lunes, 6 de junio de 2011

El regreso de la crónica roja

El mundo editorial atraviesa por una fascinación con el narcotráfico. Los cárteles de la droga habían estado entre nosotros desde hace décadas, pero hace pocos años enseñaron sus artes ocultas de descuartizamiento, tortura, disolución de cadáveres en ácido, bombazos en las calles y su capacidad de organizar movilizaciones de cientos o de miles, como en Monterrey y Morelia. Sin embargo, con el narcotráfico vivimos una paradoja: mientras más nos enteramos de sus crímenes, menos sabemos de sus entrañas. Vemos rodar cabezas en las escaleras de los palacios municipales, asistimos a la caída de un capo, atestiguamos combates en las calles. Pero nunca supimos cómo acumularon sus arsenales, en qué momento decidieron degollar, cuándo se rompieron sus acuerdos con los políticos y salieron a disputarse las ciudades que ellos llaman "plazas".

Cuando el PRI era todavía el partidazo a nivel nacional y la política giraba en torno del Presidente de la República, en las redacciones de los periódicos se decía que la nota roja era la escuela de periodismo. Los reporteros de la fuente policiaca esperaban pegados a un radio con la frecuencia de la policía a que apareciera el próximo muerto. Llegaban inmediatamente después de los oficiales y disponían de pocos minutos para recabar datos: revisar las credenciales de los muertos, entrevistar a los vecinos, familiares, testigos del atropellamiento, de la volcadura, del incendio. Los policías eran sus aliados: no se acordonaba "el lugar de los hechos" sino que se podía entrar a tomar fotografías, a tocar a los apuñalados, a oler la sangre derramada por el crimen pasional o por la deuda no saldada. La muerte era cotidiana para los periodistas pero representaba una cotidiana novedad para los lectores.

Se le consideraba la escuela de periodismo porque se podía investigar, preguntar, inquirir, construir una historia en un país en donde la política se contaba según los voceros del partidazo. Durante la "presidencia imperial" mexicana los capítulos negros –el movimiento estudiantil de 1968, por traer el caso más célebre— se contaban a retazos. Esa gran crónica roja estuvo vedada a la investigación profunda de los periodistas y se abrió, años después, a la curiosidad de los historiadores.

Hermético cuando el autor del crimen era el presidente de la República, el secretario de Gobernación o el General de División, el régimen le daba en cambio al periodismo libertad a la hora de indagar cómo había sido asesinada la prostituta, por qué se había acuchillado al panadero, cómo había caído el pequeño traficante. Esa crónica roja —que nos dio a nuestro mejor fotógrafo del siglo XX, Enrique Metinides— ocurría ajena a los pasillos del poder. El régimen padecía de puritanismo en su rostro público: frente al país y el mundo no mataba, no torturaba y no desaparecía a opositores. Le importaba poco que ahí estuviera Rosario Ibarra de Piedra diciendo que la última vez que vieron a su hijo con vida fue en el Campo Militar Número Uno, o que se tuvieran sospechas fundadas de que se llenaban mazmorras clandestinas con jóvenes guerrilleros. Los datos que contaban esas muertes se escondieron en archivos clasificados.

La vida política, mientras tanto, ofrecía menos incentivos para la investigación: no se podía criticar al presidente, inmaculado como la Virgen de Guadalupe. El asesinato de Manuel Buendía fue la prueba de que la crónica roja se topaba con los altos niveles del poder. El régimen daba su zarpazo al periodista más importante del país y no lo hizo durante los peores años de la Guerra sucia de los setenta, sino ya en 1984, mientras Miguel de la Madrid ponía en práctica la renovación moral.

La explosión de la violencia actual ha avivado el surgimiento de una crónica en la que el narco empieza a disolverse como materia periodística y se convierte en narrativa. Los datos duros dan paso a las historias; los nombres se difuminan para convertirse en personajes y las declaraciones se sustituyen por los diálogos.

Antes, un rápido repaso histórico. Hay un estupendo antecedente en la literatura iberoamericana de la crónica de la violencia contemporánea: la Brevísima relación de la destruición de las Indias. En 1552 Fray Bartolomé escribió este librito para denunciar en España las atrocidades que se cometían en las colonias y de paso descubrió la estética de la crueldad. Con lujo de detalle relató cómo los perros lanzados por los conquistadores destazaban a los indios; nos contó la historia del encomendero que violaba a las mujeres indígenas para venderlas a mejor precio porque llevarían en sus vientres un esclavo más; enumeró cómo fueron asesinados no cientos o miles, sino millones de indios que se resistieron a la colonización. El poder de su estilo lo llevó a ser llamado el padre de la "leyenda negra" española: por su culpa, dicen los escépticos, se calumnió a España con un genocidio que no fue ni de esas proporciones ni de esa crueldad. Como sea, el efecto que tuvo el cronista fue decisivo para nuestro juicio de la conquista. La conquista, nos dice Fray Bartolomé, se basó en el terror sistemático, en la imposición de un mundo que se levantaba sobre las ruinas del pasado. Fray Bartolomé brindó otro descubrimiento macabro: ese relato podía ser gozoso para el lector. De alguna manera necesitaba seducir en su crueldad para convencer de su sadismo. Ya sea que nos pongamos del lado de las víctimas o los victimarios, existe un placer perverso al leer La Brevísima.

La crueldad masiva como forma de dominación no fue después explorada literariamente como lo hizo Las Casas. Las escenas de sangre más célebres de la novela de la Revolución Mexicana estén lejos de la estética del terror de Fray Bartolomé. "La fiesta de las balas", de El águila y la serpiente (Martín Luis Guzmán) relata la hazaña asesina de Rodolfo Fierro para matar sin ayuda a decenas de prisioneros de guerra. La vida no vale nada, pero en la muerte queda un poco de dignidad. El descuartizamiento no estaba en la mente aun del más sanguinario de los generales de la Revolución (sería una cortesía de los kaibiles y soldados de élite formados por Estados Unidos en técnicas de contrainsurgencia y que nos ha llegado a través de los narcos).

Los modernos cronistas de Indias se enfrentan a un fenómeno nuevo, al que no se topó Las Casas: el terror del narco carece de ideología. Los encomenderos del siglo XVI argumentaban que los indios eran seres inferiores y por lo tanto se valía tratarlos como subhumanos. Lo mismo dijeron negreros de sus esclavos y los nazis de los judíos. Había un discurso de supremacía que encubría un proyecto de explotación del trabajo ajeno. Hoy la narcoguerra aparece desprovista de esos ropajes retóricos. Los bandos se disputan territorios sin exigir democracia, justicia, libertad, tierra para quien la trabaje o vivienda para quien la habite. Y lo peor es que la frontera entre víctimas y victimarios se vuelve difusa. ¿Quién es peor, los zetas o los chapos, La Familia o los de Beltrán Leyva? (En Tamaulipas, un estado casi perdido al control del narco, se dice que los zetas son los "malos-malos" mientras que el Cártel del Golfo son los "malos-buenos"). ¿O todos ellos son, como sugiere Javier Sicilia, víctimas por igual de un Estado corrompido?

Si la nota roja durante el régimen del PRI era un espacio libre para el periodismo de investigación, ahora ocurre lo contrario. Tamaulipas fue la primera víctima de la censura que el narco impuso a punta de metralleta y granadazo. Los periódicos dejaron de publicar notas sobre el narcotráfico que no fueran los boletines de prensa. Cuando se asesinó a 72 migrantes centroamericanos, la nota se fue a páginas interiores.

En la censura, la crónica del narco se tuvo que deshacer de los ropajes formales del periodismo y ha ido adquiriendo más la forma del cuento que de la crónica. Se le obligó a ocultar hasta el mínimo dato que pudiera revelar una identidad. Javier Valdez, fundador del semanario culiacanense Ríodoce, vertió en su columna "Malayerba" la crónica de la Sinaloa secuestrada no por un cártel o por un capo, sino por una manera de entender el mundo: ahí vale quien trae la "jamer" y la "a-errequince". Coleccionadas en un libro del mismo nombre (editado por Jus), las malayerbas cuentan las historias de los niños, de las amas de casa, de los jóvenes seducidos por los fajos de dólares. Javier Valdez nos enseña que para contar Culiacán no hace falta acudir a las voces oficiales: hay que tocar la puerta de cualquier hijo de vecino porque tendrá una historia del narco bajo el brazo. Su mérito es convertirla en un cuento de tres cuartillas con personajes, suspenso, conclusión y, a veces, moraleja. Y cuando esas crónicas se leen reunidas, construyen un mundo propio con su lenguaje, sus aspiraciones colectivas, sus escenarios comunes. Otro cronista de esta escuela es Alejandro Almazán. Sus textos más sorprendentes son crónicas aparecidas recientemente en Gatopardo. En "Chicas Kalashnikov" nos cuenta la historia de unas mujeres sicarias y en "Un narco sin suerte" le da voz a "El Jota Erre", un personaje que podría haber sido creado por Woody Allen: quiso ser motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres y fracasó en todos y cada uno de sus lances. "Eso de que todo aquél que entra al narco se hace rico, es puro pinchi mito", le dice el Jota Erre a Almazán.

Al igual que con Javier Valdez, con los textos de Almazán cabe preguntarse desde la ortodoxia: ¿son periodismo? El periodismo exige nombres, fechas, lugares, declarantes que sostengan sus dichos. Valdez y Almazán prescinden por completo de los datos. Publicar el nombre de sus fuentes implica ponerles el dedo: condenarlos a la cárcel o a la muerte. Y de paso echarse la soga al cuello. La célebre frase wildeana: "ponle una máscara y te dirá la verdad" es precisa. La máscara del anonimato muestra una sociedad que ha sido envuelta por la violencia. Se puede ser beneficiario o víctima de la industria del narco y su rostro asesino y corruptor, pero difícilmente se puede escapar de ella.

Valdez y Almazán no cuentan historias de buenos y malos, sino de sobrevivientes. Hay que hacer eso mismo con los muertos y, en cuanto baje la marea de la violencia, sacarlos del anonimato. El periodismo narrativo contemporáneo y sus búsquedas literarias debe ayudarnos a recordar que en esta guerra sobrevivir se convirtió en el arte más difícil mientras nos dominaba el absurdo.

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