martes, 21 de junio de 2011

Reivindicación de Santa Anna

Agobiado por el calor de Cartagena de Indias, penúltima parada de su destierro, Antonio López de Santa Anna encontró, a sólo 10 kilómetros, un pueblito de clima más benigno llamado Turbaco. Era la primavera de 1850 y el ex dictador veracruzano seguía en busca de un lugar para fijar su exilio, después de la vergonzosa derrota del 13 de septiembre de 1847, cuando los estadounidenses levantaron su bandera en el Castillo de Chapultepec y se anexaron un millón y medio de kilómetros cuadrados del norte de México. Santa Anna y su esposa Dolores Tosta habían deambulado en La Habana, Kingston y Cartagena, pero se vieron seducidos por Turbaco, un caserío de "miserables chozas y desiertos solares" de dos mil habitantes.

Santa Anna se estableció en Turbaco y compró la casa conocida como "Solar de los Virreyes" en plaza principal, llamada así porque había pertenecido al virrey de Nueva Granada Antonio Caballero y Góngora –que también había huido del calor cartagenero— y que había sido quemada por pugnas políticas unas décadas atrás. El Solar de los Virreyes pasó a llamarse "La casa de tejas". El ex dictador mexicano, según cuenta su biógrafo Rafael F. Muñoz, recobró la energía de la juventud y se asumió como benefactor de Turbaco. Reparó la iglesia (con el deseo de ser sepultado en ella), construyó la casa sacerdotal y el cementerio y auspició las obras para que el camino a Cartagena pudiera ser transitado por carruajes y no sólo por jinetes, obra del que fue él mismo el primer beneficiario, pues se cansaba pronto al cabalgar por la ausencia de la pierna izquierda, suplantada por una pata de palo. Santa Anna compró trapiches, con lo que generó empleos en la industria azucarera para los habitantes del pueblo, regaló dinero, organizó peleas de gallos, apadrinó niños y sedujo a las colombianas. Se convirtió en el hombre más importante en la historia del pueblito.

En 2006 viajé a Cartagena de Indias para asistir al curso "Cómo se escribe un periódico", impartido por Miguel Ángel Bastenier y organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Tomé el autobús a Turbaco, no para reconstruir la historia de Santa Anna en ese pueblo, ya suficientemente contada, sino para capturar el eco de la presencia del dictador hasta nuestros días. Hoy cuento esa historia no sólo porque este 21 de junio se cumplen 135 años de la muerte del "guerrero inmortal de Zempoala", como lo llama nuestro himno nacional en una estrofa ahora casi clandestina, sino porque surgió un intento revisionista de reivindicar su figura justo unas semanas antes de que yo estuviera en Colombia, y del que me parece importante reflexionar a un año de las elecciones presidenciales de 2012.

Silvio Carrasquilla, el entonces alcalde de Turbaco, se reclamaba descendiente directo de Santa Anna. Su abuela, dijo, había sido tataranieta del dictador y, por tanto, él era "saltachorlito" del general veracruzano (palabra que nunca escuché ni he vuelto a escuchar). Se supone que el dictador tuvo en Turbaco un hijo fuera del matrimonio, Ángel López de Santa Anna, que le dio dos nietas, de la que surgió una amplia genealogía de la que surgiría la familia de aquel alcalde: "Se dice que [Santa Anna] fue desordenadito bastante y hay varios descendientes", me dijo Carrasquilla. Rafael Baena, otro turbaquero al que entrevisté, también afirmó ser su descendiente. En su casa colgaba una imagen de la Virgen de Guadalupe.

La "Casa de tejas" se convirtió con el tiempo en la presidencia municipal del pueblo. La calle en la que se asienta, en honor a Santa Anna, se llamó "República de México" (una ironía para un hombre que propendía a suprimir al Congreso y a designar caciques en los gobiernos locales). Carrasquilla y su primo Miguel Arnedo, entonces concejal y quien heredó el puesto de alcalde, constataron que Santa Anna había sido el mayor benefactor de Turbaco. De las conversaciones con ellos, la revisión de las crónicas oficiales y las entrevistas con otros turbaqueros advertí que el mito construido en torno del veracruzano era mayor que el de cualquier otro huésped del municipio, como el virrey Caballero, el navegante español Juan de la Cosa, el explorador Alexander Von Humboldt y el libertador Simón Bolívar, que también residió en Turbaco (según Rafael F. Muñoz, en la misma casa que ocupara años después Santa Anna, pero no hallé otra versión que lo confirmara). Un cuadro con la imagen del dictador presidía el salón de cabildos del ayuntamiento.

En 1853, una comisión de lambiscones, integrada por Manuel María Escobar, Alfonso Hegewich y Salvador Batres, acudieron hasta Turbaco a suplicarle a Santa Anna que volviera a ocupar la presidencia de México, después de una desastrosa etapa con tres jefes de Estado que habían dejado al país en ruinas peores que las legadas por el propio Santa Anna. Muñoz cuenta la escena de manera deliciosa:

"[Santa Anna] pregunta por sus amigos, se interesa por las condiciones del país. Y después sube a la azotea. Con un amplio ademán muestra su propiedad, La Rosita, donde verdea la caña y pace el ganado. Con 'frases melifluas' pinta la belleza del paisaje, afirmando la felicidad de su vida pacífica lejos del alborotado México. Los enviados creen haber fracasado. Mas don Antonio va cediendo lentamente, hábilmente. Por fin, con un gesto de resignación, de intenso sacrificio, les manda partir y anunciar su regreso: 'No quiero que la historia diga que cuando fui llamado a ser la felicidad de mi pueblo, fui indiferente a su destino'".

Su presidencia fue nuevamente ruinosa. Se dio el lujo de vender La Mesilla a los Estados Unidos, que pagó sólo seis millones de los 20 que había prometido. Gobernó con pleno absolutismo. Desconoció su compromiso de llamar a un congreso constituyente y en su lugar hizo que el ejército le suplicara quedarse como autócrata. En ese momento aceptó el título de "Su Alteza Serenísima" propuesto por los poblanos –al tiempo que rechazó, por modestia, ser llamado "Gran Elector" y "Emperador constitucional". Aún antes de que una revolución liberal lo despojara definitivamente del poder, Santa Anna huyó del país para refugiarse de nuevo en Turbaco.

Cuando visité el pueblo, el furor santannista de las autoridades de Turbaco transitaba por un reavivamiento. Apenas un mes antes, en julio de 2006, el entonces gobernador de Veracruz, Fidel Herrera Beltrán, había acudido a Cartagena a acompañar a la delegación de deportistas veracruzanos a unas olimpiadas juveniles en esa ciudad. Herrera Beltrán no quiso perderse la oportunidad de conocer el refugio de Su Alteza Serenísima y acudió a Turbaco. En una entrevista con Carrasquilla y Arnedo, les contó la biografía del dictador mexicano con tal detalle "que parecía un documental", como recordó Carrasquilla. Fidel Herrera vio que un retrato de Santa Anna lo identificaba como "dictador mexicano" y reprendió a los turbaqueros.

"Ese es el mapa del municipio de Turbaco. Abajo hay una leyenda. La estuvo mirando el Gobernador Fidel Herrera y no le gustó. No le gusta la palabra dictador. Dice que nosotros debemos estar agradecidos con él y no debemos permitir que se le llame dictador sino General. Y la verdad es que tiene razón, nosotros no tenemos razón para ofenderlo de palabra", me dijo entonces Arnedo.

Carrasquilla y Arnedo se quejaron de que no tenían cómo honrar la memoria del mayor benefactor del pueblo. Le comentaron a Fidel que era una vergüenza que sí tuvieran una estatua a Juan de la Cosa, "que vino a comerse a las indias, a matar a los indios y a robarse el oro", mientras que carecían de una imagen en bronce del veracruzano. En esa parte de la charla, me dijo Carrasquilla, "fue cuando el Gobernador se emocionó y dijo, 'no se preocupen que yo les mando la estatua de Santa Anna para que la yergan en su plaza principal en el parque'".

Nunca supe si Fidel Herrera siempre sí mandó el busto de Santa Anna a los turbaqueros. La historia no pasaría de tener más que un valor anecdótico si no fuera porque refleja la nostalgia priista por la presidencia imperial. Fidel Herrera fue una caricatura de Santa Anna, que a su vez fue una caricatura de Napoleón. Pero, aun caricaturesco, Herrera Beltrán usó millones de pesos para diseñar un gobierno que le rindiera pleitesía. Los programas sociales llevaban su nombre: "piso fiel", "fidelidad por Veracruz" y uniformó de rojo los colores oficiales y las camisas de sus subalternos. A su salida, dejó una deuda pública que escandalizó a las calificadoras internacionales. Y cuando estaba de viaje por el mundo se daba su tiempo para exigir que no se llamara dictador a un hombre a quien le quedaba corta esa categoría: un absolutista que jugó en todos los bandos, formó una vasta red de informantes, impuso contribuciones ofensivas y perdió las batallas decisivas del país. Como dice Muñoz en El dictador resplandeciente:

"Si no fue traidor, sí ha sido cobarde, torpe, envidioso, indeciso. Él cambia la historia y el futuro de dos naciones: Estados Unidos se engrandece con el oro de California y el petróleo de Texas. México se convierte en una nación débil, a la que no le queda sino la altivez".

Pero el presente cambia y, con él, cambia también el pasado. El arribo al poder de distintos grupos políticos conlleva un revisionismo histórico. Vicente Fox reivindicó el estandarte de la Virgen de Guadalupe como símbolo de independencia, pero los gobiernos del PAN fueron después ineficaces para imponer su relectura de la historia. No trajeron los restos de Porfirio Díaz ni reivindicaron a los cristeros. El gesto más audaz fue develar con prisas y a escondidas una estatua de Francisco Madero en una esquina del Palacio de Bellas Artes, con ánimo de ganar su figura a la causa conservadora y arrebatarlo del Olimpo revolucionario. Pero hasta ahí se quedó.

El priismo se apresta a volver por la presidencia. Pero no por la presidencia tal como está, con el incómodo contrapeso de un Congreso dividido. Mejor con uno a modo, como el que gozaron los presidentes imperiales en el siglo XX. Enrique Peña Nieto, el probable candidato del PRI, quiere que el próximo presidente tenga mayoría absoluta en el Congreso (la mitad más uno de los legisladores) aunque sus diputados sólo obtengan el 35 por ciento de los votos. Ése es el trueque de Peña a cambio de ceder en una reforma política menor que incluye la reelección de diputados y senadores y la reducción de los spots. Mientras los países democráticos construyen la gobernabilidad con regímenes más parlamentarios, el priismo propone el regreso al modelo más presidencialista. Y si Santa Anna no fue un dictador, como nos exige ver el revisionismo priista, entonces los grandes exponentes del presidencialismo imperial como Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría o Salinas de Gortari se acreditan como auténticos demócratas.

1 comentario:

  1. Pues para empezar el General Santa Anna fue el PRIMERO en proclamar por la republica que hoy tenemos, ademas de ser el heroe de tampico, el libertador de veracurz, el fue liberal, centralista, dictador, federalista, insurgente,caudillo, realista, osea el siempre fue lo q ue mas le convenia a el y a mexico. Hay mas libros aparte de este y se que eres alguien muy muy informado pero tampoco es para que se le atache de dictador asi na mas. Si hubiese muerto en la guerra con estados unidos de seguro ahorita tendria calles, una estacion del metro , etc, pero pues la gente es tan cerrada y sigue viendo a los perdonajes historicos como heroes o villanos

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