miércoles, 23 de noviembre de 2011

AMLO

Tuve la suerte de cubrir un tramo importante de la campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2006. Pocos años como aquél han sido tan fructíferos para hacer periodismo. La efervescencia social se expresaba en las calles, ya a través de movimientos sociales como el de Oaxaca y Atenco, ya por medio de las expectativas que despertó la candidatura de López Obrador. Seguirlo en las plazas del país equivalía a pulsar la emoción de miles que viajaban desde sus pueblos hasta las cabeceras municipales para escuchar a un hombre que iba con un mensaje de esperanza, de purificación de la vida pública, de solidaridad con los pobres.

Cierto: sus mejores plazas estaban en el sur y el centro, pero también llenó Monterrey y no le fue mal en Guadalajara. Y es cierto también que no pocas de esas plazas atiborradas se nutrían del acarreo. Recuerdo particularmente la masiva concentración de Torreón del 15 de junio de 2006, en donde la policía local reportó la movilización de 700 autobuses. Los gastos del mítin corrieron a cargo de un ostentoso empresario y candidato a senador llamado Francisco León, que fue levantado en febrero de 2007 y que continúa desaparecido. Acarreos aparte, la campaña de AMLO fue sin duda una insurrección electoral que movilizó a casi 15 millones de votantes el 2 de julio de 2006.

López Obrador despertó una fidelidad poco proclive a la crítica y a la autocrítica. No recuerdo una revisión pública de sus errores: no asistir al primer debate, persistir en el tono de confrontación a través de llamar "chachalaca" a Vicente Fox y descuidar la vigilancia de las casillas (dispusieron de 400 millones para esa estructura, según Reforma, 24 de enero de 2007). Ni tampoco se evaluó el punto de quiebre del movimiento: la ocupación del Paseo de la Reforma en la ciudad de México.

Nombrado en 2006 "presidente legítimo" en una votación a mano alzada en la plancha del Zócalo, AMLO regresa hoy a la lid electoral. Como escribió Jesús Silva-Herzog Márquez, uno de sus méritos es señalar la existencia de una oligarquía en México, responsable de socavar el desarrollo democrático del país. Eso ningún otro político lo hace y ahí reside una parte importante de su credibilidad. Daniel Ortega, para acceder al poder en Nicaragua por la vía electoral, adquirió un discurso de predicador evangélico y se puso camisa rosa. López Obrador adquiere un lenguaje religioso: a su estructura política la llama Morena para recordar a la Guadalupana y promete una república amorosa. Habla de fraternidad y de valores cristianos. Ayer juarista, en su discurso de hoy el amor al prójimo desplazó al concepto de justicia social.

Se habla del candidato "de las izquierdas" sin que haya mayor cuestionamiento del término. ¿Qué tiene de izquierda el PT?, ¿qué tiene de izquierda el Movimiento Ciudadano y su dirigente Dante Delgado?, ¿han impulsado alguna política de izquierda en su historia?, ¿qué queda de izquierda en el PRD? Vale la pena responder estas preguntas y cuestionar si el proyecto que ofrece López Obrador es también de izquierda. Hasta ahora parece más un priismo filantrópico basado en el voluntarismo del líder: la reconstrucción de un Estado de Bienestar —sin duda urgente— que se plantea financiar con los ahorros generados tras abatir la corrupción en la burocracia.

En las democracias la corrupción se combate con pesos y contrapesos y con transparencia. Y López Obrador no es el más entusiasta de ninguna de estas dos fórmulas. En el trecho final de su campaña en 2006, cuando daba por sentado que sería presidente de la República, llamaba a que el electorado le diera mayoría absoluta en el Congreso (el mismo anhelo de Enrique Peña Nieto hoy). La transparencia tampoco fue su fuerte: cerró por 12 años el acceso a la información de los gastos de la construcción de los segundos pisos. Vale la pena preguntarse si los costos de unos puentes son un asunto de seguridad nacional que deba ser reservado.

El acuerdo con Marcelo Ebrard en la definición de la candidatura presidencial reveló también la escasa cultura democrática de las izquierdas. Después de exaltarlo, López Obrador reveló que le cedía al jefe de gobierno del DF la definición de la candidatura por la capital de la república. Será el dedazo de Ebrard, avalado por AMLO, el que decida quién habrá de representarlos.

El lopezobradorismo se nutre de la decepción de la alternancia mexicana. Concluimos dos sexenios de gobiernos panistas sin proyecto ni programa que optaron por no democratizar el régimen ni enfrentar la corrupción. Peor aún, nos llevaron a la guerra. Tampoco Enrique Peña Nieto ha ofrecido nada sustancial. Al igual que Mariano Rajoy en España, confía en llegar a la presidencia sin decir para qué la quiere. En cuanto a López Obrador, un buen inicio, no sólo de él mismo sino de los lopezobradoristas, sería no tachar a sus críticos de emisarios de la derecha. En agosto de 2006, Juan Villoro escribió: "la izquierda no puede ceder a la tentación del mesianismo: sólo cumplirá sus objetivos cuando ofrezca la mejor plataforma para ser criticada".

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