lunes, 27 de junio de 2011

La estatua de sal

En el aniversario del orgullo gay, que este año celebra la legalización de las bodas entre personas del mismo sexo en el estado de Nueva York, conviene recordar las estupendas memorias de Salvador Novo, el escritor mexicano que más francamente ha hablado de su vida homosexual. En La estatua de sal, Salvador Novo (1904-1974) ofreció su autobiografía gay desde sus primeros recuerdos hasta los veinte años. Novo se alejó de la pornografía y evitó un texto efectista en donde se sucedieran escenas sexuales y prefirió por un estilo sereno y reflexivo capaz de describir una vida de intenso, divertido y liberador goce erótico. La estatua de sal (Conaculta) no se escribió para publicarse inmediatamente sino para guardarse en el cajón, en una suerte de criogenia moral porque ese cuerpo literario probablemente no habría sobrevivido en la sociedad de su tiempo, que, quizá, no habría tolerado franquezas como: “los choferes eran mi fogosa predilección: los de los camiones, que abordaba para entablar una conversación que terminaba con una cita para esa noche”.

Apasionada defensa de la homosexualidad, las memorias de Novo retratan el rechazo social a la heterodoxia sexual de principios del siglo XX: “se originaba justificadamente en la misma culpa siniestra de que yo me sabía el indefenso reo; y que ese destino de abyecta, súbita e irremediable segregación me aguardaba en la vida”. Novo lo intuyó desde niño, lo confirmó después de su iniciación sexual y lo padeció incluso en el bolsillo, cuando Pedro Henríquez Ureña lo marginó de varios empleos por su preferencia sexual. Pero las vicisitudes fueron en comparación menores. Las memorias (que relatan su vida de los 14 a los 19 años) detallan, una a una, la sucesión de aventuras sexuales. Especialmente inclinado por los choferes, no rechaza los profesores, los amores de vecindad, los intercambios de parejas y la experimentación.
Las memorias son un tributo a la libertad. Ni Novo ni sus amantes (con excepciones) se desgarran el corazón. Al contrario, después de retozar en la cama, acuerdan cómo ayudarse para conquistar al próximo amante. Sin embargo, muchas relaciones trascienden el nivel ocasional y tienen una implicación afectiva. Resulta llamativo cómo un texto homosexual escrito a mitad del siglo pasado puede dar lecciones de libertad a la vida heterosexual de nuestra época, que adolece de muchos prejuicios que determinados círculos homosexuales ya habían superado.

El erotismo está suficientemente equilibrado con otros relatos que justifican su precoz feminidad. Su madre, que lo alumbró a los quince años, fue la figura dominante en la familia y Salvador fue su muñeco empolvado que emperifollaba cada mañana. Su padre, gallego, no pasó de ser un comerciante frustrado y frío. De la familia de su madre destacó su abuela, administradora y matriarca; a todos los gobernaba un espíritu provinciano, aunque confrontado con un anhelo de migrar hacia la Ciudad de México, centro del progreso y la educación para Salvador y sus primos.
El sueño de mudarse a la capital se imbricaba con el temor a la Revolución. Unos años antes de escribir sus memorias gay, en Nueva Grandeza Mexicana Novo aplaudía la fortaleza del régimen priista y consideraba a las elecciones, por ejemplo, un asunto tan misterioso como el espionaje . Novo mezcló una singular paradoja: liberalismo moral y sexual fundido con conservadurismo político. En La estatua de sal se ofrezca quizá un atisbo que lo explique por los efectos de la Revolución en su niñez: los villistas mataron por equivocación a su tío y exiliaron a su padre; una “Adelita” saqueó su casa y las comunicaciones con sus tíos se interrumpieron. Con esas condiciones, la tranquilidad y promesa de progreso alemanista fueron bien recibidas años después.

¿El México de medio siglo estaba preparado para una confesión tan franca, serena y gozosa de la vida homosexual? En La estatua de sal, Salvador Novo hace frecuentes alusiones a Oscar Wilde, quizá porque sabía los costos de arrostrar una sociedad de moral hipócrita como la que enfrentó el irlandés a finales del XIX. Novo optó por no confrontarse, guardar las memorias en el cajón, y conservar su posición de intelectual burgués, de dandy que se burlaba con fina ironía de la vida pública –de la que era a la vez actor y cronista. Si este libro se hubiera publicado entonces, posiblemente la liberación gay se hubiera visto acelerada. No lo sabemos. Hoy, a más de medio siglo de su escritura y a 13 años de su primera edición (Conaculta 1998), los lectores de Novo podemos festejar una visión desenfadada, lúdica y liberadora del erotismo. Novo nos enseña que, a pesar de ser expulsados de Sodoma, podemos voltear a mirar nuestros pecados sin temor a convertirnos en estatuas de sal.

martes, 21 de junio de 2011

Reivindicación de Santa Anna

Agobiado por el calor de Cartagena de Indias, penúltima parada de su destierro, Antonio López de Santa Anna encontró, a sólo 10 kilómetros, un pueblito de clima más benigno llamado Turbaco. Era la primavera de 1850 y el ex dictador veracruzano seguía en busca de un lugar para fijar su exilio, después de la vergonzosa derrota del 13 de septiembre de 1847, cuando los estadounidenses levantaron su bandera en el Castillo de Chapultepec y se anexaron un millón y medio de kilómetros cuadrados del norte de México. Santa Anna y su esposa Dolores Tosta habían deambulado en La Habana, Kingston y Cartagena, pero se vieron seducidos por Turbaco, un caserío de "miserables chozas y desiertos solares" de dos mil habitantes.

Santa Anna se estableció en Turbaco y compró la casa conocida como "Solar de los Virreyes" en plaza principal, llamada así porque había pertenecido al virrey de Nueva Granada Antonio Caballero y Góngora –que también había huido del calor cartagenero— y que había sido quemada por pugnas políticas unas décadas atrás. El Solar de los Virreyes pasó a llamarse "La casa de tejas". El ex dictador mexicano, según cuenta su biógrafo Rafael F. Muñoz, recobró la energía de la juventud y se asumió como benefactor de Turbaco. Reparó la iglesia (con el deseo de ser sepultado en ella), construyó la casa sacerdotal y el cementerio y auspició las obras para que el camino a Cartagena pudiera ser transitado por carruajes y no sólo por jinetes, obra del que fue él mismo el primer beneficiario, pues se cansaba pronto al cabalgar por la ausencia de la pierna izquierda, suplantada por una pata de palo. Santa Anna compró trapiches, con lo que generó empleos en la industria azucarera para los habitantes del pueblo, regaló dinero, organizó peleas de gallos, apadrinó niños y sedujo a las colombianas. Se convirtió en el hombre más importante en la historia del pueblito.

En 2006 viajé a Cartagena de Indias para asistir al curso "Cómo se escribe un periódico", impartido por Miguel Ángel Bastenier y organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Tomé el autobús a Turbaco, no para reconstruir la historia de Santa Anna en ese pueblo, ya suficientemente contada, sino para capturar el eco de la presencia del dictador hasta nuestros días. Hoy cuento esa historia no sólo porque este 21 de junio se cumplen 135 años de la muerte del "guerrero inmortal de Zempoala", como lo llama nuestro himno nacional en una estrofa ahora casi clandestina, sino porque surgió un intento revisionista de reivindicar su figura justo unas semanas antes de que yo estuviera en Colombia, y del que me parece importante reflexionar a un año de las elecciones presidenciales de 2012.

Silvio Carrasquilla, el entonces alcalde de Turbaco, se reclamaba descendiente directo de Santa Anna. Su abuela, dijo, había sido tataranieta del dictador y, por tanto, él era "saltachorlito" del general veracruzano (palabra que nunca escuché ni he vuelto a escuchar). Se supone que el dictador tuvo en Turbaco un hijo fuera del matrimonio, Ángel López de Santa Anna, que le dio dos nietas, de la que surgió una amplia genealogía de la que surgiría la familia de aquel alcalde: "Se dice que [Santa Anna] fue desordenadito bastante y hay varios descendientes", me dijo Carrasquilla. Rafael Baena, otro turbaquero al que entrevisté, también afirmó ser su descendiente. En su casa colgaba una imagen de la Virgen de Guadalupe.

La "Casa de tejas" se convirtió con el tiempo en la presidencia municipal del pueblo. La calle en la que se asienta, en honor a Santa Anna, se llamó "República de México" (una ironía para un hombre que propendía a suprimir al Congreso y a designar caciques en los gobiernos locales). Carrasquilla y su primo Miguel Arnedo, entonces concejal y quien heredó el puesto de alcalde, constataron que Santa Anna había sido el mayor benefactor de Turbaco. De las conversaciones con ellos, la revisión de las crónicas oficiales y las entrevistas con otros turbaqueros advertí que el mito construido en torno del veracruzano era mayor que el de cualquier otro huésped del municipio, como el virrey Caballero, el navegante español Juan de la Cosa, el explorador Alexander Von Humboldt y el libertador Simón Bolívar, que también residió en Turbaco (según Rafael F. Muñoz, en la misma casa que ocupara años después Santa Anna, pero no hallé otra versión que lo confirmara). Un cuadro con la imagen del dictador presidía el salón de cabildos del ayuntamiento.

En 1853, una comisión de lambiscones, integrada por Manuel María Escobar, Alfonso Hegewich y Salvador Batres, acudieron hasta Turbaco a suplicarle a Santa Anna que volviera a ocupar la presidencia de México, después de una desastrosa etapa con tres jefes de Estado que habían dejado al país en ruinas peores que las legadas por el propio Santa Anna. Muñoz cuenta la escena de manera deliciosa:

"[Santa Anna] pregunta por sus amigos, se interesa por las condiciones del país. Y después sube a la azotea. Con un amplio ademán muestra su propiedad, La Rosita, donde verdea la caña y pace el ganado. Con 'frases melifluas' pinta la belleza del paisaje, afirmando la felicidad de su vida pacífica lejos del alborotado México. Los enviados creen haber fracasado. Mas don Antonio va cediendo lentamente, hábilmente. Por fin, con un gesto de resignación, de intenso sacrificio, les manda partir y anunciar su regreso: 'No quiero que la historia diga que cuando fui llamado a ser la felicidad de mi pueblo, fui indiferente a su destino'".

Su presidencia fue nuevamente ruinosa. Se dio el lujo de vender La Mesilla a los Estados Unidos, que pagó sólo seis millones de los 20 que había prometido. Gobernó con pleno absolutismo. Desconoció su compromiso de llamar a un congreso constituyente y en su lugar hizo que el ejército le suplicara quedarse como autócrata. En ese momento aceptó el título de "Su Alteza Serenísima" propuesto por los poblanos –al tiempo que rechazó, por modestia, ser llamado "Gran Elector" y "Emperador constitucional". Aún antes de que una revolución liberal lo despojara definitivamente del poder, Santa Anna huyó del país para refugiarse de nuevo en Turbaco.

Cuando visité el pueblo, el furor santannista de las autoridades de Turbaco transitaba por un reavivamiento. Apenas un mes antes, en julio de 2006, el entonces gobernador de Veracruz, Fidel Herrera Beltrán, había acudido a Cartagena a acompañar a la delegación de deportistas veracruzanos a unas olimpiadas juveniles en esa ciudad. Herrera Beltrán no quiso perderse la oportunidad de conocer el refugio de Su Alteza Serenísima y acudió a Turbaco. En una entrevista con Carrasquilla y Arnedo, les contó la biografía del dictador mexicano con tal detalle "que parecía un documental", como recordó Carrasquilla. Fidel Herrera vio que un retrato de Santa Anna lo identificaba como "dictador mexicano" y reprendió a los turbaqueros.

"Ese es el mapa del municipio de Turbaco. Abajo hay una leyenda. La estuvo mirando el Gobernador Fidel Herrera y no le gustó. No le gusta la palabra dictador. Dice que nosotros debemos estar agradecidos con él y no debemos permitir que se le llame dictador sino General. Y la verdad es que tiene razón, nosotros no tenemos razón para ofenderlo de palabra", me dijo entonces Arnedo.

Carrasquilla y Arnedo se quejaron de que no tenían cómo honrar la memoria del mayor benefactor del pueblo. Le comentaron a Fidel que era una vergüenza que sí tuvieran una estatua a Juan de la Cosa, "que vino a comerse a las indias, a matar a los indios y a robarse el oro", mientras que carecían de una imagen en bronce del veracruzano. En esa parte de la charla, me dijo Carrasquilla, "fue cuando el Gobernador se emocionó y dijo, 'no se preocupen que yo les mando la estatua de Santa Anna para que la yergan en su plaza principal en el parque'".

Nunca supe si Fidel Herrera siempre sí mandó el busto de Santa Anna a los turbaqueros. La historia no pasaría de tener más que un valor anecdótico si no fuera porque refleja la nostalgia priista por la presidencia imperial. Fidel Herrera fue una caricatura de Santa Anna, que a su vez fue una caricatura de Napoleón. Pero, aun caricaturesco, Herrera Beltrán usó millones de pesos para diseñar un gobierno que le rindiera pleitesía. Los programas sociales llevaban su nombre: "piso fiel", "fidelidad por Veracruz" y uniformó de rojo los colores oficiales y las camisas de sus subalternos. A su salida, dejó una deuda pública que escandalizó a las calificadoras internacionales. Y cuando estaba de viaje por el mundo se daba su tiempo para exigir que no se llamara dictador a un hombre a quien le quedaba corta esa categoría: un absolutista que jugó en todos los bandos, formó una vasta red de informantes, impuso contribuciones ofensivas y perdió las batallas decisivas del país. Como dice Muñoz en El dictador resplandeciente:

"Si no fue traidor, sí ha sido cobarde, torpe, envidioso, indeciso. Él cambia la historia y el futuro de dos naciones: Estados Unidos se engrandece con el oro de California y el petróleo de Texas. México se convierte en una nación débil, a la que no le queda sino la altivez".

Pero el presente cambia y, con él, cambia también el pasado. El arribo al poder de distintos grupos políticos conlleva un revisionismo histórico. Vicente Fox reivindicó el estandarte de la Virgen de Guadalupe como símbolo de independencia, pero los gobiernos del PAN fueron después ineficaces para imponer su relectura de la historia. No trajeron los restos de Porfirio Díaz ni reivindicaron a los cristeros. El gesto más audaz fue develar con prisas y a escondidas una estatua de Francisco Madero en una esquina del Palacio de Bellas Artes, con ánimo de ganar su figura a la causa conservadora y arrebatarlo del Olimpo revolucionario. Pero hasta ahí se quedó.

El priismo se apresta a volver por la presidencia. Pero no por la presidencia tal como está, con el incómodo contrapeso de un Congreso dividido. Mejor con uno a modo, como el que gozaron los presidentes imperiales en el siglo XX. Enrique Peña Nieto, el probable candidato del PRI, quiere que el próximo presidente tenga mayoría absoluta en el Congreso (la mitad más uno de los legisladores) aunque sus diputados sólo obtengan el 35 por ciento de los votos. Ése es el trueque de Peña a cambio de ceder en una reforma política menor que incluye la reelección de diputados y senadores y la reducción de los spots. Mientras los países democráticos construyen la gobernabilidad con regímenes más parlamentarios, el priismo propone el regreso al modelo más presidencialista. Y si Santa Anna no fue un dictador, como nos exige ver el revisionismo priista, entonces los grandes exponentes del presidencialismo imperial como Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría o Salinas de Gortari se acreditan como auténticos demócratas.

lunes, 6 de junio de 2011

El regreso de la crónica roja

El mundo editorial atraviesa por una fascinación con el narcotráfico. Los cárteles de la droga habían estado entre nosotros desde hace décadas, pero hace pocos años enseñaron sus artes ocultas de descuartizamiento, tortura, disolución de cadáveres en ácido, bombazos en las calles y su capacidad de organizar movilizaciones de cientos o de miles, como en Monterrey y Morelia. Sin embargo, con el narcotráfico vivimos una paradoja: mientras más nos enteramos de sus crímenes, menos sabemos de sus entrañas. Vemos rodar cabezas en las escaleras de los palacios municipales, asistimos a la caída de un capo, atestiguamos combates en las calles. Pero nunca supimos cómo acumularon sus arsenales, en qué momento decidieron degollar, cuándo se rompieron sus acuerdos con los políticos y salieron a disputarse las ciudades que ellos llaman "plazas".

Cuando el PRI era todavía el partidazo a nivel nacional y la política giraba en torno del Presidente de la República, en las redacciones de los periódicos se decía que la nota roja era la escuela de periodismo. Los reporteros de la fuente policiaca esperaban pegados a un radio con la frecuencia de la policía a que apareciera el próximo muerto. Llegaban inmediatamente después de los oficiales y disponían de pocos minutos para recabar datos: revisar las credenciales de los muertos, entrevistar a los vecinos, familiares, testigos del atropellamiento, de la volcadura, del incendio. Los policías eran sus aliados: no se acordonaba "el lugar de los hechos" sino que se podía entrar a tomar fotografías, a tocar a los apuñalados, a oler la sangre derramada por el crimen pasional o por la deuda no saldada. La muerte era cotidiana para los periodistas pero representaba una cotidiana novedad para los lectores.

Se le consideraba la escuela de periodismo porque se podía investigar, preguntar, inquirir, construir una historia en un país en donde la política se contaba según los voceros del partidazo. Durante la "presidencia imperial" mexicana los capítulos negros –el movimiento estudiantil de 1968, por traer el caso más célebre— se contaban a retazos. Esa gran crónica roja estuvo vedada a la investigación profunda de los periodistas y se abrió, años después, a la curiosidad de los historiadores.

Hermético cuando el autor del crimen era el presidente de la República, el secretario de Gobernación o el General de División, el régimen le daba en cambio al periodismo libertad a la hora de indagar cómo había sido asesinada la prostituta, por qué se había acuchillado al panadero, cómo había caído el pequeño traficante. Esa crónica roja —que nos dio a nuestro mejor fotógrafo del siglo XX, Enrique Metinides— ocurría ajena a los pasillos del poder. El régimen padecía de puritanismo en su rostro público: frente al país y el mundo no mataba, no torturaba y no desaparecía a opositores. Le importaba poco que ahí estuviera Rosario Ibarra de Piedra diciendo que la última vez que vieron a su hijo con vida fue en el Campo Militar Número Uno, o que se tuvieran sospechas fundadas de que se llenaban mazmorras clandestinas con jóvenes guerrilleros. Los datos que contaban esas muertes se escondieron en archivos clasificados.

La vida política, mientras tanto, ofrecía menos incentivos para la investigación: no se podía criticar al presidente, inmaculado como la Virgen de Guadalupe. El asesinato de Manuel Buendía fue la prueba de que la crónica roja se topaba con los altos niveles del poder. El régimen daba su zarpazo al periodista más importante del país y no lo hizo durante los peores años de la Guerra sucia de los setenta, sino ya en 1984, mientras Miguel de la Madrid ponía en práctica la renovación moral.

La explosión de la violencia actual ha avivado el surgimiento de una crónica en la que el narco empieza a disolverse como materia periodística y se convierte en narrativa. Los datos duros dan paso a las historias; los nombres se difuminan para convertirse en personajes y las declaraciones se sustituyen por los diálogos.

Antes, un rápido repaso histórico. Hay un estupendo antecedente en la literatura iberoamericana de la crónica de la violencia contemporánea: la Brevísima relación de la destruición de las Indias. En 1552 Fray Bartolomé escribió este librito para denunciar en España las atrocidades que se cometían en las colonias y de paso descubrió la estética de la crueldad. Con lujo de detalle relató cómo los perros lanzados por los conquistadores destazaban a los indios; nos contó la historia del encomendero que violaba a las mujeres indígenas para venderlas a mejor precio porque llevarían en sus vientres un esclavo más; enumeró cómo fueron asesinados no cientos o miles, sino millones de indios que se resistieron a la colonización. El poder de su estilo lo llevó a ser llamado el padre de la "leyenda negra" española: por su culpa, dicen los escépticos, se calumnió a España con un genocidio que no fue ni de esas proporciones ni de esa crueldad. Como sea, el efecto que tuvo el cronista fue decisivo para nuestro juicio de la conquista. La conquista, nos dice Fray Bartolomé, se basó en el terror sistemático, en la imposición de un mundo que se levantaba sobre las ruinas del pasado. Fray Bartolomé brindó otro descubrimiento macabro: ese relato podía ser gozoso para el lector. De alguna manera necesitaba seducir en su crueldad para convencer de su sadismo. Ya sea que nos pongamos del lado de las víctimas o los victimarios, existe un placer perverso al leer La Brevísima.

La crueldad masiva como forma de dominación no fue después explorada literariamente como lo hizo Las Casas. Las escenas de sangre más célebres de la novela de la Revolución Mexicana estén lejos de la estética del terror de Fray Bartolomé. "La fiesta de las balas", de El águila y la serpiente (Martín Luis Guzmán) relata la hazaña asesina de Rodolfo Fierro para matar sin ayuda a decenas de prisioneros de guerra. La vida no vale nada, pero en la muerte queda un poco de dignidad. El descuartizamiento no estaba en la mente aun del más sanguinario de los generales de la Revolución (sería una cortesía de los kaibiles y soldados de élite formados por Estados Unidos en técnicas de contrainsurgencia y que nos ha llegado a través de los narcos).

Los modernos cronistas de Indias se enfrentan a un fenómeno nuevo, al que no se topó Las Casas: el terror del narco carece de ideología. Los encomenderos del siglo XVI argumentaban que los indios eran seres inferiores y por lo tanto se valía tratarlos como subhumanos. Lo mismo dijeron negreros de sus esclavos y los nazis de los judíos. Había un discurso de supremacía que encubría un proyecto de explotación del trabajo ajeno. Hoy la narcoguerra aparece desprovista de esos ropajes retóricos. Los bandos se disputan territorios sin exigir democracia, justicia, libertad, tierra para quien la trabaje o vivienda para quien la habite. Y lo peor es que la frontera entre víctimas y victimarios se vuelve difusa. ¿Quién es peor, los zetas o los chapos, La Familia o los de Beltrán Leyva? (En Tamaulipas, un estado casi perdido al control del narco, se dice que los zetas son los "malos-malos" mientras que el Cártel del Golfo son los "malos-buenos"). ¿O todos ellos son, como sugiere Javier Sicilia, víctimas por igual de un Estado corrompido?

Si la nota roja durante el régimen del PRI era un espacio libre para el periodismo de investigación, ahora ocurre lo contrario. Tamaulipas fue la primera víctima de la censura que el narco impuso a punta de metralleta y granadazo. Los periódicos dejaron de publicar notas sobre el narcotráfico que no fueran los boletines de prensa. Cuando se asesinó a 72 migrantes centroamericanos, la nota se fue a páginas interiores.

En la censura, la crónica del narco se tuvo que deshacer de los ropajes formales del periodismo y ha ido adquiriendo más la forma del cuento que de la crónica. Se le obligó a ocultar hasta el mínimo dato que pudiera revelar una identidad. Javier Valdez, fundador del semanario culiacanense Ríodoce, vertió en su columna "Malayerba" la crónica de la Sinaloa secuestrada no por un cártel o por un capo, sino por una manera de entender el mundo: ahí vale quien trae la "jamer" y la "a-errequince". Coleccionadas en un libro del mismo nombre (editado por Jus), las malayerbas cuentan las historias de los niños, de las amas de casa, de los jóvenes seducidos por los fajos de dólares. Javier Valdez nos enseña que para contar Culiacán no hace falta acudir a las voces oficiales: hay que tocar la puerta de cualquier hijo de vecino porque tendrá una historia del narco bajo el brazo. Su mérito es convertirla en un cuento de tres cuartillas con personajes, suspenso, conclusión y, a veces, moraleja. Y cuando esas crónicas se leen reunidas, construyen un mundo propio con su lenguaje, sus aspiraciones colectivas, sus escenarios comunes. Otro cronista de esta escuela es Alejandro Almazán. Sus textos más sorprendentes son crónicas aparecidas recientemente en Gatopardo. En "Chicas Kalashnikov" nos cuenta la historia de unas mujeres sicarias y en "Un narco sin suerte" le da voz a "El Jota Erre", un personaje que podría haber sido creado por Woody Allen: quiso ser motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres y fracasó en todos y cada uno de sus lances. "Eso de que todo aquél que entra al narco se hace rico, es puro pinchi mito", le dice el Jota Erre a Almazán.

Al igual que con Javier Valdez, con los textos de Almazán cabe preguntarse desde la ortodoxia: ¿son periodismo? El periodismo exige nombres, fechas, lugares, declarantes que sostengan sus dichos. Valdez y Almazán prescinden por completo de los datos. Publicar el nombre de sus fuentes implica ponerles el dedo: condenarlos a la cárcel o a la muerte. Y de paso echarse la soga al cuello. La célebre frase wildeana: "ponle una máscara y te dirá la verdad" es precisa. La máscara del anonimato muestra una sociedad que ha sido envuelta por la violencia. Se puede ser beneficiario o víctima de la industria del narco y su rostro asesino y corruptor, pero difícilmente se puede escapar de ella.

Valdez y Almazán no cuentan historias de buenos y malos, sino de sobrevivientes. Hay que hacer eso mismo con los muertos y, en cuanto baje la marea de la violencia, sacarlos del anonimato. El periodismo narrativo contemporáneo y sus búsquedas literarias debe ayudarnos a recordar que en esta guerra sobrevivir se convirtió en el arte más difícil mientras nos dominaba el absurdo.