miércoles, 26 de enero de 2011

El volcán de sangre roja

Obispo. ¿En qué piensa cuando escucha esa palabra? Quizá le venga a la mente un hombre mayor de faldón largo que pontifica sobre la familia (que no tiene) y la sexualidad (que no ejerce). O probablemente se imagine a los obispos mexicanos más ruidosos de nuestro tiempo, como Onésimo Cepeda o Juan Sandoval Íñiguez. Para colmo, a partir de 2002, la figura del obispo se relaciona inevitablemente con el encubrimiento, debido a las sentencias judiciales en Estados Unidos, que obligaron a diversas diócesis de ese país a pagar alrededor de mil millones de dólares en indemnizaciones por abusos sexuales cometidos por sacerdotes y solapados por los obispos. Obispo es una palabra con olor —a incienso—, con color —violeta—, con carácter —circunspección—, pero principalmente con significado: pretérito. Son la reminiscencia de un poder que no se elige, sino que se transmite por imposición de manos en una sucesión que viene del pasado mítico de cuando Jesucristo dijo a Simón “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Pues bien, despeje un momento su mente y piense en un hombre que después de rezar la liturgia de las horas se calzaba tenis y salía a correr dos kilómetros. Los ejercicios espirituales y físicos, además de la jalea real en el desayuno, le daban lucidez para las actividades del día, entre las que podían estar una partida de ajedrez con Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, o una prolongada charla con su antagonista Fidel Velázquez, líder vitalicio de la CTM. Mejor aún: la intermediación en un secuestro de alto impacto como el de Rubén Figueroa, equivalente al que vivimos en 2010 con Diego Fernández de Cevallos. O quizá enfrentar un interrogatorio del Santo Oficio (sucesor de la Santa Inquisición) y, mientras tanto, disfrutar un habano enviado por Fidel Castro. Eso sin descartar la visita a algún pueblito de su diócesis para presidir una asamblea en donde las preguntas que debía contestar eran del tipo de ¿los cristianos debían ser socialistas?, ¿los policías judiciales que torturaban a los opositores debían ser excomulgados?

Se trata de Sergio Méndez Arceo (1907-1992), el séptimo obispo de Cuernavaca y quizá el prelado mexicano más relevante del siglo XX. Lo recuerdo porque el México de nuestros días se puebla de la presencia, las declaraciones, y sobre todo la acción de los obispos contemporáneos y porque otro obispo, el arzobispo cardenal de Cracovia Karol Wojtila, se enfila a los altares. Sandoval Íñiguez, cardenal de Guadalajara, acusa a los ministros de la Corte de estar “maiceados” para validar el aborto; Onésimo Cepeda enfrenta un juicio por fraude procesal; el boletín semanal de Norberto Rivera tacha de “talibanes laicistas” a quienes se oponen a que haya educación religiosa en las escuelas. Y, discretamente, los obispos doblegan a los gobernadores para que penalicen el aborto en las constituciones de los estados. Los obispos de México, en su mayoría, han sido fieles al molde que impone Roma. El Episcopado mexicano actual responde al gusto de Juan Pablo II (que nombró a casi todos), el papa televisivo que “llenó los estadios y vació las iglesias”, como dice el lugar común entre los clérigos.

Pero si pensamos en esos obispos no podremos imaginar a Sergio Méndez Arceo, ni siquiera al relativamente joven sacerdote de 45 años que fue consagrado en 1952 por el conservador Pío XII gracias a sus credenciales de tradicionalista. Para entonces era ya doctor en historia de la Iglesia y autor de la más completa historia de la UNAM. Entre sus amigos estaban el historiador Silvio Zavala y el pintor prosoviético David Alfaro Siqueiros. Y aunque ya destacaba por su perfil intelectual, estaba aún lejos de adquirir la relevancia de décadas posteriores.

En Los volcanes de Cuernavaca. Méndez Arceo, Lemercier, Iván Illich (La Jornada ediciones, 2007), Lya Gutiérrez Quintanilla reconstruye los pasos de Méndez Arceo por medio de entrevistas con sus amigos y colaboradores. El propio Méndez Arceo concedió una entrevista extensa a Gabriela Videla que se convirtió en Un señor obispo (Correo del Sur, 1982 y Juan Pablos Editor, 2010), volúmenes de donde obtengo los datos para esta nota.

Méndez Arceo, para sus detractores “el obispón rojo” o “Méndez Ateo”, decía que se había vuelto progresista porque había optado por la historia y no por las matemáticas, su otra vocación temprana: “Me doy cuenta de lo relativo de la Iglesia, aprendo que no es absoluta”. A los pocos años de llegar a la diócesis encabezó su primer escándalo: quitó los altares neoclásicos de la catedral de Cuernavaca y bajó a la Virgen María del centro del altar, pues como buen reformador miraba con suspicacia tanto la religiosidad popular como la excesiva veneración a la Virgen María (que algunos como Hans Küng llaman “mariolatría”). En la restauración de la Catedral quitó las imágenes de los santos, puso a Cristo al centro y dispuso el altar de manera que el sacerdote estuviera de frente a los feligreses, aun antes del Concilio Vaticano II. Por ello, la primera acusación que se ganó fue de protestante, aunque las molestias se atemperaron cuando quedaron al descubierto unos frescos del siglo XVI en las paredes del templo.

De ahí en adelante no dejaría de ser polémico. Sólo para hacer un breve repaso de sus desafíos: admitió y protegió el convento de Gregorio Lemercier, el fraile benedictino que introdujo el sicoanálisis para tratar a quienes entraban de monjes, así como al Centro de Documentación del intelectual Ivan Illich, uno de los teólogos más críticos de la Iglesia católica. El Vaticano terminaría por cerrar ambos centros. Méndez Arceo llamó a misa el 2 de octubre de 1969, para recordar a los caídos en la matanza de Tlatelolco. En una época en que era tabú, insistía en que se reformara el artículo 130 constitucional, que impedía a los sacerdotes opinar sobre política; e impulsó el sindicalismo independiente, por lo que se enfrentó con Fidel Velázquez, quien amenazó con movilizar a decenas de miles de obreros a Cuernavaca. En algún momento Adolfo López Mateos lo había llamado “mi distinguidísimo enemigo”.

Cuando le preguntaban si era rebelde o liberal, respondía que no, que era libre. Esa libertad la llevaba hasta los detalles de la vida diaria. No tenía chofer porque, decía, no le gustaba que lo manejaran, y ni su secretaria conocía su agenda. Y fue libre de Roma, del gobierno mexicano y de la izquierda misma. Sólo le fue leal a su conciencia, y su conciencia no se alimentaba sólo de las oraciones, sino que se nutría principalmente de pensamiento. Poco a poco, Méndez Arceo recorrió el camino pendular de la conversión hasta el socialismo, y no me refiero al socialismo que se promueve en nuestros días por el espectro de la izquierda oficial que va de Hugo Chávez a José Luis Rodríguez Zapatero, sino un socialismo plenamente rojo. Decía Méndez Arceo: “En la variedad dialéctica del pensamiento marxista, se puede ser católico fiel a Jesucristo y marxista”. Se las arregló para ser ambas cosas a la vez. Si acaso, para ello tuviera que pasar por alto una de las principales tesis de Marx, de que toda religión es ideológica, una creencia no sustentada. Pero Méndez Arceo declaró que podía vivir con la contradicción: “No soy marxista, pues todos los aspectos del marxismo no lo puedo asumir como Obispo… aunque (sí) los puedo asumir como pensador”, y en efecto, adoptó un socialismo de sazón latinoamericano, marcado por las teorías de la dependencia y el colonialismo.

Fue, además, feminista: “soy un converso tardío a la liberación de la mujer… no me opongo a que una mujer sea ministro-sacerdote, pero va a tardar mucho; si ordenaran mujeres, pronto ningún hombre se querrá ordenar”, y del aborto, añadía: "los cristianos no debemos pretender imponer por ley la moral. El aborto no debe ser aconsejado como un medio, pero sí debemos prescindir de posiciones condenatorias simplistas”

Pero lo que más le preocupaba a la jerarquía católica mexicana y al gobierno era su buena relación con la izquierda internacional. Méndez Arceo era amigo de Fidel Castro y de Daniel Ortega (en su primera época); acudía a encuentros socialistas en Chile aun antes de que Salvador Allende ganara la elección; era referente para el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal; fue impulsor de que los obispos de América Latina asumieran el discurso de la Teología de la Liberación en el Encuentro de Medellín de 1968, y era la cabeza de los obispos progresistas de México, que en ese entonces eran más que ahora, y entre quienes estaban Arturo Lona, Bartolomé Carrasco, Samuel Ruiz y José Llaguno.

Ahora podrían parecernos sucesos menores, pero el México de hace sólo 30 años era extremadamente distinto. País de simulación, aun cuando había elecciones sólo ganaba un partido, el PRI, y aun cuando había tres poderes, sólo el Presidente de la República tomaba decisiones. Desafiar al poder era cosa seria, y quienes se atrevían podían dar con sus huesos en la cárcel, desaparecer para siempre o condenarse a la marginalidad. Méndez Arceo, que se convirtió en vocero de las causas perdidas, era ya un obispo, y ni Roma podía quitarle ese grado, y optó por dejar las cosas como estaban: ni lo trasladó a otra diócesis ni lo promovió a arzobispo o cardenal.

Pero, aun cuando Méndez Arceo era simpatizante de las revoluciones de Nicaragua y Cuba, disuadía a sus sacerdotes a irse de guerrilleros. Su relación con la guerrilla fue más bien ambigua. Grupos guerrilleros de Guerrero realizaban secuestros espectaculares: Genaro Vázquez había dirigido el rapto de Jaime Castrejón Diez, rector de la Universidad de Guerrero. Méndez Arceo aceptó ser el intermediario en la negociación. Cuentan que impostaba la voz y cubría el auricular con un pañuelo cuando hablaba por teléfono. Condicionaba la entrega del dinero a que las víctimas hubieran sido liberadas previamente, y luego recibía el dinero en alguna iglesia de su diócesis, lo contaba –con guantes— para verificar que estuviera completo y luego lo mandaba arrojar a alguna barranca, a donde la guerrilla lo recogería. Así hizo también con el secuestro de Rubén Figueroa Figueroa, que fue liberado por el ejército cuando sólo se habían pagado 25 de los 50 millones pactados al grupo que dirigía Lucio Cabañas. Y aun cuando había aceptado interceder, estaba en contra de los secuestros políticos, como se lo hizo saber al propio Cabañas en una carta y como lo declararía en público: “los tenemos que reprobar por ser un lenguaje totalmente ambiguo, sin eficacia movilizadora para el pueblo, provocadores de represalias en serie contra el mismo pueblo”.

Méndez Arceo presentó su renuncia a la diócesis de Cuernavaca a sus 75 años, el 28 de octubre de 1982. Y ahí se vio qué prisa tenía el Vaticano para despedirlo: apenas iba al volante de su coche en la carretera a Cuernavaca, cuando la renuncia ya se había admitido (a los obispos bien portados los dejan uno o dos años más). Se recluyó a pasar sus últimos 10 años en un convento, a donde lo acompañó su gato de nombre Tres Marías y sus libros. Murió en la Ciudad de México, a donde había ido a una consulta médica a la que no llegó.

sábado, 15 de enero de 2011

Alejandro Encinas: El delfín de AMLO (perfil publicado en Enfoque, Reforma, el 9 de marzo de 2008)

La biografía de Alejandro Encinas resume las contradicciones por las que atraviesa el PRD: es un conciliador que adopta posiciones radicales para estar cerca de Andrés Manuel López Obrador; un ex comunista que facilita la relación de su partido con el empresario Carlos Slim; un militante fichado por el régimen priista que cultivó una fecunda amistad con Luis Donaldo Colosio; un político que hizo carrera en el estado de México -donde fue candidato a gobernador- a pesar de que mantiene su residencia en el Distrito Federal y un deportista de juventud que ahora pesa 108 kilogramos.
Alejandro Encinas ha recorrido los caminos de la izquierda partidaria. Fue militante del Partido Comunista, fundador del PSUM, del PMS y el PRD.
En el Sol Azteca ha estado cerca de Porfirio Muñoz Ledo, Amalia García, Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador. Este último lo rescató en el año 2000 de la derrota electoral para jefe delegacional en Álvaro Obregón y lo nombró secretario de Desarrollo Económico de la ciudad.
Durante cinco años en los que fue su subordinado, entre 2000 y 2005, Encinas consolidó una relación política con López Obrador que mantiene hasta ahora.
Tras el paso por la subsecretaría y la secretaría de Gobierno, el 2 de agosto de 2005 se convirtió en jefe de Gobierno interino. Su inclusión al gabinete de López Obrador era un hecho si el tabasqueño hubiera ganado las elecciones presidenciales.


El más socialdemócrata

"Es un moderado que por pragmatismo toma una plataforma ultra", señala Fernando Belaunzarán, de Nueva Izquierda. Otro dirigente de esa corriente, que pide omitir su nombre por ostentar un cargo partidario, define a Encinas como "el más socialdemócrata de los que teníamos" y recuerda que en 1999 participó en un foro de discusión celebrado en Tlaxcala, convocado para discutir la fundación de Nueva Izquierda.
Pero Encinas decidió no pertenecer a ninguna de las tribus del PRD. En un partido en donde las corrientes se reparten los cargos y forman partidos al interior del partido, prefirió tener perfil propio.
Su principal activo político ahora es el respaldo de López Obrador. El apoyo, sin embargo, llegó con el lastre de los grupos incondicionales al "presidente legítimo", como Izquierda Democrática Nacional (IDN), dirigida por René Bejarano, la cual presionó a Encinas para nombrar a Dolores Padierna candidata a secretaria general, a lo que se negó Encinas.
"Una de las condiciones que he planteado a mis compañeros es que tenemos que hacer un rediseño de toda nuestra vida institucional. Llegó a su fin el ciclo de la vida tribal del PRD. Necesitamos fortalecer al partido que lamentablemente ha estado subordinado a las corrientes. Yo, estando en la presidencial nacional, no voy a apoyar ni a fortalecer a ninguna", promete el candidato.


'Nosotros la perdimos'

Encinas no se siente cómodo con los calificativos de socialdemócrata o dialoguista. Prefiere definirse de " izquierda democrática", la cual, dice, viene de atrás. Pone como ejemplo 1986, cuando defendió el triunfo electoral del PAN en Chihuahua.
"Nosotros no avalamos el 'fraude patriótico' (a favor del PRI) como lo hizo el PST", sostiene acerca de la organización en donde militaba Jesús Ortega.
- Sus compañeros lo definen como un socialdemócrata, dialoguista, conciliador, ¿estar cerca de López Obrador no lo pone en contradicción con esta línea política?
- ¿Con mi perfil y mi personalidad política? Creo que no. Más que dialoguista, socialdemócrata, me considero un hombre de izquierda democrática. Por el contrario, creo que no he perdido mi capacidad para mantener relaciones muy diversas respetando la pluralidad que existe en mi partido y en el país.
- ¿Será Encinas un representante de López Obrador en la presidencia del PRD?
- No, López Obrador y yo somos parte de un mismo equipo y un mismo proyecto. En todo caso podemos estar impulsando un mismo proyecto político pero cada quien cumpliendo sus responsabilidades plenamente. Yo seré el único responsable de mis decisiones y de mi actuación al frente del partido.
En diciembre de 2006 Encinas anunció que escribiría un libro donde "sería implacable" en las críticas a la campaña de López Obrador. "No nos ganaron (la elección), nosotros la perdimos", adelantó a Reforma el 3 de diciembre de ese año. Pero el libro se quedó en el tintero.


El teléfono rojo

Si hay un momento del que se enorgullece Encinas es del 15 de septiembre de 2006. Por primera vez en la historia se temía que hubiera dos gritos en el Zócalo capitalino: el de Vicente Fox desde el balcón del Palacio Nacional y el de López Obrador en un templete en la plancha. Cada parte había dispuesto decenas de bocinas y amplificadores que sonarían al mismo tiempo. Ninguno estaba dispuesto a ceder.
Dos días antes, el 13 de septiembre, se trató de buscar una solución en la Secretaría de Gobernación. El subsecretario de Gobierno federal, Arturo Chávez, se reunió con el secretario de Gobierno de la ciudad, Ricardo Ruiz, uno de los hombres más cercanos a Encinas. La reunión se puso ríspida cuando el general Jorge Cuevas, subjefe operativo del Estado Mayor Presidencial, cuestionó que López Obrador pretendiera dar su propio grito.
-¡Pareciera que va a haber dos gritos! -reclamó el militar.
-El trabajo de esta comisión es asumir que habrá dos gritos y que no haya conflictos -respondió Ruiz.
La confrontación escaló esa noche, cuando el Estado Mayor pretendió ganar a los perredistas el arroyo vehicular que separa la plancha del Zócalo del Palacio Nacional. Los perredistas acamparon en la calle y ganaron el espacio.
En adelante, la solución dependió de Encinas y del secretario de Gobernación, Carlos Abascal. Durante todo el día intercambiaron llamadas por el teléfono rojo, el que nunca usó López Obrador y que ahora tampoco levanta Marcelo Ebrard.
Una llamada más ayudó a destrabar la situación: el general secretario de la Defensa, Clemente Vega, pidió a ambas posiciones bajar el tono de la confrontación. Vicente Fox cedió: daría el grito en Dolores Hidalgo, siempre y cuando López Obrador también se desistiera.
La condición del tabasqueño era que Encinas encabezara el grito. Desde el balcón del Ayuntamiento, con una campana colgada de una grúa, Encinas gritó "¡Viva la soberanía popular!" mientras Abascal, a su lado, recibía una rechifla.
"Tan no he perdido ese perfil (conciliador) que fui el único que mantuvo una interlocución permanente hasta el final en el gobierno de Fox en el momento más crítico en la historia reciente. Tuve la oportunidad y capacidad para resolver una de las más difíciles crisis políticas estando al frente de la Jefatura de Gobierno sin que se rompiera un solo cristal y sin que se desatara violencia, que hubiera generado quizá un conflicto mayor en todo el país", presume.


La oferta de Fox

Dos veces ha recibido invitaciones para incorporarse a gobiernos no perredistas: en 1994 y en 2000. El último regente priista, Óscar Espinosa Villarreal, lo quería al frente de la Secretaría del Medio Ambiente. El primer Presidente de la alternancia, el panista Vicente Fox Quesada, le ofreció en noviembre de 2000 encabezar la misma dependencia a nivel federal.
El día que recibió la oferta, Encinas acudió a consultarlo a casa. Citó a sus amigos Ricardo Ruiz y Manuel Crisóstomo en su domicilio de Las Águilas, al poniente de la Ciudad de México. La primera en oponerse fue su esposa, María Nájera: "¿qué vas a hacer ahí?, ¿a que te ahorquen con el presupuesto?, ¿a que te marginen?", replicó. Sus dos colaboradores coincidieron en que la propuesta pretendía debilitar al PRD.
"Si hubiera habido un planteamiento que involucrara a mi partido sobre la lógica de conformar un gobierno de transición con un programa compartido probablemente hubiera aceptado. Pero es difícil aceptar una invitación para conducir una casa que no es de uno", reflexiona a ocho años de distancia.


Fichado por el Grupo Atlacomulco

El Partido Comunista apenas se había legalizado cuando Encinas entró a sus órganos de dirección en el estado de México, a fines de los setenta. La represión era una constante para los jóvenes de izquierda.
Encinas entró en 1980 a la Universidad Autónoma de Chapingo a impartir cursos de actualización de profesores. Se afilió al sindicato y obtuvo el cargo de secretario de Trabajo y Conflictos, desde donde promovió una huelga y se vinculó con los movimientos obreros de las fábricas de los municipios conurbados.
Hoy, al municipio de Ecatepec de un millón 600 mil habitantes lo gobierna un simpatizante de Encinas, el perredista José Luis Gutiérrez Cureño. En 1980, cuando Encinas era el encargado de su partido en ese municipio, había una sola célula comunista, integrada por la familia López.
A los 25 años, además de asistir a las reuniones políticas, su labor como militante consistía en vender el periódico del partido en los portales de Toluca y a las puertas de las fábricas.
En una de esas jornadas, recuerda un compañero de aquellas faenas, los detuvieron y los sometieron a bordo de una camioneta. Les pusieron el cañón del rifle en la nuca y los amenazaron con trasladarlos al Campo Militar Número Uno.
A pesar de la represión, Encinas forjó ahí su carácter dialoguista. Como integrante de la dirección estatal del PSUM acudía a las reuniones con los funcionarios de los gobernadores Alfredo del Mazo e Ignacio Pichardo Pagaza.
En una reunión con el subsecretario de Gobierno, Gerardo Ruiz Esparza, Encinas preguntó: "¿A poco sí nos tienen fichados?" Condescendiente, Ruiz Esparza -ahora secretario de Comunicaciones de Enrique Peña Nieto- les mostró gruesos expedientes.
En las fotografías aparecían rodeados en círculos y apuntados con flechas. Se indicaba las fechas de las reuniones, sus encuentros con dirigentes nacionales, sus actividades en sindicatos y colonias.
En 1993 Encinas se enfrentó cara a cara con el Grupo Atlacomulco. Fue candidato a gobernador del estado de México contra Emilio Chuayffet. Desde ahí resintió la división en el PRD. En las poblaciones donde los grupos perredistas estaban inconformes con su candidatura los mítines eran de 30 personas.
En 2006, a su salida de la Jefatura de Gobierno, anunció que cambiaría su domicilio electoral a Texcoco. De ganar la presidencia del PRD, obtendría el impulso para disputar nuevamente la gubernatura en 2011.


El amigo de Colosio

La nochebuena de 1985 falleció el histórico líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, quien había sido electo diputado a la LIII Legislatura, y la curul la ocupó su suplente, el joven dirigente Alejandro Encinas, quien iniciaría ahí una amistad con el diputado priista Luis Donaldo Colosio.
"Tuvimos una muy buena relación que nació de nuestro trabajo parlamentario. Siempre mantuvimos una relación de mucho respeto y si bien no teníamos las mismas posiciones políticas, construimos una muy buena relación de amistad", recuerda.
Regresó a la Cámara de Diputados en 1991 y presidió la Comisión de Asentamientos Humanos y Obras Públicas. Promovió una Ley General de Asentamientos y convenció a Colosio, secretario de Desarrollo Social, de que la iniciativa la presentaran los diputados en vez del Ejecutivo. Fue de las pocas que obtuvieron unanimidad en el salinismo.
"Tuvo muchas implicaciones políticas. Me importaba sacar una ley desde una de las primeras comisiones que presidíamos desde la izquierda. Él por supuesto tenía interés como parte de su posicionamiento hacia la sucesión presidencial", dice.


El 'fullback'

En el futbol americano, el fullback es la pieza que rompe las líneas defensivas y abre el paso al corredor más veloz, al que anota los touchdowns. En los equipos universitarios de la preparatoria 8 Encinas jugaba esa posición.
El mayor de cuatro hermanos, la infancia de Encinas transcurrió en la colonia San Miguel Chapultepec, en un departamento de la calle Gelati donde ahora vive su hermana Carmen.
En la Facultad de Economía de la UNAM, Encinas inició su militancia en el Grupo Estrategia, dirigido por los marxistas Fernando Carmona, Alonso Aguilar y Jorge Carrión.
La única vez que se ha rasurado fue en enero de 1980, cuando tramitó la credencial de la Universidad de Chapingo. A los 22 años su barba era larga y castaña. Hoy la luce recortada y la edad la ha teñido de gris.
En su oficina de la Fundación para el Fortalecimiento de los Gobiernos Locales, que preside, reposan las obras completas de Benito Juárez, las novelas de Julieta Campos y libros de medio ambiente y desarrollo sustentable.
En su escritorio deja su computadora portátil y a las giras se lleva una agenda electrónica. Para escribir prefiere las plumas fuente, que recarga con tinta sepia.
Comedor de fritangas, quesadillas y tostadas, devorador de carnes, Encinas bebe poco: dos o tres cubas de bacardí blanco para acompañar la comida o coca cola de dieta.
Sus gustos musicales son los boleros, el jazz y el blues, en especial Muddy Waters, y es aficionado al cine. Cuando se libera de la política opta por los viajes: Taxco, San Cristóbal de las Casas, la reserva de Montes Azules.
El próximo domingo, el fullback deberá romper una línea defensiva integrada por las corrientes perredistas que se oponen a López Obrador. Está seguro de ganar.
"Si ser radical es resolver los problemas de raíz, entonces soy radical", afirma.

Suplemento Enfoque, Reforma, 9 de marzo de 2008

lunes, 3 de enero de 2011

Roberto Bolaño o la invención de la realidad

-Estoy leyendo a Roberto Boleeno y me fascina. Estoy por terminar Los detectives salvajes -me dijo Joe Thompson.

La sola mención del escritor inglés animó a Matthew Hall, que terció en la plática: “Yo ya terminé Los detectives... y es una magnífica novela”.

El apacible otoño de 2009 estaba por concluir para dar paso a un crudo invierno. Ése día de octubre me tomaba mi primera cerveza con mis compañeros británicos de un posgrado en filosofía en la Universidad de Londres, en una cantina subsidiada por la universidad que daba precios benignos a sus estudiantes. Me fascinó que mi zona de encuentro con ellos fuera una obra literaria: Los detectives salvajes, la novela de un chileno escrita en Barcelona, pero ambientada primordialmente en la ciudad de México, y poblada de personajes que de cuando en cuando aparecían en revistas literarias mexicanas, como Mario Santiago Papasquiaro o los hermanos Méndez Estrada, que participan en la novela como Ulises Lima y Moctezuma y Pancho Rodríguez, respectivamente.

En la civilizada Europa de la posguerra, la narrativa latinoamericana fascina por razones distintas a las que nos fascina a nosotros. Un colombiano puede leer la historia de su país escrita en clave en Cien años de soledad; los mexicanos reconocemos en Comala la utopía de un pasado glorioso que se ha convertido en un yermo presente: el México rural. A los ojos de los lectores europeos, sin embargo, Macondo y Comala son fruto de la imaginación prodigiosa de escritores. Para mis compañeros de clase británicos, la sola mención de que Macondo cifraba la historia de América Latina era un disparate indigno de crédito. Así les pasó con Los detectives salvajes. Cuando les dije a Joe y a Matt que los poetas real-visceralistas caminaban aún por la ciudad de México y que a Piel Divina se le podía encontrar en París reaccionaron con tanto entusiasmo como escepticismo.



El mes pasado me tomé un café con Ramón Méndez Estrada, uno de los protagonistas del infrarrealismo, el movimiento que Bolaño presenta en su novela como “real-visceralismo” o “vice-realismo”. Ramón mismo ha contado la historia del movimiento en “Como veo doy, una mirada interna del movimiento infrarrealista” y “Rebeldes con causa”, ambos disponibles en internet. Ramón vive para la literatura desde la década de los setenta. Por escasa fortuna editorial, sólo cinco de sus libros han sido publicados, mientras 12 permanecen inéditos. Persiguiendo la huella de Bolaño en México, le pregunté por el movimiento infrarrealista, al que pertenecieron el propio Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro, los hermanos Méndez Estrada, Bruno Montané y una lista tan larga como abierta pues el infrarrealismo fue un grupo sin grupo; una actitud más que un movimiento; una reacción a la poesía academicista, a la influencia de Octavio Paz, y una reafirmación de la marginalidad como una resistencia frente a la institucionalización de la literatura.

Ramón dijo: Bolaño ha sido el mayor estratega de la literatura mexicana, y por eso inventó el movimiento infrarrealista, que habría de apuntalar su fortuna y fama (eso sí, después de años de penurias y trabajos de mesero, galopino, velador y cargador). Luego, recordó, Bolaño se fue a España a escribir novelas y acá se quedaron los infras. Al ser un movimiento sin membresía ni liderazgos se fue diluyendo. Mario Santiago y Cuauhtémoc Méndez murieron. Bolaño y Montané se fueron. Otros dejaron de escribir. Algunos, como José Vicente Anaya, se alejaron tempranamente. De la charla con Ramón me quedó una idea grabada: el infrarrealismo como invento de Bolaño. Encontró a los “soles negros” de la literatura mexicana, a los beatniks mexicanos que eran a la vez los poetas invisibles y apestados y los convirtió en un grupo, les dio una identidad literaria y alentó la creación de manifiestos y revistas. El infrarrealismo tuvo una existencia tan intensa como marginal en los setenta para desperdigarse luego.

Ramón comentó entonces que Bolaño, a veces irónicamente, ha sido comparado con Cervantes. Comentamos que una de las razones por la que se considera a El Quijote como la primera novela moderna es su capacidad de jugar con elementos de la ficción y la realidad. Don Quijote se cree las novelas de caballerías y sale a desfacer tuertos. Y es tal el éxito del primer tomo de la novela que el Quijote deja de pertenecer a Cervantes, tanto que se publica una versión apócrifa del segundo tomo firmada por Alonso Fernández de Avellaneda (y cuya identidad sigue en disputa por los filólogos).

La genialidad de Cervantes le da otra vuelta de tuerca a la importancia que ha adquirido su personaje. El Quijote, a su tercera salida (en el primer tomo hace dos salidas, la primera muy breve) se encuentra con su propia fama. Los personajes que lo topan han leído sus aventuras o han oído hablar de él y de su escudero. Ahora lo reconocen y lo quieren cerca, como los duques, que movilizan a su corte para atraer al caballero e inventan la ínsula Barataria para que Sancho Panza gobierne. Don Quijote se encuentra incluso con personajes de la novela de Avellaneda, a quienes les aclara que él es el verdadero caballero andante, y no el impostor de la novela de poca monta que anda por ahí. En el segundo tomo, don Quijote entra y sale de la realidad como si se apeara de Rocinante. Ya le pertenece a los lectores, y Cervantes entonces los incorpora como personajes de ficción, en un pago justo porque sus lectores han incorporado al Quijote a la realidad.

Y si la hipótesis de Ramón Méndez es correcta, de que Bolaño inventó el infrarrealismo con visión estratégica, entonces esa invención bastaría para celebrar su genio: Bolaño convirtió su creación política en una creación poética. Entendió que Mario Santiago, los Méndez Estrada, Piel Divina y él mismo eran personajes de ficción que vivían una vida prestada en las calles de la ciudad de México. Los detectives salvajes no es la crónica del infrarrealismo de los setenta, sino la concreción de un borrador literario que se había escrito 20 años atrás en las calles de la Condesa y las cantinas de Bucareli.