lunes, 16 de septiembre de 2013

Tolvanera / "Límites" (de Roberto Zamarripa)

Columna de Roberto Zamarripa publicada el 16 de septiembre de 2013 en el diario Reforma.

(16 septiembre 2013).- ¡Viva Mondragón y los policías que nos dieron Zócalo! Por fin, el uso de la fuerza. Dosificada, húmeda o en versión lacrimógena. Fuerza al fin. De la desmitificación al asombro: si tan fácil es por qué no se hace diariamente.

El desalojo del Zócalo mostró las facetas de una política hipócrita (y poco eficaz). El gobierno hace como que amenaza, plantando policías, pero suplica al abandono voluntario; los maestros hacen como que se retiran pero ponen barricadas; y vencido el plazo, el desalojo se consuma. "Al fin que ya nos íbamos", dicen los maestros, pero resisten a pedradas. "Es para garantizar el Grito", justifican desde el gobierno federal. Y la más simpática, la del gobierno capitalino: los maestros se salieron del Zócalo gracias a nuestra mediación.

Al final resultan decenas de policías y manifestantes heridos aunque el saldo pudo ser peor.

Todas las partes admiten que el conflicto no está arreglado tras el desalojo. Entonces, ¿por qué desalojaron? El Grito del Presidente podía ocurrir en Guanajuato y el Desfile no hubiera sido interrumpido.

El desalojo fue un acto de autoridad y de advertencia.

El problema de usar la fuerza del Estado, en cualquiera de sus versiones, es que una vez no basta. Será ejercicio y se convertirá en costumbre. Pero eso escala. Cada vez serán más necesarios otro tipo de artefactos para detener a los inconformes, quienes a su vez tendrán mejor preparación para enfrentar a los policías. La polarización crece y la política se debilita.

Lo peor tras el "limpio" desalojo sería la soberbia. Con ésa no se gobierna, se aniquila.

Te toca a ti pagar el Pacto, bato. El gobierno federal ha fundamentado en el Pacto por México parte sustancial de su operación política. De la incredulidad se pasa al enojo. Nadie creía posible que salieran adelante reformas legislativas por consenso. Ahora, las corrientes distantes de sus dirigencias partidistas piden participar del reparto. El Pacto allanó reformas y aún tiene combustible para lograr otras. Sin duda sus mesas de negociación han aligerado las tensiones que podrían desembocar en otros conflictos.

Pero no basta pactar entre la élite de la política para garantizar la gobernabilidad, máxime si los cambios propuestos remecen moldes y usos y costumbres. Hay que pactar en lo social. Y no se trata de distribuir dinero para calmar gritos sino reorganizar la política con el concurso ciudadano, de organismos sociales, de grupos con diversas demandas.

No es lo mismo descontento que movimiento. El descontento magisterial ha crecido. No tiene una relación directa con la CNTE. Han crecido manifestaciones de inconformidad con las nuevas leyes en, por lo menos, 26 de 32 estados del país. Una es la dimensión del descontento -acicateada por la incertidumbre laboral, la falta de explicación en las aulas y escuelas de las nuevas disposiciones- y otra es la dimensión del movimiento. Las protestas no logran una coordinación, caminan separadas, y aunque pueden converger, el sectarismo de la CNTE lo impide.

Y otra cosa es la dimensión de la dirigencia.

La dirigencia de la CNTE tocó límite. Ejerce un sindicalismo ancestral. El gremio magisterial debe apuntar a la defensa de sus derechos laborales pero también hacia una propuesta educativa de vínculo con la sociedad. Sus movilizaciones, sus tácticas de lucha, le han llevado a confrontarse con los ciudadanos y con sus colegas. Miles de maestros no afiliados al radicalismo e igualmente hartos de las trabas del SNTE quisieran un mejor sindicato, una mejoría personal y colectiva en materia salarial y profesional, y una mejor educación para el país.

El propósito de la CNTE es cobijar un movimiento popular, más allá de lo gremial, que combata al gobierno de Enrique Peña. Pero si algo ha logrado con sus tácticas ha sido la legitimidad del gobierno que combate.

División de poderes: yo desalojo, tú barres. El jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, observó el operativo de desalojo del Zócalo comiendo tortas junto al secretario de Gobernación; su secretario de Gobierno, Héctor Serrano, estaba en Tlaxcoaque, también viendo pantallas, detrás de los jefes de la Policía Federal. Sabían su tarea. Apenas terminara la ocupación policiaca de la plancha, los trabajadores de limpia del gobierno capitalino tenían que recoger la basura. Eso de ser el afanador de la República lastima la investidura del jefe de Gobierno.

Como El Canelo Álvarez, la figura de Miguel Ángel Mancera se ha desinflado. No es lo mismo ser apapachado por el reflector que enfrentarse en el ring a los verdaderos golpes. Mancera no tiene equipo de gobierno y lo que tiene a su alrededor no le ha resultado confiable. Sus dos muletas, la de Gobierno y la de Seguridad, le han provocado más problemas que soluciones. El jefe de Gobierno vivió prácticamente un mes a salto de mata, sin despachar en sus oficinas, y extraviado en el orden de sus decisiones. Ahora ya puede entrar a su oficina. ¿Para qué? Su estilo de gobierno y su gabinete llegaron al límite.


tolvanera06@yahoo.com.mx

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Fecha de publicación: 16 septiembre 2013

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