miércoles, 26 de enero de 2011

El volcán de sangre roja

Obispo. ¿En qué piensa cuando escucha esa palabra? Quizá le venga a la mente un hombre mayor de faldón largo que pontifica sobre la familia (que no tiene) y la sexualidad (que no ejerce). O probablemente se imagine a los obispos mexicanos más ruidosos de nuestro tiempo, como Onésimo Cepeda o Juan Sandoval Íñiguez. Para colmo, a partir de 2002, la figura del obispo se relaciona inevitablemente con el encubrimiento, debido a las sentencias judiciales en Estados Unidos, que obligaron a diversas diócesis de ese país a pagar alrededor de mil millones de dólares en indemnizaciones por abusos sexuales cometidos por sacerdotes y solapados por los obispos. Obispo es una palabra con olor —a incienso—, con color —violeta—, con carácter —circunspección—, pero principalmente con significado: pretérito. Son la reminiscencia de un poder que no se elige, sino que se transmite por imposición de manos en una sucesión que viene del pasado mítico de cuando Jesucristo dijo a Simón “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Pues bien, despeje un momento su mente y piense en un hombre que después de rezar la liturgia de las horas se calzaba tenis y salía a correr dos kilómetros. Los ejercicios espirituales y físicos, además de la jalea real en el desayuno, le daban lucidez para las actividades del día, entre las que podían estar una partida de ajedrez con Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, o una prolongada charla con su antagonista Fidel Velázquez, líder vitalicio de la CTM. Mejor aún: la intermediación en un secuestro de alto impacto como el de Rubén Figueroa, equivalente al que vivimos en 2010 con Diego Fernández de Cevallos. O quizá enfrentar un interrogatorio del Santo Oficio (sucesor de la Santa Inquisición) y, mientras tanto, disfrutar un habano enviado por Fidel Castro. Eso sin descartar la visita a algún pueblito de su diócesis para presidir una asamblea en donde las preguntas que debía contestar eran del tipo de ¿los cristianos debían ser socialistas?, ¿los policías judiciales que torturaban a los opositores debían ser excomulgados?

Se trata de Sergio Méndez Arceo (1907-1992), el séptimo obispo de Cuernavaca y quizá el prelado mexicano más relevante del siglo XX. Lo recuerdo porque el México de nuestros días se puebla de la presencia, las declaraciones, y sobre todo la acción de los obispos contemporáneos y porque otro obispo, el arzobispo cardenal de Cracovia Karol Wojtila, se enfila a los altares. Sandoval Íñiguez, cardenal de Guadalajara, acusa a los ministros de la Corte de estar “maiceados” para validar el aborto; Onésimo Cepeda enfrenta un juicio por fraude procesal; el boletín semanal de Norberto Rivera tacha de “talibanes laicistas” a quienes se oponen a que haya educación religiosa en las escuelas. Y, discretamente, los obispos doblegan a los gobernadores para que penalicen el aborto en las constituciones de los estados. Los obispos de México, en su mayoría, han sido fieles al molde que impone Roma. El Episcopado mexicano actual responde al gusto de Juan Pablo II (que nombró a casi todos), el papa televisivo que “llenó los estadios y vació las iglesias”, como dice el lugar común entre los clérigos.

Pero si pensamos en esos obispos no podremos imaginar a Sergio Méndez Arceo, ni siquiera al relativamente joven sacerdote de 45 años que fue consagrado en 1952 por el conservador Pío XII gracias a sus credenciales de tradicionalista. Para entonces era ya doctor en historia de la Iglesia y autor de la más completa historia de la UNAM. Entre sus amigos estaban el historiador Silvio Zavala y el pintor prosoviético David Alfaro Siqueiros. Y aunque ya destacaba por su perfil intelectual, estaba aún lejos de adquirir la relevancia de décadas posteriores.

En Los volcanes de Cuernavaca. Méndez Arceo, Lemercier, Iván Illich (La Jornada ediciones, 2007), Lya Gutiérrez Quintanilla reconstruye los pasos de Méndez Arceo por medio de entrevistas con sus amigos y colaboradores. El propio Méndez Arceo concedió una entrevista extensa a Gabriela Videla que se convirtió en Un señor obispo (Correo del Sur, 1982 y Juan Pablos Editor, 2010), volúmenes de donde obtengo los datos para esta nota.

Méndez Arceo, para sus detractores “el obispón rojo” o “Méndez Ateo”, decía que se había vuelto progresista porque había optado por la historia y no por las matemáticas, su otra vocación temprana: “Me doy cuenta de lo relativo de la Iglesia, aprendo que no es absoluta”. A los pocos años de llegar a la diócesis encabezó su primer escándalo: quitó los altares neoclásicos de la catedral de Cuernavaca y bajó a la Virgen María del centro del altar, pues como buen reformador miraba con suspicacia tanto la religiosidad popular como la excesiva veneración a la Virgen María (que algunos como Hans Küng llaman “mariolatría”). En la restauración de la Catedral quitó las imágenes de los santos, puso a Cristo al centro y dispuso el altar de manera que el sacerdote estuviera de frente a los feligreses, aun antes del Concilio Vaticano II. Por ello, la primera acusación que se ganó fue de protestante, aunque las molestias se atemperaron cuando quedaron al descubierto unos frescos del siglo XVI en las paredes del templo.

De ahí en adelante no dejaría de ser polémico. Sólo para hacer un breve repaso de sus desafíos: admitió y protegió el convento de Gregorio Lemercier, el fraile benedictino que introdujo el sicoanálisis para tratar a quienes entraban de monjes, así como al Centro de Documentación del intelectual Ivan Illich, uno de los teólogos más críticos de la Iglesia católica. El Vaticano terminaría por cerrar ambos centros. Méndez Arceo llamó a misa el 2 de octubre de 1969, para recordar a los caídos en la matanza de Tlatelolco. En una época en que era tabú, insistía en que se reformara el artículo 130 constitucional, que impedía a los sacerdotes opinar sobre política; e impulsó el sindicalismo independiente, por lo que se enfrentó con Fidel Velázquez, quien amenazó con movilizar a decenas de miles de obreros a Cuernavaca. En algún momento Adolfo López Mateos lo había llamado “mi distinguidísimo enemigo”.

Cuando le preguntaban si era rebelde o liberal, respondía que no, que era libre. Esa libertad la llevaba hasta los detalles de la vida diaria. No tenía chofer porque, decía, no le gustaba que lo manejaran, y ni su secretaria conocía su agenda. Y fue libre de Roma, del gobierno mexicano y de la izquierda misma. Sólo le fue leal a su conciencia, y su conciencia no se alimentaba sólo de las oraciones, sino que se nutría principalmente de pensamiento. Poco a poco, Méndez Arceo recorrió el camino pendular de la conversión hasta el socialismo, y no me refiero al socialismo que se promueve en nuestros días por el espectro de la izquierda oficial que va de Hugo Chávez a José Luis Rodríguez Zapatero, sino un socialismo plenamente rojo. Decía Méndez Arceo: “En la variedad dialéctica del pensamiento marxista, se puede ser católico fiel a Jesucristo y marxista”. Se las arregló para ser ambas cosas a la vez. Si acaso, para ello tuviera que pasar por alto una de las principales tesis de Marx, de que toda religión es ideológica, una creencia no sustentada. Pero Méndez Arceo declaró que podía vivir con la contradicción: “No soy marxista, pues todos los aspectos del marxismo no lo puedo asumir como Obispo… aunque (sí) los puedo asumir como pensador”, y en efecto, adoptó un socialismo de sazón latinoamericano, marcado por las teorías de la dependencia y el colonialismo.

Fue, además, feminista: “soy un converso tardío a la liberación de la mujer… no me opongo a que una mujer sea ministro-sacerdote, pero va a tardar mucho; si ordenaran mujeres, pronto ningún hombre se querrá ordenar”, y del aborto, añadía: "los cristianos no debemos pretender imponer por ley la moral. El aborto no debe ser aconsejado como un medio, pero sí debemos prescindir de posiciones condenatorias simplistas”

Pero lo que más le preocupaba a la jerarquía católica mexicana y al gobierno era su buena relación con la izquierda internacional. Méndez Arceo era amigo de Fidel Castro y de Daniel Ortega (en su primera época); acudía a encuentros socialistas en Chile aun antes de que Salvador Allende ganara la elección; era referente para el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal; fue impulsor de que los obispos de América Latina asumieran el discurso de la Teología de la Liberación en el Encuentro de Medellín de 1968, y era la cabeza de los obispos progresistas de México, que en ese entonces eran más que ahora, y entre quienes estaban Arturo Lona, Bartolomé Carrasco, Samuel Ruiz y José Llaguno.

Ahora podrían parecernos sucesos menores, pero el México de hace sólo 30 años era extremadamente distinto. País de simulación, aun cuando había elecciones sólo ganaba un partido, el PRI, y aun cuando había tres poderes, sólo el Presidente de la República tomaba decisiones. Desafiar al poder era cosa seria, y quienes se atrevían podían dar con sus huesos en la cárcel, desaparecer para siempre o condenarse a la marginalidad. Méndez Arceo, que se convirtió en vocero de las causas perdidas, era ya un obispo, y ni Roma podía quitarle ese grado, y optó por dejar las cosas como estaban: ni lo trasladó a otra diócesis ni lo promovió a arzobispo o cardenal.

Pero, aun cuando Méndez Arceo era simpatizante de las revoluciones de Nicaragua y Cuba, disuadía a sus sacerdotes a irse de guerrilleros. Su relación con la guerrilla fue más bien ambigua. Grupos guerrilleros de Guerrero realizaban secuestros espectaculares: Genaro Vázquez había dirigido el rapto de Jaime Castrejón Diez, rector de la Universidad de Guerrero. Méndez Arceo aceptó ser el intermediario en la negociación. Cuentan que impostaba la voz y cubría el auricular con un pañuelo cuando hablaba por teléfono. Condicionaba la entrega del dinero a que las víctimas hubieran sido liberadas previamente, y luego recibía el dinero en alguna iglesia de su diócesis, lo contaba –con guantes— para verificar que estuviera completo y luego lo mandaba arrojar a alguna barranca, a donde la guerrilla lo recogería. Así hizo también con el secuestro de Rubén Figueroa Figueroa, que fue liberado por el ejército cuando sólo se habían pagado 25 de los 50 millones pactados al grupo que dirigía Lucio Cabañas. Y aun cuando había aceptado interceder, estaba en contra de los secuestros políticos, como se lo hizo saber al propio Cabañas en una carta y como lo declararía en público: “los tenemos que reprobar por ser un lenguaje totalmente ambiguo, sin eficacia movilizadora para el pueblo, provocadores de represalias en serie contra el mismo pueblo”.

Méndez Arceo presentó su renuncia a la diócesis de Cuernavaca a sus 75 años, el 28 de octubre de 1982. Y ahí se vio qué prisa tenía el Vaticano para despedirlo: apenas iba al volante de su coche en la carretera a Cuernavaca, cuando la renuncia ya se había admitido (a los obispos bien portados los dejan uno o dos años más). Se recluyó a pasar sus últimos 10 años en un convento, a donde lo acompañó su gato de nombre Tres Marías y sus libros. Murió en la Ciudad de México, a donde había ido a una consulta médica a la que no llegó.

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