martes, 8 de febrero de 2011

Las revoluciones de Medio Oriente

Después del derrumbe de Wall Street vino la resurrección de Wall Street. No se cumplió ninguno de los augurios fatales que pronosticaban revoluciones o grandes cambios epocales. 2007 fue el año de la gran crisis financiera mundial y el capitalismo efectivamente cayó, pero sólo para ser sustituido por el capitalismo. Si el sistema económico mundial sobrevivía a su más dura prueba, entonces parecía indestructible: ni siquiera los gobiernos de los Estados-nación se vieron seriamente afectados por el cataclismo, más allá de que aquí y allá algún partido político le entregara el poder a su rival.

Y de la nada surgieron las revoluciones de Medio Oriente. Empezó con un manojo de cables de Wikileaks que exhibían la corrupción de la familia gobernante en Túnez; después vino la autoinmolación de un vendedor de frutas, y entonces los tunecinos tomaron las calles: el autócrata Ben Ali prefirió salvar el régimen a cambio de entregar su cabeza y se refugió en Arabia Saudí. Pero Túnez, aun con sus altos estándares educativos y de vida, era una pieza sacrificable en el tablero de las dictaduras de Medio Oriente. Lo mejor estaba por venir: el levantamiento de los egipcios, que tomaron la Plaza de la Liberación para exigir la salida del dictador Hosni Mubarak y resistieron durante 12 días a las amenazas de los tanques y las agresiones de los golpeadores del régimen que les arremetieron con balas, piedras y látigos. La cadena se rompía por el eslabón más fuerte.

Se nos ha dicho que una generación post-ideológica habita el mundo. Decepcionados de la izquierda y la derecha, de las ideologías y de la política, los jóvenes han aceptado el papel de consumidores que les ha asignado un sistema de mercado. La sobrevivencia de Wall Street a la crisis financiera parecía confirmar esta tesis. Pero los levantamientos de Egipto y Túnez la ponen en duda: quienes están en la primera línea del estallido social son los jóvenes de la generación post-ideológica, los menores de 30 años que han crecido en un mundo unipolar dominado —cada vez menos— por Estados Unidos: los que no vieron la caída de la Unión Soviética ni sus atrocidades, pero sí han visto las torturas de los Abu Ghraib y las ejecuciones de civiles en Irak y Afganistán.

Por otro lado, la ola de levantamientos en Medio Oriente exhibe la hipocresía de Estados Unidos y de Europa, los principales colaboradores políticos y económicos de las dictaduras árabes. Para quedar bien con su opinión pública, tanto los Estados Unidos como la Unión Europea denuncian la opresión que padecen los cubanos bajo la dictadura de los Castro: al enfrentar a un país pequeño, sin recursos naturales ni importancia geopolítica, cumplen el expediente de fomentar la democracia y los derechos humanos fuera de sus fronteras. Pero no sólo callan, sino que apoyan peores violaciones a los derechos humanos cometidos por Mubarak, por Ben Ali, por Gaddaffi —que ahora se ha convertido en su guardacostas cazamigrantes—, por la monarquía de Marruecos, y por la familia Saud en Arabia. Estados Unidos le dio 40 mil millones de dólares a Hosni Mubarak y a su ejército, y le permitieron gobernar como Ali Babá a cambio de apoyo incondicional a Israel, mientras que la Unión Europea solapó su tiranía para no arriesgar el Canal de Suez, por donde recibe petróleo y gas.

Frente a los levantamientos, Estados Unidos —ahora con Barack Obama al frente— vuelve a exhibir su simpatía por las dictaduras: en lugar de presionar a Mubarak para que renunciara, ha decidido que se quede a la cabeza de su régimen cleptócrata, y que una transición sin libertades la conduzca el vicepresidente Omar Suleiman, ex jefe de los servicios de espionaje. Como si en México le hubieran encargado la transición a Miguel Nazar Haro.

Los estallidos sociales de Túnez y Egipto revelaron la debilidad de nuestras certezas: en el rincón del mundo en donde las dictaduras parecían más estables y sus ejércitos más invencibles, los jóvenes de la generación post-ideológica salieron a desafiar un orden político global, sustentado en la complicidad de las democracias de los países ricos con las dictaduras de los países pobres. Desmintieron de paso que la única oposición posible eran los fundamentalistas religiosos (el pretexto de los dictadores y sus cómplices demócratas) y nos enseñaron que los efectos de la crisis financiera mundial apenas están por verse.

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