martes, 22 de febrero de 2011

Del aeropuerto al hotel

Su sentido del humor no decae a pesar de las 10 horas de vuelo desde Buenos Aires y del escrutinio minucioso de cada una de sus maletas. El hombre que lo recoge en el aeropuerto, avergonzado por la revisión exhaustiva a la que fue sometido, improvisa una explicación sobre las consecuencias de la guerra contra el narcotráfico –o como se le llame al baño de sangre— que Calderón impuso desde el principio del sexenio. Pero él no la requiere. A su casa llegan Proceso y La Jornada. Es tanta la sangre que portan consigo, dice, que debe advertir a sus visitas que pueden mancharse los zapatos. Él conoce con detalle el último escándalo del país –el despido y la reivindicación de la conductora estelar de la radio— y el dolor que ha envuelto a los jóvenes, las mujeres, los periodistas y los defensores de derechos humanos de Ciudad Juárez. Pero entre los crímenes del México contemporáneo, el que lo ha conmovido más ha sido la matanza de 72 inmigrantes centro y sudamericanos en San Fernando, Tamaulipas. Él enarca las cejas y sus ojos verdes se vuelven géiseres profundos que se hunden hasta el corazón de la tierra. Ojos que han atestiguado la tortuosa pero interminable lucha de América Latina por su liberación del colonialismo europeo, de las dictaduras militares, del imperialismo estadounidense. Y con el conocimiento de esa lucha celebra las revoluciones de Medio Oriente, su reivindicación democrática y el hecho de que los fundamentalistas religiosos hayan sido marginados del liderazgo de esos pueblos rebeldes.

Por la energía de su voz pareciera mentira que hace apenas tres años se recuperó una vez más de una enfermedad mortal. “Soy los restos de mí mismo. Cada vez que viene la muerte y toca la puerta, le digo que ahora no, que estoy muy ocupado, que se ha equivocado de casa, y que debe ir a la puerta de al lado”, y mientras la muerte se carga a sus vecinos él sobrevive para seguir escribiendo, a mano, 10 o 15 veces cada texto, condenado a la vigilia si no le satisface un adverbio, con un perfeccionismo inevitable que le debe a la influencia de Virgo, su signo zodiacal. Por eso se alegra cuando debe aprobar las traducciones de sus libros a lenguas que desconoce como el persa, mandarín, alemán, y en esos casos sólo le resta felicitar al traductor por su excelente trabajo, pero se atormenta cuando debe revisar las versiones en inglés, francés, portugués o italiano, idiomas para él conocidos y en donde cuida la fidelidad con renovada desesperación.

El automóvil se aproxima al hotel. Debe llamar a Montevideo, dice, para confirmarle a su esposa que no ha sido decapitado. Libre hasta en los detalle de la vida diaria, se resiste a usar teléfono celular, aunque se asegura en la recepción de que su cuarto disponga de señal de Internet porque está en contacto con el mundo a través del correo electrónico. Invitado por el Gobierno de la Ciudad de México, que le otorgará la Medalla Bicentenario, Eduardo Galeano está en México.

martes, 8 de febrero de 2011

Las revoluciones de Medio Oriente

Después del derrumbe de Wall Street vino la resurrección de Wall Street. No se cumplió ninguno de los augurios fatales que pronosticaban revoluciones o grandes cambios epocales. 2007 fue el año de la gran crisis financiera mundial y el capitalismo efectivamente cayó, pero sólo para ser sustituido por el capitalismo. Si el sistema económico mundial sobrevivía a su más dura prueba, entonces parecía indestructible: ni siquiera los gobiernos de los Estados-nación se vieron seriamente afectados por el cataclismo, más allá de que aquí y allá algún partido político le entregara el poder a su rival.

Y de la nada surgieron las revoluciones de Medio Oriente. Empezó con un manojo de cables de Wikileaks que exhibían la corrupción de la familia gobernante en Túnez; después vino la autoinmolación de un vendedor de frutas, y entonces los tunecinos tomaron las calles: el autócrata Ben Ali prefirió salvar el régimen a cambio de entregar su cabeza y se refugió en Arabia Saudí. Pero Túnez, aun con sus altos estándares educativos y de vida, era una pieza sacrificable en el tablero de las dictaduras de Medio Oriente. Lo mejor estaba por venir: el levantamiento de los egipcios, que tomaron la Plaza de la Liberación para exigir la salida del dictador Hosni Mubarak y resistieron durante 12 días a las amenazas de los tanques y las agresiones de los golpeadores del régimen que les arremetieron con balas, piedras y látigos. La cadena se rompía por el eslabón más fuerte.

Se nos ha dicho que una generación post-ideológica habita el mundo. Decepcionados de la izquierda y la derecha, de las ideologías y de la política, los jóvenes han aceptado el papel de consumidores que les ha asignado un sistema de mercado. La sobrevivencia de Wall Street a la crisis financiera parecía confirmar esta tesis. Pero los levantamientos de Egipto y Túnez la ponen en duda: quienes están en la primera línea del estallido social son los jóvenes de la generación post-ideológica, los menores de 30 años que han crecido en un mundo unipolar dominado —cada vez menos— por Estados Unidos: los que no vieron la caída de la Unión Soviética ni sus atrocidades, pero sí han visto las torturas de los Abu Ghraib y las ejecuciones de civiles en Irak y Afganistán.

Por otro lado, la ola de levantamientos en Medio Oriente exhibe la hipocresía de Estados Unidos y de Europa, los principales colaboradores políticos y económicos de las dictaduras árabes. Para quedar bien con su opinión pública, tanto los Estados Unidos como la Unión Europea denuncian la opresión que padecen los cubanos bajo la dictadura de los Castro: al enfrentar a un país pequeño, sin recursos naturales ni importancia geopolítica, cumplen el expediente de fomentar la democracia y los derechos humanos fuera de sus fronteras. Pero no sólo callan, sino que apoyan peores violaciones a los derechos humanos cometidos por Mubarak, por Ben Ali, por Gaddaffi —que ahora se ha convertido en su guardacostas cazamigrantes—, por la monarquía de Marruecos, y por la familia Saud en Arabia. Estados Unidos le dio 40 mil millones de dólares a Hosni Mubarak y a su ejército, y le permitieron gobernar como Ali Babá a cambio de apoyo incondicional a Israel, mientras que la Unión Europea solapó su tiranía para no arriesgar el Canal de Suez, por donde recibe petróleo y gas.

Frente a los levantamientos, Estados Unidos —ahora con Barack Obama al frente— vuelve a exhibir su simpatía por las dictaduras: en lugar de presionar a Mubarak para que renunciara, ha decidido que se quede a la cabeza de su régimen cleptócrata, y que una transición sin libertades la conduzca el vicepresidente Omar Suleiman, ex jefe de los servicios de espionaje. Como si en México le hubieran encargado la transición a Miguel Nazar Haro.

Los estallidos sociales de Túnez y Egipto revelaron la debilidad de nuestras certezas: en el rincón del mundo en donde las dictaduras parecían más estables y sus ejércitos más invencibles, los jóvenes de la generación post-ideológica salieron a desafiar un orden político global, sustentado en la complicidad de las democracias de los países ricos con las dictaduras de los países pobres. Desmintieron de paso que la única oposición posible eran los fundamentalistas religiosos (el pretexto de los dictadores y sus cómplices demócratas) y nos enseñaron que los efectos de la crisis financiera mundial apenas están por verse.