martes, 30 de agosto de 2011

Un beso para Oscar


PARIS, 29 de agosto de 2011.- Todo arte es inútil, decía Oscar Wilde. Y toda tumba es lacónica: por más bellas que se construyan, las tumbas, los cenotafios, los mausoleos, se erigen para petrificar la gloria y preservar el silencio de la muerte. En el camino a Aarhus, Dinamarca, paré ayer en París para visitar a un amigo y hacer una escala en el magnífico cementerio de Père Lachaise. Aunque me aburren las tumbas (cuando yo muera, por favor, horno crematorio y cenizas al viento) me atraen los cementerios por su silencio conventual y su elegancia improductiva. Sin la tumba de Oscar Wilde, Père Lachaise satisfaría al admirador de Morrison o de Edith Piaf, al lector de Balzac y de Proust, al nacionalista francés y al indignado con el holocausto judío. Pero Père Lachaise, en su grisura de solemnidad y muerte, regala un páramo de resurrección festiva. Blanca y pétrea en su construcción original, la tumba de Oscar Wilde se tiñe de rojo y de rosado: es el rostro vivo de Dorian Gray que refleja al cuerpo muerto del resto del panteón: centenas de besos marcados con lápiz labial: labios gruesos y delgados, bocas abiertas y cerradas, pintas que dicen Tú me cambiaste la vida, Te amo, Gracias, gracias, gracias, en francés, en italiano, en inglés, en español. En esos besos, en los aforismos anotados con el rojo del amor y de la sangre, en las citas a sus obras que dejan sus lectores, se advierte uno de los poderes más raros de la especie humana: el poder de la poesía –escrita en prosa o verso— que toca a las almas y las insufla de gozo estético.

Pocas figuras históricas representan mejor a las minorías del mundo: Aunque hablara mejor inglés que los ingleses, Wilde provenía de un país colonizado –Irlanda— por Inglaterra, la potencia de su época. Y a pesar de su extraordinaria fama –en algún momento se representaron, al mismo tiempo, tres obras de su autoría en los teatros de Londres— tuvo que pagar el costo de su homosexualidad y su amor por Bosie: escarnio, juicio, cárcel, trabajos forzados, destierro y muerte prematura. Con justicia, su biografía es una inspiración para irlandeses y homosexuales, y su obra es tan universal que toca con el mismo poder al niño a quien le entregan sus cuentos más tiernos que al divertido espectador de teatro o al exigente lector de ensayos. Wilde no moraliza nunca: como el espejo del protagonista de su novela, pone al lector enfrente de su imagen pervertida, de su propia crueldad, vileza y cinismo. Ninguna persona es la misma después de leer a Wilde. En efecto, pertenece a esa minoría de escritores que cambian vidas, como la mía. Mi abuela Ana Ortiz Angulo me regaló su Epistola: in carcere et vinculis (De profundis) en la traducción de José Emilio Pacheco, y después me dio las obras completas en la edición de Aguilar. Su lectura me convocó –o como diría Noé Jitrik— me autorizó, a escribir.

Yo no llevaba lápiz labial para tatuar un beso y escribirle: gracias, me cambiaste la vida. Por eso lo hago ahora.