martes, 26 de abril de 2011

El desafío Sicilia

Felipe Calderón no había enfrentado un desafío como el que le plantea el poeta Javier Sicilia. Pero si el presidente de la República es sensible, podría aprovecharlo a su favor para salir del pantano en el que metió al país entero a través de la guerra contra el crimen organizado.

Juan Francisco Sicilia Ortega fue asesinado al lado de cuatro jóvenes y dos adultos en Temixco, Morelos, el 28 de marzo pasado. Con su muerte, la narrativa de la complicidad de las víctimas llega a un punto insostenible. Hasta ahora, ha prevalecido la versión oficiosa de que los muertos corresponden a alguno de los bandos criminales. Se habla oficialmente de 36 mil muertos. De ellos, se dice, un 10 por ciento son víctimas civiles. Si el 90 por ciento no son civiles, ¿qué son? Se ha usado el término civil como sinónimo de inocente o de daño colateral. De acuerdo con esa narrativa, ese 90 por ciento no son civiles y por tanto no son inocentes sino bajas de guerra. Su muerte no se investiga porque de antemano se les considera culpables.

En la guerra contra el narcotráfico se ha impuesto la metáfora de la salud y la enfermedad según la cual hay mexicanos podridos que deben ser removidos del tejido social (Calderón habló de una metástasis que había invadido el aparato de gobierno en sus tres niveles). Esta idea nos ha llevado a ver con naturalidad la limpieza social. De acuerdo con las versiones oficiales, la mayoría de las víctimas pertenecían a alguna de las partes enfermas del tejido social. De esa manera, con esas muertes pareciera que ganamos todos porque así hay menos delincuentes. En lugar de que los persiga la policía o el Ejército, los propios cárteles hacen el trabajo sucio de diezmarse, de limpiar el organismo enfermo. El Estado, mientras tanto, observa. No impide las ejecuciones ni las castiga. Asume la culpabilidad de los muertos y, peor aún, la conveniencia de la muerte.

Con el asesinato de Juan Francisco Sicilia, de 24 años al momento de morir, la metáfora de la enfermedad y la dicotomía inocente-culpable pierden sentido: queda claro que la limpieza social no resuelve el problema, no debilita a los cárteles ni devuelve la seguridad a las calles. Sus consecuencias objetivas son las opuestas: los cárteles se han armado más que nunca y cada que pierden efectivos disponen de un ejército de desempleados jóvenes por reclutar; rotan a sus mandos cada vez que se elimina a una de sus cabecillas y, lo más importante, mantienen intocada su estructura financiera. Las maletas de dólares del narcotráfico se reciben con los brazos abiertos en México y, principalmente, en Estados Unidos, en donde se queda el 90 por ciento de las ganancias de este negocio global.

Calderón planteó el combate militarizado al crimen organizado como su principal apuesta política pero nunca dio razones satisfactorias para llevar al país a la guerra. Habló de la metástasis en el aparato de Estado, pero más allá del fallido michoacanazo, los funcionarios de relevancia detenidos por complicidad con el narco se cuentan con los dedos de la mano. Luego dijo que había que evitar que la droga llegara a nuestros hijos. Jorge Castañeda y Rubén Aguilar (en el libro El narco, la guerra fallida) refutaron este punto, diciendo que el consumo en México no se había incrementado sustancialmente en años. Hoy, el gobierno federal argumenta que la militarización es imprescindible para devolver la seguridad a las calles. Castañeda y Aguilar sostienen también que, antes de la guerra, la violencia entre el crimen organizado y el Estado era de las más bajas de los últimos años (dato que se corresponde con una tasa decreciente de homicidios hasta 2007). Paradójicamente, ha sido la supuesta solución —la guerra contra el narco— la que ha generado la mayor violencia en México desde la década de 1910-1920. No sólo ha salido peor el remedio que la enfermedad, sino que ha sido el remedio el que ha provocado la enfermedad. Mientras el país se militariza, se queda impune el lavado de dinero, la protección política al narcotráfico y la muerte de los caídos. Cada ejecutado es una derrota del Estado de Derecho.

Para mala suerte de Calderón, Javier Sicilia entendió el martirio de su hijo como un llamado a la acción. El poeta pudo haberse retirado a la oración y al duelo, pero decidió salir a las calles a reclamar justicia y a exigir un replanteamiento de la estrategia gubernamental. En una época marcada por el descrédito de los políticos profesionales, Sicilia representa su opuesto: no quiere ser gobernador ni presidente, no tiene un negocio que pueda beneficiarse de su reciente notoriedad y ni siquiera aumentará significativamente la venta de sus libros porque su obra no está dirigida al gran público. Es un asceta que ve en la pobreza una virtud y que no pretende sólo que se resuelva el crimen de su hijo, sino que busca restaurar el tejido social —al que llama humus— a través de un gran pacto nacional.

Sicilia constituye un desafío singular a Calderón porque apunta al corazón del discurso presidencial y porque su autoridad moral es incuestionable. Por su voz se redimen los 36 mil muertos. Dejan de ser sospechosos para convertirse en víctimas de crímenes impunes y de una guerra estéril. Sin embargo, la vara que se impuso es muy alta. Convocó a una marcha desde Morelos a la Ciudad de México, que continuará en una caminata desde Ciudad Universitaria para concluir en una concentración en el Zócalo el 8 de mayo. Su convocatoria debe ser muy nutrida para que se tome en serio su planteamiento de fondo, el pacto nacional por la paz. Pero más allá de la asistencia a la marcha, el pacto nacional puede convertirse en la salida política de Calderón a la guerra. Sicilia tiene la autoridad para convocar al conjunto de los actores políticos a un pacto en donde se replantee la militarización del país y se exploren estrategias alternativas para atenuar la violencia. Calderón puede tomarle la palabra y hacer del pacto de Sicilia una agenda para salir de la emergencia nacional. Puede hacer suyo el pacto, convertirlo en política de Estado y evitar que la guerra fallida se imponga como el tema dominante en la sucesión presidencial.

viernes, 1 de abril de 2011

Samuel Ruiz García

“Desde Fray Bartolomé de las Casas nadie ha hecho tanto por los indígenas como don Samuel Ruiz García”, me dice Raúl Vera López acerca del obispo de grandes lentes de pasta y crucifijo de madera, que llevaba en el morral el Nuevo Testamento y en la mano un sleeping bag para volver menos agrestes las noches en la selva. Tímido para sonreír, reflexivo y pausado con las palabras, a don Samuel no le gustaba hablar de sí mismo, nunca levantaba la voz, pero con la misma calma con la que estudiaba la Biblia enfrentaba la muerte: en visitas pastorales se cayó dos veces del caballo, chocó otras tantas y, en una ocasión, se desplomó la avioneta en la que viajaba tras el despegue. Y así como no lo amedrentaron las costillas y clavículas rotas tampoco se arredró frente a las amenazas. Si un feligrés requería su presencia a medianoche, Samuel Ruiz acudía al llamado aun cuando el riesgo de un atentado contra su vida fuera particularmente alto y no pudiera acompañarlo nadie.

Sus padres, Maclovio y Guadalupe, se conocieron en la pizca al otro lado de la frontera. De acendrado fervor católico, se establecieron en Irapuato, pusieron una tienda de abarrotes y tuvieron cinco hijos, Samuel el primero en 1924. Alumno brillante desde el noviciado, fue enviado a Roma, en donde pasó nueve años y se doctoró en Sagradas Escrituras. De vuelta a México, cuando dirigía el Seminario de León, se convirtió en uno de los obispos más jóvenes en la historia del país. A los 35 años tomó posesión de la que entonces se llamaba diócesis de Chiapas, de 76 mil kilómetros cuadrados y 13 sacerdotes –tan sólo la parroquia de Ocosingo abarcaba un territorio mayor que El Salvador. Apenas un año antes, en 1958, la explotación en Los Altos de Chiapas había sido retratada con maestría por Rosario Castellanos en Balún Canán, célebre por sus escenas en donde los indígenas llevaban en andas a los caciques. Oriundo del Bajío cristero, uno de los proyectos del joven prelado era alfabetizar a los indios porque, “¿cómo iba a evangelizar en cuatro o cinco idiomas diferentes?”. Pero muy pronto habría de venir el Concilio Vaticano II, que convocó a los obispos del planeta entre 1962 y 1965 y que reformó la Iglesia católica como no había ocurrido en cinco siglos. El Concilio colocó a los pobres en el centro de la vida eclesial. Samuel abandonó la idea de imponer una Iglesia occidental y desarrolló entonces la teoría de una “Iglesia autóctona” encarnada en las culturas indígenas. A su dominio del inglés, francés e italiano, que hablaba con fluidez, y a su conocimiento filológico del latín, griego y hebreo, Samuel Ruiz sumó el tzotzil, tzeltal, chol y tojolabal. Hablaba las cuatro lenguas con llaneza y predicaba en las dos primeras. Armado con la “Teología India” –una vertiente de la Teología de la Liberación— don Samuel formó 15 mil catequistas y ordenó 341 diáconos permanentes, ministros de culto con casi todas las atribuciones sacerdotales pero con esposa y familia. Fue su manera de reconocer la visión indígena de una Iglesia sustentada en las comunidades de laicos. Para hacer frente a los abusos, Samuel fundó el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas.

Raúl Vera sostiene que, contrario a la campaña negra, Samuel Ruiz fue un hombre de una sola pieza: su visión y su acción eran la misma ya como obispo, ya como mediador, ya como defensor de derechos humanos y como amigo. El mismo testimonio me da David Murphy Ruiz, hijo de su hermana Luz María. Doña Lucha, por encargo de su madre, acompañó a Samuel a Chiapas desde que tomó posesión. David, el tercero de sus hijos, llegó a vivir al obispado a los siete años, tras el divorcio de sus padres. A partir de entonces, Samuel lo crió a él y a sus tres hermanos como si fueran sus propios hijos. David recuerda que los primeros años de su infancia Samuel les habló en inglés para que no perdieran la lengua de su padre, un misionero estadounidense. Aun cuando el obispado tenía once recámaras, recuerda David, don Samuel había adaptado su oficina en su propio cuarto, en donde trabajaba hasta la hora de la cena, a las ocho de la noche. Las pocas horas que le robaba al trabajo, Samuel hablaba a través de un radio de onda corta, con el que se comunicaba con radioaficionados de todo el mundo con el sobrenombre de Caminante. David recuerda que en casa estaba prohibido el caldo de pollo pues, cuando Samuel salía de visita pastoral, las comunidades indígenas recibían a Jtatic –padre en tzotzil— con el mejor plato que les permitía su pobreza, justamente caldo de pollo o de gallina. Y así como doña Lucha consintió este gusto, le cuidó la dieta con férrea disciplina porque don Samuel era diabético, aunque de vez en cuando se le escondía para comer dulces y fritangas.

En 1994, los caciques que acumularon rencores porque Caminante se había puesto del lado de los explotados, lo acusaron de ser el “Comandante Samuel” y de dirigir el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. La realidad era que Samuel se negó a que el zapatismo se montara en la estructura de la diócesis: el catequista que se quisiera ir con el levantamiento tenía que firmar su renuncia: “En realidad Marcos llega cuando hay un movimiento en marcha, entra a él, pero el movimiento es indígena”, le dijo a Lya Gutiérrez Quintanilla en una entrevista compilada en Los volcanes de Cuernavaca. Por su prestigio e integridad, Samuel fue la única figura que garantizó una mediación con el zapatismo, a tal grado que los diálogos de paz se celebraron en la catedral de San Cristóbal. Fueron las épocas en que se agudizaron las amenazas contra su vida: el gobierno le asignó seis escoltas y le dio un coche blindado, que Samuel aceptó después de muchas resistencias. Una mañana de fin de semana, un alto funcionario lo encontró caminando hacia su obispado, solo, sin coche ni escoltas.

--¿Y el coche blindado que le dimos, don Samuel? –le preguntó.

--No cabe en la cochera del obispado. Lo dejo en un estacionamiento que está a tres cuadras y me vengo a pie.

El nombramiento de Raúl Vera como su obispo sucesor en 1995 tranquilizó a quienes pensaron que Roma sepultaba así la opción preferencial por los pobres, pero se llevaron una decepción cuando vieron que las comunidades indígenas convirtieron a Raúl Vera López en un seguidor de la línea pastoral de Caminante. Raúl recuerda cómo los ojos de los indígenas se iluminaban cuando el obispo visitaba sus comunidades. Samuel tenía una memoria enciclopédica sobre su diócesis, de la que conocía cada historia y actor. Y, fiel al Concilio Vaticano II, estaba abierto al diálogo con los no católicos: se distinguió por defender a los evangélicos de San Juan Chamula, expulsados por católicos tradicionalistas, --los protestantes lo llamaban “nuestro obispo”— y oraba con musulmanes y judíos. Pero la enorme autoridad moral que ostentaba como prelado, mediador y amigo no lo volvió un hombre autoritario. Raúl Vera recuerda que Samuel consultaba cada decisión con él y con su equipo, y cuando escuchaba ponía toda su atención en el hablante.

Raúl Vera no simuló su “samuelismo” y el Vaticano revocó su nombramiento de sucesor en Chiapas, y lo mandó a Saltillo. Cuando Raúl le dio la noticia a Samuel fue la única vez que lo vio intranquilo, pero en media hora ya estaba ideando soluciones. Fiel a Roma, don Samuel no sólo no protestó por el nombramiento del conservador Felipe Arizmendi, sino que, una vez que se aceptó su renuncia, se marchó de la diócesis para no hacerle sombra. Se mudó a Querétaro, aunque mantuvo una pequeña oficina en la ciudad de México, en cuyas paredes colgaban retratos de Óscar Arnulfo Romero, Sergio Méndez Arceo y los jesuitas asesinados por militares salvadoreños. “No quiero robarle a los pobres lo que todavía me queda de energía para trabajar por ellos”, justificaba su agenda de trabajo cuando ya pasaba los 80 años. En lugar de la utopía que la generación de teólogos de la Liberación quisieron construir, don Samuel veía que el mundo que se convertía en un gigantesco mall, no de ciudadanos sino de consumidores, en donde el 80 por ciento de la población estaba excluida. Frente a ello, predicaba una solidaridad evangélica basada en la distribución equitativa de los bienes y la promoción de los pueblos. Murió el 24 de enero y sus exequias duraron tres días. El Subcomandante Marcos escribió: “Ahora que está de moda condenar a la Iglesia por los crímenes, desmanes, comisiones y omisiones de algunos de sus prelados, sería bueno mirar hacia abajo y encontrar a quienes, como don Samuel, desafiaron y desafían al poder, porque estos cristianos creen que la justicia debe reinar también en este mundo”.