miércoles, 8 de mayo de 2013

El papa negro

Por Emiliano Ruiz Parra

La piscina está seca desde hace 25 años y en su lecho yacen piedras, botellas de plástico y llantas quemadas. Al costado de la alberca se levantan ruinas que algún día fueron vestidores: en donde antes hubo regaderas, ahora hay paredes carcomidas. El hedor a orines ha reemplazado al aroma del shampú y el cloro.
            Son las instalaciones deportivas del Sindicato Minero en Minas de Barroterán, en la Región Carbonífera de Coahuila. En este pueblo muchas calles no están pavimentadas, no existen áreas verdes y el único cine cerró hace unos treinta años. La mayoría de sus habitantes trabajan en la minería.
            La Región Carbonífera atrajo la atención mundial el 19 de febrero de 2006, cuando un derrumbe en la mina Pasta de Conchos dejó atrapados a 65 trabajadores. Desde entonces, se han sumado unos 90 muertos más en la industria del carbón.
En el subsuelo yacen miles de toneladas de carbón que valen cientos de millones de dólares. Pero en la superficie el paisaje ofrece una imagen distinta: localidades como Barroterán son casi pueblos fantasma. Taludes enormes de escombro se amontonan en el campo y torbellinos de polvo negro surcan sus cielos. Por sus carreteras y terracerías circulan camionetas con hombres armados. Se ostentan como miembros de Los Zetas.
            En Barroterán vive una mujer que enfrenta esta adversidad con alegría y estupendo sentido del humor. Solía ser vecina de la Colonia del Valle, en la Ciudad de México, pero se mudó a este pueblo para defender los derechos humanos y laborales de los mineros. El 16 de marzo, de su cuello pendía una gargantilla de plata que hacía juego con sus aretes. Una sonrisa brillaba en su rostro, el rostro de la teóloga Cristina Auerbach: conversaba acerca de Jorge Mario Bergoglio, el arzobispo de Buenos Aires y primer “papa negro” de la Iglesia católica. Negro no por el tono de su piel —Bergoglio es un argentino hijo de inmigrantes piamonteses— sino por el color oscuro del hábito de los jesuitas.
Cristina también es jesuita. Aunque no hizo votos religiosos, se formó como teóloga en la Compañía de Jesús. Cuando conversamos en su casa de Barroterán, Auerbach se mostró entusiasmada con los gestos de Francisco. Y es que el papa logró una hazaña en sólo cinco días: que los críticos más duros del aparato eclesial lo recibieran con calidez y altísimas expectativas.
Por ejemplo, los teólogos Hans Küng y Leonardo Boff —cuyos libros fueron condenados por Joseph Ratzinger— se apresuraron a celebrar las expresiones de sencillez del nuevo pontífice, en particular que eligiera su nombre en conmemoración de san Francisco de Asís, cuya figura representa el amor a la naturaleza, la crítica a la burocracia eclesial y una opción preferencial por los pobres.
            Curiosamente, la jerarquía de la Iglesia había olvidado que Jesús era pobre: un albañil (y no sólo carpintero) analfabeta que vivió de su trabajo manual hasta los treinta años, y que no tenía ni dónde recargar la cabeza a la hora de dormir. Ese testimonio contrasta con las noticias que nos enteramos gracias a los Vatileaks —las filtraciones que salieron de la recámara del papa Benedicto— sobre el lavado de dinero en el Banco Vaticano y la corrupción de la curia romana.
            “No hay dos jesuitas iguales”, dice una frase conocida en la Iglesia. En efecto, la historia de los jesuitas ha sido pendular y azarosa. Por su estupenda formación como intelectuales y educadores, fueron la congregación más cercana a las élites durante siglos. En España, estuvieron cerca del dictador Francisco Franco. En México, sacerdotes jesuitas fueron el germen de grupos de ultraderecha como El Yunque y Los Tecos.
Pero en 1972 la congregación dio un giro de 180 grados y decidió volcarse hacia los pobres. Miles de jesuitas se fueron a vivir a los barrios obreros y se insertaron en las fábricas y comunidades indígenas: Cristina Auerbach es heredera de esa corriente. Es cierto que algunos jesuitas se mantuvieron en líneas conservadoras. Otros miembros de la Compañía de Jesús adoptaron una postura intermedia: ni conservadurismo elitista ni Teología de la Liberación. Entre estos últimos estuvo el cardenal Bergoglio, hoy papa Francisco.
            México, como América Latina, es un país de desigualdades. En Barroterán deambulan hombres en sillas de ruedas que cobran pensiones de tres mil pesos al mes después de que se accidentaron en las minas. Y sus hijos siguen bajando a los pocitos a extraer carbón con el riesgo de morir sepultados por un alud de piedras o una acumulación de gas metano. Mientras tanto el dueño de muchas de estas minas, Germán Larrea, alcanza el sitio cuarenta en la lista de Forbes.
            La elección del papa Francisco ya removió pasiones. Un ex legionario de Cristo, José Antonio Villasana —tan cercano Marcial Maciel que escribió su biografía autorizada— llamó “antipapa” a Francisco (http://www.ultimostiempos.org/7-noticias/142-profecias). De manera diametralmente opuesta, en Coahuila, el papa negro despertó la esperanza en una teóloga que cambió la Colonia del Valle por la dignificación de los mineros del carbón en la inclemente región carbonífera. El tiempo dirá si este jesuita de 76 años cumple con las expectativas de Küng, Boff y Auerbach.

Publicado en la revista Gente correspondiente a abril de 2013.