viernes, 4 de mayo de 2012

Un sábado con los neofascistas europeos

AARHUS, Dinamarca. --¡Qué bueno que tu fotógrafo es corresponsal de guerra --me dice el periodista británico Peter Stanners-- porque lo vas a necesitar!

Son las 14:30 horas del sábado 31 de marzo. Decenas de periodistas acuden hasta Mølleparken, en el centro de esta ciudad, para cubrir una extraña manifestación: los movimientos más ultras de la extrema derecha del Viejo Continente-- algunos herederos de neo-nazis-- se reúnen en esta ciudad del norte de Dinamarca para lanzar un movimiento pan-europeo. El solo anuncio de la reunión prendió las alarmas de los gobiernos de Europa y Estados Unidos. No era para menos: el principal terrorista de la historia reciente, el multihomicida noruego Anders Breivik, mantuvo frecuentes contactos con miembros de estos grupos en las semanas previas a sus ataques en Oslo y la isla de Utøya del 22 de julio de 2011, en donde mató a 77 personas e hirió a 153.

El fotógrafo y corresponsal de guerra al que se refiere Stanners es Imal Hashimi, un fotoperiodista afgano que se formó en la cobertura del régimen Talibán y de la invasión estadounidense a su país. Radicado en Dinamarca desde 2009, Imal imparte cursos de fotografía en esta ciudad. Al encontrarnos, nos damos cuenta de que ambos nos hemos quitado la barba por las mismas razones: mejor no parecer musulmanes a primera vista. Yo no lo soy pero en este país me confunden con turco. Pero Imal sí es un lo es y por ello su decisión de tomar las fotografías para este reportaje es doblemente valiente: él sería el blanco idóneo del odio y la violencia de los grupos de ultra-derecha que se reúnen esta tarde en Aarhus para reconocerse, fraternizar y lanzarse –dicen-- a la reconquista cristiana de Europa.

Para estos ultras, el Islam representa una amenaza contra la civilización. Según ellos, los países musulmanes participan en una conspiración para islamizar Europa y convertirla en Eurabia: imponer la sharía o ley islámica, obligar a las mujeres a usar el burka y terminar con cuantos derechos y libertades ha conquistado Occidente desde el Renacimiento. Según su teoría conspiratoria, los inmigrantes no son más que un caballo de Troya de los proyectos de conquista de líderes islámicos.

Esta mañana del 31 de marzo los anti-islamistas, por un momento, consiguen un primer objetivo: hacen retroceder el reloj cuarenta años atrás, antes de que los inmigrantes llegaran a Dinamarca como obreros manufactureros. Por las calles del centro sólo se ven hombres y mujeres rubios y de ojos azules. Los árabes, somalíes, palestinos, marroquíes, libaneses, indios, y demás minorías no se aparecen. Las exclusivas tiendas de ropa, a diferencia de lo que harían un sábado ordinario, no exhiben sus ofertas sobre la acera y se preparan para bajar las cortinas a la una de la tarde, en cuanto empiecen las manifestaciones.

Ellos no son los únicos que temen una confrontación violenta. El gobierno danés despliega el mayor operativo policiaco en la historia del norte del país --una región conocida como Jutlandia--, con varios cientos de policías antidisturbios armados. La BBC de Londres y el diario The Guardian reportan a cada rato los preparativos del encuentro. Los británicos de alguna manera se sienten responsables de lo que ocurra aquí: el grupo convocante es la Liga de la Defensa Inglesa (EDL por sus siglas en inglés), la más grande y la más organizada entre sus pares europeas, nutrida principalmente por ex hooligans.

Y la alerta policiaca y periodística tiene razón de ser: Breivik, el multihomicida noruego, había afirmado haberse reunido, precisamente, con “decenas de líderes” de la EDL. Tommy Robinson, cabeza de la EDL --aunque condenó en su momento los atentados de Oslo y Utøya-- había prevenido que un ataque de esas características podría volver a ocurrir si los políticos seguían ignorando la amenaza que representaba el Islam.

Y es justo Tommy Robinson el que está anunciado como orador principal en la reunión de este sábado. Amagó con que 300 miembros de su organización lo acompañarían a Aarhus. Por ello la preocupación llega hasta los Estados Unidos. La embajada de ese país emite la víspera una alerta para sus ciudadanos: “se aconseja evitar la cercanía con estos eventos. Si se encuentra cerca de alguna de estas dos manifestaciones, por favor actúe con cautela y abandone el área lo más pronto posible”. La embajada americana se refiere a dos manifestaciones en Aarhus. Y es que la extrema derecha y sus proyectos de unidad no sólo provocan una avalancha de periodistas europeos y un operativo policiaco de varios cientos de efectivos: también indignan a una buena parte de la ciudad.

En cuanto se supo que los neo-fascistas se reunirían en este puerto, se formó un colectivo llamado “Aarhus por la diversidad”, que convocó a una contra-marcha de repudio. En pocas semanas cuatro mil personas habían confirmado su asistencia en la página de Facebook.

Son las 14:30 horas del sábado 31 de marzo. Aun cuando los rayos de sol calientan Mølleparken, la sensación térmica es de un grado centígrado sobre cero. Imal Hashimi se mueve con cautela entre los islamófobos, que arengan desde una camioneta que sirve de templete. Los oradores repiten los mismos mensajes: el Islam es una religión violenta de mujeres oprimidas y hombres brutales; hay que devolver a los musulmanes al otro lado del Mediterráneo. Imal Hashimi dispara su cámara una y otra vez.

--Qué bueno que tu fotógrafo es corresponsal de guerra...! –me dice el periodista británico Peter Stanners.

--¿Sí crees que se pongan violentos los extremistas? –le pregunto.

--Lo digo por los de ultra-derecha y también por los anti-fascistas. Yo estoy de su lado, por supuesto, pero también son de cuidado. Ya lo verás.

Unos minutos después caen las primeras piedras y estallan los primeros petardos a unos metros de nosotros.

El chovinismo del bienestar

Su puesto es la caja de cobro del supermercado del bazar. Ahí pasa la mayor parte de su día, cobrando las mercancías más diversas: desde dátiles del Medio Oriente hasta latas de frijoles La Costeña. De piel morena clara y suéter gris, si me lo topara en las calles de la Ciudad de México pensaría que es un mexicano más en camino a su taller o a su changarro. Pero Mustapha Demirezen es el imam del Bazar de Aarhus, la máxima autoridad religiosa de la comunidad turco-islámica en Aarhus.

Como cualquier comerciante de cualquier credo religioso, para Mustapha primero está el negocio y, después, la oración. Me explica que no reza las cinco veces al día como lo exige el Corán porque tiene mucho trabajo. Cuando la tienda deja tiempo, lo hace dos veces al día, pero mejor deja la vida religiosa para los viernes, que la mezquita se torna en centro de reunión en donde se discuten los problemas comunitarios y se fortalecen los lazos de solidaridad. Con 20 años en Dinamarca, Mustapha se define como musulmán, danés y turco, en ese orden.
El fotógrafo Imal Hashimi --que me traduce del danés al inglés-- me dice, aparte, que él comparte esa visión del Islam: una en donde lo relevante no sean los signos exteriores de la fe: la barba larga, la ropa talar o el gorro en la cabeza, sino que la congruencia con las convicciones. Pero en efecto, no todos los musulmanes de Dinamarca se adhieren a esa visión del Islam secular. Muchos somalíes, por ejemplo, sí llevan túnicas, se dejan la barba y cierran religiosamente sus cafés y fondas cinco veces al día para ir a la mezquita.

Ya sea en su modo más secular o más observante, la inmigración desde países islámicos se mira con recelo en este país: una encuesta del Foro Económico Mundial de 2007 reveló que el 70 por ciento de los daneses veían la interacción con el Islam como una amenaza a la seguridad. Una encuesta más reciente añadía que el 55 por ciento de los daneses percibían al Islam como una amenaza contra la identidad danesa.
La experta Susi Meret, de la Universidad de Aalborg, me explica que hasta la década de 1970 la sociedad danesa era étnicamente muy homogénea. A partir de entonces los inmigrantes llegaron a satisfacer la demanda de mano de obra. Se les dio la calidad de “trabajadores invitados”, pero la mayoría ya nunca se fue y, por el contrario, se trajo a sus familias. Después vino una nueva ola de nuevos habitantes: en las décadas de 1980 y 1990, el país acogió refugiados políticos de diversos países, muchos de ellos también musulmanes.

Meret, una inmigrante italiana con esposo e hijos daneses, ha estudiado a detalle los grupos de extrema derecha en Europa. Ella me advierte que no se debe confundir a los partidos políticos de ideología extremista --que participan en elecciones-- con los movimientos callejeros sin presencia parlamentaria como los que se reúnen en esta ciudad el 31 de marzo. Los primeros actúan dentro de los parlamentos e influyen decisivamente en las políticas públicas; los segundos entran y salen de las sombras, a veces con hechos violentos. Pero en dos cosas sí coinciden: su membresía frecuentemente es la misma y su discurso anti-musulmán también.

Las conclusiones de Meret son escalofriantes: los partidos de la extrema derecha anti-islamista se han convertido en los nuevos partidos de la clase obrera en Europa, los que han atraído el voto de los trabajadores manuales, casi siempre varones, que solían votar por los socialdemócratas o los socialistas. Y en Dinamarca es en donde les ha ido mejor de todo Europa. El Partido del Pueblo Danés (Dansk Folkeparti) estuvo en la coalición gobernante entre 2001 y 2011. Todavía en las últimas elecciones --las primeras que se celebraron en Europa tras los atentados de Oslo y Utoya-- obtuvo el 13 por ciento de los votos. En esos comicios la izquierda apenas arañó la mayoría necesaria para sacar a la coalición conservadora del poder.

Los partidos de la extrema derecha han conquistado a los obreros con un “chovinismo del bienestar”, me dice Meret: un discurso que defiende que el sólido Estado de Bienestar europeo --estupenda educación y salud pública, jugosas pensiones, seguro de desempleo-- debe pertenecerle a los europeos y no a los inmigrantes que vienen a drenarlo. Recientemente, me dice Meret, la extrema derecha parlamentaria se ha arrogado la defensa de los derechos democráticos y la equidad de género: el Islam, dicen, fuerza a las musulmanas a usar burka, arreglan sus matrimonios desde la infancia y sus maridos las golpean por costumbre.

El viernes 30 de marzo, un día antes del encuentro de la ultraderecha, le pregunto a Meret por qué los extremistas han elegido Aarhus para reunirse: “aquí han sido mucho más fuertes comparados con el resto de la península (de Jutlandia), y en Copenhague la izquierda está mucho más organizada y la contra-manifestación hubiera sido más poderosa”, me dice. Agrega que los países escandinavos son países muy seculares y que una vida más religiosa --islámica o cual sea-- se mira con recelo por el conjunto de la sociedad. Le pregunto su opinión sobre el burka y el velo islámico:

“La burka es un fenómeno muy marginal como para prohibirlo por la ley, y del velo, ¿por qué nos molesta un trozo de tela en la cabeza de otras mujeres? Yo recuerdo que mi abuela, en la Italia católica, no salía de su casa sin velo”.

“Lo volveremos a intentar”

El diario británico The Guardian había calificado esta reunión de anti-islamistas como una tentativa preocupante de crear una red de ejércitos callejeros como los que descarrilaron las democracias europeas en la década de 1930. Y se les tomó tan en serio que nunca una manifestación tan pequeña había sido tan cubierta por la prensa internacional, ni tan vigilada por cientos de policías, ni tan humillada por la sociedad civil: la extrema derecha fue repudiada en Aarhus y vencida en cada palmo de terreno. Los neo-fascistas juntaron apenas 200 personas, mientras que la contra-manifestación --que recorrió las calles aledañas-- sumó entre cinco mil y ocho mil participantes, lo que la convirtió en la marcha anti-fascista más grande en Dinamarca en los últimos quince años.

Sábado 31 de marzo. 13:30 horas. En la plaza del ayuntamiento se concentran los antifascistas: estudiantes, trabajadores, anarquistas, punks, socialdemócratas, trotskistas; daneses, somalíes, libaneses, chilenos y españoles residentes en Aarhus, así como manifestantes que toman ferry, autobuses y trenes desde Suecia, Noruega y Alemania para nutrir una movilización multicultural, multi-ideológica e indignada por el fascismo del siglo XXI.
Me detengo a preguntarle a un punk de ojos azules, que se identifica como Sundance, qué hace aquí: “vine porque pienso que ninguna persona es ilegal --me dice-- todos tienen derecho a estar en este país”. Ahmad Jibril, un terapeuta físico de 41 años refugiado de la guerra civil en Somalia, dice “yo soy danés-somalí. Tenemos que aprender a vivir juntos”. María, una española con 32 años de residir en Dinamarca, agita una bandera comunista: “soy maestra de niños pequeños, muchos de Irán, Iraq y Líbano, y sé que no todos los musulmanes son extremistas. Los nazis se aprovechan de que aquí la gente es muy tolerante”.

A unos metros, Fátima, una joven danesa con velo, sostiene una manta de la organización “Unidad de jóvenes daneses de origen diverso”. Le cuento que la ultra-derecha dice defender sus derechos de musulmana subyugada: “Yo elegí usar el velo hace apenas unos meses porque me siento más segura con él. No estamos oprimidas en absoluto ni se nos obliga a casarnos con nadie. Ellos quieren dar una imagen que no refleja la realidad”, me dice mientras agita, con la otra mano, una bandera danesa.

A las 14:00 horas el mitin anti-fascista marcha hacia la plaza principal. Imal y yo nos desviamos hacia Mølleparken, en donde se reúne la extrema derecha. Durante una hora hay ahí más periodistas --algunos con chalecos antibalas y cascos-- que manifestantes. Desde el principio las cosas les salen mal a los ultras: no se aparecen las delegaciones polaca y sueca, ni tampoco la mayoría de los dirigentes de sus grupos en otros países. La académica Susi Meret ya me había advertido que hay importantes divisiones internas y que los giros ideológicos los hacen chocar. Eso les pasó con el viraje que dieron del antisemitismo hacia el abierto respaldo al estado de Israel, que los neo-fascistas usan para quitarse la etiqueta de neo-nazis. Pero eso, justamente, aleja a los grupos que siguen siendo antisemitas.

Un danés con el rostro cubierto, la cabeza rapada y una sudadera de la Liga de la Defensa Danesa (DDL) se empeña en prender un motor a gasolina: sin éxito. Sin ese motor no hay manera de encender las bocinas y entonces la primera oradora, la danesa Freja Lindgren, recurre a un altavoz para pedir un minuto de silencio por las víctimas de Toulose, Francia, y de todo el Islam. El británico Tommy Robinson toma la palabra anticipadamente. Se le había anunciado como el orador principal pero la ausencia de otros líderes relevantes lo obliga a adelantar su discurso. En su rostro se refleja la frustración. Le había dicho a la prensa que 300 ingleses harían el viaje a Aarhus. Sólo se aparecen quince. Y cuando Robinson está a punto de lanzar su proclama se oye un grito a unos 50 metros: “¡Alianza antifascista!” y estalla en pedazos la primera botella a unos metros de nosotros.

Las previsiones de que Aarhus era un bastión de la ultraderecha sin una oposición articulada estuvieron equivocadas. Árabes y daneses, musulmanes y socialistas juntos, se coordinaron para sabotear al neofascismo. Pequeños piquetes armados de piedras, botellas y petardos atacaron por diversos flancos la concentración de la extrema derecha y se colaron entre la policía para arrojar patadas a los ultras. Paradoja del día: los cientos de policías armados terminaron protegiendo a la alicaída ultraderecha. Si el propósito de los piquetes antifascistas era quitarles la atención de la prensa, lo lograron: Robinson terminó hablando para sí mismo y se fue a escondidas protegido por sus guardaespaldas, con el pretexto de que al otro día estaba invitado a un programa de la BBC en Londres.

En un país tan ordenado como éste --en donde hay reglamento de tránsito hasta para andar en bicicleta, con multas de unos 2,800 pesos mexicanos por no sacar la mano para avisar que vas a dar la vuelta-- los piqueteros jugaron al gato y al ratón con la policía, que trataba de cazar a los más correlones. Entre los piqueteros había tanto mujeres rubias con peinado mohicano hasta jóvenes árabes de sudadera con la leyenda: “soldado de Alá”.
Los anti-islamistas ingleses huyeron protegidos por los uniformados. Decenas de policiacos despejaron la calle por donde se fue su autobús --adornado con la leyenda “no nos rendiremos”-- y, aun así, una piedra destrozó una ventanilla. Uno de los piqueteros antifascistas se encontró una bicicleta estacionada en la calle y se la arrojó al autobús, aunque no lo alcanzó.

“Ya arrestamos a los más problemáticos. Esperemos que con eso se calmen las cosas. La salida del autobús fue muy tensa y pudo haber salido mucho peor”, me dijo hacia las 15:30 horas Bent Preben Nielsen, el oficial a cargo del operativo, en su perfecto inglés. Tenía a 26 personas arrestadas hasta entonces. Unos minutos después sus hombres detuvieron a unos quince más. Y al final de la jornada, a las 18:00 horas, cargaron con los últimos treinta antifascistas que no se querían despejar Mølleparken hasta que no se hubiera ido ni uno de los ultras. Los 83 detenidos fueron liberados unas horas después. Tres policías resultaron con heridas leves.
La extrema derecha había aprovechado una fotografía de Freja Lindgren para promover el encuentro en las redes sociales. La anti-islamista instructora de aerobics aparecía de espaldas, vestida con una tanga, luciendo su figura voluptuosa, aunque la fotografía era un tanto difusa. En persona, sin embargo, se notaba que sus mejores años habían quedado décadas atrás. Quizá eso mismo ha ocurrido con los movimientos neofascistas callejeros (aunque sus expresiones partidistas sean más fuertes que nunca). Con el rostro apesadumbrado y mezclando inglés y danés Freja me dijo al término del mitin: “lo intentamos porque amamos a nuestro país, aunque sabíamos que podía pasar esto. Pero volveremos a tratar”.

Publicado en Domingo, de El Universal, el 22 de abril de 2012.

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