martes, 26 de julio de 2011

Garras

Nos citamos a ciegas en el café de un barrio clasemediero de la ciudad de México. Un amigo en común nos puso en contacto: cuando supo que yo estaba próximo a viajar a un país europeo, recordó que un vecino suyo había vivido varios años en ese mismo país, y pensó que me haría bien recibir sus consejos y orientaciones. Nuestro amigo común no pudo llegar a la cita, me dio las señas de identidad de su vecino, y se perdió una de las conversaciones más extrañas que he tenido en mi vida.

Del país al que iré hablamos muy poco. Sólo pude formular una pregunta —sobre el clima— que despachó rápido: "no te preocupes, hay calefacción en todos lados". Se dedicó a alertarme de la presencia islámica en Europa: Cada día más musulmanes, que en cortas décadas formarán una mayoría capaz de revertir la democracia e imponer la sharía. Y peor ahora que la segunda generación, nacida ya en aquel país, habla la lengua nacional como propia. Ellos desprecian Europa y las libertades. Quieren conquistarla. Los políticos de todos los partidos —salvo los mal llamados de ultraderecha como el holandés Wilders— engañan o se autoengañan con el discurso del multiculturalismo. Los musulmanes no se integrarán: el multiculturalismo equivale a la etapa de negación del drogadicto. "Los abdulás de 12 años conquistan a las niñas cristianas en la primaria y luego se la pasan a uno de 14 años y ése a otro de 16 años y después se las llevan a prostituir a otras partes del mundo, porque para los abdulás las cristianas son ganado".

No sólo filosofó sobre los musulmanes. Mencionó también el daño que los hispanos le hemos hecho a los Estados Unidos: hemos exportado nuestra familia disfuncional. Pero no es todo nuestra culpa, sino de la herencia mediterránea de detestar el trabajo, cuyas consecuencias son visibles en España, Italia y Grecia: "los europeos se la pasan manteniendo a los griegos y los griegos, que son padrotes, lo despilfarran". Un problema central recae en la baja reproducción de las clases medias. Mientras los pobres tienen hijos por manojos, las clases medias asumen la ideología de no tener hijos: "y hasta ser gay se vuelve un orgullo".

Sus ideas, dijo, se basaban en un principio: el derecho de los nativos a que su país se conservara poblado de nativos (con su religión, sus costumbres, etcétera). No quise hacerle la pregunta obvia: ¿quiénes son nativos? Porque entonces los blancos y latinos tendrían que abandonar Estados Unidos (¿y qué hay de los negros, que fueron llevados por la fuerza?) y dejarle el país a los sioux y cherokees y demás grupos indígenas. ¿Podrían regresar los árabes a España, si pensamos que durante 800 años fueron nativos de la península hasta que los expulsaron unos descendientes de invasores germánicos y romanos? Y en México, los que no hablamos una lengua indígena tendríamos que buscar acomodo en alguna otra parte del mundo (Groenlandia, la Antártida o el desierto de Gobi, porque el resto del planeta está ocupado por nativos).

El principio normativo que sustenta esa ideología no deja espacio a estos absurdos. En la mente de estos nativistas reside la idea de la superioridad WASP (blanco, anglosajón y protestante). Para ellos, los musulmanes de hoy quieren conquistar Europa tal como los judíos de ayer pretendían dominar el mundo. Detrás de la falaz reivindicación de los nativos no hay más que islamofobia, como en la década de los 30 del siglo XX se desarrolló la judeofobia con las consecuencias que conocemos.

Me enseñó sus artículos. En periódicos locales de aquel país europeo publicó un puñado de textos advirtiendo del peligro islámico, discurso del que se consideraba precursor: "puro hard data", me dijo. Yo mismo, sugirió, podría seguir su camino y publicar en aquellos diarios: "pero di la verdad", me conminó, "si sólo les das political correctness te publicarán un artículo para quedar bien y no más".

Lo escuché con curiosidad morbosa. Me sentí como el visitante del zoológico que se aproxima a la jaula de los tigres, puede acercarse al felino, escuchar sus rugidos y observar sus colmillos sin que le arranquen la cabeza de un bocado. Hasta que sacan las garras.

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