miércoles, 21 de septiembre de 2011

Suorhus o el arca de los fugitivos / Qohelet

I Shall try to tell the truth, but the result will be fiction
Katherine Anne Porter

Los primeros minutos transcurrieron con normalidad, pero después nos dimos cuenta de que nos engañábamos mutuamente. Todos fingíamos haber llegado aquí por el mero interés en el curso de mitología vikinga del profesor Fomsgaard.

Entre los filólogos circula la leyenda de que Fomsgaard habla 26 lenguas y conoce a fondo las literaturas de unos 50 pueblos. Ha postulado una teoría de universos múltiples y paralelos en la poesía. Dice que los habitantes del presente no somos los únicos beneficiarios de la acumulación histórica de obras maestras: algunas obras del siglo XX les eran familiares a los escritores de civilizaciones asiáticas precristianas. En las literaturas esotéricas de todas las culturas se traslucen los signos de esas relaciones, sostiene Fomsgaard. Como era de esperarse, sus hipótesis fueron unánimemente rechazadas. Se le marginó de la academia y sus libros dejaron de reimprimirse. Pero cada tanto sus cursos aparecían en universidades remotas del planeta, lejos del control de las academias más rígidas en estudios filológicos.

Fue Cristian Escobar, acaso el último discípulo de Borges, el que me animó a venir a una ciudad de Escandinavia a un curso con el extraño profesor. Ya hablaré de la ciudad, Suorhus, y de Fomsgaard en próximas entregas. Pero antes quiero contar la historia de Qohelet, uno de los asistentes al curso.

****

UNO: Qohelet

Los biltinos se cuentan entre los pueblos más ricos y mejor educados del mundo. Esta frase, extraída de una enciclopedia de culturas, refleja de manera muy pálida la verdadera identidad de los naturales de Biltinia, un país del Asia meridional que remonta su historia a inmigraciones jázaras. Conscientes de que la simple riqueza puede derivar en una eutanasia silenciosa, los biltinos han ido más allá: han hecho de la moral y la libertad su arte más refinado.

Y por eso me impresiona tanto la historia de Qohelet. De nuestro grupo, quizá él tenía menos razones objetivas para terminar en Suorhus. Con su inteligencia, tempranamente descubierta por la educación biltina, no sólo hubiera garantizado una carrera en el gobierno o la academia, sino que se hubiera contado entre los Narcisos, el grupo de estetas dedicado al embellecimiento de la vida. Pero ahora es un apátrida.

Antes de contarme su historia, Qohelet me cuenta la historia de su nación. Como muchos pueblos ancestrales los biltinos recibieron las tablas de la ley. La etapa temprana de su historia se relata como una era de aprendizaje y penitencia. La mentira, el asesinato y el pillaje eran comunes y el pueblo pasó por hambrunas y epidemias. Hacia la Edad Media, mientras Europa se desangraba en cruzadas, los biltinos se lanzaron a un experimento político y moral: la instauración de la democracia, combinada con el cumplimiento de las órdenes de Moisés.
El país dejó detrás las atroces guerras tribales y se convirtió a la paz; abiertos a las innovaciones políticas y científicas, enviaron a jóvenes a aprender mecánica, filosofía y pintura con los maestros del Renacimiento. En el siglo XIX la planeación demográfica era una práctica arraigada. Pero quizá su mayor adelanto residió desde entonces en los terrenos de la moral sexual. El sexo no es un tabú. Por el contrario, al igual que los colores o las palabras, se le considera un material artístico.

Amantes de la verdad, los biltinos detestan las mentiras y las sombras. No existen los contratos escritos: la palabra basta para cerrar un negocio millonario o unirse en matrimonio. En algún momento de crisis de credibilidad, descubrieron la transparencia. Se puso a disposición de cualquiera la más trivial de las operaciones. Si no había nada que ocultar, ¿por qué no cambiar las paredes por los cristales? Surgió la arquitectura invisible. La moda del vidrio arraigó en la sociedad y las casas particulares se volvieron, como dice el lugar común, cajas de cristal. Los biltinos convirtieron la intimidad en arte: las parejas hacían el amor frente a las paredes de vidrio, a la vista de los vecinos y los intrusos. Los biltinos se preocuparon por satisfacer a su público, que acudía a las puertas de las casas a inspirarse para su propia faena. Y si en la poesía existen las formas más variadas en extensión y profundidad, en el amor también: una breve sesión de besos bastaba para despertar sinceros aplausos; algunos hombres se especializaron en acariciar la espalda de sus compañeras (o compañeros, porque no es una sociedad homofóbica); las parejas más jóvenes lucían su energía y arrebato, mientras que los matrimonios de muchos años se enroscaban en tiernos abrazos de horas de duración antes de quitarse la ropa.

A los 17 años, los biltinos realizan su holimbaratz, que significa servicio de amor. Varones o mujeres, deben ir a trabajar a los campos. Obligatoriamente, el servicio dura tres años, que pueden extenderse según la vocación de servicio de cada quien. Las labores son duras y agotadoras. En la memoria oral de los biltinos perviven leyendas de éxodos y tribulaciones, así que el periodo en los campos prueba la verdadera “biltinidad” de cada ciudadano. Las hambres y la soledad son tan extremas que no pocos mueren. Nadie regresa igual al país: el sentido del humor se acidifica; los hombres se vuelven taciturnos –algunos al punto del suicidio— y algunas mujeres renuncian definitivamente a la maternidad. Pero sólo se puede saber de lo que ocurre en los campos por las secuelas físicas o psicológicas. Es un tema prohibido en la feliz y erótica sociedad de ese país.

Qohelet rompió esta regla. Escribió su experiencia y se convirtió a la denuncia. Contradijo así la versión oficial de que se trabajaba en minas de oro y uranio cavadas tan profundamente que los jóvenes renunciaban a la luz del sol y al aire fresco. Qohelet pasó, en efecto, el primer año de su holimbaratz en un campo, pero de entrenamiento militar. Para una sociedad adicta al arte, el asesinato se enseñaba como un acto estético.

El segundo y el tercer años se emplean en aplicar esas artes: Alrededor de Biltinia viven unas 20 naciones indígenas. Los biltinos ejercen sobre ellas una sangrienta relación de patronazgo. De acuerdo con cálculos de Qohelet, algunos de estos pueblos tributan hasta el 70 por ciento de su labor. La refinada y justa Biltinia vive de este trabajo semiesclavo. En efecto, concede Qohelet, las tribus circundantes ignoran la democracia parlamentaria, el monoteísmo, La divina comedia, las sinfonías de Bethoveen y casi todo aquello que hace de Occidente una civilización superior. Los druris, la tribu sometida por el batallón de Qohelet, se especializaban en la fabricación de vidrio para la vanguardista arquitectura biltina.

Ignorado al principio, Qohelet fue luego tachado de loco, exhibicionista y finalmente fue acusado de delitos de lesa patria. A punto de ser juzgado, una red internacional de biltinos en el exterior le ayudó a escapar, le proveyó un pasaporte falso con un nombre nuevo y una nacionalidad europea. Para no llamar la atención, lo enroló en un curso de mitología vikinga en Escandinavia. Después de contarme su historia, Qohelet me comparte sus impresiones sobre Suorhus y el profesor Fomsgaard, pero por ahora he agotado el espacio de esta columna.

0-0-0

No hay comentarios:

Publicar un comentario