lunes, 4 de julio de 2011

Chamaqueados

El 26 de junio pasado, el sacerdote Alejandro Solalinde denunció un secuestro masivo de migrantes centroamericanos en Medias Aguas, Veracruz. Testigos del crimen que pudieron huir y regresaron al albergue Hermanos en el Camino de Ixtepec, Oaxaca, le relataron el plagio múltiple y Solalinde habló de más de 100 personas secuestradas. La respuesta del gobierno federal no demoró: el 29 de junio, el subsecretario de Población, Migración y Asuntos Religiosos de Gobernación, René Zenteno, exigió a Solalinde presentar las pruebas de su dicho porque no había certeza sino sólo de cinco secuestros. Le impuso “la carga de la prueba”, como dicen los abogados. La credibilidad de Solalinde se puso a debate mientras se olvidó la suerte de los centroamericanos.

Las fechas son importantes porque la denuncia de Solalinde y la respuesta del gobierno federal ocurrieron a la semana siguiente del diálogo en el Castillo de Chapultepec, el 23 de junio, entre representantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y el presidente Felipe Calderón, a la que acudió Solalinde como uno de los testigos de calidad. La reacción del gobierno a la denuncia del sacerdote es un síntoma de lo que el movimiento obtuvo de esa mesa: incomprensión, desprecio e incluso regaños. Eso ya sería triste de suyo, pero a su gravedad se le añade que el diálogo de Chapultepec no arrojó ningún resultado para lo que –algunos pensamos— era la demanda central del movimiento que se agrupó en torno de Javier Sicilia: el replanteamiento de la estrategia de combate al crimen organizado. Una representación de las víctimas de la guerra obtuvieron, cierto, una reivindicación: expusieron sus casos frente a Calderón, su gabinete y la televisión nacional. Ganaron la visibilización que le habían negado las autoridades y casi todos los medios del país. El movimiento como tal, sin embargo, se fue con las alforjas vacías.

Javier Sicilia llegó al Castillo de Chapultepec con un programa vago y un movimiento a punto de la división. De los seis puntos que presentó en el Zócalo capitalino el 8 de mayo se habló poco en el encuentro de Chapultepec. Sicilia además hizo a un lado los resolutivos de las mesas de Ciudad Juárez del 10 de junio, en donde se demandó la retirada del Ejército de tareas de seguridad pública y el juicio político a Calderón. Estaba en su derecho de disentir de esos planteamientos, pero entonces debió haber dicho desde el principio que esas mesas no tendrían ninguna validez y que no se movería de su agenda original. Hubiera quedado claro que Sicilia no admitiría una discusión que no validara sus planteamientos.

Sin demandas ni alternativas claras que plantearle al Ejecutivo, la reunión de Chapultepec perdió el programa y se centró en demandar la resolución de casos particulares. Eso sin duda es una condición necesaria, sí, pero resulta insuficiente. Reclamar que la estrategia había sido equivocada sin proponer alternativas le abría la puerta a Calderón para afirmarse tal como lo hizo: me dicen que hice mal, pero no plantean el camino de la rectificación. De su lado la posición era clara: guerra militarizada contra el narcotráfico aunque no haya un indicador de que la violencia y el poder de las mafias disminuyan. La ambigüedad programática del movimiento le dio a Calderón el espacio político para reafirmar su estrategia.

Calderón llegó a la insolencia (tal como la calificó Sicilia días después) y el poeta y el movimiento lo toleraron. Desde un principio admitieron el cambio de sede de última hora; aceptaron que las víctimas no llevaran fotografías ni mantas y que enviaran sus discursos con anticipación para facilitar la respuesta de los secretarios de Estado. No protestaron por la presencia de Genaro García Luna ni reaccionaron frente al regaño presidencial que se expresó con golpes en la mesa. Calderón no sólo rechazó cualquier rectificación: pidió perdón, sí, pero por no ser más contundente en su guerra. Dijo que no a lo esencial. La reacción de Sicilia fue premiar la insolencia y la cerrazón. Se levantó, le puso el escapulario al cuello de Calderón y le regaló el abrazo que sería la portada de los periódicos del otro día.

El movimiento salió de Chapultepec lleno de promesas simbólicas y vacío de acuerdos sustanciales. Las demandas de Sicilia apuntan a resolver el olvido gubernamental hacia las víctimas: el memorial con los nombres de los 40 mil muertos, las fiscalías para investigar los asesinatos, la promesa de estudiar una ley de reparación. Pareciera, por la agenda siciliana, que la guerra ya concluyó y que ahora la tarea es investigar los hechos y reivindicar a algunos de los muertos (Sicilia habló por primera vez de “víctimas inocentes”, con lo que hospedó la tesis oficial de que existen muertos culpables). Pero la violencia no ha terminado y la estrategia de Calderón no da visos de disminuirla. El muro de la memoria tendrá que erigirse con un buen espacio en blanco para que se inscriban los nombres de los que habrán de morir después de su construcción.

El 29 de junio, cuando la Secretaría de Gobernación desestimaba la denuncia del secuestro masivo de migrantes, Alejandro Solalinde acudió a la Casa Lamm, a la presentación de cuadros que donaron 50 pintores para apoyar el sostenimiento del albergue Hermanos en el Camino. Uno de los asistentes le preguntó qué opinaba del resultado del encuentro de Chapultepec. Solalinde: “Fue una puesta en escena, los diálogos fueron usados mediáticamente (…) en cierta forma nos chamaquearon. (Calderón) salió bien librado a costa de nosotros”.

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