lunes, 9 de julio de 2012

Recuerdo de Alí Chumacero


En 2002 colaboré en el Fondo de Cultura Económica. Frente a mí se sentaba Alí Chumacero; durante casi un año charlé con él y le pedí que revisara mi trabajo. Al final, escribí este texto.


A sus 84 años, Alí Chumacero era el hombre más joven que yo había conocido. Tenía a flor de labio la sonrisa, el chiste amable, la anécdota erudita y el comentario pornográfico. Cualquiera podía sentarse en su mesa y compartir el entusiasmo por la vida que irradiaba el niño de Acaponeta. Ni su fama ni la veneración que le profesaba la vida literaria mexicana le estorbaban para cultivar una sencillez altiva, sin humildad ni modestia. A mi lado se sentaba un puente entre siglos que igual rememoraba a Enrique González Martínez que a Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Carlos Montemayor o Jorge Volpi.
De su ironía no se salvaban ni sus grandes amigos. Crítico de la República de las Letras, no escatimaba los méritos de nadie y estaba siempre dispuesto a leer el poema de un escritor joven y a escuchar el cuento del adolescente en las sesiones del Consejo Mexicano de Escritores, del que era asesor literario. No se avergonzaba de sus amigos, ni del político corrupto ni del mal escritor, pero aceptaba la crítica con un silencio cómplice.
—¿Por qué ya no publicó más, maestro?
—Ya para qué, ya estaba muy viejo —decía con una sonrisa.
Editor de toda la vida, a pesar de la brevedad de su labor crítica contribuyó a templar los gustos literarios del México moderno. Gerente de producción y después coordinador general editorial del Fondo de Cultura Económica (FCE), en 2002, cuando yo lo conocí, Alí vivía allí una especie de jubilación presencial. Llegaba a las 12 del día a su escritorio del primer piso del edificio de Picacho Ajusco 227. Revisaba alguno de los 26 tomos de la obra de Reyes y señalaba erratas que ya nadie corregiría, releía el diccionario enciclopédico, un libro en francés, a veces el periódico; cuando se lo pedía, pulía mi trabajo y, frecuentemente, recibía la visita de “los muchachos”: Juan José Utrilla y Marco Antonio Pulido, decanos de cabello blanco y dos de sus discípulos editoriales. Se iba a las dos de la tarde en punto, quizá a las dos treinta o a las tres si una conversación lo retenía, porque era incapaz de cortar una charla por trivial que fuese.
LO BUENO DE LA VIDA
No le gustaban las oficinas cerradas. Nadie entendía por qué no ocupaba un privado en lugar de permanecer en un pasillo, pero él lo confesaba a quien quisiera escuchar: “Es que me gusta ver a las muchachas”. Su pasión por las mujeres era irrenunciable. Impotente confeso, hacía el amor con la palabra. “Esto es lo bueno de la vida, lo que vale la pena”, decía al desplegar una revista pornográfica sobre su escritorio gris. Consultaba revistas mexicanas y españolas, pero prefería las de Europa del Este que le había traído alguno de sus hijos de un viaje reciente. Era dif ícil sustraerse al encanto del close-up de las vaginas rosadas, a las lenguas que acariciaban un clítoris, a una mujer lidiando con cuatro penes erectos y una doble penetración. Gracias al tamaño de las fotografías, el maestro no debía usar la gruesa lupa para mirar los pliegues de los labios, bastaba con alzar un poco la cabeza para ver a través del cristal inferior de sus bifocales de pasta negra.
—Esto es lo bueno de la vida: las mujeres. No importan ni la literatura, ni los libros, ni las editoriales. Esto es lo bueno de la vida; tómala, llévatela, pero me la traes —advertía al prestarme una de sus valiosas revistas.
Hasta entonces asistente frecuente a cenas, homenajes y mesas redondas de la vida cultural mexicana, su presencia rechazaba pretensiones de poder. No había en él aire de pontífice ni anhelos de mando. Y era claro con sus afectos y simpatías: sólo a José Revueltas le reservaba el título de “maestro”. Por el contrario, Octavio Paz era “un mamón que cada tantos años cambia de amigos”. A Juan Rulfo lo llamaba Pedro Páramo, condenado quizá a una contrición eterna por el artículo de 1955 en el que había minimizado esa gran novela mexicana del siglo XX.
Igualmente su memoria alumbraba la geografía de la vida literaria de su época: el café París, escenario de formación e intercambios intelectuales de los jóvenes escritores; El hijo pródigo, “la mejor revista literaria de México”, que cofundó con Leopoldo Zea, José Luis Martínez y Jorge González Durán, éste último “el mejor escritor del grupo, que se echó a perder porque se dedicó a ser sub de todo: subdirector del ISSSTE, subdirector del INBA, ministro de la embajada en París”; Alfonso Reyes, cuya prosa leía con devoción y cuya poesía criticaba sin concesiones, y Arnaldo Orfila, director del FCE que, recordaba Alí, inventó la colección Letras Mexicanas para defenderse de las críticas de “extranjerista” que venían desde Los Pinos en tiempos de Díaz Ordaz.
Una tarde de marzo de 2003, después de un año de largas conversaciones, cafés, préstamos de revistas pornográficas y corrección de mis trabajos editoriales, me despedí.
—Ya me voy, maestro —le conté.
—Haces muy bien. Esto ya no tiene futuro, yo también ya me voy; estoy hasta los cojones —mintió, porque se quedaría ahí hasta el final.
—Le hablo después para que nos tomemos un whisky.
—Adiós, Emiliano —dijo antes de cerrar la puerta de su carro azul, conducido por Manuel, su chofer y amigo.
Lo vi alejarse nuevamente para regresar al otro día y al otro día, al tiempo que estaría ya lejos de mí, ausentes para siempre sus conversaciones, su alegría, su magisterio, su sencillez altiva, su amor por la vida, las mujeres, la literatura, la imagen candorosa de una joven desnuda. Nunca le devolví dos revistas pornográficas.
Publicado en Milenio Semanal el 31 de octubre de 2010.

viernes, 6 de julio de 2012

Invitación al curso de Miguel Ángel Bastenier

Por Emiliano Ruiz Parra

Quedan tres días para registrarse al taller de Miguel Ángel Bastenier en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), en Cartagena de Indias. Va mi testimonio para animar a los colegas a matricularse: 

—Emiliano, tienes cara de que nunca has desvirgado un “breve” —me dijo Miguel Ángel Bastenier.

Era la primera clase del taller “Cómo se escribe un periódico” (ahora rebautizado Cómo se escribe en periodismo, porque abarca las plataformas digitales) en Cartagena de Indias, Colombia, en julio de 2006. De bermudas, aferrado a la colilla de un cigarrillo como un náufrago se cuelga de una cuerda salvadora, Bastenier recibía a un nuevo grupo de dieciséis reporteros de ocho países de América Latina, reunidos por la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

Durante casi un mes, Bastenier nos conduciría por los diversos géneros periodísticos: el breve (la nota condensada en un párrafo), la noticia, la crónica y el reportaje. Si una lección obtuve de ese taller, es que mi manejo de la lengua española reflejaba una mezcla de ignorancia, indolencia y prejuicios. Bastenier nos enseñó a dejar de “sobreescribir” —desechar las perífrasis inútiles— a encontrar la palabra más precisa y natural para describir un hecho y a pensar en los textos como estructuras vivas: aun el texto más breve reclamaba un hálito de vida impreso por la fortaleza del lenguaje.

Bastenier era un español capaz de sostener una discusión sobre política interna de Colombia o México, y ganarla. Su amor por América Latina lo llevó a obtener un pasaporte colombiano, del que se sentía orgulloso. Su hispanismo cosmopolita le generaba contradicciones adorables: era un católico agnóstico; un demócrata monárquico y, creo yo, en el fondo un nostálgico de la gloria imperial española. Le gustaba decir: “Si Dios existiera que, creo yo, no existe, sería católico y demócrata”.

Lo mejor del curso era su sentido del humor ácido e hiriente. Se burlaba de sí mismo todo el tiempo, y eso le confería autoridad para burlarse de los rompecabezas políticos y sociales del subcontinente latinoamericano. De sus divorcios a sus coberturas en Medio Oriente, Bastenier siempre tenía un chiste a la mano, una mirada autocrítica y una anécdota fina, y su conversación fluía de la conquista española a las batallas de la Segunda Guerra Mundial y llegaba hasta la Europa de nuestros días con precisión en los datos y ambición interpretativa. Una tarde nos contó por qué la ciudad de Miami (Florida) había recibido ese nombre: “llegaron los conquistadores españoles y se encontraron unos indios mierdosos que decían ‘miami, miami, miami’”, dijo.

Los latinoamericanos, formados en el eufemismo y en el discurso de la conquista como depredación, nos quedamos mudos, indignados, pero no nos atrevimos a decir nada. Una de nuestras compañeras se lo encontró en un café horas más tarde y le contó del sentimiento de agravio colectivo. Al otro día Bastenier se disculpó en clase. Cuento esta anécdota porque desde entonces nos hemos llamado a nosotros mismos: “los bastemierdosos 2006”.

 Fuera del aula la experiencia no perdía intensidad: dieciséis periodistas jóvenes se reconocían en una ciudad tropical y bella como pocas de nuestra región, que explorábamos en la doble misión de divertirnos y de reportearla para escribir los textos que nos corregiría Bastenier. Pronto nos dimos cuenta de que América Latina no es un conjunto de países sino una sola nación con muchas identidades. Recuerdo, por ejemplo, una discusión entre colombianos, chilenos y mexicanos: a los tres nos habían enseñado en la escuela primaria que nuestro himno nacional —el de cada quien— era el más bello del mundo después de la Marsellesa. Nunca nos pusimos de acuerdo respecto a quién le habían dicho la verdad.

Siempre me he preguntado por qué Bastenier gasta sus veranos en una ciudad tropical de nuestra Latinoamérica. Aventuro una hipótesis: porque Bastenier es un patriota cumpliendo una misión. Su patria no es España ni Colombia, sino la lengua española, y su misión es enseñar a sus periodistas —latinoamericanos o españoles— a amarla y apropiarse de su precisión y su belleza. Dije líneas arriba que Bastenier es un nostálgico de la gloria imperial de España; es cierto, pero es también un demócrata y un latinoamericano —por adopción—. Mi impresión es que quiere construir una nueva gloria barroca, pero no española sino hispanoamericana y no imperial sino democrática e independiente, basado en esa práctica sutil y compleja, artística e intelectual, política y moral, que llamamos periodismo.

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