miércoles, 30 de marzo de 2011

Acuerdo desinformativo

Eduardo Galeano me comentó hace unas semanas que a su casa en Montevideo llegaban un periódico y un semanario mexicanos: “Es tanta la sangre que traen, que le tengo que advertir a las visitas que pueden mancharse los zapatos”, me dijo. El Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia pareciera responder a una preocupación legítima: la violencia se ha convertido en el tema central de los medios de comunicación masiva desde el inicio del sexenio, cuando el presidente Felipe Calderón determinó en solitario –porque no lo consultó ni con el Congreso ni con la sociedad— emprender una guerra contra el crimen organizado.
En el transcurso de esa cobertura, en efecto, se han cometido excesos. Al difundirse narcomantas se les regala un espacio a la delincuencia organizada. Se les legitima como emisores de un mensaje. El extremo de esta falta de control fueron las entrevistas con José Jorge Balderas Garza, El JJ. El narcotraficante confeso daba su versión a los conductores estelares de la televisión con sus ropas y su petulancia de junior exitoso.
Según mi lectura, el Acuerdo pretende atender dos problemas distintos. Por un lado, proponer autocontroles para que los medios no se conviertan en voceros de la delincuencia organizada. Y en segundo lugar, quiere atender la censura del crimen organizado. El periodismo en Tamaulipas y Chihuahua, en Nuevo León y Sinaloa, se ha convertido en un oficio de alto riesgo. La libertad de expresión se encuentra limitada y no pocas veces anulada por el narcotráfico, que ya perdió el rubor de matar periodistas con impunidad. Ambos problemas, la sobreexposición de la violencia y la censura impuesta por el narco, son relevantes y deben ser resueltos. Pero no hay que confundirlos ni mezclarlos.
Convocados por Televisa y Televisión Azteca, a través de su Iniciativa México, 715 medios de comunicación firmaron el Acuerdo. Faltaron periodistas y medios de comunicación importantes –Gatopardo no lo suscribió— pero los convocantes atrajeron a medios de considerable influencia. Pero hay que leerlo críticamente. El Acuerdo es positivo en la apariencia pero regresivo en la sustancia. Hay puntos con los que es inevitable estar de acuerdo: el número uno, por ejemplo, que dice que la violencia del crimen organizado se debe condenar en todo momento. “Bajo ninguna circunstancia, los medios debemos justificar las acciones y los argumentos del crimen organizado y el terrorismo”. Naturalmente que no. Cuando un medio o cualquier individuo justifica las acciones del crimen organizado incurre en apología del delito, tipificada en el Código Penal. Si un medio de comunicación ha justificado las acciones y argumentos del crimen organizado, seguramente lo ha hecho bajo la amenaza de ese mismo crimen organizado que en ocasiones acude a punta de metralleta a las redacciones a imponer su criterio editorial. De lo contrario comete un delito. No es un tema que esté a discusión.
El punto número dos, “No convertirse en vocero involuntario de la delincuencia organizada” puede ser discutido en sus matices –si se usan o no palabras como “sicario”, “estaca”, “pozolero”, “encajuelado”, o si se desestima por completo la información que provenga de las fuentes criminales— pero tampoco merece una objeción normativa. Los puntos 5, 6, 7, 8 y 9 son igualmente válidos, incluso presentan innovaciones pertinentes para el periodismo mexicano: “No prejuzgar culpables”, “Cuidar a las víctimas y a los menores de edad”, “Alentar la participación y la denuncia ciudadana”, “Proteger a los periodistas” y “Solidarizarse ante cualquier amenaza o acción contra reporteros y medios”. Es innovador que se reconozca a los niños como las víctimas de atención prioritaria en la guerra y resulta urgente que los grandes medios nacionales se solidaricen con los medios locales del norte del país. Era un paso necesario reconocer la ausencia de protocolos para cuidar la integridad física y periodística de los reporteros que cubren el narco, ya como enviados o como reporteros en su propia localidad.
Las objeciones están en los puntos 3 y 4 del Acuerdo, que constituyen su contenido medular. El número 3 se intitula: “dimensionar adecuadamente la información” y llama a presentar la información en el contexto correcto “y en su justa medida”. Pide que se pondere de acuerdo con otros países y regiones. Incluso, se sugiere que se le confine a una determinada sección: “los medios debemos de establecer criterios para determinar en qué posición se debe ubicar la información vinculada a la delincuencia organizada”. En otras palabras, que los muertos del narco ya no invadan los espacios mediáticos que por derecho natural –en el declarativo periodismo mexicano— le corresponde a las declaraciones de los políticos. El número 4, “atribuir responsabilidades explícitamente”, pide que, siempre que el Estado actúe conforme a la ley en su acción contra el crimen, se debe dejar claro que la violencia proviene del crimen organizado.
El punto 3 es cristalino: el Acuerdo busca enfriar la cobertura del narcotráfico. Confinarla a la sección de interiores, archivar las fotografías de los muertos. Si se apunta que la cruzada de Calderón ha producido 34 mil cadáveres, hay que contextualizar que el envidiable Brasil tiene una tasa de homicidios más alta que el atribulado México. Se pide establecer una cuota de notas del narco y procurar mantenerla a la baja. Detrás de los propósitos explícitos del Acuerdo, se esconde una confesión terrible de los medios: la guerra del narco no es tan grave. En parte la hemos inventado nosotros con nuestra insistencia en los cárteles, en las ejecuciones, en los alias de los capos. La muerte en México, vista en el contexto latinoamericano, debería ser una preocupación menor. El punto cuatro nos pide, con otras palabras, no llamar a esta guerra “La guerra de Calderón”. Las balas y los muertos los ponen los criminales, no el gobierno, es el mensaje. Eso queda claro con la lectura del “Punto de partida” con el que se inicia el Acuerdo: “puede y debe debatirse si la forma que el gobierno ha decidido combatir al crimen organizado es la adecuada. Pero este debate tiene que partir del reconocimiento de la obligación constitucional que tiene el gobierno de cumplir y hacer cumplir la ley”. Esta idea se ratifica en los párrafos finales con el encabezado “Respaldo social”, que se presentan como una aportación de los ciudadanos que vigilan y atestiguan el Acuerdo:

"Todos nosotros estamos conscientes de la obligación que tienen los órganos del Estado para combatir frontalmente a los grupos delincuenciales. Esta es una obligación constitucional y legal que no puede ni debe estar sujeta a compromisos o negociaciones. Por ello, esperamos que todos los actores políticos la reconozcan como tal y asuman el compromiso de no claudicar en su cumplimiento".

Calderón, nos dicen los redactores, no hace más que apegarse a la Carta Magna. “Combatir frontalmente” implica librar esa guerra –o dejar que los narcos la libren—. Otras alternativas despiden el hedor de la negociación con los criminales, nos insisten. Es obligación del resto de los políticos no sólo reconocerlo así sino “asumir el compromiso de no claudicar en su cumplimiento”: que la guerra contra el narco se adquiera como política transexenal, aun cuando no tengamos un solo indicador que nos permita saber si el Estado va ganando o perdiendo.
El problema del Acuerdo es que busca resolver un falso problema: México no necesita menos información sobre el narcotráfico, sino más y de mejor calidad. Una de las desventajas de la guerra es que prácticamente no sabemos nada de ella. No conocemos con precisión las razones por las que se declaró, pues Calderón ha dado diversas y contradictorias motivaciones. No sabemos cuál fue el diagnóstico, ni cuáles fueron los criterios para determinar avances o retrocesos. Ignoramos quiénes se hacen responsables de las decisiones tácticas y estratégicas, si el Secretario de Seguridad Pública, o el Secretario de la Defensa, o los secretarios de seguridad pública de los estados. Desconocemos los flujos de dinero del narcotráfico y su vinculación con la banca privada. No sabemos nada de los narcos de cuello blanco: los que lavan el dinero, los que cooptan a los políticos, los que ganan campañas electorales. Del trasiego de drogas en Estados Unidos también lo ignoramos casi todo. Los medios de comunicación han tratado de cubrir ese vacío informativo con el síntoma que está a la mano: las batallas en las calles, los ejecutados y el sadismo del narcotráfico. Leemos acerca de los sicarios, de los narcomenudistas, de los capos que saltan a la fama el día de su detención o muerte. Vemos pobres matando pobres. En su conjunto, pareciera que el narcotráfico está asociado a la pobreza y al norte del país, como si cada pueblo fuera un modelo para El Infierno, la película de Luis Estrada. El gobierno no ha podido o no ha querido atacar los tentáculos financieros y políticos del narcotráfico –o no ha informado sobre ello— y los medios tampoco han tenido la capacidad o la voluntad de investigarlo.
La cobertura del narcotráfico debe extenderse, profundizarse, profesionalizarse y protegerse. Enfriarla, confinarla a páginas interiores, no ayudará a comprenderla y a resolverla. Los problemas no se atenúan o desaparecen porque dejemos de mirarlos y hablar de ellos. El aumento en la violencia no es una exageración de los medios de comunicación sino una tendencia verificable que aumenta año con año a partir de 2007. Cierto, Brasil, Venezuela y Colombia presentan tasas mayores de homicidios, pero la desgracia ajena no puede servir de consuelo y ni siquiera de punto de comparación. Si queremos compararnos con Brasil entonces tenemos que preguntarnos por qué no crecemos a su ritmo aun cuando ellos padezcan una sangría mayor. Si queremos compararnos con Colombia tendríamos que cuestionarnos por qué en México no hemos metido a la cárcel a los legisladores y políticos que amparaban a los grupos paramilitares. La comparación con Venezuela es aún más resbalosa, porque los dos presidentes panistas se han obstinado en diferenciarse de Chávez y asumirse como demócratas. ¿O quieren compararse con un presidente que usaron para descalificar a López Obrador?
La decisión de bajar el nivel de la cobertura del narcotráfico no es más que un síntoma de que la estrategia fracasó. La guerra contra el crimen organizado fue la mayor apuesta política del sexenio y ahora se busca desestimarla. Calderón dice hoy que la principal política pública fue la infraestructura carretera. La mayor inversión en la historia del país, afirma. Otra evasión de la realidad. Su dilema es cómo llegar a las elecciones de 2012 sin reconocer una derrota. No hay cifras que nos digan que el narcotráfico recluta menos jóvenes, trafica menores cantidades de drogas, adquiere menos armas y obtiene menores ganancias. Por el contrario, los indicios apuntan a que el narco es un negocio tan próspero como antaño, pero ahora es cualitativamente más violento.
Si la estrategia fracasó hay que señalarlo. No hay que bajar el perfil de la cobertura sino mejorarlo. La información le ayuda a la sociedad a tomar decisiones. Y sólo con más y mejor información sabremos cómo salir de la crisis.

jueves, 24 de marzo de 2011

Anita

¿Qué se hace con las páginas de Facebook de los muertos? Se reparten los inmuebles y los muebles; se remata los trajes y los zapatos en las ventas de garaje; se tira a la basura los anteojos, las dentaduras postizas, las recetas médicas. En unos días los objetos que acompañaron a una mujer se dispersan, desaparecen o se guardan en cajas. Sus perros y gatos huyen, mueren de tristeza o se resignan a la nostalgia. En la sección de "eventos", Facebook me recordó hace unos días, el 9 de marzo, del cumpleaños de Ana Ortiz Angulo. Casi nunca escribió en su muro. No anotó el 8 de septiembre de 2008: "hoy he muerto. Mañana me velarán a partir de las seis de la tarde".

Al hacer apuntes para este blog advierto que mi caligrafía se parece cada día más a la suya: intrincada, vertical, poblada de vueltas innecesarias, de guiños sin destinatario. Me doy cuenta ahora de que mis aficiones e intereses poco a poco convergen con los suyos: el romanticismo musical, la historia de las ideas, la génesis del capitalismo y su crítica radical, la poesía modernista. Regreso a los lugares que ella me enseñó: las zonas arqueológicas del sur de México, las catedrales barrocas, las capitales europeas a las que recurría, los puestos de quesadillas en pueblos remotos en donde cada año se celebraba su llegada porque tras de su grueso cuerpo bajaban del autobús cuarenta adolescentes hambrientos. No sé si sigo sus pasos porque ella ya trazó el camino o porque espero encontrarla en la iglesia de Santa María Tonantzintla, en la cumbre de la pirámide del Enano Adivino o acampando en una playa virgen de Oaxaca o Quintana Roo.

La menor de una familia de cuatro hermanos, Ana Ortiz Angulo siempre pidió que le dijeran Anita. Sus alumnos llamaban a su casa y pedían hablar con "la doctora", por mostrar respeto ante sus familiares, pero cuando ella tomaba el teléfono era Anita solamente o, en casos extremos, "la doctora Anita", como ocurría en los exámenes profesionales. A los siete años perdió casi todo el cabello, y los pocos que le quedaron eran delgados y blancos como antiguas telarañas, porque fue sometida a un tratamiento radioactivo para tratar una enfermedad temprana. La cabeza cana le dio a su belleza infantil –rostro afilado, pómulos salientes, ojos verdes, nariz pequeña y redondeada— un aura de niña sabia. Sus primeros recuerdos estaban asociados a su padre, un ingeniero de minas que era a la vez filósofo y místico: Vicente Ortiz Liebich fue de los primeros mexicanos que se interesó en la filosofía india y escribió tratados sobre ella. Vicente siguió a José Vasconcelos en su campaña presidencial, a tal punto que el autor de Ulises criollo fue padrino de Anita. Conversador, nietzcheano, a la vez ateo y aficionado a la ouija, Vicente Ortiz cargaba con su hija menor y la llevaba a las minas de Durango, en donde ella pasaba días sin bañarse entre los campesinos y mineros. La muerte prematura de Vicente Ortiz, cuando Anita tenía apenas 12 años, la marcaría para siempre. "Sus alegrías nacen perturbadas porque ya no está su padre para atestiguarlas", escribió José Luis Perdomo Orellana sobre García Márquez y la misma frase puede aplicarse a Anita, que dedicaría los últimos años de su vida a escudriñar los archivos de su padre.

Apenas cumplió la mayoría de edad, Anita se fugó con el amor de su vida, José Ángel Ruiz Martínez, El Güero, peón en la hacienda de la familia Ortiz Angulo. Anita renunció a la comodidad de la vida burguesa que le ofrecía su madre y la cambió por el amor prohibido con un campesino que se había enrolado en el ejército para huir de la pobreza. Anita y El Güero se mantuvieron firmes a los intentos de soborno de Antonia Angulo, escaparon, se casaron a escondidas e iniciaron una familia. Aun cuando su madre aparentó perdonar la afrenta de su hija, nunca dejó de mirar a Güero como un ser inferior. Ese rompimiento fue un rito de paso para Anita. Su independencia material de la hacienda jalisciense le permitiría construir una autonomía intelectual y volverse marxista y revolucionaria. Pero eso ocurriría muchos años después, porque a la boda con Güerito la sucedieron seis hijos, cuatro mujeres y dos hombres, y la batalla cotidiana de alimentarlos, vestirlos, calzarlos y educarlos. Anita y Güero probaron suerte en Acapulco, vendieron café y comida, regresaron a la ciudad de México, adquirieron un pesero que Güero manejaba mientras Anita trabajaba en la biblioteca de la Facultad de Arquitectura poniendo orden a los archivos y las fotografías. Cuando el menor de sus hijos, Vicente Ténoch, entró a la primaria, Anita ingresó a la licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras. Tenía cuarenta años. De ahí labró una carrera académica que culminó con un doctorado en historia del arte con la investigación Definición y clasificación del arte popular, publicado por el INAH, al igual que su tesis de maestría, La pintura mexicana independiente de la academia en el siglo XIX.

La pasión secreta de Anita había sido la escritura. A los 13 años escribió una primera novela, y a los 17 su cuento, “El regreso a la tierra” fue premiado por un jurado compuesto por Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Francisco Monterde y Samuel Ruiz Cabañas. El premio consistió en la publicación de un volumen de cuentos, además de un poco de dinero que se le fue en comprar las obras completas de Dostoievski. Juan Rejano, editor cultural de El Nacional, le publicó durante años sus cuentos y José Mancisidor la alentó a seguir. A lo largo de su vida se publicaron en pequeños tirajes cuatro novelas y un número igual de colecciones de relatos. Entre sus novelas, mi preferida es Amor humano, divino amor, aunque me encanta Gumersindo Maldonado, el fracasado protagonista de En viernes perdimos otra vez.

A su muerte, escribí: "Alcanzó un altísimo nivel literario en sus piezas breves, como en 'El cantero' y 'Justicia costeña'. Si en las novelas era capaz de construir personajes complejos, en el cuento dominaba la contundencia y la concisión, y ahí brillaba su oído de gran escritora: las voces de sus personajes consiguen esa combinación de espontaneidad y poesía que tienen, por ejemplo, los de Juan Rulfo. Quizá, si quepa alguna crítica, ésta sería la de no experimentar con la vanguardia. Dominó el arte de narrar y construyó un estilo y una propuesta literaria propia, pero se mantuvo ajena a las tendencias experimentales de la literatura" (en http://loshijosdelaira.blogspot.com/2009/02/ana-ortiz-angulo-una-escritora-para-el.html).

En su narrativa un tema constante es la distancia entre la realidad y el sueño. Sus personajes se ven frente a la oportunidad de romper con su pasado. Algunos deciden reinventarse y empezar de nuevo, como el monje agustino de Amor humano, divino amor, mientras que otros sólo se permiten una vida paralela en la imaginación, como el loser Gumersindo Maldonado. Anita siempre creyó que había una segunda oportunidad para la humanidad y vio en Marx el sustento científico para ella. Sus hijos la recuerdan en 1968, cuando manejaba un Opel y en los semáforos en rojo los mandaba a repartir volantes a favor del movimiento estudiantil. Su obra teórica sobre el arte popular y sus ensayos didácticos, que van de la arquitectura prehispánica al liberalismo, se rigen por el análisis de clase y de los cambios impelidos por las masas.

Fue profesora universitaria cerca de 40 años –hasta que la enfermedad la retiró de las aulas— y obtuvo el premio Universidad Nacional, en gran parte por las prácticas de campo que organizó al sur de México, que le permitieron a miles de alumnos conocer el arte indígena y colonial. Anita no sólo les enseñó a apreciar las fachadas y los altares barrocos, sino a viajar y convivir en grupo. A veces era un solo autobús, a veces eran dos autobuses: de cuarenta a ochenta muchachos adolescentes que descubrían su país a través de las palabras de Ana Ortiz Angulo; aprendían a acampar, a organizarse en grupos para hacer de comer o lavar los platos. A los más responsables Anita les encargaba a sus nietos y ella se desentendía de esa otra prole de cinco o siete escuincles con los que arriaba en cada viaje. Anita hacía unas 15 excursiones al año además de unas 10 ó 15 salidas de un solo día a lugares alrededor de la ciudad, como Malinalco o Cacaxtla. "El que quiera oír la explicación, la doy arriba de la pirámide", advertía.

Durante años fumó todo el día. A veces también a lo largo de la noche, porque le gustaba amanecer jugando dominó con Güero, sus alumnos, yernos y nueras. Su marido sintió nostalgia por la tierra y regresó a Etzatlán a sembrar maíz. Anita entonces vivió con un hombre 40 años menor que ella, para escándalo de las buenas conciencias de la familia. Su último gran hallazgo fue una decena de cajas con la correspondencia de sus abuelos, tíos y su padre, Vicente Ortiz Liebich. Anita sistematizó las cartas, las transcribió y las anotó de manera que contaran la historia de Campo Morado, una próspera mina en Guerrero.

Anita vio a su hijo menor, Vicente Ténoch Ruiz Ortiz, enfermar de esclerosis lateral amiotrófica (ELA) antes de cumplir los cuarenta años. El tipo de ELA que afectó a Vicente Ténoch fue mucho más severa que la que postra a Stephen Hawking, el célebre físico que ha sobrevivido décadas a la rara dolencia. La ELA respeta el intelecto pero apaga los músculos. El cuerpo se va volviendo flácido y torpe hasta quedar inmóvil, sin poder hablar ni comer, sin fuerzas más que para parpadear o llorar: una celda de castigo para una mente en vuelo. A la muerte de Vicente Ténoch, Anita desarrolló también ELA o Mal de Lou Goering. Su elocuencia se transformó en mudez, sus suelas de viento –diría Verlaine— se convirtieron en cadenas. Tanto disfrutaba comer y su comida debía licuarse; tanto quería escribir pero su fuerza apenas le alcanzaba para unos teclazos; tenía tanto aún por decir pero sólo emitía murmullos.

Cito otra parte del texto que escribí a su muerte: “Ana Ortiz Angulo le robó a la escritura miles de horas, de días y de años. Se los quitó para regalarlos a sus hijos, a sus alumnos y a sus nietos, que nunca fuimos conscientes de que éramos los beneficiarios de un despojo. Hizo felices al Güero, a sus seis hijos, 16 nietos, seis bisnietos y a miles de alumnos. Su vocación literaria la prueba la escritura de su primera novela a la edad de 13 años y los cuentos que escribió días antes de morir, a los 79. No dejó de escribir nunca. Le interesaba publicar y ser leída, pero prefería dedicar los escasos minutos libres al nuevo cuento, a la próxima novela. Virginia Woolf decía que las mujeres, para profesionalizarse como escritoras, necesitaban un cuarto propio. Sus nietos invadimos ese cuarto una y otra vez. Necesitaba silencio y nosotros la llenábamos de ruido, de exigencias mundanas. No nos hacía saber que era escritora hasta que nos sorprendía con un nuevo libro, como si escribir fuera distracción en el tiempo libre. Anita fue, además, profesora, marxista, militante, historiadora. Su legado humano lo conservamos sus hijos, nietos y amigos. Su legado literario está al alcance de los lectores".

martes, 8 de marzo de 2011

Contra John Rawls

Para los que me preguntaron qué fui a hacer a Londres, aquí mi tesis de maestría, una crítica a la teoría de relaciones internacionales de John Rawls:

http://es.scribd.com/doc/50291714/Personhood-Usurped-Emiliano-rp