofóbica se prolongó por uno o dos minutos. Yo lo dejé pasar y seguí mirando la luna.
De repente se escuchó un golpe y la parada de autobús retumbó. El borracho le había pegado a una de las paredes de vidrio, se había puesto de pie y se dirigía hacia mí. El otro danés que esperaba el autobús dio dos pasos atrás y se apartó. Prefirió que lo bañara una lluvia suave pero pertinaz y sacó un teléfono del bolsillo e hizo una llamada.

--¡Si yo quiero te mato! – me gritó el borracho.

Lo dijo una segunda y una tercera vez. Cada vez más fuerte y cada vez más cerca de mí, aproximando su cuerpo grande y torpe y su voz estentórea que ya retumbaba en toda la cuadra. Eran las nueve con seis minutos de la noche en el centro de la ciudad. En una calle normalmente transitada no había nadie en ese momento. O eso me pareció a mí. Una vez más, otra más, más fuerte y más cerca: ¡si yo quiero te mato!

El borracho se sentó de nuevo en la banca cuando se detuvo mi autobús y lanzó una última amenaza. No me siguió a bordo. El joven danés que había atestiguado la escena buscó un lugar en el extremo opuesto del vehículo y continuó con su llamada telefónica.
Recordé los versos de The Cure a propósito de la novela de Camus:

I’m alive
I’m dead
I’m a stranger
Killing an Arab.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

AMLO

Tuve la suerte de cubrir un tramo importante de la campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2006. Pocos años como aquél han sido tan fructíferos para hacer periodismo. La efervescencia social se expresaba en las calles, ya a través de movimientos sociales como el de Oaxaca y Atenco, ya por medio de las expectativas que despertó la candidatura de López Obrador. Seguirlo en las plazas del país equivalía a pulsar la emoción de miles que viajaban desde sus pueblos hasta las cabeceras municipales para escuchar a un hombre que iba con un mensaje de esperanza, de purificación de la vida pública, de solidaridad con los pobres.

Cierto: sus mejores plazas estaban en el sur y el centro, pero también llenó Monterrey y no le fue mal en Guadalajara. Y es cierto también que no pocas de esas plazas atiborradas se nutrían del acarreo. Recuerdo particularmente la masiva concentración de Torreón del 15 de junio de 2006, en donde la policía local reportó la movilización de 700 autobuses. Los gastos del mítin corrieron a cargo de un ostentoso empresario y candidato a senador llamado Francisco León, que fue levantado en febrero de 2007 y que continúa desaparecido. Acarreos aparte, la campaña de AMLO fue sin duda una insurrección electoral que movilizó a casi 15 millones de votantes el 2 de julio de 2006.

López Obrador despertó una fidelidad poco proclive a la crítica y a la autocrítica. No recuerdo una revisión pública de sus errores: no asistir al primer debate, persistir en el tono de confrontación a través de llamar "chachalaca" a Vicente Fox y descuidar la vigilancia de las casillas (dispusieron de 400 millones para esa estructura, según Reforma, 24 de enero de 2007). Ni tampoco se evaluó el punto de quiebre del movimiento: la ocupación del Paseo de la Reforma en la ciudad de México.

Nombrado en 2006 "presidente legítimo" en una votación a mano alzada en la plancha del Zócalo, AMLO regresa hoy a la lid electoral. Como escribió Jesús Silva-Herzog Márquez, uno de sus méritos es señalar la existencia de una oligarquía en México, responsable de socavar el desarrollo democrático del país. Eso ningún otro político lo hace y ahí reside una parte importante de su credibilidad. Daniel Ortega, para acceder al poder en Nicaragua por la vía electoral, adquirió un discurso de predicador evangélico y se puso camisa rosa. López Obrador adquiere un lenguaje religioso: a su estructura política la llama Morena para recordar a la Guadalupana y promete una república amorosa. Habla de fraternidad y de valores cristianos. Ayer juarista, en su discurso de hoy el amor al prójimo desplazó al concepto de justicia social.

Se habla del candidato "de las izquierdas" sin que haya mayor cuestionamiento del término. ¿Qué tiene de izquierda el PT?, ¿qué tiene de izquierda el Movimiento Ciudadano y su dirigente Dante Delgado?, ¿han impulsado alguna política de izquierda en su historia?, ¿qué queda de izquierda en el PRD? Vale la pena responder estas preguntas y cuestionar si el proyecto que ofrece López Obrador es también de izquierda. Hasta ahora parece más un priismo filantrópico basado en el voluntarismo del líder: la reconstrucción de un Estado de Bienestar —sin duda urgente— que se plantea financiar con los ahorros generados tras abatir la corrupción en la burocracia.

En las democracias la corrupción se combate con pesos y contrapesos y con transparencia. Y López Obrador no es el más entusiasta de ninguna de estas dos fórmulas. En el trecho final de su campaña en 2006, cuando daba por sentado que sería presidente de la República, llamaba a que el electorado le diera mayoría absoluta en el Congreso (el mismo anhelo de Enrique Peña Nieto hoy). La transparencia tampoco fue su fuerte: cerró por 12 años el acceso a la información de los gastos de la construcción de los segundos pisos. Vale la pena preguntarse si los costos de unos puentes son un asunto de seguridad nacional que deba ser reservado.

El acuerdo con Marcelo Ebrard en la definición de la candidatura presidencial reveló también la escasa cultura democrática de las izquierdas. Después de exaltarlo, López Obrador reveló que le cedía al jefe de gobierno del DF la definición de la candidatura por la capital de la república. Será el dedazo de Ebrard, avalado por AMLO, el que decida quién habrá de representarlos.

El lopezobradorismo se nutre de la decepción de la alternancia mexicana. Concluimos dos sexenios de gobiernos panistas sin proyecto ni programa que optaron por no democratizar el régimen ni enfrentar la corrupción. Peor aún, nos llevaron a la guerra. Tampoco Enrique Peña Nieto ha ofrecido nada sustancial. Al igual que Mariano Rajoy en España, confía en llegar a la presidencia sin decir para qué la quiere. En cuanto a López Obrador, un buen inicio, no sólo de él mismo sino de los lopezobradoristas, sería no tachar a sus críticos de emisarios de la derecha. En agosto de 2006, Juan Villoro escribió: "la izquierda no puede ceder a la tentación del mesianismo: sólo cumplirá sus objetivos cuando ofrezca la mejor plataforma para ser criticada".

sábado, 19 de noviembre de 2011

Mexico City, Nudity, and Spencer Tunick (May 7th, 2007)

Spencer Tunick había pedido olvidarse de las fiestas y las protestas y hacer del desnudo colectivo una "celebración interior". La multitud, desnuda, soportó media hora.

Pero la masa explotó cuando el reloj marcó las 07:40 horas: "¡Norberto Rivera, encuérate acá afuera!, ¡Norberto Rivera, el pueblo se te encuera!", tronaron los asistentes cuando se enfilaban hacia 20 de Noviembre.

El grito se mezcló con las consignas aprendidas en las eliminatorias de futbol: "¡Sí se pudo!" y "¡Vámonos al Ángel!". Un grito le ganó en volumen a los demás: "¡Voto por voto, casilla por casilla!", la consigna lopezobradorista no se oía en esa plaza desde septiembre de 2006.

En el compás que duró la desnudez la igualdad se impuso sobre la diversidad. Dos indigentes llenaron sus registros en la entrada de 16 de Septiembre y nadie los cuestionó. Los voluntarios recibieron 16 mil boletas, pero unas 2 mil personas más entraron por sus pistolas, entregando hojas en blanco o hasta recetas médicas.

Las "goyas" "el coro más repetido" le dieron identidad a la multitud que iba a un estadio a contemplarse a sí misma, a festejarse con las olas que recorrieron el Zócalo. Ahí estaba Emiliano Vargas, un herrero michoacano de 63 años que se desnudó junto a sus dos hijas adultas; amas de casa que acudían sin marido, padres adolescentes, matrimonios que venían de provincia mezclados con una mayoría de jóvenes menores de 40 años que iban en pareja o en bola.

Era la salida del clóset de una ciudad que entró a las discusiones de moral pública con los matrimonios gay y que encendió el debate con la despenalización del aborto.

La instalación del fotógrafo neoyorquino, donde sólo dos momentos se vivieron con prisa: desnudarse y volver a vestirse, dividió opiniones. A Marissa Flores, dependiente de una joyería de Madero, le ha tocado ver de todo: marchas gays, ciclistas que entran en trusa, líderes que pagan a plantonistas por dormir en tiendas de campaña. No le espanta que se desvista la gente.

Oralia Chávez, que vende gorditas en el atrio, afirmó que el Zócalo se transformó "desde Cárdenas" en 1988. Ella lo ha visto ocupado por tanques en el temblor de 1985; como sede de mítines y plantones, y a partir de 1997, en auditorio de baladistas y rockeros. Y ahora, hasta de encuerados.

La instalación concluyó poco antes de las 09:00 de ayer. Las parejas lo celebraron con besos en la boca. "Nos vemos el próximo domingo a la misma hora", gritó una voz. Le respondió un aplauso.

sábado, 15 de octubre de 2011

Carta a Miguel Ángel Granados Chapa

Hace un par de años, apenas te recuperaste de una dolencia que parecía definitiva, retomaste la escritura diaria de Plaza Pública y dijiste que sólo te retirarían la enfermedad o la muerte. Hoy, 14 de octubre de 2011, te despediste de tus lectores con un lacónico: "esta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós".

Me invade una profunda tristeza. Nunca te conocí ni estreché tu mano. Lo más cerca que estuve de ti fue en el corral de la ignominia de la Cámara de Diputados, quizá en 2007, a donde ibas a hacer crónica parlamentaria y reporteabas como cualquier periodista raso, de este lado de la barda. Aun cuando trabajabas a unos metros de mí nunca me animé a interrumpirte y decirte cuánto te admiraba. Yo colaboraba en Reforma y me daba el atrevimiento de mandar, igual que tú, la crónica del día, ¡no hace falta decir que sólo publicaban la tuya!

Cuando yo nací, tu Plaza Pública ya tenía cinco años. Recuerdo haberla leído por primera vez en El Financiero, en una época dorada de ese periódico. Después se mudó a Reforma, en donde permaneció hasta el final. Te ocupaste de todos los asuntos de interés público en México: de los partidos políticos a la Iglesia católica, la política exterior, el petróleo, las telecomunicaciones (creo que no caíste en la tentación de escribir sobre futbol). Detrás de tus análisis se transparentaba una investigación acuciosa y fuentes directas. Historiador, proveías el contexto o la biografía de tus personajes; analista, descubrías los resortes y las pasiones detrás de la escenografía; moralista –en el mejor sentido— sancionabas las fechorías, los robos y las mentiras de los poderosos; escritor, tus columnas eran unitarias, fluidas y agradables. Te diste el lujo de exigirle a tus lectores que recurrieran al diccionario y buscaran palabras como lenidad, hesitación, munificencia.

No pienso que te extrañaré sólo porque tus columnas eran capaces de ordenar la realidad y de explicarla; tampoco porque generalmente coincidía contigo. Extrañaré tu Plaza Pública porque era, cada día, una lección de independencia, de coherencia y de sentido del deber. Te creíste tus batallas, las batallas de la izquierda, por llamarlas de alguna manera genérica, aunque debería decir, las batallas de los débiles. No habría suscrito todas ellas –me parece que te faltó ser más crítico con López Obrador— pero eso es irrelevante. Tú ostentaste algo que se ha perdido: el compromiso. Y por eso creo que el mayor vacío que dejas es moral. Yo, que tengo cuarenta años menos que tú, crecí en un mundo seducido por el cinismo y la desesperanza. A los más desfavorecidos se les impuso la obligación de sobrevivir y sabemos que la lucha por la sobrevivencia degrada la moral y la cultura. A los que nacimos en medio de privilegios –privilegios modestos, si quieres, pero liberados de esa lucha por sobrevivir— se nos dijo que era pérdida de tiempo tratar de rectificar el mundo: no hay salvación, el hombre es lobo del hombre (y de las mujeres) y pensar que otro mundo es posible era una imperdonable ingenuidad. Nos acomodamos a ese pesimismo con toda comodidad, arropados por una expansión económica nunca antes vista en la historia y por el mayor crecimiento de las clases medias en los países subdesarrollados. Al final del día parecía que la promesa neoliberal nos proveía de un crédito para un departamentito, un iPhone, unos tragos el fin de semana.

La ilusión se colapsó con la burbuja financiera y la cadena se ha roto por los eslabones más fuertes: los jóvenes árabes que tiraron a sus dictaduras o que cada día dan la vida por derrumbarlas; los mileuristas españoles y los indignados en Tel Aviv y Nueva York. Ellos, como tú, no se tragaron el cuento de la derrota y la conformidad. Pero muchos otros sí, y el resultado es un vacío moral de dos o tres generaciones. Hacer política, incluso de izquierda, se convirtió en un buen negocio: los partidos políticos mexicanos reciben cantidades absurdas de dinero, y en México no es mal visto enriquecerse en un cargo público con la mano derecha y repartir subsidios a los miserables con la izquierda. Los escritores se refugiaron en la posmodernidad y las becas: bostezan cuando escuchan palabras como capitalismo, revolución o justicia, que les parece pertenecientes a una lengua muerta. Por eso tu retiro es tan triste. ¿Quién escribirá todos los días contra los pillos, los simuladores, los magnates que se enriquecen a costa de nuestra tolerancia? ¿Quién convertirá la indignación diaria en una columna clara y contundente? No deberías de irte sin dejarnos un remplazo.

Gracias por los 34 años de la Plaza Pública. Gracias por despedirte con un recuento de nuestros males, pero también con un recordatorio de la esperanza. No es ningún deseo pueril y hoy, más que nunca, hay que creer en ella:

La inequidad social, la pobreza, la incontenible violencia criminal, la corrupción que tantos beneficiarios genera, la lenidad recíproca, unos peores que otros, la desesperanza social: todos esos factores, y otros que omito involuntariamente pero que actúan en conjunto, forman un cambalache como esa masa maloliente a la que cantó Enrique Santos Discépolo en la Argentina de 1945. Con todo, pudo cantarle. Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Suorhus o el arca de los fugitivos / Qohelet

I Shall try to tell the truth, but the result will be fiction
Katherine Anne Porter

Los primeros minutos transcurrieron con normalidad, pero después nos dimos cuenta de que nos engañábamos mutuamente. Todos fingíamos haber llegado aquí por el mero interés en el curso de mitología vikinga del profesor Fomsgaard.

Entre los filólogos circula la leyenda de que Fomsgaard habla 26 lenguas y conoce a fondo las literaturas de unos 50 pueblos. Ha postulado una teoría de universos múltiples y paralelos en la poesía. Dice que los habitantes del presente no somos los únicos beneficiarios de la acumulación histórica de obras maestras: algunas obras del siglo XX les eran familiares a los escritores de civilizaciones asiáticas precristianas. En las literaturas esotéricas de todas las culturas se traslucen los signos de esas relaciones, sostiene Fomsgaard. Como era de esperarse, sus hipótesis fueron unánimemente rechazadas. Se le marginó de la academia y sus libros dejaron de reimprimirse. Pero cada tanto sus cursos aparecían en universidades remotas del planeta, lejos del control de las academias más rígidas en estudios filológicos.

Fue Cristian Escobar, acaso el último discípulo de Borges, el que me animó a venir a una ciudad de Escandinavia a un curso con el extraño profesor. Ya hablaré de la ciudad, Suorhus, y de Fomsgaard en próximas entregas. Pero antes quiero contar la historia de Qohelet, uno de los asistentes al curso.

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UNO: Qohelet

Los biltinos se cuentan entre los pueblos más ricos y mejor educados del mundo. Esta frase, extraída de una enciclopedia de culturas, refleja de manera muy pálida la verdadera identidad de los naturales de Biltinia, un país del Asia meridional que remonta su historia a inmigraciones jázaras. Conscientes de que la simple riqueza puede derivar en una eutanasia silenciosa, los biltinos han ido más allá: han hecho de la moral y la libertad su arte más refinado.

Y por eso me impresiona tanto la historia de Qohelet. De nuestro grupo, quizá él tenía menos razones objetivas para terminar en Suorhus. Con su inteligencia, tempranamente descubierta por la educación biltina, no sólo hubiera garantizado una carrera en el gobierno o la academia, sino que se hubiera contado entre los Narcisos, el grupo de estetas dedicado al embellecimiento de la vida. Pero ahora es un apátrida.

Antes de contarme su historia, Qohelet me cuenta la historia de su nación. Como muchos pueblos ancestrales los biltinos recibieron las tablas de la ley. La etapa temprana de su historia se relata como una era de aprendizaje y penitencia. La mentira, el asesinato y el pillaje eran comunes y el pueblo pasó por hambrunas y epidemias. Hacia la Edad Media, mientras Europa se desangraba en cruzadas, los biltinos se lanzaron a un experimento político y moral: la instauración de la democracia, combinada con el cumplimiento de las órdenes de Moisés.
El país dejó detrás las atroces guerras tribales y se convirtió a la paz; abiertos a las innovaciones políticas y científicas, enviaron a jóvenes a aprender mecánica, filosofía y pintura con los maestros del Renacimiento. En el siglo XIX la planeación demográfica era una práctica arraigada. Pero quizá su mayor adelanto residió desde entonces en los terrenos de la moral sexual. El sexo no es un tabú. Por el contrario, al igual que los colores o las palabras, se le considera un material artístico.

Amantes de la verdad, los biltinos detestan las mentiras y las sombras. No existen los contratos escritos: la palabra basta para cerrar un negocio millonario o unirse en matrimonio. En algún momento de crisis de credibilidad, descubrieron la transparencia. Se puso a disposición de cualquiera la más trivial de las operaciones. Si no había nada que ocultar, ¿por qué no cambiar las paredes por los cristales? Surgió la arquitectura invisible. La moda del vidrio arraigó en la sociedad y las casas particulares se volvieron, como dice el lugar común, cajas de cristal. Los biltinos convirtieron la intimidad en arte: las parejas hacían el amor frente a las paredes de vidrio, a la vista de los vecinos y los intrusos. Los biltinos se preocuparon por satisfacer a su público, que acudía a las puertas de las casas a inspirarse para su propia faena. Y si en la poesía existen las formas más variadas en extensión y profundidad, en el amor también: una breve sesión de besos bastaba para despertar sinceros aplausos; algunos hombres se especializaron en acariciar la espalda de sus compañeras (o compañeros, porque no es una sociedad homofóbica); las parejas más jóvenes lucían su energía y arrebato, mientras que los matrimonios de muchos años se enroscaban en tiernos abrazos de horas de duración antes de quitarse la ropa.

A los 17 años, los biltinos realizan su holimbaratz, que significa servicio de amor. Varones o mujeres, deben ir a trabajar a los campos. Obligatoriamente, el servicio dura tres años, que pueden extenderse según la vocación de servicio de cada quien. Las labores son duras y agotadoras. En la memoria oral de los biltinos perviven leyendas de éxodos y tribulaciones, así que el periodo en los campos prueba la verdadera “biltinidad” de cada ciudadano. Las hambres y la soledad son tan extremas que no pocos mueren. Nadie regresa igual al país: el sentido del humor se acidifica; los hombres se vuelven taciturnos –algunos al punto del suicidio— y algunas mujeres renuncian definitivamente a la maternidad. Pero sólo se puede saber de lo que ocurre en los campos por las secuelas físicas o psicológicas. Es un tema prohibido en la feliz y erótica sociedad de ese país.

Qohelet rompió esta regla. Escribió su experiencia y se convirtió a la denuncia. Contradijo así la versión oficial de que se trabajaba en minas de oro y uranio cavadas tan profundamente que los jóvenes renunciaban a la luz del sol y al aire fresco. Qohelet pasó, en efecto, el primer año de su holimbaratz en un campo, pero de entrenamiento militar. Para una sociedad adicta al arte, el asesinato se enseñaba como un acto estético.

El segundo y el tercer años se emplean en aplicar esas artes: Alrededor de Biltinia viven unas 20 naciones indígenas. Los biltinos ejercen sobre ellas una sangrienta relación de patronazgo. De acuerdo con cálculos de Qohelet, algunos de estos pueblos tributan hasta el 70 por ciento de su labor. La refinada y justa Biltinia vive de este trabajo semiesclavo. En efecto, concede Qohelet, las tribus circundantes ignoran la democracia parlamentaria, el monoteísmo, La divina comedia, las sinfonías de Bethoveen y casi todo aquello que hace de Occidente una civilización superior. Los druris, la tribu sometida por el batallón de Qohelet, se especializaban en la fabricación de vidrio para la vanguardista arquitectura biltina.

Ignorado al principio, Qohelet fue luego tachado de loco, exhibicionista y finalmente fue acusado de delitos de lesa patria. A punto de ser juzgado, una red internacional de biltinos en el exterior le ayudó a escapar, le proveyó un pasaporte falso con un nombre nuevo y una nacionalidad europea. Para no llamar la atención, lo enroló en un curso de mitología vikinga en Escandinavia. Después de contarme su historia, Qohelet me comparte sus impresiones sobre Suorhus y el profesor Fomsgaard, pero por ahora he agotado el espacio de esta columna.

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martes, 30 de agosto de 2011

Un beso para Oscar


PARIS, 29 de agosto de 2011.- Todo arte es inútil, decía Oscar Wilde. Y toda tumba es lacónica: por más bellas que se construyan, las tumbas, los cenotafios, los mausoleos, se erigen para petrificar la gloria y preservar el silencio de la muerte. En el camino a Aarhus, Dinamarca, paré ayer en París para visitar a un amigo y hacer una escala en el magnífico cementerio de Père Lachaise. Aunque me aburren las tumbas (cuando yo muera, por favor, horno crematorio y cenizas al viento) me atraen los cementerios por su silencio conventual y su elegancia improductiva. Sin la tumba de Oscar Wilde, Père Lachaise satisfaría al admirador de Morrison o de Edith Piaf, al lector de Balzac y de Proust, al nacionalista francés y al indignado con el holocausto judío. Pero Père Lachaise, en su grisura de solemnidad y muerte, regala un páramo de resurrección festiva. Blanca y pétrea en su construcción original, la tumba de Oscar Wilde se tiñe de rojo y de rosado: es el rostro vivo de Dorian Gray que refleja al cuerpo muerto del resto del panteón: centenas de besos marcados con lápiz labial: labios gruesos y delgados, bocas abiertas y cerradas, pintas que dicen Tú me cambiaste la vida, Te amo, Gracias, gracias, gracias, en francés, en italiano, en inglés, en español. En esos besos, en los aforismos anotados con el rojo del amor y de la sangre, en las citas a sus obras que dejan sus lectores, se advierte uno de los poderes más raros de la especie humana: el poder de la poesía –escrita en prosa o verso— que toca a las almas y las insufla de gozo estético.

Pocas figuras históricas representan mejor a las minorías del mundo: Aunque hablara mejor inglés que los ingleses, Wilde provenía de un país colonizado –Irlanda— por Inglaterra, la potencia de su época. Y a pesar de su extraordinaria fama –en algún momento se representaron, al mismo tiempo, tres obras de su autoría en los teatros de Londres— tuvo que pagar el costo de su homosexualidad y su amor por Bosie: escarnio, juicio, cárcel, trabajos forzados, destierro y muerte prematura. Con justicia, su biografía es una inspiración para irlandeses y homosexuales, y su obra es tan universal que toca con el mismo poder al niño a quien le entregan sus cuentos más tiernos que al divertido espectador de teatro o al exigente lector de ensayos. Wilde no moraliza nunca: como el espejo del protagonista de su novela, pone al lector enfrente de su imagen pervertida, de su propia crueldad, vileza y cinismo. Ninguna persona es la misma después de leer a Wilde. En efecto, pertenece a esa minoría de escritores que cambian vidas, como la mía. Mi abuela Ana Ortiz Angulo me regaló su Epistola: in carcere et vinculis (De profundis) en la traducción de José Emilio Pacheco, y después me dio las obras completas en la edición de Aguilar. Su lectura me convocó –o como diría Noé Jitrik— me autorizó, a escribir.

Yo no llevaba lápiz labial para tatuar un beso y escribirle: gracias, me cambiaste la vida. Por eso lo hago ahora.

martes, 26 de julio de 2011

Garras

Nos citamos a ciegas en el café de un barrio clasemediero de la ciudad de México. Un amigo en común nos puso en contacto: cuando supo que yo estaba próximo a viajar a un país europeo, recordó que un vecino suyo había vivido varios años en ese mismo país, y pensó que me haría bien recibir sus consejos y orientaciones. Nuestro amigo común no pudo llegar a la cita, me dio las señas de identidad de su vecino, y se perdió una de las conversaciones más extrañas que he tenido en mi vida.

Del país al que iré hablamos muy poco. Sólo pude formular una pregunta —sobre el clima— que despachó rápido: "no te preocupes, hay calefacción en todos lados". Se dedicó a alertarme de la presencia islámica en Europa: Cada día más musulmanes, que en cortas décadas formarán una mayoría capaz de revertir la democracia e imponer la sharía. Y peor ahora que la segunda generación, nacida ya en aquel país, habla la lengua nacional como propia. Ellos desprecian Europa y las libertades. Quieren conquistarla. Los políticos de todos los partidos —salvo los mal llamados de ultraderecha como el holandés Wilders— engañan o se autoengañan con el discurso del multiculturalismo. Los musulmanes no se integrarán: el multiculturalismo equivale a la etapa de negación del drogadicto. "Los abdulás de 12 años conquistan a las niñas cristianas en la primaria y luego se la pasan a uno de 14 años y ése a otro de 16 años y después se las llevan a prostituir a otras partes del mundo, porque para los abdulás las cristianas son ganado".

No sólo filosofó sobre los musulmanes. Mencionó también el daño que los hispanos le hemos hecho a los Estados Unidos: hemos exportado nuestra familia disfuncional. Pero no es todo nuestra culpa, sino de la herencia mediterránea de detestar el trabajo, cuyas consecuencias son visibles en España, Italia y Grecia: "los europeos se la pasan manteniendo a los griegos y los griegos, que son padrotes, lo despilfarran". Un problema central recae en la baja reproducción de las clases medias. Mientras los pobres tienen hijos por manojos, las clases medias asumen la ideología de no tener hijos: "y hasta ser gay se vuelve un orgullo".

Sus ideas, dijo, se basaban en un principio: el derecho de los nativos a que su país se conservara poblado de nativos (con su religión, sus costumbres, etcétera). No quise hacerle la pregunta obvia: ¿quiénes son nativos? Porque entonces los blancos y latinos tendrían que abandonar Estados Unidos (¿y qué hay de los negros, que fueron llevados por la fuerza?) y dejarle el país a los sioux y cherokees y demás grupos indígenas. ¿Podrían regresar los árabes a España, si pensamos que durante 800 años fueron nativos de la península hasta que los expulsaron unos descendientes de invasores germánicos y romanos? Y en México, los que no hablamos una lengua indígena tendríamos que buscar acomodo en alguna otra parte del mundo (Groenlandia, la Antártida o el desierto de Gobi, porque el resto del planeta está ocupado por nativos).

El principio normativo que sustenta esa ideología no deja espacio a estos absurdos. En la mente de estos nativistas reside la idea de la superioridad WASP (blanco, anglosajón y protestante). Para ellos, los musulmanes de hoy quieren conquistar Europa tal como los judíos de ayer pretendían dominar el mundo. Detrás de la falaz reivindicación de los nativos no hay más que islamofobia, como en la década de los 30 del siglo XX se desarrolló la judeofobia con las consecuencias que conocemos.

Me enseñó sus artículos. En periódicos locales de aquel país europeo publicó un puñado de textos advirtiendo del peligro islámico, discurso del que se consideraba precursor: "puro hard data", me dijo. Yo mismo, sugirió, podría seguir su camino y publicar en aquellos diarios: "pero di la verdad", me conminó, "si sólo les das political correctness te publicarán un artículo para quedar bien y no más".

Lo escuché con curiosidad morbosa. Me sentí como el visitante del zoológico que se aproxima a la jaula de los tigres, puede acercarse al felino, escuchar sus rugidos y observar sus colmillos sin que le arranquen la cabeza de un bocado. Hasta que sacan las garras.

lunes, 4 de julio de 2011

Chamaqueados

El 26 de junio pasado, el sacerdote Alejandro Solalinde denunció un secuestro masivo de migrantes centroamericanos en Medias Aguas, Veracruz. Testigos del crimen que pudieron huir y regresaron al albergue Hermanos en el Camino de Ixtepec, Oaxaca, le relataron el plagio múltiple y Solalinde habló de más de 100 personas secuestradas. La respuesta del gobierno federal no demoró: el 29 de junio, el subsecretario de Población, Migración y Asuntos Religiosos de Gobernación, René Zenteno, exigió a Solalinde presentar las pruebas de su dicho porque no había certeza sino sólo de cinco secuestros. Le impuso “la carga de la prueba”, como dicen los abogados. La credibilidad de Solalinde se puso a debate mientras se olvidó la suerte de los centroamericanos.

Las fechas son importantes porque la denuncia de Solalinde y la respuesta del gobierno federal ocurrieron a la semana siguiente del diálogo en el Castillo de Chapultepec, el 23 de junio, entre representantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y el presidente Felipe Calderón, a la que acudió Solalinde como uno de los testigos de calidad. La reacción del gobierno a la denuncia del sacerdote es un síntoma de lo que el movimiento obtuvo de esa mesa: incomprensión, desprecio e incluso regaños. Eso ya sería triste de suyo, pero a su gravedad se le añade que el diálogo de Chapultepec no arrojó ningún resultado para lo que –algunos pensamos— era la demanda central del movimiento que se agrupó en torno de Javier Sicilia: el replanteamiento de la estrategia de combate al crimen organizado. Una representación de las víctimas de la guerra obtuvieron, cierto, una reivindicación: expusieron sus casos frente a Calderón, su gabinete y la televisión nacional. Ganaron la visibilización que le habían negado las autoridades y casi todos los medios del país. El movimiento como tal, sin embargo, se fue con las alforjas vacías.

Javier Sicilia llegó al Castillo de Chapultepec con un programa vago y un movimiento a punto de la división. De los seis puntos que presentó en el Zócalo capitalino el 8 de mayo se habló poco en el encuentro de Chapultepec. Sicilia además hizo a un lado los resolutivos de las mesas de Ciudad Juárez del 10 de junio, en donde se demandó la retirada del Ejército de tareas de seguridad pública y el juicio político a Calderón. Estaba en su derecho de disentir de esos planteamientos, pero entonces debió haber dicho desde el principio que esas mesas no tendrían ninguna validez y que no se movería de su agenda original. Hubiera quedado claro que Sicilia no admitiría una discusión que no validara sus planteamientos.

Sin demandas ni alternativas claras que plantearle al Ejecutivo, la reunión de Chapultepec perdió el programa y se centró en demandar la resolución de casos particulares. Eso sin duda es una condición necesaria, sí, pero resulta insuficiente. Reclamar que la estrategia había sido equivocada sin proponer alternativas le abría la puerta a Calderón para afirmarse tal como lo hizo: me dicen que hice mal, pero no plantean el camino de la rectificación. De su lado la posición era clara: guerra militarizada contra el narcotráfico aunque no haya un indicador de que la violencia y el poder de las mafias disminuyan. La ambigüedad programática del movimiento le dio a Calderón el espacio político para reafirmar su estrategia.

Calderón llegó a la insolencia (tal como la calificó Sicilia días después) y el poeta y el movimiento lo toleraron. Desde un principio admitieron el cambio de sede de última hora; aceptaron que las víctimas no llevaran fotografías ni mantas y que enviaran sus discursos con anticipación para facilitar la respuesta de los secretarios de Estado. No protestaron por la presencia de Genaro García Luna ni reaccionaron frente al regaño presidencial que se expresó con golpes en la mesa. Calderón no sólo rechazó cualquier rectificación: pidió perdón, sí, pero por no ser más contundente en su guerra. Dijo que no a lo esencial. La reacción de Sicilia fue premiar la insolencia y la cerrazón. Se levantó, le puso el escapulario al cuello de Calderón y le regaló el abrazo que sería la portada de los periódicos del otro día.

El movimiento salió de Chapultepec lleno de promesas simbólicas y vacío de acuerdos sustanciales. Las demandas de Sicilia apuntan a resolver el olvido gubernamental hacia las víctimas: el memorial con los nombres de los 40 mil muertos, las fiscalías para investigar los asesinatos, la promesa de estudiar una ley de reparación. Pareciera, por la agenda siciliana, que la guerra ya concluyó y que ahora la tarea es investigar los hechos y reivindicar a algunos de los muertos (Sicilia habló por primera vez de “víctimas inocentes”, con lo que hospedó la tesis oficial de que existen muertos culpables). Pero la violencia no ha terminado y la estrategia de Calderón no da visos de disminuirla. El muro de la memoria tendrá que erigirse con un buen espacio en blanco para que se inscriban los nombres de los que habrán de morir después de su construcción.

El 29 de junio, cuando la Secretaría de Gobernación desestimaba la denuncia del secuestro masivo de migrantes, Alejandro Solalinde acudió a la Casa Lamm, a la presentación de cuadros que donaron 50 pintores para apoyar el sostenimiento del albergue Hermanos en el Camino. Uno de los asistentes le preguntó qué opinaba del resultado del encuentro de Chapultepec. Solalinde: “Fue una puesta en escena, los diálogos fueron usados mediáticamente (…) en cierta forma nos chamaquearon. (Calderón) salió bien librado a costa de nosotros”.

lunes, 27 de junio de 2011

La estatua de sal

En el aniversario del orgullo gay, que este año celebra la legalización de las bodas entre personas del mismo sexo en el estado de Nueva York, conviene recordar las estupendas memorias de Salvador Novo, el escritor mexicano que más francamente ha hablado de su vida homosexual. En La estatua de sal, Salvador Novo (1904-1974) ofreció su autobiografía gay desde sus primeros recuerdos hasta los veinte años. Novo se alejó de la pornografía y evitó un texto efectista en donde se sucedieran escenas sexuales y prefirió por un estilo sereno y reflexivo capaz de describir una vida de intenso, divertido y liberador goce erótico. La estatua de sal (Conaculta) no se escribió para publicarse inmediatamente sino para guardarse en el cajón, en una suerte de criogenia moral porque ese cuerpo literario probablemente no habría sobrevivido en la sociedad de su tiempo, que, quizá, no habría tolerado franquezas como: “los choferes eran mi fogosa predilección: los de los camiones, que abordaba para entablar una conversación que terminaba con una cita para esa noche”.

Apasionada defensa de la homosexualidad, las memorias de Novo retratan el rechazo social a la heterodoxia sexual de principios del siglo XX: “se originaba justificadamente en la misma culpa siniestra de que yo me sabía el indefenso reo; y que ese destino de abyecta, súbita e irremediable segregación me aguardaba en la vida”. Novo lo intuyó desde niño, lo confirmó después de su iniciación sexual y lo padeció incluso en el bolsillo, cuando Pedro Henríquez Ureña lo marginó de varios empleos por su preferencia sexual. Pero las vicisitudes fueron en comparación menores. Las memorias (que relatan su vida de los 14 a los 19 años) detallan, una a una, la sucesión de aventuras sexuales. Especialmente inclinado por los choferes, no rechaza los profesores, los amores de vecindad, los intercambios de parejas y la experimentación.
Las memorias son un tributo a la libertad. Ni Novo ni sus amantes (con excepciones) se desgarran el corazón. Al contrario, después de retozar en la cama, acuerdan cómo ayudarse para conquistar al próximo amante. Sin embargo, muchas relaciones trascienden el nivel ocasional y tienen una implicación afectiva. Resulta llamativo cómo un texto homosexual escrito a mitad del siglo pasado puede dar lecciones de libertad a la vida heterosexual de nuestra época, que adolece de muchos prejuicios que determinados círculos homosexuales ya habían superado.

El erotismo está suficientemente equilibrado con otros relatos que justifican su precoz feminidad. Su madre, que lo alumbró a los quince años, fue la figura dominante en la familia y Salvador fue su muñeco empolvado que emperifollaba cada mañana. Su padre, gallego, no pasó de ser un comerciante frustrado y frío. De la familia de su madre destacó su abuela, administradora y matriarca; a todos los gobernaba un espíritu provinciano, aunque confrontado con un anhelo de migrar hacia la Ciudad de México, centro del progreso y la educación para Salvador y sus primos.
El sueño de mudarse a la capital se imbricaba con el temor a la Revolución. Unos años antes de escribir sus memorias gay, en Nueva Grandeza Mexicana Novo aplaudía la fortaleza del régimen priista y consideraba a las elecciones, por ejemplo, un asunto tan misterioso como el espionaje . Novo mezcló una singular paradoja: liberalismo moral y sexual fundido con conservadurismo político. En La estatua de sal se ofrezca quizá un atisbo que lo explique por los efectos de la Revolución en su niñez: los villistas mataron por equivocación a su tío y exiliaron a su padre; una “Adelita” saqueó su casa y las comunicaciones con sus tíos se interrumpieron. Con esas condiciones, la tranquilidad y promesa de progreso alemanista fueron bien recibidas años después.

¿El México de medio siglo estaba preparado para una confesión tan franca, serena y gozosa de la vida homosexual? En La estatua de sal, Salvador Novo hace frecuentes alusiones a Oscar Wilde, quizá porque sabía los costos de arrostrar una sociedad de moral hipócrita como la que enfrentó el irlandés a finales del XIX. Novo optó por no confrontarse, guardar las memorias en el cajón, y conservar su posición de intelectual burgués, de dandy que se burlaba con fina ironía de la vida pública –de la que era a la vez actor y cronista. Si este libro se hubiera publicado entonces, posiblemente la liberación gay se hubiera visto acelerada. No lo sabemos. Hoy, a más de medio siglo de su escritura y a 13 años de su primera edición (Conaculta 1998), los lectores de Novo podemos festejar una visión desenfadada, lúdica y liberadora del erotismo. Novo nos enseña que, a pesar de ser expulsados de Sodoma, podemos voltear a mirar nuestros pecados sin temor a convertirnos en estatuas de sal.

martes, 21 de junio de 2011

Reivindicación de Santa Anna

Agobiado por el calor de Cartagena de Indias, penúltima parada de su destierro, Antonio López de Santa Anna encontró, a sólo 10 kilómetros, un pueblito de clima más benigno llamado Turbaco. Era la primavera de 1850 y el ex dictador veracruzano seguía en busca de un lugar para fijar su exilio, después de la vergonzosa derrota del 13 de septiembre de 1847, cuando los estadounidenses levantaron su bandera en el Castillo de Chapultepec y se anexaron un millón y medio de kilómetros cuadrados del norte de México. Santa Anna y su esposa Dolores Tosta habían deambulado en La Habana, Kingston y Cartagena, pero se vieron seducidos por Turbaco, un caserío de "miserables chozas y desiertos solares" de dos mil habitantes.

Santa Anna se estableció en Turbaco y compró la casa conocida como "Solar de los Virreyes" en plaza principal, llamada así porque había pertenecido al virrey de Nueva Granada Antonio Caballero y Góngora –que también había huido del calor cartagenero— y que había sido quemada por pugnas políticas unas décadas atrás. El Solar de los Virreyes pasó a llamarse "La casa de tejas". El ex dictador mexicano, según cuenta su biógrafo Rafael F. Muñoz, recobró la energía de la juventud y se asumió como benefactor de Turbaco. Reparó la iglesia (con el deseo de ser sepultado en ella), construyó la casa sacerdotal y el cementerio y auspició las obras para que el camino a Cartagena pudiera ser transitado por carruajes y no sólo por jinetes, obra del que fue él mismo el primer beneficiario, pues se cansaba pronto al cabalgar por la ausencia de la pierna izquierda, suplantada por una pata de palo. Santa Anna compró trapiches, con lo que generó empleos en la industria azucarera para los habitantes del pueblo, regaló dinero, organizó peleas de gallos, apadrinó niños y sedujo a las colombianas. Se convirtió en el hombre más importante en la historia del pueblito.

En 2006 viajé a Cartagena de Indias para asistir al curso "Cómo se escribe un periódico", impartido por Miguel Ángel Bastenier y organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Tomé el autobús a Turbaco, no para reconstruir la historia de Santa Anna en ese pueblo, ya suficientemente contada, sino para capturar el eco de la presencia del dictador hasta nuestros días. Hoy cuento esa historia no sólo porque este 21 de junio se cumplen 135 años de la muerte del "guerrero inmortal de Zempoala", como lo llama nuestro himno nacional en una estrofa ahora casi clandestina, sino porque surgió un intento revisionista de reivindicar su figura justo unas semanas antes de que yo estuviera en Colombia, y del que me parece importante reflexionar a un año de las elecciones presidenciales de 2012.

Silvio Carrasquilla, el entonces alcalde de Turbaco, se reclamaba descendiente directo de Santa Anna. Su abuela, dijo, había sido tataranieta del dictador y, por tanto, él era "saltachorlito" del general veracruzano (palabra que nunca escuché ni he vuelto a escuchar). Se supone que el dictador tuvo en Turbaco un hijo fuera del matrimonio, Ángel López de Santa Anna, que le dio dos nietas, de la que surgió una amplia genealogía de la que surgiría la familia de aquel alcalde: "Se dice que [Santa Anna] fue desordenadito bastante y hay varios descendientes", me dijo Carrasquilla. Rafael Baena, otro turbaquero al que entrevisté, también afirmó ser su descendiente. En su casa colgaba una imagen de la Virgen de Guadalupe.

La "Casa de tejas" se convirtió con el tiempo en la presidencia municipal del pueblo. La calle en la que se asienta, en honor a Santa Anna, se llamó "República de México" (una ironía para un hombre que propendía a suprimir al Congreso y a designar caciques en los gobiernos locales). Carrasquilla y su primo Miguel Arnedo, entonces concejal y quien heredó el puesto de alcalde, constataron que Santa Anna había sido el mayor benefactor de Turbaco. De las conversaciones con ellos, la revisión de las crónicas oficiales y las entrevistas con otros turbaqueros advertí que el mito construido en torno del veracruzano era mayor que el de cualquier otro huésped del municipio, como el virrey Caballero, el navegante español Juan de la Cosa, el explorador Alexander Von Humboldt y el libertador Simón Bolívar, que también residió en Turbaco (según Rafael F. Muñoz, en la misma casa que ocupara años después Santa Anna, pero no hallé otra versión que lo confirmara). Un cuadro con la imagen del dictador presidía el salón de cabildos del ayuntamiento.

En 1853, una comisión de lambiscones, integrada por Manuel María Escobar, Alfonso Hegewich y Salvador Batres, acudieron hasta Turbaco a suplicarle a Santa Anna que volviera a ocupar la presidencia de México, después de una desastrosa etapa con tres jefes de Estado que habían dejado al país en ruinas peores que las legadas por el propio Santa Anna. Muñoz cuenta la escena de manera deliciosa:

"[Santa Anna] pregunta por sus amigos, se interesa por las condiciones del país. Y después sube a la azotea. Con un amplio ademán muestra su propiedad, La Rosita, donde verdea la caña y pace el ganado. Con 'frases melifluas' pinta la belleza del paisaje, afirmando la felicidad de su vida pacífica lejos del alborotado México. Los enviados creen haber fracasado. Mas don Antonio va cediendo lentamente, hábilmente. Por fin, con un gesto de resignación, de intenso sacrificio, les manda partir y anunciar su regreso: 'No quiero que la historia diga que cuando fui llamado a ser la felicidad de mi pueblo, fui indiferente a su destino'".

Su presidencia fue nuevamente ruinosa. Se dio el lujo de vender La Mesilla a los Estados Unidos, que pagó sólo seis millones de los 20 que había prometido. Gobernó con pleno absolutismo. Desconoció su compromiso de llamar a un congreso constituyente y en su lugar hizo que el ejército le suplicara quedarse como autócrata. En ese momento aceptó el título de "Su Alteza Serenísima" propuesto por los poblanos –al tiempo que rechazó, por modestia, ser llamado "Gran Elector" y "Emperador constitucional". Aún antes de que una revolución liberal lo despojara definitivamente del poder, Santa Anna huyó del país para refugiarse de nuevo en Turbaco.

Cuando visité el pueblo, el furor santannista de las autoridades de Turbaco transitaba por un reavivamiento. Apenas un mes antes, en julio de 2006, el entonces gobernador de Veracruz, Fidel Herrera Beltrán, había acudido a Cartagena a acompañar a la delegación de deportistas veracruzanos a unas olimpiadas juveniles en esa ciudad. Herrera Beltrán no quiso perderse la oportunidad de conocer el refugio de Su Alteza Serenísima y acudió a Turbaco. En una entrevista con Carrasquilla y Arnedo, les contó la biografía del dictador mexicano con tal detalle "que parecía un documental", como recordó Carrasquilla. Fidel Herrera vio que un retrato de Santa Anna lo identificaba como "dictador mexicano" y reprendió a los turbaqueros.

"Ese es el mapa del municipio de Turbaco. Abajo hay una leyenda. La estuvo mirando el Gobernador Fidel Herrera y no le gustó. No le gusta la palabra dictador. Dice que nosotros debemos estar agradecidos con él y no debemos permitir que se le llame dictador sino General. Y la verdad es que tiene razón, nosotros no tenemos razón para ofenderlo de palabra", me dijo entonces Arnedo.

Carrasquilla y Arnedo se quejaron de que no tenían cómo honrar la memoria del mayor benefactor del pueblo. Le comentaron a Fidel que era una vergüenza que sí tuvieran una estatua a Juan de la Cosa, "que vino a comerse a las indias, a matar a los indios y a robarse el oro", mientras que carecían de una imagen en bronce del veracruzano. En esa parte de la charla, me dijo Carrasquilla, "fue cuando el Gobernador se emocionó y dijo, 'no se preocupen que yo les mando la estatua de Santa Anna para que la yergan en su plaza principal en el parque'".

Nunca supe si Fidel Herrera siempre sí mandó el busto de Santa Anna a los turbaqueros. La historia no pasaría de tener más que un valor anecdótico si no fuera porque refleja la nostalgia priista por la presidencia imperial. Fidel Herrera fue una caricatura de Santa Anna, que a su vez fue una caricatura de Napoleón. Pero, aun caricaturesco, Herrera Beltrán usó millones de pesos para diseñar un gobierno que le rindiera pleitesía. Los programas sociales llevaban su nombre: "piso fiel", "fidelidad por Veracruz" y uniformó de rojo los colores oficiales y las camisas de sus subalternos. A su salida, dejó una deuda pública que escandalizó a las calificadoras internacionales. Y cuando estaba de viaje por el mundo se daba su tiempo para exigir que no se llamara dictador a un hombre a quien le quedaba corta esa categoría: un absolutista que jugó en todos los bandos, formó una vasta red de informantes, impuso contribuciones ofensivas y perdió las batallas decisivas del país. Como dice Muñoz en El dictador resplandeciente:

"Si no fue traidor, sí ha sido cobarde, torpe, envidioso, indeciso. Él cambia la historia y el futuro de dos naciones: Estados Unidos se engrandece con el oro de California y el petróleo de Texas. México se convierte en una nación débil, a la que no le queda sino la altivez".

Pero el presente cambia y, con él, cambia también el pasado. El arribo al poder de distintos grupos políticos conlleva un revisionismo histórico. Vicente Fox reivindicó el estandarte de la Virgen de Guadalupe como símbolo de independencia, pero los gobiernos del PAN fueron después ineficaces para imponer su relectura de la historia. No trajeron los restos de Porfirio Díaz ni reivindicaron a los cristeros. El gesto más audaz fue develar con prisas y a escondidas una estatua de Francisco Madero en una esquina del Palacio de Bellas Artes, con ánimo de ganar su figura a la causa conservadora y arrebatarlo del Olimpo revolucionario. Pero hasta ahí se quedó.

El priismo se apresta a volver por la presidencia. Pero no por la presidencia tal como está, con el incómodo contrapeso de un Congreso dividido. Mejor con uno a modo, como el que gozaron los presidentes imperiales en el siglo XX. Enrique Peña Nieto, el probable candidato del PRI, quiere que el próximo presidente tenga mayoría absoluta en el Congreso (la mitad más uno de los legisladores) aunque sus diputados sólo obtengan el 35 por ciento de los votos. Ése es el trueque de Peña a cambio de ceder en una reforma política menor que incluye la reelección de diputados y senadores y la reducción de los spots. Mientras los países democráticos construyen la gobernabilidad con regímenes más parlamentarios, el priismo propone el regreso al modelo más presidencialista. Y si Santa Anna no fue un dictador, como nos exige ver el revisionismo priista, entonces los grandes exponentes del presidencialismo imperial como Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría o Salinas de Gortari se acreditan como auténticos demócratas.

lunes, 6 de junio de 2011

El regreso de la crónica roja

El mundo editorial atraviesa por una fascinación con el narcotráfico. Los cárteles de la droga habían estado entre nosotros desde hace décadas, pero hace pocos años enseñaron sus artes ocultas de descuartizamiento, tortura, disolución de cadáveres en ácido, bombazos en las calles y su capacidad de organizar movilizaciones de cientos o de miles, como en Monterrey y Morelia. Sin embargo, con el narcotráfico vivimos una paradoja: mientras más nos enteramos de sus crímenes, menos sabemos de sus entrañas. Vemos rodar cabezas en las escaleras de los palacios municipales, asistimos a la caída de un capo, atestiguamos combates en las calles. Pero nunca supimos cómo acumularon sus arsenales, en qué momento decidieron degollar, cuándo se rompieron sus acuerdos con los políticos y salieron a disputarse las ciudades que ellos llaman "plazas".

Cuando el PRI era todavía el partidazo a nivel nacional y la política giraba en torno del Presidente de la República, en las redacciones de los periódicos se decía que la nota roja era la escuela de periodismo. Los reporteros de la fuente policiaca esperaban pegados a un radio con la frecuencia de la policía a que apareciera el próximo muerto. Llegaban inmediatamente después de los oficiales y disponían de pocos minutos para recabar datos: revisar las credenciales de los muertos, entrevistar a los vecinos, familiares, testigos del atropellamiento, de la volcadura, del incendio. Los policías eran sus aliados: no se acordonaba "el lugar de los hechos" sino que se podía entrar a tomar fotografías, a tocar a los apuñalados, a oler la sangre derramada por el crimen pasional o por la deuda no saldada. La muerte era cotidiana para los periodistas pero representaba una cotidiana novedad para los lectores.

Se le consideraba la escuela de periodismo porque se podía investigar, preguntar, inquirir, construir una historia en un país en donde la política se contaba según los voceros del partidazo. Durante la "presidencia imperial" mexicana los capítulos negros –el movimiento estudiantil de 1968, por traer el caso más célebre— se contaban a retazos. Esa gran crónica roja estuvo vedada a la investigación profunda de los periodistas y se abrió, años después, a la curiosidad de los historiadores.

Hermético cuando el autor del crimen era el presidente de la República, el secretario de Gobernación o el General de División, el régimen le daba en cambio al periodismo libertad a la hora de indagar cómo había sido asesinada la prostituta, por qué se había acuchillado al panadero, cómo había caído el pequeño traficante. Esa crónica roja —que nos dio a nuestro mejor fotógrafo del siglo XX, Enrique Metinides— ocurría ajena a los pasillos del poder. El régimen padecía de puritanismo en su rostro público: frente al país y el mundo no mataba, no torturaba y no desaparecía a opositores. Le importaba poco que ahí estuviera Rosario Ibarra de Piedra diciendo que la última vez que vieron a su hijo con vida fue en el Campo Militar Número Uno, o que se tuvieran sospechas fundadas de que se llenaban mazmorras clandestinas con jóvenes guerrilleros. Los datos que contaban esas muertes se escondieron en archivos clasificados.

La vida política, mientras tanto, ofrecía menos incentivos para la investigación: no se podía criticar al presidente, inmaculado como la Virgen de Guadalupe. El asesinato de Manuel Buendía fue la prueba de que la crónica roja se topaba con los altos niveles del poder. El régimen daba su zarpazo al periodista más importante del país y no lo hizo durante los peores años de la Guerra sucia de los setenta, sino ya en 1984, mientras Miguel de la Madrid ponía en práctica la renovación moral.

La explosión de la violencia actual ha avivado el surgimiento de una crónica en la que el narco empieza a disolverse como materia periodística y se convierte en narrativa. Los datos duros dan paso a las historias; los nombres se difuminan para convertirse en personajes y las declaraciones se sustituyen por los diálogos.

Antes, un rápido repaso histórico. Hay un estupendo antecedente en la literatura iberoamericana de la crónica de la violencia contemporánea: la Brevísima relación de la destruición de las Indias. En 1552 Fray Bartolomé escribió este librito para denunciar en España las atrocidades que se cometían en las colonias y de paso descubrió la estética de la crueldad. Con lujo de detalle relató cómo los perros lanzados por los conquistadores destazaban a los indios; nos contó la historia del encomendero que violaba a las mujeres indígenas para venderlas a mejor precio porque llevarían en sus vientres un esclavo más; enumeró cómo fueron asesinados no cientos o miles, sino millones de indios que se resistieron a la colonización. El poder de su estilo lo llevó a ser llamado el padre de la "leyenda negra" española: por su culpa, dicen los escépticos, se calumnió a España con un genocidio que no fue ni de esas proporciones ni de esa crueldad. Como sea, el efecto que tuvo el cronista fue decisivo para nuestro juicio de la conquista. La conquista, nos dice Fray Bartolomé, se basó en el terror sistemático, en la imposición de un mundo que se levantaba sobre las ruinas del pasado. Fray Bartolomé brindó otro descubrimiento macabro: ese relato podía ser gozoso para el lector. De alguna manera necesitaba seducir en su crueldad para convencer de su sadismo. Ya sea que nos pongamos del lado de las víctimas o los victimarios, existe un placer perverso al leer La Brevísima.

La crueldad masiva como forma de dominación no fue después explorada literariamente como lo hizo Las Casas. Las escenas de sangre más célebres de la novela de la Revolución Mexicana estén lejos de la estética del terror de Fray Bartolomé. "La fiesta de las balas", de El águila y la serpiente (Martín Luis Guzmán) relata la hazaña asesina de Rodolfo Fierro para matar sin ayuda a decenas de prisioneros de guerra. La vida no vale nada, pero en la muerte queda un poco de dignidad. El descuartizamiento no estaba en la mente aun del más sanguinario de los generales de la Revolución (sería una cortesía de los kaibiles y soldados de élite formados por Estados Unidos en técnicas de contrainsurgencia y que nos ha llegado a través de los narcos).

Los modernos cronistas de Indias se enfrentan a un fenómeno nuevo, al que no se topó Las Casas: el terror del narco carece de ideología. Los encomenderos del siglo XVI argumentaban que los indios eran seres inferiores y por lo tanto se valía tratarlos como subhumanos. Lo mismo dijeron negreros de sus esclavos y los nazis de los judíos. Había un discurso de supremacía que encubría un proyecto de explotación del trabajo ajeno. Hoy la narcoguerra aparece desprovista de esos ropajes retóricos. Los bandos se disputan territorios sin exigir democracia, justicia, libertad, tierra para quien la trabaje o vivienda para quien la habite. Y lo peor es que la frontera entre víctimas y victimarios se vuelve difusa. ¿Quién es peor, los zetas o los chapos, La Familia o los de Beltrán Leyva? (En Tamaulipas, un estado casi perdido al control del narco, se dice que los zetas son los "malos-malos" mientras que el Cártel del Golfo son los "malos-buenos"). ¿O todos ellos son, como sugiere Javier Sicilia, víctimas por igual de un Estado corrompido?

Si la nota roja durante el régimen del PRI era un espacio libre para el periodismo de investigación, ahora ocurre lo contrario. Tamaulipas fue la primera víctima de la censura que el narco impuso a punta de metralleta y granadazo. Los periódicos dejaron de publicar notas sobre el narcotráfico que no fueran los boletines de prensa. Cuando se asesinó a 72 migrantes centroamericanos, la nota se fue a páginas interiores.

En la censura, la crónica del narco se tuvo que deshacer de los ropajes formales del periodismo y ha ido adquiriendo más la forma del cuento que de la crónica. Se le obligó a ocultar hasta el mínimo dato que pudiera revelar una identidad. Javier Valdez, fundador del semanario culiacanense Ríodoce, vertió en su columna "Malayerba" la crónica de la Sinaloa secuestrada no por un cártel o por un capo, sino por una manera de entender el mundo: ahí vale quien trae la "jamer" y la "a-errequince". Coleccionadas en un libro del mismo nombre (editado por Jus), las malayerbas cuentan las historias de los niños, de las amas de casa, de los jóvenes seducidos por los fajos de dólares. Javier Valdez nos enseña que para contar Culiacán no hace falta acudir a las voces oficiales: hay que tocar la puerta de cualquier hijo de vecino porque tendrá una historia del narco bajo el brazo. Su mérito es convertirla en un cuento de tres cuartillas con personajes, suspenso, conclusión y, a veces, moraleja. Y cuando esas crónicas se leen reunidas, construyen un mundo propio con su lenguaje, sus aspiraciones colectivas, sus escenarios comunes. Otro cronista de esta escuela es Alejandro Almazán. Sus textos más sorprendentes son crónicas aparecidas recientemente en Gatopardo. En "Chicas Kalashnikov" nos cuenta la historia de unas mujeres sicarias y en "Un narco sin suerte" le da voz a "El Jota Erre", un personaje que podría haber sido creado por Woody Allen: quiso ser motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres y fracasó en todos y cada uno de sus lances. "Eso de que todo aquél que entra al narco se hace rico, es puro pinchi mito", le dice el Jota Erre a Almazán.

Al igual que con Javier Valdez, con los textos de Almazán cabe preguntarse desde la ortodoxia: ¿son periodismo? El periodismo exige nombres, fechas, lugares, declarantes que sostengan sus dichos. Valdez y Almazán prescinden por completo de los datos. Publicar el nombre de sus fuentes implica ponerles el dedo: condenarlos a la cárcel o a la muerte. Y de paso echarse la soga al cuello. La célebre frase wildeana: "ponle una máscara y te dirá la verdad" es precisa. La máscara del anonimato muestra una sociedad que ha sido envuelta por la violencia. Se puede ser beneficiario o víctima de la industria del narco y su rostro asesino y corruptor, pero difícilmente se puede escapar de ella.

Valdez y Almazán no cuentan historias de buenos y malos, sino de sobrevivientes. Hay que hacer eso mismo con los muertos y, en cuanto baje la marea de la violencia, sacarlos del anonimato. El periodismo narrativo contemporáneo y sus búsquedas literarias debe ayudarnos a recordar que en esta guerra sobrevivir se convirtió en el arte más difícil mientras nos dominaba el absurdo.

lunes, 9 de mayo de 2011

Vuelta al Zócalo

La sociedad civil recuperó el Zócalo capitalino el domingo 8 de mayo. Era una plaza perdida, no porque la hubiera ganado el crimen organizado, sino porque estaba habitada por la desmoralización. Recordemos las imágenes de México que daban la vuelta al mundo en 2006: centenas de miles en Reforma y el Zócalo para protestar contra las elecciones que llevaron a Felipe Calderón a la presidencia. Y en el sur del país, decenas de miles –el gobierno estatal tuvo que reconocer que 100 mil personas marcharon tres veces en una ciudad de medio millón de habitantes— inundaban las calles de Oaxaca para exigir la salida de un Nerón en pequeño llamado Ulises Ruiz.

Pero después de 2006 se perdieron las calles: López Obrador convirtió una gran movilización en una gran derrota al imponer un plantón absurdo en la avenida principal de la ciudad, que ni siquiera sus seguidores secundaron (era un plantón de carpas, no de personas). Felipe Calderón cedió ante el chantaje del PRI y permitió que permanecieran en sus cargos Ulises Ruiz Ortiz y el Góber precioso. Salir a las calles pareció inútil: ¿para qué marchar si no se lograba nada, si allá arriba se arreglaba la clase política, o si esa energía la dilapidaba un dirigente en una decisión ultra e irracional? México se desmovilizó (salvo dignísimas excepciones como las decenas de miles que protestaron en Hermosillo por la tragedia de la guardería ABC) y las imágenes del país en el mundo cambiaron radicalmente: ya no más masas en las calles sino descabezados, encajuelados, ejecutados: las miles de víctimas del poder corruptor del narco y de la respuesta militarizada del gobierno.

Un poeta católico le devolvió a la ciudadanía la confianza en la movilización y, con ella, la confianza en su propio poder. Javier Sicilia, quien ha convertido su infinito dolor en dignidad, hizo que los capitalinos recordaran que en 1994 habían parado la guerra contra los zapatistas. Ese místico, a quien muy pocos habían leído antes del asesinato de su hijo, consiguió que la ciudadanía recordara que en 2004 había logrado revertir el desafuero contra el candidato opositor que punteaba en las encuestas. Y que protestar no era en vano.

Empezó como una peregrinación de 300 personas en Cuernavaca. Silenciosa, doliente, atravesó los 65 kilómetros que la separaban de Ciudad Universitaria, en la ciudad de México. No creció mucho. Unas mil personas llegaron a las islas, el encantador jardín que ha visto mítines históricos como los de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 o los que convocó la huelga estudiantil de 1999. Igual que el flautista de Hamelin (como lo comparó el periodista René Delgado) a su salida de Ciudad Universitaria Javier Sicilia fue atrayendo millares. En una hora eran cinco mil. Una hora después, más de 10 mil personas caminaban por una ruta inexplorada en la protesta social: Avenida Universidad, Río Churubusco, Eje Central, y en cada calle se sumaban otros más. La marcha se convirtió en cuatro marchas: una encabezado por dolientes: Javier Sicilia, Eduardo Gallo, Olga Reyes, las madres de los adolescentes de Villas de Salvárcar, los padres de los niños de la guardería ABC y los asfixiados en el News Divine. Y con ellos los curas Alejandro Solalinde y Miguel Concha. Quién iba a creer que dos sacerdotes guiaran una protesta progresista al lado de un poeta místico y de un líder mormón, Benjamín Le Barón, que portó el lábaro patrio con orgullo y dignidad.

Sicilia iba al frente de un contingente en luto: por aquí, un padre de familia había perdido a su esposa, a sus dos hijas y hasta a la sirvienta, levantadas en Veracruz; por allá, una madre lloraba a su hijo asesinado por policías; más allá, una mujer había abierto la puerta de su casa para encontrar un cadáver desechado como basura; a su lado, un hombre clamaba por el regreso de su hija, que había salido a la biblioteca y no había vuelto nunca, y de éste lado, madres de Durango y Coahuila reclamaban exámenes de ADN a los cuerpos encontrados recientemente en las narcofosas para descartar que fueras sus hijas…

Detrás de ellos, una segunda marcha: las organizaciones sociales y campesinas que no han dejado de pelear: la policía comunitaria de Guerrero, los ejidatarios de Michoacán que se organizaron contra el narco, los hijos de los desaparecidos de la Guerra sucia. Ellos guardaban el silencio sugerido por Javier Sicilia. Pero les pisaban los talones la tercera marcha: los estudiantes de la UNAM, para quienes las movilizaciones son una fiesta de rebeldía y juventud. No más silencio sino música de tambores y consignas clásicas y nuevas: “Mubarak ya cayó y sigue Calderón”, entre éstas últimas.

Pero una cuarta marcha no esperó a Sicilia. Aguardó unos minutos en el Eje Central y Xola o bien en Bellas Artes, pero se adelantó en el camino al Zócalo. Cuando Sicilia llegó con su silencio y sus dolientes al cruce de Lázaro Cárdenas y Viaducto, un contingente más grande –bastante más— se abría paso frente a él. Eran ellos: los mismos de 1994 y de 2004, el sector politizado de la ciudad de México que no necesita que la guerra toque a su puerta o que se lleve a sus hijos. Lo único que requería era el bien más escaso: un dirigente confiable como Javier Sicilia –alguien que no los mercara por privilegios— y una causa justa: detener una guerra en su propio país.

“Nunca me imaginé que vendría a una marcha por una razón como ésta: para detener una guerra en México. Y menos encabezado por un poeta católico”, me dijo el novelista Gerardo de la Torre, un viejo militante comunista que luchó décadas al interior del sindicato petrolero contra el cacicazgo priista. A pesar del cáncer y las quimioterapias, Gerardo marchaba con firmeza.

Sicilia tardaría en llegar al Zócalo, así que una lista de 71 dolientes se apuntó para usar el micrófono antes de su llegada (no se agotó la lista, pero hablaron unas tres decenas de oradores). Uno tras otro, los testimonios describían un país podrido: mujeres violadas y asesinadas sin que se abrieran investigaciones, militares desaparecidos por atestiguar los arreglos de los generales con los narcos, migrantes balaceados por policías. Un padre de familia conmovía al auditorio. Un berrido estaba por quebrar su voz pero se contenía con un hondo suspiro antes de cada frase. Su hija había salido rumbo a la universidad y no había aparecido en ocho meses. Nadie sabía nada: ni la policía capitalina, ni la procuraduría, ni el gobierno federal. “Pónganse a trabajar, gobernadores, bola de huevones a quienes el narcotráfico les da dinero”. Cada doliente repetía una idea casi con las mismas palabras: “Gracias, Javier Sicilia, por darnos la oportunidad de expresar nuestro coraje”.

(Sicilia, al encabezar la marcha desde Cuernavaca, escuchó cada una de estas historias. Al dolor por el asesinato de Juan Francisco se le impregnó el dolor de cada uno de los que fueron literalmente a llorar en su hombro en los cuatro días de caminata).

La marcha se aproximó al Zócalo a las 16:15 de la tarde, pero tardaría otra media hora en entrar por completo. El maestro de ceremonias sugirió soltar globos blancos en memoria de los 40 mil caídos en la guerra. Y por primera vez vino un guiño de la Arquidiócesis de México, la que preside Norberto Rivera, uno de los jerarcas católicos señalados por Sicilia como antievangélico: repicaron las campanas, como volverían a repicar tras el discurso de Sicilia y los cinco minutos de silencio que pidió por los muertos de la guerra contra el narco. Una muestra de apoyo trivial y tardía para uno de los católicos más coherentes de la vida pública mexicana.

Sicilia entró a una plaza que ya estaba segura de sí misma. Y que se convertía no sólo en un desafío a Calderón sino también a López Obrador. Sicilia es antipartidista. En la marcha, los pocos políticos del PRD y anexas marchaban disimulados, con ganas de ser vistos pero sin llamar la atención: Gerardo Fernández Noroña, que recibía con una mueca de desagrado el llamado del poeta de limpiar todos los partidos de los narcos que los cooptan, incluidos el PRD, el PT y Convergencia; David Razú, Alfredo Hernández Raigosa, entre otros de poca importancia.
Si Sicilia es un desafío para Calderón –pidió la renuncia de Genaro García Luna, a quien ni siquiera mencionó por su nombre— lo es en igual medida para la izquierda. Sicilia no le entregará su autoridad moral y su fuerza política a López Obrador –como sí lo hizo Marcos con Cuauhtémoc Cárdenas en 1994, cuando llamó a votar por él—. Por el contrario, Sicilia le exige a López Obrador que renuncie a su candidatura y apoye a un candidato de unidad de todos los partidos. Lo mismo que le pide al PAN y al PRI, pero el efecto de este llamado es mucho más devastador para AMLO. López Obrador pretendía aparecer como la única alternativa auténtica en 2012. Sicilia tiene la autoridad moral dentro de la izquierda para refutarlo y decirle que no es tan distinto a los que critica.

El poeta místico se reveló como un buen orador. Leyó un discurso en donde repartió críticas al conjunto de los partidos, a todos les pidió compromisos puntuales y convocó a un pacto ciudadano en Ciudad Juárez el 10 de junio próximo, cuyo fin será proponer una agenda ciudadana a los políticos y vigilar su cumplimiento. Por lo pronto, consiguió dos victorias importantes: uno, que se debata la política contra el crimen organizado, en donde Calderón gozaba de autonomía casi absoluta y, dos, devolverle las calles, el Zócalo, a la sociedad civil contemporánea, aquella que paró una guerra en 1994 y es capaz de parar otra diecisiete años después.

martes, 26 de abril de 2011

El desafío Sicilia

Felipe Calderón no había enfrentado un desafío como el que le plantea el poeta Javier Sicilia. Pero si el presidente de la República es sensible, podría aprovecharlo a su favor para salir del pantano en el que metió al país entero a través de la guerra contra el crimen organizado.

Juan Francisco Sicilia Ortega fue asesinado al lado de cuatro jóvenes y dos adultos en Temixco, Morelos, el 28 de marzo pasado. Con su muerte, la narrativa de la complicidad de las víctimas llega a un punto insostenible. Hasta ahora, ha prevalecido la versión oficiosa de que los muertos corresponden a alguno de los bandos criminales. Se habla oficialmente de 36 mil muertos. De ellos, se dice, un 10 por ciento son víctimas civiles. Si el 90 por ciento no son civiles, ¿qué son? Se ha usado el término civil como sinónimo de inocente o de daño colateral. De acuerdo con esa narrativa, ese 90 por ciento no son civiles y por tanto no son inocentes sino bajas de guerra. Su muerte no se investiga porque de antemano se les considera culpables.

En la guerra contra el narcotráfico se ha impuesto la metáfora de la salud y la enfermedad según la cual hay mexicanos podridos que deben ser removidos del tejido social (Calderón habló de una metástasis que había invadido el aparato de gobierno en sus tres niveles). Esta idea nos ha llevado a ver con naturalidad la limpieza social. De acuerdo con las versiones oficiales, la mayoría de las víctimas pertenecían a alguna de las partes enfermas del tejido social. De esa manera, con esas muertes pareciera que ganamos todos porque así hay menos delincuentes. En lugar de que los persiga la policía o el Ejército, los propios cárteles hacen el trabajo sucio de diezmarse, de limpiar el organismo enfermo. El Estado, mientras tanto, observa. No impide las ejecuciones ni las castiga. Asume la culpabilidad de los muertos y, peor aún, la conveniencia de la muerte.

Con el asesinato de Juan Francisco Sicilia, de 24 años al momento de morir, la metáfora de la enfermedad y la dicotomía inocente-culpable pierden sentido: queda claro que la limpieza social no resuelve el problema, no debilita a los cárteles ni devuelve la seguridad a las calles. Sus consecuencias objetivas son las opuestas: los cárteles se han armado más que nunca y cada que pierden efectivos disponen de un ejército de desempleados jóvenes por reclutar; rotan a sus mandos cada vez que se elimina a una de sus cabecillas y, lo más importante, mantienen intocada su estructura financiera. Las maletas de dólares del narcotráfico se reciben con los brazos abiertos en México y, principalmente, en Estados Unidos, en donde se queda el 90 por ciento de las ganancias de este negocio global.

Calderón planteó el combate militarizado al crimen organizado como su principal apuesta política pero nunca dio razones satisfactorias para llevar al país a la guerra. Habló de la metástasis en el aparato de Estado, pero más allá del fallido michoacanazo, los funcionarios de relevancia detenidos por complicidad con el narco se cuentan con los dedos de la mano. Luego dijo que había que evitar que la droga llegara a nuestros hijos. Jorge Castañeda y Rubén Aguilar (en el libro El narco, la guerra fallida) refutaron este punto, diciendo que el consumo en México no se había incrementado sustancialmente en años. Hoy, el gobierno federal argumenta que la militarización es imprescindible para devolver la seguridad a las calles. Castañeda y Aguilar sostienen también que, antes de la guerra, la violencia entre el crimen organizado y el Estado era de las más bajas de los últimos años (dato que se corresponde con una tasa decreciente de homicidios hasta 2007). Paradójicamente, ha sido la supuesta solución —la guerra contra el narco— la que ha generado la mayor violencia en México desde la década de 1910-1920. No sólo ha salido peor el remedio que la enfermedad, sino que ha sido el remedio el que ha provocado la enfermedad. Mientras el país se militariza, se queda impune el lavado de dinero, la protección política al narcotráfico y la muerte de los caídos. Cada ejecutado es una derrota del Estado de Derecho.

Para mala suerte de Calderón, Javier Sicilia entendió el martirio de su hijo como un llamado a la acción. El poeta pudo haberse retirado a la oración y al duelo, pero decidió salir a las calles a reclamar justicia y a exigir un replanteamiento de la estrategia gubernamental. En una época marcada por el descrédito de los políticos profesionales, Sicilia representa su opuesto: no quiere ser gobernador ni presidente, no tiene un negocio que pueda beneficiarse de su reciente notoriedad y ni siquiera aumentará significativamente la venta de sus libros porque su obra no está dirigida al gran público. Es un asceta que ve en la pobreza una virtud y que no pretende sólo que se resuelva el crimen de su hijo, sino que busca restaurar el tejido social —al que llama humus— a través de un gran pacto nacional.

Sicilia constituye un desafío singular a Calderón porque apunta al corazón del discurso presidencial y porque su autoridad moral es incuestionable. Por su voz se redimen los 36 mil muertos. Dejan de ser sospechosos para convertirse en víctimas de crímenes impunes y de una guerra estéril. Sin embargo, la vara que se impuso es muy alta. Convocó a una marcha desde Morelos a la Ciudad de México, que continuará en una caminata desde Ciudad Universitaria para concluir en una concentración en el Zócalo el 8 de mayo. Su convocatoria debe ser muy nutrida para que se tome en serio su planteamiento de fondo, el pacto nacional por la paz. Pero más allá de la asistencia a la marcha, el pacto nacional puede convertirse en la salida política de Calderón a la guerra. Sicilia tiene la autoridad para convocar al conjunto de los actores políticos a un pacto en donde se replantee la militarización del país y se exploren estrategias alternativas para atenuar la violencia. Calderón puede tomarle la palabra y hacer del pacto de Sicilia una agenda para salir de la emergencia nacional. Puede hacer suyo el pacto, convertirlo en política de Estado y evitar que la guerra fallida se imponga como el tema dominante en la sucesión presidencial.

viernes, 1 de abril de 2011

Samuel Ruiz García

“Desde Fray Bartolomé de las Casas nadie ha hecho tanto por los indígenas como don Samuel Ruiz García”, me dice Raúl Vera López acerca del obispo de grandes lentes de pasta y crucifijo de madera, que llevaba en el morral el Nuevo Testamento y en la mano un sleeping bag para volver menos agrestes las noches en la selva. Tímido para sonreír, reflexivo y pausado con las palabras, a don Samuel no le gustaba hablar de sí mismo, nunca levantaba la voz, pero con la misma calma con la que estudiaba la Biblia enfrentaba la muerte: en visitas pastorales se cayó dos veces del caballo, chocó otras tantas y, en una ocasión, se desplomó la avioneta en la que viajaba tras el despegue. Y así como no lo amedrentaron las costillas y clavículas rotas tampoco se arredró frente a las amenazas. Si un feligrés requería su presencia a medianoche, Samuel Ruiz acudía al llamado aun cuando el riesgo de un atentado contra su vida fuera particularmente alto y no pudiera acompañarlo nadie.

Sus padres, Maclovio y Guadalupe, se conocieron en la pizca al otro lado de la frontera. De acendrado fervor católico, se establecieron en Irapuato, pusieron una tienda de abarrotes y tuvieron cinco hijos, Samuel el primero en 1924. Alumno brillante desde el noviciado, fue enviado a Roma, en donde pasó nueve años y se doctoró en Sagradas Escrituras. De vuelta a México, cuando dirigía el Seminario de León, se convirtió en uno de los obispos más jóvenes en la historia del país. A los 35 años tomó posesión de la que entonces se llamaba diócesis de Chiapas, de 76 mil kilómetros cuadrados y 13 sacerdotes –tan sólo la parroquia de Ocosingo abarcaba un territorio mayor que El Salvador. Apenas un año antes, en 1958, la explotación en Los Altos de Chiapas había sido retratada con maestría por Rosario Castellanos en Balún Canán, célebre por sus escenas en donde los indígenas llevaban en andas a los caciques. Oriundo del Bajío cristero, uno de los proyectos del joven prelado era alfabetizar a los indios porque, “¿cómo iba a evangelizar en cuatro o cinco idiomas diferentes?”. Pero muy pronto habría de venir el Concilio Vaticano II, que convocó a los obispos del planeta entre 1962 y 1965 y que reformó la Iglesia católica como no había ocurrido en cinco siglos. El Concilio colocó a los pobres en el centro de la vida eclesial. Samuel abandonó la idea de imponer una Iglesia occidental y desarrolló entonces la teoría de una “Iglesia autóctona” encarnada en las culturas indígenas. A su dominio del inglés, francés e italiano, que hablaba con fluidez, y a su conocimiento filológico del latín, griego y hebreo, Samuel Ruiz sumó el tzotzil, tzeltal, chol y tojolabal. Hablaba las cuatro lenguas con llaneza y predicaba en las dos primeras. Armado con la “Teología India” –una vertiente de la Teología de la Liberación— don Samuel formó 15 mil catequistas y ordenó 341 diáconos permanentes, ministros de culto con casi todas las atribuciones sacerdotales pero con esposa y familia. Fue su manera de reconocer la visión indígena de una Iglesia sustentada en las comunidades de laicos. Para hacer frente a los abusos, Samuel fundó el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas.

Raúl Vera sostiene que, contrario a la campaña negra, Samuel Ruiz fue un hombre de una sola pieza: su visión y su acción eran la misma ya como obispo, ya como mediador, ya como defensor de derechos humanos y como amigo. El mismo testimonio me da David Murphy Ruiz, hijo de su hermana Luz María. Doña Lucha, por encargo de su madre, acompañó a Samuel a Chiapas desde que tomó posesión. David, el tercero de sus hijos, llegó a vivir al obispado a los siete años, tras el divorcio de sus padres. A partir de entonces, Samuel lo crió a él y a sus tres hermanos como si fueran sus propios hijos. David recuerda que los primeros años de su infancia Samuel les habló en inglés para que no perdieran la lengua de su padre, un misionero estadounidense. Aun cuando el obispado tenía once recámaras, recuerda David, don Samuel había adaptado su oficina en su propio cuarto, en donde trabajaba hasta la hora de la cena, a las ocho de la noche. Las pocas horas que le robaba al trabajo, Samuel hablaba a través de un radio de onda corta, con el que se comunicaba con radioaficionados de todo el mundo con el sobrenombre de Caminante. David recuerda que en casa estaba prohibido el caldo de pollo pues, cuando Samuel salía de visita pastoral, las comunidades indígenas recibían a Jtatic –padre en tzotzil— con el mejor plato que les permitía su pobreza, justamente caldo de pollo o de gallina. Y así como doña Lucha consintió este gusto, le cuidó la dieta con férrea disciplina porque don Samuel era diabético, aunque de vez en cuando se le escondía para comer dulces y fritangas.

En 1994, los caciques que acumularon rencores porque Caminante se había puesto del lado de los explotados, lo acusaron de ser el “Comandante Samuel” y de dirigir el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. La realidad era que Samuel se negó a que el zapatismo se montara en la estructura de la diócesis: el catequista que se quisiera ir con el levantamiento tenía que firmar su renuncia: “En realidad Marcos llega cuando hay un movimiento en marcha, entra a él, pero el movimiento es indígena”, le dijo a Lya Gutiérrez Quintanilla en una entrevista compilada en Los volcanes de Cuernavaca. Por su prestigio e integridad, Samuel fue la única figura que garantizó una mediación con el zapatismo, a tal grado que los diálogos de paz se celebraron en la catedral de San Cristóbal. Fueron las épocas en que se agudizaron las amenazas contra su vida: el gobierno le asignó seis escoltas y le dio un coche blindado, que Samuel aceptó después de muchas resistencias. Una mañana de fin de semana, un alto funcionario lo encontró caminando hacia su obispado, solo, sin coche ni escoltas.

--¿Y el coche blindado que le dimos, don Samuel? –le preguntó.

--No cabe en la cochera del obispado. Lo dejo en un estacionamiento que está a tres cuadras y me vengo a pie.

El nombramiento de Raúl Vera como su obispo sucesor en 1995 tranquilizó a quienes pensaron que Roma sepultaba así la opción preferencial por los pobres, pero se llevaron una decepción cuando vieron que las comunidades indígenas convirtieron a Raúl Vera López en un seguidor de la línea pastoral de Caminante. Raúl recuerda cómo los ojos de los indígenas se iluminaban cuando el obispo visitaba sus comunidades. Samuel tenía una memoria enciclopédica sobre su diócesis, de la que conocía cada historia y actor. Y, fiel al Concilio Vaticano II, estaba abierto al diálogo con los no católicos: se distinguió por defender a los evangélicos de San Juan Chamula, expulsados por católicos tradicionalistas, --los protestantes lo llamaban “nuestro obispo”— y oraba con musulmanes y judíos. Pero la enorme autoridad moral que ostentaba como prelado, mediador y amigo no lo volvió un hombre autoritario. Raúl Vera recuerda que Samuel consultaba cada decisión con él y con su equipo, y cuando escuchaba ponía toda su atención en el hablante.

Raúl Vera no simuló su “samuelismo” y el Vaticano revocó su nombramiento de sucesor en Chiapas, y lo mandó a Saltillo. Cuando Raúl le dio la noticia a Samuel fue la única vez que lo vio intranquilo, pero en media hora ya estaba ideando soluciones. Fiel a Roma, don Samuel no sólo no protestó por el nombramiento del conservador Felipe Arizmendi, sino que, una vez que se aceptó su renuncia, se marchó de la diócesis para no hacerle sombra. Se mudó a Querétaro, aunque mantuvo una pequeña oficina en la ciudad de México, en cuyas paredes colgaban retratos de Óscar Arnulfo Romero, Sergio Méndez Arceo y los jesuitas asesinados por militares salvadoreños. “No quiero robarle a los pobres lo que todavía me queda de energía para trabajar por ellos”, justificaba su agenda de trabajo cuando ya pasaba los 80 años. En lugar de la utopía que la generación de teólogos de la Liberación quisieron construir, don Samuel veía que el mundo que se convertía en un gigantesco mall, no de ciudadanos sino de consumidores, en donde el 80 por ciento de la población estaba excluida. Frente a ello, predicaba una solidaridad evangélica basada en la distribución equitativa de los bienes y la promoción de los pueblos. Murió el 24 de enero y sus exequias duraron tres días. El Subcomandante Marcos escribió: “Ahora que está de moda condenar a la Iglesia por los crímenes, desmanes, comisiones y omisiones de algunos de sus prelados, sería bueno mirar hacia abajo y encontrar a quienes, como don Samuel, desafiaron y desafían al poder, porque estos cristianos creen que la justicia debe reinar también en este mundo”.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Acuerdo desinformativo

Eduardo Galeano me comentó hace unas semanas que a su casa en Montevideo llegaban un periódico y un semanario mexicanos: “Es tanta la sangre que traen, que le tengo que advertir a las visitas que pueden mancharse los zapatos”, me dijo. El Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia pareciera responder a una preocupación legítima: la violencia se ha convertido en el tema central de los medios de comunicación masiva desde el inicio del sexenio, cuando el presidente Felipe Calderón determinó en solitario –porque no lo consultó ni con el Congreso ni con la sociedad— emprender una guerra contra el crimen organizado.
En el transcurso de esa cobertura, en efecto, se han cometido excesos. Al difundirse narcomantas se les regala un espacio a la delincuencia organizada. Se les legitima como emisores de un mensaje. El extremo de esta falta de control fueron las entrevistas con José Jorge Balderas Garza, El JJ. El narcotraficante confeso daba su versión a los conductores estelares de la televisión con sus ropas y su petulancia de junior exitoso.
Según mi lectura, el Acuerdo pretende atender dos problemas distintos. Por un lado, proponer autocontroles para que los medios no se conviertan en voceros de la delincuencia organizada. Y en segundo lugar, quiere atender la censura del crimen organizado. El periodismo en Tamaulipas y Chihuahua, en Nuevo León y Sinaloa, se ha convertido en un oficio de alto riesgo. La libertad de expresión se encuentra limitada y no pocas veces anulada por el narcotráfico, que ya perdió el rubor de matar periodistas con impunidad. Ambos problemas, la sobreexposición de la violencia y la censura impuesta por el narco, son relevantes y deben ser resueltos. Pero no hay que confundirlos ni mezclarlos.
Convocados por Televisa y Televisión Azteca, a través de su Iniciativa México, 715 medios de comunicación firmaron el Acuerdo. Faltaron periodistas y medios de comunicación importantes –Gatopardo no lo suscribió— pero los convocantes atrajeron a medios de considerable influencia. Pero hay que leerlo críticamente. El Acuerdo es positivo en la apariencia pero regresivo en la sustancia. Hay puntos con los que es inevitable estar de acuerdo: el número uno, por ejemplo, que dice que la violencia del crimen organizado se debe condenar en todo momento. “Bajo ninguna circunstancia, los medios debemos justificar las acciones y los argumentos del crimen organizado y el terrorismo”. Naturalmente que no. Cuando un medio o cualquier individuo justifica las acciones del crimen organizado incurre en apología del delito, tipificada en el Código Penal. Si un medio de comunicación ha justificado las acciones y argumentos del crimen organizado, seguramente lo ha hecho bajo la amenaza de ese mismo crimen organizado que en ocasiones acude a punta de metralleta a las redacciones a imponer su criterio editorial. De lo contrario comete un delito. No es un tema que esté a discusión.
El punto número dos, “No convertirse en vocero involuntario de la delincuencia organizada” puede ser discutido en sus matices –si se usan o no palabras como “sicario”, “estaca”, “pozolero”, “encajuelado”, o si se desestima por completo la información que provenga de las fuentes criminales— pero tampoco merece una objeción normativa. Los puntos 5, 6, 7, 8 y 9 son igualmente válidos, incluso presentan innovaciones pertinentes para el periodismo mexicano: “No prejuzgar culpables”, “Cuidar a las víctimas y a los menores de edad”, “Alentar la participación y la denuncia ciudadana”, “Proteger a los periodistas” y “Solidarizarse ante cualquier amenaza o acción contra reporteros y medios”. Es innovador que se reconozca a los niños como las víctimas de atención prioritaria en la guerra y resulta urgente que los grandes medios nacionales se solidaricen con los medios locales del norte del país. Era un paso necesario reconocer la ausencia de protocolos para cuidar la integridad física y periodística de los reporteros que cubren el narco, ya como enviados o como reporteros en su propia localidad.
Las objeciones están en los puntos 3 y 4 del Acuerdo, que constituyen su contenido medular. El número 3 se intitula: “dimensionar adecuadamente la información” y llama a presentar la información en el contexto correcto “y en su justa medida”. Pide que se pondere de acuerdo con otros países y regiones. Incluso, se sugiere que se le confine a una determinada sección: “los medios debemos de establecer criterios para determinar en qué posición se debe ubicar la información vinculada a la delincuencia organizada”. En otras palabras, que los muertos del narco ya no invadan los espacios mediáticos que por derecho natural –en el declarativo periodismo mexicano— le corresponde a las declaraciones de los políticos. El número 4, “atribuir responsabilidades explícitamente”, pide que, siempre que el Estado actúe conforme a la ley en su acción contra el crimen, se debe dejar claro que la violencia proviene del crimen organizado.
El punto 3 es cristalino: el Acuerdo busca enfriar la cobertura del narcotráfico. Confinarla a la sección de interiores, archivar las fotografías de los muertos. Si se apunta que la cruzada de Calderón ha producido 34 mil cadáveres, hay que contextualizar que el envidiable Brasil tiene una tasa de homicidios más alta que el atribulado México. Se pide establecer una cuota de notas del narco y procurar mantenerla a la baja. Detrás de los propósitos explícitos del Acuerdo, se esconde una confesión terrible de los medios: la guerra del narco no es tan grave. En parte la hemos inventado nosotros con nuestra insistencia en los cárteles, en las ejecuciones, en los alias de los capos. La muerte en México, vista en el contexto latinoamericano, debería ser una preocupación menor. El punto cuatro nos pide, con otras palabras, no llamar a esta guerra “La guerra de Calderón”. Las balas y los muertos los ponen los criminales, no el gobierno, es el mensaje. Eso queda claro con la lectura del “Punto de partida” con el que se inicia el Acuerdo: “puede y debe debatirse si la forma que el gobierno ha decidido combatir al crimen organizado es la adecuada. Pero este debate tiene que partir del reconocimiento de la obligación constitucional que tiene el gobierno de cumplir y hacer cumplir la ley”. Esta idea se ratifica en los párrafos finales con el encabezado “Respaldo social”, que se presentan como una aportación de los ciudadanos que vigilan y atestiguan el Acuerdo:

"Todos nosotros estamos conscientes de la obligación que tienen los órganos del Estado para combatir frontalmente a los grupos delincuenciales. Esta es una obligación constitucional y legal que no puede ni debe estar sujeta a compromisos o negociaciones. Por ello, esperamos que todos los actores políticos la reconozcan como tal y asuman el compromiso de no claudicar en su cumplimiento".

Calderón, nos dicen los redactores, no hace más que apegarse a la Carta Magna. “Combatir frontalmente” implica librar esa guerra –o dejar que los narcos la libren—. Otras alternativas despiden el hedor de la negociación con los criminales, nos insisten. Es obligación del resto de los políticos no sólo reconocerlo así sino “asumir el compromiso de no claudicar en su cumplimiento”: que la guerra contra el narco se adquiera como política transexenal, aun cuando no tengamos un solo indicador que nos permita saber si el Estado va ganando o perdiendo.
El problema del Acuerdo es que busca resolver un falso problema: México no necesita menos información sobre el narcotráfico, sino más y de mejor calidad. Una de las desventajas de la guerra es que prácticamente no sabemos nada de ella. No conocemos con precisión las razones por las que se declaró, pues Calderón ha dado diversas y contradictorias motivaciones. No sabemos cuál fue el diagnóstico, ni cuáles fueron los criterios para determinar avances o retrocesos. Ignoramos quiénes se hacen responsables de las decisiones tácticas y estratégicas, si el Secretario de Seguridad Pública, o el Secretario de la Defensa, o los secretarios de seguridad pública de los estados. Desconocemos los flujos de dinero del narcotráfico y su vinculación con la banca privada. No sabemos nada de los narcos de cuello blanco: los que lavan el dinero, los que cooptan a los políticos, los que ganan campañas electorales. Del trasiego de drogas en Estados Unidos también lo ignoramos casi todo. Los medios de comunicación han tratado de cubrir ese vacío informativo con el síntoma que está a la mano: las batallas en las calles, los ejecutados y el sadismo del narcotráfico. Leemos acerca de los sicarios, de los narcomenudistas, de los capos que saltan a la fama el día de su detención o muerte. Vemos pobres matando pobres. En su conjunto, pareciera que el narcotráfico está asociado a la pobreza y al norte del país, como si cada pueblo fuera un modelo para El Infierno, la película de Luis Estrada. El gobierno no ha podido o no ha querido atacar los tentáculos financieros y políticos del narcotráfico –o no ha informado sobre ello— y los medios tampoco han tenido la capacidad o la voluntad de investigarlo.
La cobertura del narcotráfico debe extenderse, profundizarse, profesionalizarse y protegerse. Enfriarla, confinarla a páginas interiores, no ayudará a comprenderla y a resolverla. Los problemas no se atenúan o desaparecen porque dejemos de mirarlos y hablar de ellos. El aumento en la violencia no es una exageración de los medios de comunicación sino una tendencia verificable que aumenta año con año a partir de 2007. Cierto, Brasil, Venezuela y Colombia presentan tasas mayores de homicidios, pero la desgracia ajena no puede servir de consuelo y ni siquiera de punto de comparación. Si queremos compararnos con Brasil entonces tenemos que preguntarnos por qué no crecemos a su ritmo aun cuando ellos padezcan una sangría mayor. Si queremos compararnos con Colombia tendríamos que cuestionarnos por qué en México no hemos metido a la cárcel a los legisladores y políticos que amparaban a los grupos paramilitares. La comparación con Venezuela es aún más resbalosa, porque los dos presidentes panistas se han obstinado en diferenciarse de Chávez y asumirse como demócratas. ¿O quieren compararse con un presidente que usaron para descalificar a López Obrador?
La decisión de bajar el nivel de la cobertura del narcotráfico no es más que un síntoma de que la estrategia fracasó. La guerra contra el crimen organizado fue la mayor apuesta política del sexenio y ahora se busca desestimarla. Calderón dice hoy que la principal política pública fue la infraestructura carretera. La mayor inversión en la historia del país, afirma. Otra evasión de la realidad. Su dilema es cómo llegar a las elecciones de 2012 sin reconocer una derrota. No hay cifras que nos digan que el narcotráfico recluta menos jóvenes, trafica menores cantidades de drogas, adquiere menos armas y obtiene menores ganancias. Por el contrario, los indicios apuntan a que el narco es un negocio tan próspero como antaño, pero ahora es cualitativamente más violento.
Si la estrategia fracasó hay que señalarlo. No hay que bajar el perfil de la cobertura sino mejorarlo. La información le ayuda a la sociedad a tomar decisiones. Y sólo con más y mejor información sabremos cómo salir de la crisis.