sábado, 15 de octubre de 2011

Carta a Miguel Ángel Granados Chapa

Hace un par de años, apenas te recuperaste de una dolencia que parecía definitiva, retomaste la escritura diaria de Plaza Pública y dijiste que sólo te retirarían la enfermedad o la muerte. Hoy, 14 de octubre de 2011, te despediste de tus lectores con un lacónico: "esta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós".

Me invade una profunda tristeza. Nunca te conocí ni estreché tu mano. Lo más cerca que estuve de ti fue en el corral de la ignominia de la Cámara de Diputados, quizá en 2007, a donde ibas a hacer crónica parlamentaria y reporteabas como cualquier periodista raso, de este lado de la barda. Aun cuando trabajabas a unos metros de mí nunca me animé a interrumpirte y decirte cuánto te admiraba. Yo colaboraba en Reforma y me daba el atrevimiento de mandar, igual que tú, la crónica del día, ¡no hace falta decir que sólo publicaban la tuya!

Cuando yo nací, tu Plaza Pública ya tenía cinco años. Recuerdo haberla leído por primera vez en El Financiero, en una época dorada de ese periódico. Después se mudó a Reforma, en donde permaneció hasta el final. Te ocupaste de todos los asuntos de interés público en México: de los partidos políticos a la Iglesia católica, la política exterior, el petróleo, las telecomunicaciones (creo que no caíste en la tentación de escribir sobre futbol). Detrás de tus análisis se transparentaba una investigación acuciosa y fuentes directas. Historiador, proveías el contexto o la biografía de tus personajes; analista, descubrías los resortes y las pasiones detrás de la escenografía; moralista –en el mejor sentido— sancionabas las fechorías, los robos y las mentiras de los poderosos; escritor, tus columnas eran unitarias, fluidas y agradables. Te diste el lujo de exigirle a tus lectores que recurrieran al diccionario y buscaran palabras como lenidad, hesitación, munificencia.

No pienso que te extrañaré sólo porque tus columnas eran capaces de ordenar la realidad y de explicarla; tampoco porque generalmente coincidía contigo. Extrañaré tu Plaza Pública porque era, cada día, una lección de independencia, de coherencia y de sentido del deber. Te creíste tus batallas, las batallas de la izquierda, por llamarlas de alguna manera genérica, aunque debería decir, las batallas de los débiles. No habría suscrito todas ellas –me parece que te faltó ser más crítico con López Obrador— pero eso es irrelevante. Tú ostentaste algo que se ha perdido: el compromiso. Y por eso creo que el mayor vacío que dejas es moral. Yo, que tengo cuarenta años menos que tú, crecí en un mundo seducido por el cinismo y la desesperanza. A los más desfavorecidos se les impuso la obligación de sobrevivir y sabemos que la lucha por la sobrevivencia degrada la moral y la cultura. A los que nacimos en medio de privilegios –privilegios modestos, si quieres, pero liberados de esa lucha por sobrevivir— se nos dijo que era pérdida de tiempo tratar de rectificar el mundo: no hay salvación, el hombre es lobo del hombre (y de las mujeres) y pensar que otro mundo es posible era una imperdonable ingenuidad. Nos acomodamos a ese pesimismo con toda comodidad, arropados por una expansión económica nunca antes vista en la historia y por el mayor crecimiento de las clases medias en los países subdesarrollados. Al final del día parecía que la promesa neoliberal nos proveía de un crédito para un departamentito, un iPhone, unos tragos el fin de semana.

La ilusión se colapsó con la burbuja financiera y la cadena se ha roto por los eslabones más fuertes: los jóvenes árabes que tiraron a sus dictaduras o que cada día dan la vida por derrumbarlas; los mileuristas españoles y los indignados en Tel Aviv y Nueva York. Ellos, como tú, no se tragaron el cuento de la derrota y la conformidad. Pero muchos otros sí, y el resultado es un vacío moral de dos o tres generaciones. Hacer política, incluso de izquierda, se convirtió en un buen negocio: los partidos políticos mexicanos reciben cantidades absurdas de dinero, y en México no es mal visto enriquecerse en un cargo público con la mano derecha y repartir subsidios a los miserables con la izquierda. Los escritores se refugiaron en la posmodernidad y las becas: bostezan cuando escuchan palabras como capitalismo, revolución o justicia, que les parece pertenecientes a una lengua muerta. Por eso tu retiro es tan triste. ¿Quién escribirá todos los días contra los pillos, los simuladores, los magnates que se enriquecen a costa de nuestra tolerancia? ¿Quién convertirá la indignación diaria en una columna clara y contundente? No deberías de irte sin dejarnos un remplazo.

Gracias por los 34 años de la Plaza Pública. Gracias por despedirte con un recuento de nuestros males, pero también con un recordatorio de la esperanza. No es ningún deseo pueril y hoy, más que nunca, hay que creer en ella:

La inequidad social, la pobreza, la incontenible violencia criminal, la corrupción que tantos beneficiarios genera, la lenidad recíproca, unos peores que otros, la desesperanza social: todos esos factores, y otros que omito involuntariamente pero que actúan en conjunto, forman un cambalache como esa masa maloliente a la que cantó Enrique Santos Discépolo en la Argentina de 1945. Con todo, pudo cantarle. Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete.

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