lunes, 27 de junio de 2011

La estatua de sal

En el aniversario del orgullo gay, que este año celebra la legalización de las bodas entre personas del mismo sexo en el estado de Nueva York, conviene recordar las estupendas memorias de Salvador Novo, el escritor mexicano que más francamente ha hablado de su vida homosexual. En La estatua de sal, Salvador Novo (1904-1974) ofreció su autobiografía gay desde sus primeros recuerdos hasta los veinte años. Novo se alejó de la pornografía y evitó un texto efectista en donde se sucedieran escenas sexuales y prefirió por un estilo sereno y reflexivo capaz de describir una vida de intenso, divertido y liberador goce erótico. La estatua de sal (Conaculta) no se escribió para publicarse inmediatamente sino para guardarse en el cajón, en una suerte de criogenia moral porque ese cuerpo literario probablemente no habría sobrevivido en la sociedad de su tiempo, que, quizá, no habría tolerado franquezas como: “los choferes eran mi fogosa predilección: los de los camiones, que abordaba para entablar una conversación que terminaba con una cita para esa noche”.

Apasionada defensa de la homosexualidad, las memorias de Novo retratan el rechazo social a la heterodoxia sexual de principios del siglo XX: “se originaba justificadamente en la misma culpa siniestra de que yo me sabía el indefenso reo; y que ese destino de abyecta, súbita e irremediable segregación me aguardaba en la vida”. Novo lo intuyó desde niño, lo confirmó después de su iniciación sexual y lo padeció incluso en el bolsillo, cuando Pedro Henríquez Ureña lo marginó de varios empleos por su preferencia sexual. Pero las vicisitudes fueron en comparación menores. Las memorias (que relatan su vida de los 14 a los 19 años) detallan, una a una, la sucesión de aventuras sexuales. Especialmente inclinado por los choferes, no rechaza los profesores, los amores de vecindad, los intercambios de parejas y la experimentación.
Las memorias son un tributo a la libertad. Ni Novo ni sus amantes (con excepciones) se desgarran el corazón. Al contrario, después de retozar en la cama, acuerdan cómo ayudarse para conquistar al próximo amante. Sin embargo, muchas relaciones trascienden el nivel ocasional y tienen una implicación afectiva. Resulta llamativo cómo un texto homosexual escrito a mitad del siglo pasado puede dar lecciones de libertad a la vida heterosexual de nuestra época, que adolece de muchos prejuicios que determinados círculos homosexuales ya habían superado.

El erotismo está suficientemente equilibrado con otros relatos que justifican su precoz feminidad. Su madre, que lo alumbró a los quince años, fue la figura dominante en la familia y Salvador fue su muñeco empolvado que emperifollaba cada mañana. Su padre, gallego, no pasó de ser un comerciante frustrado y frío. De la familia de su madre destacó su abuela, administradora y matriarca; a todos los gobernaba un espíritu provinciano, aunque confrontado con un anhelo de migrar hacia la Ciudad de México, centro del progreso y la educación para Salvador y sus primos.
El sueño de mudarse a la capital se imbricaba con el temor a la Revolución. Unos años antes de escribir sus memorias gay, en Nueva Grandeza Mexicana Novo aplaudía la fortaleza del régimen priista y consideraba a las elecciones, por ejemplo, un asunto tan misterioso como el espionaje . Novo mezcló una singular paradoja: liberalismo moral y sexual fundido con conservadurismo político. En La estatua de sal se ofrezca quizá un atisbo que lo explique por los efectos de la Revolución en su niñez: los villistas mataron por equivocación a su tío y exiliaron a su padre; una “Adelita” saqueó su casa y las comunicaciones con sus tíos se interrumpieron. Con esas condiciones, la tranquilidad y promesa de progreso alemanista fueron bien recibidas años después.

¿El México de medio siglo estaba preparado para una confesión tan franca, serena y gozosa de la vida homosexual? En La estatua de sal, Salvador Novo hace frecuentes alusiones a Oscar Wilde, quizá porque sabía los costos de arrostrar una sociedad de moral hipócrita como la que enfrentó el irlandés a finales del XIX. Novo optó por no confrontarse, guardar las memorias en el cajón, y conservar su posición de intelectual burgués, de dandy que se burlaba con fina ironía de la vida pública –de la que era a la vez actor y cronista. Si este libro se hubiera publicado entonces, posiblemente la liberación gay se hubiera visto acelerada. No lo sabemos. Hoy, a más de medio siglo de su escritura y a 13 años de su primera edición (Conaculta 1998), los lectores de Novo podemos festejar una visión desenfadada, lúdica y liberadora del erotismo. Novo nos enseña que, a pesar de ser expulsados de Sodoma, podemos voltear a mirar nuestros pecados sin temor a convertirnos en estatuas de sal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario