lunes, 9 de mayo de 2011

Vuelta al Zócalo

La sociedad civil recuperó el Zócalo capitalino el domingo 8 de mayo. Era una plaza perdida, no porque la hubiera ganado el crimen organizado, sino porque estaba habitada por la desmoralización. Recordemos las imágenes de México que daban la vuelta al mundo en 2006: centenas de miles en Reforma y el Zócalo para protestar contra las elecciones que llevaron a Felipe Calderón a la presidencia. Y en el sur del país, decenas de miles –el gobierno estatal tuvo que reconocer que 100 mil personas marcharon tres veces en una ciudad de medio millón de habitantes— inundaban las calles de Oaxaca para exigir la salida de un Nerón en pequeño llamado Ulises Ruiz.

Pero después de 2006 se perdieron las calles: López Obrador convirtió una gran movilización en una gran derrota al imponer un plantón absurdo en la avenida principal de la ciudad, que ni siquiera sus seguidores secundaron (era un plantón de carpas, no de personas). Felipe Calderón cedió ante el chantaje del PRI y permitió que permanecieran en sus cargos Ulises Ruiz Ortiz y el Góber precioso. Salir a las calles pareció inútil: ¿para qué marchar si no se lograba nada, si allá arriba se arreglaba la clase política, o si esa energía la dilapidaba un dirigente en una decisión ultra e irracional? México se desmovilizó (salvo dignísimas excepciones como las decenas de miles que protestaron en Hermosillo por la tragedia de la guardería ABC) y las imágenes del país en el mundo cambiaron radicalmente: ya no más masas en las calles sino descabezados, encajuelados, ejecutados: las miles de víctimas del poder corruptor del narco y de la respuesta militarizada del gobierno.

Un poeta católico le devolvió a la ciudadanía la confianza en la movilización y, con ella, la confianza en su propio poder. Javier Sicilia, quien ha convertido su infinito dolor en dignidad, hizo que los capitalinos recordaran que en 1994 habían parado la guerra contra los zapatistas. Ese místico, a quien muy pocos habían leído antes del asesinato de su hijo, consiguió que la ciudadanía recordara que en 2004 había logrado revertir el desafuero contra el candidato opositor que punteaba en las encuestas. Y que protestar no era en vano.

Empezó como una peregrinación de 300 personas en Cuernavaca. Silenciosa, doliente, atravesó los 65 kilómetros que la separaban de Ciudad Universitaria, en la ciudad de México. No creció mucho. Unas mil personas llegaron a las islas, el encantador jardín que ha visto mítines históricos como los de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 o los que convocó la huelga estudiantil de 1999. Igual que el flautista de Hamelin (como lo comparó el periodista René Delgado) a su salida de Ciudad Universitaria Javier Sicilia fue atrayendo millares. En una hora eran cinco mil. Una hora después, más de 10 mil personas caminaban por una ruta inexplorada en la protesta social: Avenida Universidad, Río Churubusco, Eje Central, y en cada calle se sumaban otros más. La marcha se convirtió en cuatro marchas: una encabezado por dolientes: Javier Sicilia, Eduardo Gallo, Olga Reyes, las madres de los adolescentes de Villas de Salvárcar, los padres de los niños de la guardería ABC y los asfixiados en el News Divine. Y con ellos los curas Alejandro Solalinde y Miguel Concha. Quién iba a creer que dos sacerdotes guiaran una protesta progresista al lado de un poeta místico y de un líder mormón, Benjamín Le Barón, que portó el lábaro patrio con orgullo y dignidad.

Sicilia iba al frente de un contingente en luto: por aquí, un padre de familia había perdido a su esposa, a sus dos hijas y hasta a la sirvienta, levantadas en Veracruz; por allá, una madre lloraba a su hijo asesinado por policías; más allá, una mujer había abierto la puerta de su casa para encontrar un cadáver desechado como basura; a su lado, un hombre clamaba por el regreso de su hija, que había salido a la biblioteca y no había vuelto nunca, y de éste lado, madres de Durango y Coahuila reclamaban exámenes de ADN a los cuerpos encontrados recientemente en las narcofosas para descartar que fueras sus hijas…

Detrás de ellos, una segunda marcha: las organizaciones sociales y campesinas que no han dejado de pelear: la policía comunitaria de Guerrero, los ejidatarios de Michoacán que se organizaron contra el narco, los hijos de los desaparecidos de la Guerra sucia. Ellos guardaban el silencio sugerido por Javier Sicilia. Pero les pisaban los talones la tercera marcha: los estudiantes de la UNAM, para quienes las movilizaciones son una fiesta de rebeldía y juventud. No más silencio sino música de tambores y consignas clásicas y nuevas: “Mubarak ya cayó y sigue Calderón”, entre éstas últimas.

Pero una cuarta marcha no esperó a Sicilia. Aguardó unos minutos en el Eje Central y Xola o bien en Bellas Artes, pero se adelantó en el camino al Zócalo. Cuando Sicilia llegó con su silencio y sus dolientes al cruce de Lázaro Cárdenas y Viaducto, un contingente más grande –bastante más— se abría paso frente a él. Eran ellos: los mismos de 1994 y de 2004, el sector politizado de la ciudad de México que no necesita que la guerra toque a su puerta o que se lleve a sus hijos. Lo único que requería era el bien más escaso: un dirigente confiable como Javier Sicilia –alguien que no los mercara por privilegios— y una causa justa: detener una guerra en su propio país.

“Nunca me imaginé que vendría a una marcha por una razón como ésta: para detener una guerra en México. Y menos encabezado por un poeta católico”, me dijo el novelista Gerardo de la Torre, un viejo militante comunista que luchó décadas al interior del sindicato petrolero contra el cacicazgo priista. A pesar del cáncer y las quimioterapias, Gerardo marchaba con firmeza.

Sicilia tardaría en llegar al Zócalo, así que una lista de 71 dolientes se apuntó para usar el micrófono antes de su llegada (no se agotó la lista, pero hablaron unas tres decenas de oradores). Uno tras otro, los testimonios describían un país podrido: mujeres violadas y asesinadas sin que se abrieran investigaciones, militares desaparecidos por atestiguar los arreglos de los generales con los narcos, migrantes balaceados por policías. Un padre de familia conmovía al auditorio. Un berrido estaba por quebrar su voz pero se contenía con un hondo suspiro antes de cada frase. Su hija había salido rumbo a la universidad y no había aparecido en ocho meses. Nadie sabía nada: ni la policía capitalina, ni la procuraduría, ni el gobierno federal. “Pónganse a trabajar, gobernadores, bola de huevones a quienes el narcotráfico les da dinero”. Cada doliente repetía una idea casi con las mismas palabras: “Gracias, Javier Sicilia, por darnos la oportunidad de expresar nuestro coraje”.

(Sicilia, al encabezar la marcha desde Cuernavaca, escuchó cada una de estas historias. Al dolor por el asesinato de Juan Francisco se le impregnó el dolor de cada uno de los que fueron literalmente a llorar en su hombro en los cuatro días de caminata).

La marcha se aproximó al Zócalo a las 16:15 de la tarde, pero tardaría otra media hora en entrar por completo. El maestro de ceremonias sugirió soltar globos blancos en memoria de los 40 mil caídos en la guerra. Y por primera vez vino un guiño de la Arquidiócesis de México, la que preside Norberto Rivera, uno de los jerarcas católicos señalados por Sicilia como antievangélico: repicaron las campanas, como volverían a repicar tras el discurso de Sicilia y los cinco minutos de silencio que pidió por los muertos de la guerra contra el narco. Una muestra de apoyo trivial y tardía para uno de los católicos más coherentes de la vida pública mexicana.

Sicilia entró a una plaza que ya estaba segura de sí misma. Y que se convertía no sólo en un desafío a Calderón sino también a López Obrador. Sicilia es antipartidista. En la marcha, los pocos políticos del PRD y anexas marchaban disimulados, con ganas de ser vistos pero sin llamar la atención: Gerardo Fernández Noroña, que recibía con una mueca de desagrado el llamado del poeta de limpiar todos los partidos de los narcos que los cooptan, incluidos el PRD, el PT y Convergencia; David Razú, Alfredo Hernández Raigosa, entre otros de poca importancia.
Si Sicilia es un desafío para Calderón –pidió la renuncia de Genaro García Luna, a quien ni siquiera mencionó por su nombre— lo es en igual medida para la izquierda. Sicilia no le entregará su autoridad moral y su fuerza política a López Obrador –como sí lo hizo Marcos con Cuauhtémoc Cárdenas en 1994, cuando llamó a votar por él—. Por el contrario, Sicilia le exige a López Obrador que renuncie a su candidatura y apoye a un candidato de unidad de todos los partidos. Lo mismo que le pide al PAN y al PRI, pero el efecto de este llamado es mucho más devastador para AMLO. López Obrador pretendía aparecer como la única alternativa auténtica en 2012. Sicilia tiene la autoridad moral dentro de la izquierda para refutarlo y decirle que no es tan distinto a los que critica.

El poeta místico se reveló como un buen orador. Leyó un discurso en donde repartió críticas al conjunto de los partidos, a todos les pidió compromisos puntuales y convocó a un pacto ciudadano en Ciudad Juárez el 10 de junio próximo, cuyo fin será proponer una agenda ciudadana a los políticos y vigilar su cumplimiento. Por lo pronto, consiguió dos victorias importantes: uno, que se debata la política contra el crimen organizado, en donde Calderón gozaba de autonomía casi absoluta y, dos, devolverle las calles, el Zócalo, a la sociedad civil contemporánea, aquella que paró una guerra en 1994 y es capaz de parar otra diecisiete años después.