lunes, 3 de enero de 2011

Roberto Bolaño o la invención de la realidad

-Estoy leyendo a Roberto Boleeno y me fascina. Estoy por terminar Los detectives salvajes -me dijo Joe Thompson.

La sola mención del escritor inglés animó a Matthew Hall, que terció en la plática: “Yo ya terminé Los detectives... y es una magnífica novela”.

El apacible otoño de 2009 estaba por concluir para dar paso a un crudo invierno. Ése día de octubre me tomaba mi primera cerveza con mis compañeros británicos de un posgrado en filosofía en la Universidad de Londres, en una cantina subsidiada por la universidad que daba precios benignos a sus estudiantes. Me fascinó que mi zona de encuentro con ellos fuera una obra literaria: Los detectives salvajes, la novela de un chileno escrita en Barcelona, pero ambientada primordialmente en la ciudad de México, y poblada de personajes que de cuando en cuando aparecían en revistas literarias mexicanas, como Mario Santiago Papasquiaro o los hermanos Méndez Estrada, que participan en la novela como Ulises Lima y Moctezuma y Pancho Rodríguez, respectivamente.

En la civilizada Europa de la posguerra, la narrativa latinoamericana fascina por razones distintas a las que nos fascina a nosotros. Un colombiano puede leer la historia de su país escrita en clave en Cien años de soledad; los mexicanos reconocemos en Comala la utopía de un pasado glorioso que se ha convertido en un yermo presente: el México rural. A los ojos de los lectores europeos, sin embargo, Macondo y Comala son fruto de la imaginación prodigiosa de escritores. Para mis compañeros de clase británicos, la sola mención de que Macondo cifraba la historia de América Latina era un disparate indigno de crédito. Así les pasó con Los detectives salvajes. Cuando les dije a Joe y a Matt que los poetas real-visceralistas caminaban aún por la ciudad de México y que a Piel Divina se le podía encontrar en París reaccionaron con tanto entusiasmo como escepticismo.



El mes pasado me tomé un café con Ramón Méndez Estrada, uno de los protagonistas del infrarrealismo, el movimiento que Bolaño presenta en su novela como “real-visceralismo” o “vice-realismo”. Ramón mismo ha contado la historia del movimiento en “Como veo doy, una mirada interna del movimiento infrarrealista” y “Rebeldes con causa”, ambos disponibles en internet. Ramón vive para la literatura desde la década de los setenta. Por escasa fortuna editorial, sólo cinco de sus libros han sido publicados, mientras 12 permanecen inéditos. Persiguiendo la huella de Bolaño en México, le pregunté por el movimiento infrarrealista, al que pertenecieron el propio Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro, los hermanos Méndez Estrada, Bruno Montané y una lista tan larga como abierta pues el infrarrealismo fue un grupo sin grupo; una actitud más que un movimiento; una reacción a la poesía academicista, a la influencia de Octavio Paz, y una reafirmación de la marginalidad como una resistencia frente a la institucionalización de la literatura.

Ramón dijo: Bolaño ha sido el mayor estratega de la literatura mexicana, y por eso inventó el movimiento infrarrealista, que habría de apuntalar su fortuna y fama (eso sí, después de años de penurias y trabajos de mesero, galopino, velador y cargador). Luego, recordó, Bolaño se fue a España a escribir novelas y acá se quedaron los infras. Al ser un movimiento sin membresía ni liderazgos se fue diluyendo. Mario Santiago y Cuauhtémoc Méndez murieron. Bolaño y Montané se fueron. Otros dejaron de escribir. Algunos, como José Vicente Anaya, se alejaron tempranamente. De la charla con Ramón me quedó una idea grabada: el infrarrealismo como invento de Bolaño. Encontró a los “soles negros” de la literatura mexicana, a los beatniks mexicanos que eran a la vez los poetas invisibles y apestados y los convirtió en un grupo, les dio una identidad literaria y alentó la creación de manifiestos y revistas. El infrarrealismo tuvo una existencia tan intensa como marginal en los setenta para desperdigarse luego.

Ramón comentó entonces que Bolaño, a veces irónicamente, ha sido comparado con Cervantes. Comentamos que una de las razones por la que se considera a El Quijote como la primera novela moderna es su capacidad de jugar con elementos de la ficción y la realidad. Don Quijote se cree las novelas de caballerías y sale a desfacer tuertos. Y es tal el éxito del primer tomo de la novela que el Quijote deja de pertenecer a Cervantes, tanto que se publica una versión apócrifa del segundo tomo firmada por Alonso Fernández de Avellaneda (y cuya identidad sigue en disputa por los filólogos).

La genialidad de Cervantes le da otra vuelta de tuerca a la importancia que ha adquirido su personaje. El Quijote, a su tercera salida (en el primer tomo hace dos salidas, la primera muy breve) se encuentra con su propia fama. Los personajes que lo topan han leído sus aventuras o han oído hablar de él y de su escudero. Ahora lo reconocen y lo quieren cerca, como los duques, que movilizan a su corte para atraer al caballero e inventan la ínsula Barataria para que Sancho Panza gobierne. Don Quijote se encuentra incluso con personajes de la novela de Avellaneda, a quienes les aclara que él es el verdadero caballero andante, y no el impostor de la novela de poca monta que anda por ahí. En el segundo tomo, don Quijote entra y sale de la realidad como si se apeara de Rocinante. Ya le pertenece a los lectores, y Cervantes entonces los incorpora como personajes de ficción, en un pago justo porque sus lectores han incorporado al Quijote a la realidad.

Y si la hipótesis de Ramón Méndez es correcta, de que Bolaño inventó el infrarrealismo con visión estratégica, entonces esa invención bastaría para celebrar su genio: Bolaño convirtió su creación política en una creación poética. Entendió que Mario Santiago, los Méndez Estrada, Piel Divina y él mismo eran personajes de ficción que vivían una vida prestada en las calles de la ciudad de México. Los detectives salvajes no es la crónica del infrarrealismo de los setenta, sino la concreción de un borrador literario que se había escrito 20 años atrás en las calles de la Condesa y las cantinas de Bucareli.

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